Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Mensaje por Des Aeva el Sáb 4 Feb - 3:08

Aquel encuentro fue casi como un llamado de la naturaleza avisando sobre los peligros que podrían envolver no solo la vida del joven mestizo sino de todo su entorno ¿acaso su Edén podría transformarse en el Estigia? Que pavoroso podría ser aquello para alguien con el conocimiento necesario sobre la vida así como las relaciones sociales y emocionales aunque para alguien como Des era sin dudas un acontecimiento más que fortuito, esperado por siglos como la colisión destructiva entre dos estrellas. Era –a sus tiernos ojos bicolor- un momento que podría repetir en su mente una y mil veces para sentir aquella sensación que ondeaba entre el miedo y la ternura como se mece a un niño en su cuna.
Los días siguieron su curso normal, tranquilo y con un ambiente que poco a poco iba aumentado en consecuencia de la popularidad que Ardent estaba ganándose lentamente. Aquello resultaba sin dudas algo esplendido pero por encima de todo resaltaba la peculiar gloria de encontrarse habitualmente con la persona que provocaba emociones imperfectas así como caóticas en la anatomía del shinigami. Era ese ser de ojos repletos de materia oscura que podía tragar enteramente en ellos todo el pequeño planeta que era Des Aeva y aun así hacer enteramente feliz al peculiar individuo de cabellos rosados cual pétalo de cerezo. Que increíble y dulce asesino serial era ese hombre moreno de sonrisa seductora y movimientos encantadores como los de un ilusionista experto en el arte de engañar. Blai era una fuerza impresionante que atraía al torpe contrario sin resistencia alguna; era tan opuesto que particularmente atraía a la fiera a su mundo de tonos pasteles que no conocían más que las cicatrices del dolor viejo y añejado en las entrañas. Un dolor visceral que ocultaba de cualquiera que pudiera conocerle; es bien sabido que aquellos corazones que quieren desaparecer siempre son los más sonrientes.

Cómo cada día, preparaba un fino café de mezcla, organizado por selectos granos de café que molía en aquel molinillo de madera –un viejo gusto que se había dado hacía bastantes años- para dejar un fino polvo opaco y moreno, al cual le quitó los restos de sabor amargo en la superficie del pequeño recipiente que servía para contenerlo. Luego siguió colocarlo en una bella prensa francesa para obtener una deliciosa infusión caliente.
Había hora precisa para iniciar y terminar todos sus preparativos y ese lapso resultaba de sesenta minutos previos a la llegada de su esperado invitado. Eran los momentos que más ansioso le ponían, que más nervioso estaba hasta el punto de perder la paciencia incluso con la comida. Era una hora de desespero para su fuero interno donde sentía como el estomago era atacado por docenas de aguijones cruentos, violentos, hasta producir laceración; claro que todo era psicológico pero en verdad resultaba inevitable sentirse de esa manera pues con la llegada de aquel ser destructor todo parecía sanar por una peculiar magia, desconocida, que le rodeaba cual pitón a su pequeña rata indefensa. Sin embargo he aquí la paradoja de toda la situación: El pequeño roedor estaba amando lentamente aquel acelerado de la carrera por su vida.

La hora llegaba por fin mientras Des colocaba un bello mantel en tono marfil sobre una de las mesas en donde suponía aquel hombre podría encontrar tranquilidad, quizás para poder escribir o lo que resultase de esa bienaventurada etapa, o simplemente poder ver el paisaje que Londres le presentaba. Era una época fría y eso hacía que todo se viera más solitario hasta incluso parecer como un viejo ambiente abandonado por sus pobladores. Aquello resultaba solitario y ciertamente triste pero no podía más que fomentar el buen clima dentro de su zona de confort para que otros pudieran percibir algo similar –si era posible- a lo que él sentía cuando estaba ¿feliz?.
-Creo que…no demorará en llegar ¿verdad?-
Se dijo así mismo mientras decoraba la jovial mesa con un ramillete de orquídeas y flor de naranjo para perfumar suavemente el sitio. Dejó una taza blanca con un pequeño decorado en forma de flor de cerezo así como su plato haciendo juego. Le gustaba que todo estuviera en orden, que todo fuera perfecto y no era solo por el demonio –su secreta perdición platónica- sino porque era un hombre en exceso afectado por los espacios limpios e impolutos. Siempre necesitaba estar con su naricita respingona en todos los asuntos referidos a su empleo pues conocía muy bien las aptitudes de sus empleados así como sus fallas y con ello podía trabajar para mejorar todo. Era un muchacho eficiente –un anciano en personalidad para muchos- que ahora se mantenía anhelante con sus ojos observando la puerta, esperando que aquel escritor pasara por una taza de café y algún pastelillo. Estaba esperando para verle porque… ¿por qué? Era algo de lo que no estaba ni siquiera consciente pero solo estaba feliz de verle llegar y compartir un momento ameno a su lado. De unir sus palabras con las ajenas en un lazo que iba más allá de lo físico, más allá de las acciones y las emociones vulgares; todo lo que pasaba al lado de Blai G. Coch resultaba un mundo jamás soñado ni en sus más remotos pensamientos. Ni la Astromancia hubiera predicho siquiera la llegada de su ser, del Cometa Coch que amenazaba con revolver el mar donde Des solía hundirse frío y breve a la espera de que el grito llegue a salvarle de esa soledad.
Des Aeva
avatar
gula

Ho...homosexual
Mestizo de Shinigami & Alfraude

Volver arriba Ir abajo

Re: Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Mensaje por Blai G. Coch el Sáb 4 Feb - 23:35

Tenía que reconocer que, pese a cualquier cosa que pudiera especularse, Ardent se había convertido en un santuario para el desordenado demonio. Era cierto, escribía muchísimo en casa sobre cosas oscuras y tenebrosas, porque se encontraba en un ambiente destructivo en el que podía desplazarse como una cucaracha que huiría apenas encendieran la luz que no fuera de su portátil. Pero en contacto con la humanidad, se descubrió a sí mismo con menor dificultad para describir los tratos sociales de todo tipo, porque podía observarlo en las otras mesas o al ver por las ventanas del establecimiento. Las primeras veces que fue a ese café—después de su encantador encuentro con el gerente— fue lo suficientemente tonto para no llevar nada consigo, a pesar de que sabía que Des estaría trabajando y apenas cruzarían unas palabras, así que hasta la cuarta vez sustituyó sus apuntes en servilletas de papel por una pequeña libreta y la pluma elegante que le obsequió su hermano en la última navidad. Eventualmente, un libro de algún autor que le gustara se sumó a su libreta, en la que solía apuntar ideas que surgían ya fuera del entorno o de algún gesto que el pelirrosa hiciera sin notar sus acciones o que el demonio le miraba. Cuando se volvió más listo, llevó también su portátil, al punto en el que llegaba con un maletín a la mano lleno de todas estas herramientas. También estaba el café, los dulces y cualquier otra bebida que se había atrevido a pedir con el paso de las semanas en las que insistió con su presencia. Después de la sexta visita, ya no le dijo nada a Des. Decidió que no era necesario recordarle más veces porqué estaba ahí. Con el hecho de verlo, el pelirrosa debía saberlo.

Sí. Para Blai, Ardent se había convertido en un santuario para su relajación y motivo de efímeras inspiraciones. Tanto así que ni su hermano, ni su mánager ni nadie en este mundo tenía idea de a dónde se perdía el morocho al menos tres veces por semana desde muy temprano hasta la tarde, por completo desaparecido. En algunas ocasiones lo vieron escurriéndose para su cita no agendada con la cafetería, tan arreglado como si fuera un ser decente, que les asustó verlo de esa forma aunque para Cyril fue un alivio conociendo la desfachatez de su hermano. El problema era, por otro lado, que Blai había descuidado un poco ciertas cosas que eran importantes para él y ya se lo habían recriminado, así que este día sería más especial por muchas razones, lo que ameritó preparativos que le retuvieron un poco esa mañana, lo que le haría llegar unos minutos tarde, pero llegaría que era lo importante. Aunque no como todos los que ahí atendían estaban acostumbrados a verlo, claro que no. Ese era otro asunto que quedaba claro, que el encantador hombre que se sentaba en la misma mesa en varias ocasiones a la semana tenía algún motivo desconocido para hacerlo por toda la jornada de la cafetería, que una presencia tan insistente no podía solo porque sí y, bueno, el gitano nunca se había caracterizado por su sutileza, así que la forma en la que se acercaba eventualmente o hablaba con Des un par de palabras coquetas podrían dejarlo bastante en evidencia. Por otro lado, estaba el hecho de que el mestizo nunca había accedido a salir con el demonio… al menos no hasta el día de hoy.

Necesito un favor —apareció de la nada y se presentó junto detrás del encanto de cabellera rosada que había conocido hace varias semanas, sin afán de contarlas—. Un postre, por favor. El más sublime que puedas hacer, que tenga un aspecto encantador. Es un día importante, necesito impresionar a alguien —se escuchaba agitado y, bueno, la verdad es que había corrido un par de calles y en esta forma humana, eso no era lo suyo.

Pero ahí estaba él. Se había peinado el cabello hacia atrás, se había colocado unos pasadores para sostenerlo—pues no lo había cortado el último mes—, se había vestido de traje formal dejando atrás su estilo maduro per casual para verse como todo un caballero. Sí, llevaba pantalones negros bien planchados, zapatos de charol, una camisa de vestir blanca con un chaleco negro de blancas rayas verticales. Por el amor de Dios, ¡llevaba hasta una corbata! ¡La gabardina! ¡Guantes blancos! Estaba perfumado, con un aroma masculino pero suave, en absoluto algo que pudiera molestar porque odiaba los olores fuertes. El lunar bajo su ojo izquierdo parecía una lágrima suplicando por la ayuda de su intento de conquista, era obvio que ese día no había fumado pues el aroma del tabaco no lo traía en la ropa ni en el cabello ni en ninguna parte. Llevaba las perforaciones de las orejas, por supuesto, pero no le restaban estilo a su alargada figura. Para hacer de su imagen algo más encantador: un ramo de tres flores distintas se posaba en su mano izquierda—azules achicorias, amarillas agrimonias y rosadas centaureas—, su maletín colgando del hombro derecho y, finalmente, una caja de regalo color blanca con un enorme moño rosado en la mano derecha, sostenida por su base y de gran tamaño como para tomarla con la mano. Sí, estaba exquisito, estaba encantador y estaba agitado. Así que se movió para depositar con cuidado las cosas sobre la mesa, a modo de que se viera perfecto.

Estoy esperando a una señorita —le explicó—. Literalmente, hice que fueran a secuestrarla de su clase de violín —suspiró—. Debe llegar en unos minutos más. Es su cumpleaños y casi me mata porque no la he visitado, me pidió una explicación —se encogió de hombros—, así que decidí hacer que venga a comer uno de tus postres. Es mi mejor amiga —continuó, antes de tomar sus manos con cuidado—. Es muy mona, mide como un metro y medio, me salvaría la vida que nos regalaras unos minutos de tu día, porque hará preguntas y no le importará ir detrás de ti por todo Ardent haciéndolas. Sin olvidar, por supuesto, que es mi dolor de cabeza personal —sostuvo las blancas extremidades, para atraerlas a sus labios y besar los delgados dedos del pelirrosa. No habían tenido tanto contacto desde la primera vez que se vieron—. Te lo suplico. Si no la hago feliz, tiene el poder para interrumpir mi acuerdo contigo y no deseo, por nada del mundo, dejar de visitarte.


Blai G. Coch
avatar
pereza

Todas
Bisexual
Demonio perezoso~

Volver arriba Ir abajo

Re: Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Mensaje por Des Aeva el Jue 16 Feb - 21:34

Verlo llegar era un respiro al corazón, una especie de emoción sin sentido que le hacía sonreír como un pobre tonto sin remedio. El demonio era sin dudas el hombre más hermoso que había visto en su vida, nada parecido a hombres que recordaba vagamente en su pasado, malos recuerdos realmente.
Blai era ciertamente aquello que cualquier ser soñaba. No era solo un porte masculino y bello sino también razón así como intelecto. Era ese conocimiento prohibido que debía ser aprendido y propagado a los más ingenuos e incultos. Era una lástima que el pobre mestizo resultara un hombre confiado así como demasiado crédulo como para notar las perversas intenciones de quien observaba día tras día como si buscara el punto exacto, el perfil perfecto del hombre.

Encontrarse cada  tarde con su persona era un alivio, un momento donde todo parecía de cierta eternidad indecente así como melindrosa. Eran horas aterciopeladas que lograban enternecer aun más la de por sí endulzada esencia del shinigami, quien con suma cordialidad fue al encuentro de su agitado comensal. Decir que verlo era un privilegio era como pensar que todo terminaba con las líneas divisorias de la sociedad, una explicación demasiado pobre en verdad. Sin embargo, algo diferente hizo al jovencito enarcar sus cejas pues nunca había visto tan sobresaltado al caballero.
-Cla…claro, pondré una taza más para su acompañante, Monseiur, solo tome un poco de aire…-
Hablaba con paciencia y cierta ternura pero las palabras siguientes ciertamente le sacaron de su eje sin comprender por qué. Bien, podrían haber sido celos notorios –no le estaba gustando en absoluto aquello de que arrebatasen sus momentos tan preciados- que le susurraban malvadas palabras en sus oídos pero desconocía lo que era tal sentimiento. Nunca había tenido la posibilidad de apropiarse de algo y resguardarlo solo para si por lo que encontrarse con el pecho doloroso y pretendiendo una sonrisa natural no era algo común ni habitual. ¡Injusto era aquel destino tan incierto y ese presente caótico revuelto de sensaciones increíblemente molestas!

En efecto, el mestizo fue hacia la cocina a preparar un postre especial para la invitada del demonio, claro que no estaba animado ni ansioso por la llegada pero no podía mantenerse de esa forma, no era justo, por lo que espabiló el rostro no sin antes observar unos segundos sus dedos para besar donde los labios ajenos tuvieron contacto previamente. Que inconsciente y perverso era cuando nadie veía sus colores. Que magnifico era ser ajeno a que aquel era su primer beso, uno indirecto completamente pero uno al fin –“deja de pensar tonterías y ponte a trabajar...además el desea seguir viniendo”- se mencionó con determinación antes de iniciar la dulce preparación que consistió en una masa sablée que optó por utilizar como la base para un suave cheesecake de mascarpone y chocolate blanco con cubierta de una fina capa de jalea de fresas y, para darle un toque fresco, frutas rojas bien dispuestas en la parte superior. Imaginaba una tarta deliciosa, dulce pero delicada para una mujer. Supuso también que la joven podría comer cualquier  cosa pues no hubo un aviso de alergia o intolerancia así que decorando con una pequeña hoja de menta concluyó sus tarteletas individuales que emplató en una fuente blanca con detalles en lila y celeste. Supuso un buen momento para comenzar con el té que –para variar- sería de rosas naturales. Aquello le llevaría unos cuantos minutos pues le daría el tiempo a los pétalos para asentarse en agua tibia, para luego dejar la mezcla hervir hasta que el perfume natural y su sabor se acentuasen, y mientras dejó el postre reservado en la nevera de la cocina se mantuvo silencioso en el lugar sopensando ideas. Por poco tuvo una crisis al notar el extraño momento donde podía oír las crueles palabras que gruñían y vociferaban en su mente -tan irreverentes- que se desconocía así mismo en ese punto. La soledad solo era buena cuando se acompañaba de arte en diversas formas por lo que no se sentía del todo cómodo en su postura de repostero solitario. Aquello no era lo suyo pues gustaba del bullicio y los gritillos provenientes de los comensales así como de sus empleados. Que frustración el solo verse en esa situación repleta de patetismo para con sus emociones inconclusas, de carácter ciertamente vulgar y con tintes agrios innecesarios. Nuevamente, apoyado sobre una de las mesadas de mármol, se dijo así mismo algunas palabras de aliento mientras robaba de un cuenco algunas fresas en almíbar que no dudó en devorar cual adicto a su droga. La comilona no duró más de cinco minutos y con ello el humor volvió a reestablecerse avocando a la buena fortuna de verlo tan sumamente arreglado, tan sofisticado y con un aroma que hubiera olisqueado como una fémina en celo de haber podido. Cuando pudo darse cuenta se vio algo atrasado por lo que terminó de calentar el agua para colocar una tetera repleta con un pequeño pote de miel que sería el endulzante seleccionado para la infusión, siguió por los dulces para así llevar todo hacia donde ambos clientes se sentarían. Antes de salir dio un suspiro para continuar con su buen humor y –tras ello- fue en dirección hacia la mesa que estaba ocupada.

No pudo decir que en verdad estaba sorprendido y bastante avergonzado de sus previos pensamientos pero claramente no explicaría nada en absoluto pues sería caer en lo más absurdo de la existencia misma. Sus mejillas se enrojecieron por la encantadora chica y con una sonrisa amable se acercó a ambos para brindar los dulces y el té.
-Bienvenidos sean. Espero disfruten de la estadía en Ardent-
No supo en un principio si debía de decir algo más o solo saludar a la pequeña dama, por lo que se abstuvo y dejó delante una marca de profesionalismo neutro.
-Soy Des Aeva, anhelo sean de su agrado nuestras preparaciones, mademoiselle-
Como último bajó su rostro como un pequeño saludo educado y se retiró para dejar a ambos solos. O eso esperaba pero tras el barra principal sus ojos miraban de tanto en tanto al mayor buscando notar diferentes aspectos de su persona. Era un hombre torpe que debía mantenerse fuera del foco privado pero...
...Des se sentía como un satélite plateado rodeando una vez tras otra a aquel planeta de brillo, de luz, que simplemente desconocía por completo pero que en verdad añoraba como si su centro de atracción fuera arrastrado brutalmente hacia aquel, capaz de arrebatarle toda elocuencia con solo el movimiento de sus pestañas o una simple y audaz sonrisa que encandilaba el ambiente. Lo volvía torpe, sin dudas, pero ¿no era así como los encuentros más inesperados deberían hacerlo sentir? No veía nada extraño, no encontraba dudas sobre su persona o su sentir sumamente captado, demasiado interesado diría alguien coherente, por las acciones del demonio.
Des Aeva
avatar
gula

Ho...homosexual
Mestizo de Shinigami & Alfraude

Volver arriba Ir abajo

Re: Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Mensaje por Blai G. Coch el Lun 27 Feb - 6:25

—Eres un ángel —le aseguró, sonriente—. Vas a salvarme.

En realidad, él pensaba que el pelirrosa había entendido que se trataba de una personita y no realmente de una dama. El hecho de su mínima altura le parecía que obviaría ese hecho, pero no era lo suficientemente consciente de que sus palabras podían ser malinterpretadas por el mestizo. Lo vio tan tranquilo, que no se le ocurrió pero, si fuera el caso, no encontraría mejor o más valiosa información dadas sus circunstancias. Y así, lo dejó volver a la cocina, tomando asiento para tranquilizarse mientras vigilaba con latente precaución la llegada del lujoso auto que envió por ella. Si tan solo le hubiese puesto la atención que se merecía, si lo mirara como solía hacerlo todo el tiempo, seguro que se habría encontrado con ese acto indiscreto, con ese gesto atrevido, se hubiese vuelto loco y terminaría con todo ese mismo día. Pero no, su atención se posaba en la llegada de la invitada de honor, tanto que se perdió de un suceso sin igual que difícilmente se repetiría. En palabras de Blai... Al carajo, sería difícil ponerlo en palabras de cualquier tipo. Pero esa inocencia, ese gesto infantil, atrevido, romántico, degenerado, habría sido como el perfecto sazón, uno forma de adentrar en la personalidad de un personaje que no podía terminar de forjar pues no lo conocía lo suficiente. Él ni siquiera lo sabía, pero estaba destinado a ser adorado por sus nuevos protagonistas, estaba destinado a ser necesitado, su futuro literario era morir mil veces de las formas más hermosas y, para hacerlo más irónico, lo haría leerlo un millón de veces. Moriría en sus dedos primero, letra por letra. Después, moriría en su corazón, en amor a lo que escribiera. Lo único incierto era si realmente moriría por él y, probablemente, lo obligaría a morir de la forma más hermosa nunca antes escrita. Pero aún así, Blai no sabía cuánto lo podría estar amando ahora, si tan solo lo hubiera visto besar sus propios dedos...

Un auto negro se detuvo frente al establecimiento y se puso de pie rápido, se acomodó el porte, tomó el ramo de flores joviales y justo alcanzó cuando el chofer abría la puerta para la dama a la que esperaba. Blai, como un príncipe, hizo una inclinación suave mientras extendía su mano y entonces, la mano pequeña y delicada salió, para tomar la que tan servicial se había ofrecida a ayudarla a bajar: Rylan Coch era la hija menor de su hermano, Cyril. Tenía un aire entre sus dos padres, de piernas largas y con ese aire de estar apenas en los principios de su crecimiento. Tenía el cabello corto, con un estilo de chica rebelde, pero era obvio que venía de una familia fina de tan solo mirarla deslizarse fuera del auto y ponerse de pie, a pesar de que llevara puesto el uniforme del colegio para señoritas al que asistía—el mismo colegio que su hermano, pero que separaba a niños y niñas—. Sus mejillas blancas se colorearon al ver las flores, con una sonrisa encantadora surcando su rostro, mientras soltaba la mano de su tío y la sostenía con gusto. Blai de puso de pie tan solo cuando la vio contenta, aunque volvió a inclinarse para darle un beso en la frente. Acto seguido, con un gesto caballero y sumamente exagerado, hizo una oscilación con la mano derecha y le señaló el camino a seguir, arrancándole una melodosa risa infantil mientras andaba casi a saltitos hacia la entrada principal, de pura emoción. Quienes pudieron ver la forma en la que Blai trataba a su brillante acompañante pudieron contagiarse con la ternura de la escena o con la risa de la chiquilla de unos doce años de edad, pero Des ni siquiera lo notó, porque estaba ocupado en otro lugar, no solo en cuerpo, sino que en alma. Lo único que consoló al escritor fue su acompañante, a la que guió hasta la mesa, le acomodó la silla y le ayudó a subir a la misma.

—No puedes abrir tu regalo hasta que termines el té —le informó él, mientras tomaba asiento a una tercera parte de la circunferencia de la mesa. Planeaba dejar espacio para alguien más—. Pronto traerán todo para ti, estoy seguro de que te gustará lo que pedí: un postre especial para la invitada estrella del día, Rylan —le guiñó un ojo, a lo que solo hizo que la chica sonriera con diversión y orgullo. Conocía a su sobrina, no pudo haber hecho mejor cosa.

—Tío Blai —empezó la chiquilla, mientras sus ojos grandes recorrían el lugar, admirando las flores, la decoración, todo a su alrededor—. ¿Es aquí donde te escondes? Es tan... Diferente a tu estilo, ¿por qué te escondes aquí? —se burló, viendo tan antinatural aquello en los gustos de su tío.

Pero antes de que el demonio pudiera responder a la pregunta, Des se presentó con todo lo que se necesitaba para la mesa, robándole toda la atención de la niña. Decidió no interrumpir, pues quería que ella lo viera, que admirara los dulces, el té, el todo. Así que sonrió agradecido de que él pusiera su esfuerzo y su atención en cumplir con las solicitudes ridículas que tuvo en ese momento, para agradecerle con una ligera inclinación de cabeza. Lo dejó ir de regreso a su trabajo, porque no podría monopolizarlo. Al menos no de momento: lo dejaría disfrutar del espectáculo, mientras él mismo atendía a Rylar como toda una princesa. Así que le acercó el postre y la taza de té, para que probara, e inclusive insistió en que lo hiciera mientras él mismo hacía exactamente lo que indicaba a la menor, recordándole que solo la dejaría abrir el obsequio si ella comía lo que le habían servido. Por otro lado, aprovechó para hacerla reír un poco con conversaciones divertidas que solían tener, como quejarse del padre de la chiquilla o del trabajo que igualmente nunca hacía, también bromas sobre su hermano, aunque nunca se metía con su madre. Pero lo importante, era esa risita juvenil, rosada, que llenaba de un ambiente más dulce el café, que captaba la atención sin generar molestia, que contagiaba de alegría a quien la escuchaba carcajearse mientras comía aquello con dulzura, hasta casi terminar su porción.

—Es delicioso, ¿no lo crees? —le dijo con un aire coqueto—. Te dije que hacían un rico postre aquí, el dueño es muy amable conmigo y lo preparó para ti —susurró acercándose sutilmente—. ¿Lo viste? Hablo de Des, por supuesto —los grandes ojos de Rylan miraron al mayor atentamente, queriendo descifrar sus palabras, con la cuchara entre los labios—. ¿Ahora sabes por qué me escondo aquí?

—¡Tío Blai! —exclamó ella en cuanto sacó la cuchara de sus labios, riéndose bajo entonces—. ¿Bromeas? Tú no haces eso —le burló.

—Hasta los demonios como tu tío Blai tienen sus intereses a veces, Rylan —le sermoneó, con una expresión de falsa seriedad que ella encontró divertida—. En realidad, esa belleza se me ha resistido por varias semanas. ¿Puedes creerlo? ¡Se me resiste a mí! Es imperdonable —garantizó, acercando la taza de té a sus labios—. Te lo presentaré y, así, no podrás juzgarme más por venir cada día hasta que acepte salir conmigo, ¿es un trato? —ella sonrió con diversión.

—No lo culparía por no aceptar nunca. Yo no lo haría.

—¡Pero qué ofensa! —exclamó él en privado con ella, mientras sonreía. Sabía que Des lo estaba mirando, podía sentir sus ojos, pero le había dejado ser. Sin embargo, bajó la taza tan solo para interceptar su mirada y sonreírle coqueto: le guiñó un ojo con una travesura cardiaca, para después hacerle un gesto con su diestra enguantada y murmurarle a su sobrina—. Si me ayudas, hasta podría darte otro regalo —le ofreció a la niña, mientras invitaba a Des a acompañarlos, a base de gestos con la mano.

—Lo pensaré, tío Blai —respondó ella, que antes de ser su confidente, era su sobrina celosa y debía conocer al objetivo... ¿romántico? O lo que fuera, de su tío.



Blai G. Coch
avatar
pereza

Todas
Bisexual
Demonio perezoso~

Volver arriba Ir abajo

Re: Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Mensaje por Des Aeva el Dom 12 Mar - 17:25

Decir que se sentía apenado, avergonzado hasta la medula, era como suponer que Hitler “había sido un poco revoltoso”. No había un punto medio en su mente inocente que solo bullía deseante de que la tierra se lo tragase. Todo estaba en torno a sus patéticos sentimientos corruptos que no debieron existir siquiera de un primer momento –“¿Desde cuando eres así, Des Aeva?”- murmuró tenuemente y de forma inaudible mientras acomodaba algunas tazas en su sitio y apoyaba a los empleados en la caja registradora para agilizar las labores.

El shinigami tenía cierta fascinación de observar a quien pudiera formar una galaxia a su alrededor, una impermeable, que solo permitiera la coexistencia de ambos seres entre lunas aterciopeladas y las palabras del “Poeta Halley”. Era un deseo egoísta totalmente pero –aun si no deseaba ser de esa forma- lo necesitaba. Tan insanamente que no era consciente de lo peligroso de aquel mundo que iba absorbiendo su presencia lentamente. Cuidando de que “la victima” no se diera cuenta de cómo era satisfecho en su oscuridad. ¡¿Qué tan cruel podría ser la naturaleza cómo para enfrentar su débil voluntad contra aquel artífice de parábolas cruentas, de sonrisas diabólicas y melodía delirista en los labios. Que hombre perfecto era como para no nublar todos los sentidos de ese hombre inexperto en el arte de la seducción.

Mientras los minutos pasaban, su anatomía comenzaba a ser aun más invasiva que de costumbre. Sus ojos bicolor estaban empeñados en curiosear la mesa del adulto y la jovencita que le hizo pensar en un pequeño clon femenino del adulto. Y como un rayo atravesando su sien la idea de que la pequeña dama era su hija...tal vez. Nuevamente estaba angustioso con un incorregible nudo en su vientre chato, que lo único que lograba era producirle deseos desbordantes de comer hasta que su organismo se lo impidiera. Alimentarse de forma descontrolada era la manera de apaciguar sus deseos, sus temores, con aroma a almizcle y licor. Por unos momentos no supo que decir o como afrontar la existencia de una “señora Coch”. Era aterrador.
-...Jefe, está jugando con la esa taza desde hace varios minutos, terminará por romperla- mencionó un muchacho de unos veintitantos, piel tostada y ojos almendrados de tono gris. Era un joven activo que siempre llegaba de buen humor a la tienda.
-¿Qu...Qué? ¡Oh! Lo siento...Yo...no sé en donde estaba mi mente...- replicó el mestizo con las mejillas algo rojas por la sorpresa y que le habían descubierto en pleno acto envalentonado.
-Olvídelo, hace tiempo que está en el mismo lugar ¿acaso usted esta...interesado en alguien? ¿Alguien cercano?- solo mencionó el empleado con una sonrisa picara y un pequeño toque indiscreto en su hombro, repleto de confianza.
-¡No! Claro que eso no es correcto...- Su rostro se giró para observar a cualquier parte que no fuera el joven o el demonio y su pequeña. Todo punto era valido para no caer en una pena aun mayor que le obligase a ir tras bambalinas a esconderse del terror. Ese terror era referente a cualquier tipo de sentimiento discóbolo que no llegaría a comprender de buenas a primeras.

Entre risas pasajeras y una candidez demasiado cariñosa, el mayor se dejó de jugar para continuar con el trabajo. Algunas charlas por aquí y por allá eran suficiente para centrar un poco esa cabeza, que corría hacia un mundo donde había pintadas de acuarelas, con problema y solución, reales y de ficción. En pocos minutos se vio envuelto en dulces, cuentas y servicio a mesas de parejas, amigos y varios solitarios que esperaban la suerte de compartir el lugar con alguien, y así entablar una nueva charla sin lineamientos ni intereses concretos. Puro azar del destino en un encuentro fortuito.
Cuando volvió a situarse detrás de la barra de madera antigua, con un fino aroma a barniz, unos pequeños gestos demasiado visibles se hicieron notorios para el mestizo. Fue en uno de esos segundos donde se daba el lujo de observarlo con la mirada perdida, fascinado, en ese pequeño paisaje de fantasía donde la niña tenía el privilegio de ser. A la distancia, y si bien tenía mayor interés del que pudiera verse, era feliz. Podía verle con alguien mas, mover sus labios y abstraerse en esas tupidas pestañas negras que le parecían un dato estético sumamente fascinante. Pero había incluso algo subliminal que llegaba hasta los sitios más profundos de la anatomía del muchacho pálido y opalino, ese pequeño lunar debajo de su ojo siniestro. Aun si Des no lo sabía conscientemente estaba anhelando morderlo, de forma dulce, e incluso besarlo con todo de si; deseaba hacer suyo cada detalle, cada pequeña y notoria marca que escondiese de las miradas curiosas.

El ser interceptado le hizo dudar, estaba nervioso, pero con ello y todo se acercó tímidamente a la mesa para saber que necesitaban los comensales. Des no era conocedor de lo que entre familiares acontecía y por encima de ello no quería estorbarles en absoluto. Era un momento importante a decir verdad.
Sus pasos cortos pero firmes hicieron resonar las suelas con el bello suelo de madera. Era un sonido ciertamente grato que no demostraba ningún ápice de malestar o desgano. Ciertamente estaba curioso, apenado por rememorar en micras aquel guiño tan infantil que parecía el de un adolescente, pues temía que algo de sus preparaciones no fueran del agrado de la joven. Blai –solo se atrevía a mencionar su nombre tan livianamente en sus pensamientos- había depositado su confianza en él por lo que se desesperaba con facilidad ante lo desconocido e inesperado.
-Saludos nuevamente...-
Volvió a hablar con su gentil voz mientras esperaba de pie, parada entre tío y sobrina, con una sonrisa amplia de par en par.
-¿Ha sido de su agrado lo servido? En caso de desear otro postre o bebida solo necesitan mencionarlo...-
Agregó de forma profesional, la verdad no tenía ninguna noción de lo que ese par planeaba, y con mucho animo –dando un pequeño suspiro para alentarse- agregó:
-Hoy son nuestros invitados más importantes, todo está dispuesto para el placer de su estadía...-
Y mientras alababa muy feliz a los dos, del bolsillo de su abrigo liviano de lanilla tomó unas pequeñas semillas y las ocultó entre sus dos alargadas manos -aquellas extremidades de falanges ciertamente delgadas pero que aun con ello resultaban suaves al tacto y totalmente pulcras- especulando con sus poderes brindar un sutil regalo de su parte. Tras unos momentos un colorido montoncito se hizo visible y, sin reparo, dejó a la vista un cúmulo de florecitas que ordenó muy delicadamente en una pequeña diadema para la muchacha.
-Las coronas realmente se hicieron para las damas, resaltan la belleza  que de por sí es natural de cada una, espero sea de su agrado mademoiselle-
Sonrió mientras observaba el contraste del cabello oscuro y las flores lilas y rosas rococó en un gentil rosa pálido.
Des Aeva
avatar
gula

Ho...homosexual
Mestizo de Shinigami & Alfraude

Volver arriba Ir abajo

Re: Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Mensaje por Blai G. Coch el Miér 15 Mar - 20:26

Por supuesto, Rylan lo pondría a prueba. Blai lo sabía mejor que nadie, que su inmadura pero bien despierta sobrina tenía habilidades oscuras, de esas que solo caracterizan a los de su especie. Por eso ella observaba todo con los ojos atentos, esperando a un error y, desde que el pelirosa apareció, lo juzgó de pies a cabeza en silencio. En especial cuando su adorado tío Blai lo señaló como objeto de interés y, bueno, al tío no cualquiera lo interesaba. Era un hecho para la familia Coch que el demonio fuera conocido por ser un sinvergüenza, un desobligado de los deberes heredados, un hombre sin amor a aquellos que no fuera estrictamente necesario—su familia, por ejemplo—. El hecho de que ahora él no solo se olvidara de presentarse con la misma frecuencia que siempre a entretener a los niños, que él saliera de su encierro y se vistiera de una forma en la que no parecía un vagabundo, que viniera a escribir en un entorno tan poco acorde a su guarida de mala muerte… ¡algo estaba sucediéndole! Y la pequeña de la familia no estaba segura de si debía ser un cambio bien recibido o algo de lo que cuidarse. Pero lo conocía tan bien, que era su mejor amiga, y era perfectamente consciente de que él era un hombre de caprichos. Lo preocupante era que uno de esos caprichos nunca había sido otra persona ni por tanto tiempo. ¡Así que tenía derecho de estar a la defensiva! De momento, ese ser tenía 10 puntos por su tan bonito establecimiento, otros 10 por el postre, unos 10 más por ser bonito y, ¿cómo no? El servicio probablemente se merecería unos 10 más, pero le quedaba un rato antes de decidir ello. ¿Con cuánto sería probatorio? Quizá con 70 puntos permitiría que el día Blai siguiera viéndolo, siempre y cuando pudiera permanecer en otras ocasiones bajo su observación y le diera la prioridad a la princesa, la que ella se merecía. Fue ese instante en el que un ente masculino se acercó al bonito hombre detrás del mostrador, al que observaba con mucho cuidado de no ser notada. ¿Qué tipo de comportamiento era ese? Tan… ¿adorable? Le dio un escalofrío y miró confusa a su tío.

Contrólate —señaló el demonio, con una sonrisa audaz, mortífera—. Si se da cuenta de que estamos mirándolo, va a esconderse. Es como un animalito asustado —le guiñó el ojo, lo que generó que la niña abriera la boca de la impresión—. Es tan puro que da asco.

¡Lo es! —exclamó ella, incrédula, en voz baja—. ¿Qué está pasando contigo?

Lo quiero monopolizar —se encogió de hombros, llevando la bebida a sus labios—. ¿Qué tiene de malo? Tienes suficiente edad y has leído demasiado, en especial de mi escritura. Aunque te he suplicado que no lo hagas, te sigues llenando esa cabecita tuya con la porquería diabólica que escribo, y aún te cuestionas porqué lo deseo. Alguien tiene que romperlo, en mil pedazos —le hablaba como si fuera una adulta, porque podía—. Ese alguien debo ser yo.

Oh. Él no cambiaba. Era como hablar con un monstruo y, con ello, un alivio leve vino al pecho de la niña que no reconocía al adulto frente a su persona. Le dio 10 puntos más, solo por esa respuesta de su tío ante el nivel de encanto que era ese chico, justo para darle otra probadita al té de rosas que tanto le había gustado. Él tenía 50 puntos hasta ahora y no iba a darle los otros 20 tan fácilmente, así que estaba de acuerdo en que su tío lo invitara a su mesa. La forma en la que él vino a la mesa le aseguraba que los 10 puntos recién entregados no estaban mal, así que los dejó intactos, sonriendo de forma infantil, tan solo un poco. Ella hizo una seña de saludo con su mano derecha, agitándola suave y grácil en el aire, acompañada de esa sonrisa de bienvenida, cuando el chico las saludó. Blai se limitó a levantar un par de dedos que apenas y agitó unos milímetros, ya que eso parecía ser más que suficiente si era visto. También tenía una voz bonita, pero eso no era razón de puntos, lo iba a considerar como un plus de su belleza, algo implícito a ello. Corroboró que daba atención, algo necesario para quien presta un servicio como ese. Sin embargo, el saberse una invitada especial o, como él dijo, “más importante”, no pudo controlar la sonrisa de excitación. El pobre Des había cometido el error de estimular la mayor debilidad de esa niña: le fascinaba ser el centro de atención, en especial de su tío y, si este nuevo hombre tendría algo que ver con él, estaría fascinada de pavonearse frente a él toda la vida mientras le repitiera constantemente esas palabras tan encantadoras. Por poco le tiró los 20 puntos faltantes en el rostro, con una felicitación por su buen trabajo, ¡pero no! Tenía que ganárselos como nadie en el mundo, así que se pellizcó a sí misma la pierna para controlarse. ¡Pero él tenía que llevarse el premio! Y la pequeña Rylan se derritió cuando vio la corona de flores, a lo que Blai tan solo se mantenía en silencio, admirando la cara de fascinación. Eso había sido fácil, o al menos eso se dijo mientras los observaba, mientras a ella le brillaban los ojos tomando la corona de flores para acomodársela en la cabeza, con un cuidado y una dedicación magnífica, casi como si de ello dependiera su vida.

Todo está de maravilla, es delicioso como siempre —garantizó, con su sonrisa galante—. De hecho…

¡Siéntate con nosotros! —exclamó ella, regocijándose en su asiento, interrumpiendo por completo al demonio, que planeaba hacer la invitación con cuidado pues, como ya había dicho, él era como un animalito asustadizo. Así que el abrió los ojos con sorpresa y la miró—. ¿Qué? ¡Tú ibas a decírselo! —le acusó, muy digna, antes de mirar de nuevo al otro chico y señalar el espacio vacío entre ella y su tío—. Tienes que sentarte, ahora... eh, por favor —se remordió, entre risillas joviales, para apoyar sus manos delicadas sobre la mesa—. Dijiste que somos los invitados especiales y que todo estaba dispuesto a nosotros. ¿Podrías sentarte con nosotros? ¿Por favoooooooor? —alargó la letra “o”, con un tono suplicante e infantil, a lo que el mayor se rio para mirar al mestizo.

Ella es Rylan Coch —le dijo con tranquilidad, decidiendo presentarla—. Es caprichosa, peor que una princesa. Es mi mejor amiga y es la hija de mi hermano mayor. Lo conociste la primera vez, ¿lo recuerdas? Los tres somos muy parecidos —se encogió de hombros—. Hoy es su cumple años, la traje para que lo festeje y ha sido útil para que te conozca. Te prometo que hará un berrinche si no haces lo que te pide. ¿No es así, Rylan?

¡Síp! —contestó ella, dando ligeros golpecitos a la mesa, apenas audible—. Mientras más seamos, será mejor. Además, necesito una explicación aceptable, y no me iré hasta tenerla —se detuvo, recordando que su padre seguro pronto aparecería furioso cuando se enterara de que su tío la había sacado de clase—. Erh… bueno, en realidad, yo creo que iré detrás de ti por todas partes hasta que me lo digas, antes de que papá llegue —calculó en voz alta, pero en un instante cambió su semblante pensativo a uno lleno de energía, con una curiosidad en la mirada que era muy clara, mientras lo miraba con intensidad, con esos enormes ojos que amenazaban con ver a través de su cuerpo, con descubrir su alma—. ¿Por qué no aceptas una cita con mi tío Blai? ¿Sabes cuántas personas quisieran estar en tu lugar? —ladeó el rostro, a lo que el mayor suspiró. Era de esperarse.

Si te digo que no tienes que responder, estaría mintiendo —aunque él también tenía curiosidad, lo demostró con su sonrisa—. Así yo prefiriera escucharlo en otras circunstancias, ella va a cumplir su amenaza. ¿Por qué no te sientas? —no evitó reírse—. Yo no tengo control sobre esta niña. Lamento no poder ayudarte, Des.


Blai G. Coch
avatar
pereza

Todas
Bisexual
Demonio perezoso~

Volver arriba Ir abajo

Re: Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Mensaje por Des Aeva el Mar 21 Mar - 20:28

Ser un inconsciente era bastante piadoso para aquellos hombres que constaban de recuerdos lejanos dolorosos, mismos que forjaban a una persona. Quinientos años no pasaban rápido pero pasaban y solo los primeros quince habían logrado malograr una parte profunda en el pecho del mestizo: Eran esos recuerdos infames que había resguardado de todos los que le conocían. Aun los sentía clavar sus zarpas en el cuerpo como si de un animal salvaje le devorase por dentro. Des era un buen hombre, pero no siempre “lo fue”, y se notaba ese pequeño goteo oscuro de su alma al sentir un enorme placer de comprender que la pequeña era la sobrina de su universalmente perfecto escritor. Era tan egoísta que no podía comprender su latir emocionado al rememorar en micras de segundo la frase “hija de mi hermano mayor”. Por supuesto, no era consciente de su desespero, de sus ansias y deseos, para con el moreno, por lo que solamente sentía un candor placentero que iba desde el vientre hasta su frente. Si no se hubiera controlado se hubiera largado a llorar, agachado en forma de ovillo con las manos sobre sus ojos enrojecidos ante las lagrimas. Era tan inocente que parecía un conejito pequeño.

-Rylan, es un honor conocerte. Espero seas una invitada recurrente como lo es tu tío- sonreía amable, claro que estaba feliz de hablar con ella y pertenecer ínfimamente al mundo del escritor. Vamos, que el hombre era anónimo en todos los sentidos –aun si su prosa vendía como ninguna- y ya quisieran las damiselas entrar en el calzado del shinigami.
Luego del pequeño saludo se quedó algo...sorprendido, más que por comprender que la pequeña no era su hija, algo nervioso con una sonrisa amplia pero demostrando el temor en las facciones de su mirada. No estaba muy acostumbrado a ser alguien de compartir la mesa, solo se sentaba a beber con su abogado y a veces con los empleados de Ardent (aunque estos en menor medida), por lo que sopesó la acción unos momentos. La negativa ya estaba en su lengua tibia pero antes de poder rechazar la oferta, nuevas palabras con aroma a melocotón se colaron en los labios de la pequeña que era respaldada por el adulto ¿acaso había una extraña magia en todos los Coch que le volvían un niñito sumiso hasta el punto de solo dejarse ser con ellos? La respuesta siempre sería SI.

-En verdad son muy peculiares. Me sorprende esta familia cada momento más- murmuró en un halago antes de tomar una silla para acomodarse en medio de ambos “monstruos” no sin antes oír hasta la ultima palabra de la charla. Claro que el de cabellos rosados no sabía de la maldad de aquellos dos, una especie de sombra que lo devoraba todo y a todos. Nada a su paso se mantenía en pie y quedaban –con o sin voluntad- de rodillas. La jovencita presentaba esas mismas características que en su tío podían notarse y que específicamente encantaban al mestizo. Des Aeva...el pobre no sabía cuan loco estaba por ese sádico asesino serial, repleto de malicia pero con una dulzura que mataba de igual forma. Y por ello... ¿Cómo no iba a sentir que su cuerpo se derretía al saber que Blai pediría por su compañía? ¿Es que acaso todos los demonios y los dioses apuntaban a malograr sus sentidos nuevamente? ¿No sabían lo difícil que era contenerse, no querer besar sus nítidos detalles, acariciar su piel y actuar de forma tan impúdica que podría ser considerado un abuso? No, claro que nadie lo sabía, nadie jamás, pues el shinigami no tenía ese tipo de amigos como para confesarse.
Las palabras de Rylan le sacaron de sus sucios pensamientos para dejarlo en una posición que no tenía escapatoria (ni siquiera una mano que le salvase, pues su adorable tío apañaba tales preguntas maduras) y mientras se acomodaba en la silla su rostro quedó sumamente pasmado, con las manos apretando las telas de sus piernas tratando de calmar el temblor que en ellas suscitaba. Su mirada bajó hacia el bello mantel intentando no observar a ninguno de los dos, pues no solo estaba casi al borde de las lagrimas sino que también tenía un sonrojo tan furioso que llegaba a sus orejas y cuello. ¿cómo podría responder a ello sin una mentira o, por el contrario, aclarando todo lo que deseaba? No podía mencionar nada a una niña, no quería “ensuciar” su inocencia o todo lo que fuese que los niños de su edad pensasen.

-Yo...co...comprendo que muchas personas quisieran mi lugar...-habló tan bajito que era prácticamente inaudible. Le angustiaba saberlo y no es que desease que otros estuvieran con Blai; Claro que no quería eso, pero sentía que así como podía pertenecer a su mundo podría alejarlo de un simple sopetón-y...eso es...-no sabía como mencionar algo sin trabarse o tragar saliva de por medio. Mordía sus labios de tal forma, brusca, que quedaron destrozados en un tono escarlata y brillosos debido a la constante humedad.
No pudo terminar la oración, no podía mencionar que hubiera arrebatado el alma de todo aquel que se le hubiese acercado. Eso era incluso peor que su empleo como guía de aquellos muertos naturales. En contrapartida, tomó aire y suspiró para darse coraje, uno que se evaporó con el tibio aliento de su boca maltrecha, para alzar la vista en un primer momento al demonio; encontraba tan encantador cada detalle de su rostro, de su piel o la forma en que se movía al beber té. Se dio, entonces, el tiempo para girar a la pequeña a la cual sonrió amable. Debía de calmar sus ansias y ser honesto aunque prudente, de la mejor forma posible.

-¿Alguna vez deseaste tanto algo, tanto tiempo, añorando, fantaseando siempre, que temías nunca llegara, Rylan? –preguntó en un dejo de catarsis que hizo al pensar en el tiempo que llevaba adorando en secreto a ese hombre que tenía a su lado, pensando sobre como expresar todo lo que estaba bullendo en su alma toda sin quedar como un perverso o fanático desesperado – yo he siempre adorado a tu tío. Sus libros ocupan las estanterías de mi hogar y he pasado noches en vela imaginándolo. No solo como un escritor sino como persona- habló pausado mientras hería sus muslos por debajo de las ropas intentando no llorar por lo que decía –pero aun con mis ideales, ha superado con creces cada minúsculo detalle- explicó a sabiendas que era más y más profundo por donde ahondaba. No iba a haber retorno si no se controlaba (y por desgracia, no había dulces que acallaran su conciencia blanca).
-Rylan, tu tío es alguien fantástico- sonrió, ignorando al demonio. No era a propósito sino que tenía tanto temor de encontrar desprecio en sus ojos que su cuerpo le prohibía girar el rostro- y cada vez que lo veo el pecho parece que me explotará. Con ello en cuenta ¿si acepto la cita, volverá a aquí a pasar un rato? –explicó a medias mientras sonreía amable a la muchacha antes de ponerse de pie de su asiento –Temo a que eso ocurra y ¿por qué arriesgaría poder verlo todos los días? Aunque alguien te guste, no se puede perderlo todo por un sentimiento.- dio un mimo a los cabellos oscuros y brillantes de la menor antes de disculparse con una angustia reprimida mientras se alejaba unos pasos.

-Debo de...hacer algunas cosas, si me disculpan- Huir, quería huir hasta que nadie le volviera a ver. No quería notar la mirada ajena, ni la de la joven, no quería más que perderse en algún rustico y primigenio bosque alejado de cualquier murmullo. No tenía intenciones de dar vuelta la mirada pues con solo analizar un poco lo dicho estaba al borde de la locura. -“Gustar dije...”- pasó por sus labios con una sensación agridulce, gustar era un termino muy inicial y ni siquiera había notado la primer confesión de su vida, mientras caminaba a prisa hacia el único sitio donde nadie le molestaría. Todos estaban ocupados así que si se ausentaba nadie iría tras de su persona.
Pronto, se acercó a uno de sus empleados para murmurar en su oído que el jardín estaba cerrado para todos y que se ausentaría por el resto de la tarde. Con ello encargado, fue en la primer dirección a donde arrastró al demonio cuando se conocieron para descalzarse y entrar en su Edén. No quería ver ni oír más de lo necesario. Necesitaba que le dijesen que todo estaría bien pero...no tenía nada como eso en su vida y siendo la soledad la más sagrada era a la que acudía en momentos como ese. Se ocultó –por decirlo de alguna forma- detrás de su precioso árbol de magnolias esperando volverse uno con él, en cierta medida. Estaba hecho un ovillo, con la mejilla izquierda reposando en sus rodillas mientras sus largas hebras se esparcían por sus hombros, cayendo en cascada, hasta tocar el verde césped.
-Eres un tonto, Des Aeva...- se dijo en reproche mientras sus iris cristalinos no pudieron más que dejar correr algunas lagrimas en esas mejillas blancas, brillantes y traslucidas que no demoraron en enrojecer su dermis.
Des Aeva
avatar
gula

Ho...homosexual
Mestizo de Shinigami & Alfraude

Volver arriba Ir abajo

Re: Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Mensaje por Blai G. Coch el Jue 23 Mar - 7:09

Sus pasos, sutiles pero firmes, fueron algo placentero de presenciar para el demonio, que lo miró avanzar en silencio intentando ocultar su sonrisa. Mientras tanto, Rylan estaba con la total disposición de escrutarlo con la mirada. No iba a decir fácilmente que le agradaba, porque seguía en plena evaluación. Él decía que su familia era peculiar, pero no podía imaginar qué de peculiar tendría su padre. Lo sabía de ella y del tío, que era su más clara mala influencia, pero sabía que su hermano no había adoptado tanto comportamiento de Blai sino que más bien que de Cyril, su padre. Con eso en mente, lo mantuvo en duda silenciosa, para no asustarlo pues, como dijo su tío, él era como un animalito temeroso y no iba a cometer el error de ahuyentarlo… al menos no aún. Mientras tanto, se quedó sonriente como una princesa encantadora pero tramposa, viéndolo sentarse entre ambos Coch. Por supuesto, inmediatamente soltó la bomba, cuyos efectos fueron evidentes a pesar de la intermitente insistencia del dueño del lugar por ocultarlo. ¿Cómo podía gustarle a su tío Blai? Es decir, entendía perfectamente el punto de romperlo, pero eso no representaría un compromiso tan grande como el que el arreglarse y salir de su cueva era, le parecía increíble. ¿Alguien tan simplón se había ganado eso? Oficialmente, consideraba el mundo patas arriba, pues aquello no tenía ni pies ni cabeza.

Blai tomó la decisión de relajarse y no imitar a su sobrina, que mirada a Des intensamente en espera de su respuesta, pues aquello solo alteraría más al mestizo. Se limitó a escuchar mientras desviaba la mirada a cualquier punto de la habitación y, aun así, la niña no descansó la mirada penetrante que esperaba una explicación. En especial, se mordió la lengua para mantenerse en control, cuando ese personaje lleno de ternura comenzó a hablar… quería asfixiarlo con su amor. Así que respiró profundo para no hacerlo, mientras que los ojos brillantes de Rylan se mostraban entusiasmados ante esas palabras de cuento de hadas. Decidieron, de alguna forma, que ninguno hablaría hasta que ese hermoso ser terminara de hablar, de decir todo ese montón de cursilerías, de cuentos de miel con algodón de azúcar, de amores imposibilitados por sí mismo. Ninguno de los dos lo dijo, por no interrumpirlo, pero apenas la primera línea había sido suficiente: la pequeña Coch le había dado su aprobación, y cada palabra aumentaba sus puntos, los multiplicaba en lugar de sumarlos, lo hacía dueño del gran premio que había decidido que su tío sería en esta contienda. ¿Cuál contienda? Si tan solo era pedirle que se presentara a reclamar lo suyo pero, por lo que estaba escuchando, era muy poco probable que eso pasara. En realidad, se imaginaba al mayor haciendo lo mismo, presentándose incansable por el resto de su vida. Ella estaba perpleja con esa persona, que era tan hermosa y tan encantadora. Fue cuando, de la nada, lo comprendió. El sentido bizarro de su tío hacia él, el tío que no podía mirar al mestizo, que mantenía su mirada distante, mientras eran abruptamente abandonados de su presencia y Rylan se quedaba sin habla.

Tch —se volvió incrédula ante el chasquido de su tío, que ocultaba su rostro agachado, temblándole los hombres de tanto contener una risa que se le escapó cuando al fin estuvieron solos.

¡Tío Blai! —le riñó, tornándose su mano de piel morena clara en una tonalidad grisácea que nadie notaría, tan solo en su mano, para darle un puñetazo en reclamo directamente al hombro, con una fuerza descomunal digna de los demonios, la cual disipó al momento del impacto, lo suficientemente fuerte para lastimar al mayor—. ¡No te burles del tío Des!

¡Ouch! ¿Burlarme? Haha~ —dijo, aún entre risas—. ¡Me rio de la alegría! Tú lo has dicho, tu tío Des. No me cabe duda —aseguró, con una enorme sonrisa debajo de un sonrojo sutil que reveló tan solo ahora—. Va a casarse conmigo.

¡¿En serio?! —preguntó en un murmullo, escandalizada—. ¿Papá lo sabe?

Él no es mi padre, es el tuyo —aseguró, volviendo a la normalidad mientras se apoyaba de la mesa, mirando un auto negro pasar, justo frente a la ventana—. Lo decidí desde el principio, Rylan. Es una de esas decisiones que me obsesionan —se encogió de hombros—. Creo que ya nos llegó la ley, por cierto.

¿Papá? Oh, no. Tengo que disculparme del tío Des —se dijo a sí misma—. ¡Ah, ya sé, escribiré una nota!

Tomó una servilleta de papel y una pluma rosada, con brillantina, directamente de su bolsa. Escribió velozmente, entonces, para el pelirrosa, pues logró observar a su padre atravesar la puerta con un humor del demonio. Blai pudo contenerlo con palabras ligeras durante los siguientes instantes que la niña necesitó para terminar el mensaje para su ahora “tío Des”. Finalmente, se despidió de ella dejando que su hermano mayor la apartara de su lado y, muy contento, decidió acercarse al mostrador, donde entregó la nota a uno de los trabajadores, pidiéndole que se la entregaran de inmediato al mestizo. Sabía bien que sería difícil que accedieran, pero fue tan poco flexible como ellos al decir que si no se lo entregaban y tenía respuesta de su agrado en los próximos 30 minutos, él entraría así tuviera que utilizar la fuerza para llegar a él, y nadie lo detendría. Pudo ver la incredulidad en el rostro de todos ellos, una que solo logró hacer desaparecer cuando su paciencia encontró un límite y sus encantadores ojos pasaron de un chocolate a un peligroso dorado brillante pero amenazador, que por poco los hizo correr en círculos en pánico, pero fue bastante con dejarlos helados. Su mirada marrón volvió a su color natural y sonrió carismática, para hacerles una señal de sus dedos e indicarles con ello que se movieran de inmediato, pues no tenían tanto tiempo. En la servilleta de papel habían dos notas, primero la de color rosado brillante y después una de tinta negra, de alguna pluma que él tomó después de que se fueran su hermano y sobrina. La primera estaba en una letra que aunque era femenina y redonda, se notaba inmadura. Por su lado, Blai escribía con una cursiva sin defectos, completamente romántica.

Tío Des! Lamento mucho haberte hecho sentir mal, de verdad, en serio en serio en serio en serioooooo lo siento TT0TT
—incluía dibujitos—
En verdad, estoy muy feliz de que mi tío Blai te conociera, ¡él no es un hombre de compromiso! Pero creo que le gustas muchísisisisisisimo y que no te dejará escapar fácilmente
Así que, ¿por qué no lo aceptas y ya? Estoy segura que de cualquier forma no te va a dejar de molestar y me muero por ser la niña de las flores en su boda y por conocer a mis primitos :D
❀ Rylan


"No me iré. Sal de una vez, ¿quieres? Si no estás aquí en los próximos 30 minutos, entraré por ti.
P.D.: No tengo planeado irme, aunque salgas conmigo.
P.D.2: He decidido que si no sales de inmediato (o me invitas a ir dentro), no solo irrumpiré descaradamente,
sino que también dejaré de escribir, por el resto de mi eternidad. Y tú serás el culpable. ¿Podrías vivir con eso?
—B.G. Coch"


Blai G. Coch
avatar
pereza

Todas
Bisexual
Demonio perezoso~

Volver arriba Ir abajo

Re: Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Mensaje por Des Aeva el Dom 2 Abr - 3:11

La tierna criaturita estaba sofocada en su angustia, desesperada por algo que no sabía sobrellevar. Desconocía por completo ese tipo de vergüenza proveniente del deseo y ¿por qué no? El amor. Se encontraba tan sumido en sus pensamientos que no encontró sonido alguno antes de ser tocado por el hombro. El sobresalto lo sacó de sus ideas, haciéndolo retroceder una milésima junto con su brazo actuando de escudo.
Su empleado, uno de aspecto masculino y bien parecido, llegó con un enojo enorme debido a cierto cliente altanero que pedía por su presencia. Varios improperios salieron de la boca del muchacho, quien fue reprendido con la calidez de un adulto amable y comprensivo.
-Solo...espera unos momentos- pidió al chico mientras leía ambas notas. La primera sacó una tierna sonrisa de su rostro; la pequeña morena tenía el encanto y la ternura de una niña. Le llamaba tío y esperaba ver primos...eso era demasiado gracioso en verdad. Por otro lado, la siguiente nota, de una caligrafía que hizo brincar a su pecho, le dejó totalmente paralizado. Sus manos comenzaron a temblar de solo imaginar el abandono del demonio a su trabajo ¡claro que no podría vivir con la culpa! –Déjame esto a mi, vuelve a tus labores. Ethan, muchas gracias- le brindó un amable agradecimiento antes de limpiar sus ojos rojos y las lagrimas en las mejillas.

Con el corazón a punto de salirse de lugar, de escapar de su caja torácica con un simple movimiento, se levantó, descalzo, y fue velozmente hacia el frente de Ardent. Cada paso que daba era como si algo le hiriera la planta de sus piecillos blancos hasta el punto de intimidarlo a regresar a su escondite, sin embargo, no iba a temer. No se lo permitiría si con ello Blai seguía escribiendo para él. En cuanto aquello pasó por su mente un enorme sonrojo le coloreó el rostro, obligándolo a frenar antes de salir al encuentro –No...escribe para todos...para todos...-mencionó intentando recobrar la cordura, intentando no querer acapararlo con desespero. Eso era poseer, anhelar, todo tipo de sensaciones y emociones que podían enloquecerlo de una forma tan profunda, que no estaba seguro de si podría asimilarlo; la pregunta “¿y sí tal vez...?” siempre estaba presente en su mente desde el cruce de miradas con Blai, solo no quería que le dejara o se aburriera de su ser. Des siempre había sido menospreciado en su vida, por sus padres, el carnaval... y con ello en cuenta, resultaba difícil para alguien con sus heridas suponer que podrían apreciarle, amarle, quererle siquiera.

Luego de unos momentos, tal vez un minuto, dejó sus dudas y llegó hasta el demonio. Le observó con cierto brillo y dolor en la mirada. Pero no era sufrimiento en sí, era ese extraño crujir que envolvía su pecho y su mente. Cada instante en que podía sentir su presencia, su aroma y su voz profunda, solamente se hacía consciente de todo lo que le gustaba ese hombre; de forma ambivalente también dudaba sobre ello hasta el punto de sentirse culpable solo por contemplarlo.
-Venga conmigo...- solo mencionó cuando fue capaz de ordenar su mente y su cabeza. Tomó con prisa su mano y le arrastró a un paso veloz hacia el interior de la cafetería, nuevamente el pasillo de pisos azulejados y cortinas colgantes de flores que nunca perecían. Llegó entonces a su fortuito y pequeño paraíso. No dijo palabra alguna pero sentía que su latir iba cada segundo más rápido que el anterior y sonaba tan fuerte que, aun si podía escucharse “La-la means i love you” de The Delfonics, el latido parecía acallar por completo la dulce canción.
Sus pies algo sucios, totalmente descalzos, se detuvieron cuando la madera oscura de su árbol sirvió como un freno a sus acciones mecánicas, su cuerpo temblaba nervioso mientras su mano no dejaba a la ajena en paz. Tenía un gran cúmulo de sensaciones indecorosas, incomodas, recorriendo cada nimio sitio de sus sistema y, junto a ello, se desbordaban los deseos de devorarle en caricias y besos. Que impertinente resultaba con esos pensamientos claramente lujuriosos -¿Por qué dice eso? ¿Por qué se negaría a escribir?- preguntó con cierto tono frágil en la voz mientras se acercaba un poco contra su cuerpo. No quería invadirlo más de lo necesario pero su mente estaba en la luna, o más bien perdido en ese planeta extraño que era Blai. Tan oscuro, tan atrayente...

-Mi adorado, B...Blai- murmuró, con extrema dificultad su nombre de pila, mientras sus manos se posaban en su pecho, casi en una pose de ensueño que lejos estaba de la realidad aun -¿por qué me presiona así?- dijo. No quería que hablara aun pues su cuerpo estaba dejando en claro todo lo que le pasaba -¿Acaso he sido alguien malo con usted? ¿He herido sus sentimientos?- volvió a indagar. Sus ojos suplicantes estaban alzados para encontrar esa marea oscura que eran los ajenos. Buscaba encontrar en ellos el por qué de tantas cuestiones sin sentido, dichas hasta ese momento por su propia persona.
El rostro del mestizo estaba compungido y claramente estresado. Quería volver el tiempo atrás y no mencionar nada de lo dicho, no expresar un “gustar” que ciertamente era tan importante como su propia vida. Era el primer gustar, posiblemente el único que sentiría con tanta fuerza, pero el miedo al rechazo era lo más horrible jamás experimentado en su larga –aunque no tan extensa- vida. Quería llorar, sus ojos rojos estaban rogando poder volver a ello, pero no se aventuró a tanto. Su garganta tenía un fuerte nudo, el cual le impedía gesticular correctamente o respirar en profundidad.

Cierto era que aun con la dulzura, Des Aeva, era un pecador. Uno que no tenía grandes maldades ocultas a excepción de su pasado juvenil. Era un ser gentil que poco a poco iba liberándose de los malos recuerdos y actitudes, pero el ser un ente obsesivo lo volvía alguien ciertamente peligroso para aquellos que hicieran mella en su persona. El problema era la dependencia, sin mencionar el amor desmedido –yo...he dicho algo terrible hoy- habló en seco, intentando no enrojecer de vergüenza, mientras suplicaba –si, suplicaba como un pequeño conejo teme a su depredador- con su cuerpo el perdón del demonio –algo que va más allá de cualquier indiscreción entre dos hombres. Yo...- jadeó levemente ante lo poco que podía decir, que podía comprender, mientras sus bonitas cejas rosadas se fruncían en una expresión de dolor acorde a su mirada –Lo siento...lamento sentirme de esa forma- claro que se disculparía con todo su ser, no sabía lo que era estar enamorado, el sufrir por ello, el reír por la pasión. Era tan blanco, tan repulsivamente puro, que no encajaba con la misma ciudad que le acogió con amor, aun si su nacionalidad era francesa –Así que...por favor, yo haré todo lo que usted me pida, pero no deje de escribir. No deje de hacerlo- en efecto, había cavado su propia fosa con esas ultimas palabras. Pero aun así, era la muerte más hermosa que podría sentir.
Des Aeva
avatar
gula

Ho...homosexual
Mestizo de Shinigami & Alfraude

Volver arriba Ir abajo

Re: Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Mensaje por Blai G. Coch el Vie 21 Abr - 9:42

¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Ocho minutos? Más o menos. Sabía que eso no debía demorar tanto, el chico ya debía estar en el interior entregando las notas en mano de Des, por lo que en los próximos cinco minutos uno de los dos se presentaría con una respuesta para el demonio y, si tenía suerte, ese alguien sería su encantadora musa. De hecho, tenía tanto tiempo por ahí, que le apetecía un cigarrillo, pero no podía permitirse a sí mismo que su presa saliera de su escondite mientras él jugaba ese papel tan autodestructivo. Des lo sabría, por supuesto. En algún punto le diría que él era la reencarnación de un demonio, le comentaría que era un fumador, que era un desastre de hombre que vivía en el alcohol, se lo diría todo pero… no aún. Necesitaba asegurarle antes de mostrarle sus malos hábitos, como el de imaginarlo tan destrozado mil veces para poder escribir algo hermoso, la necesidad de verlo que venía desarrollando conforme más lo veía, el deseo que le corroía cuando sus dulces labios surcaban una sonrisa o sus mejillas se enrojecían, inclusive la forma en que se masturbaba cuando lo mataba otra vez, en alguna de sus historias. ¿Qué le había pasado? No lo sabía, pero quizá estaba tan encantado por esa dulzura que no podría alejarse nunca de él. ¿Por eso su hermano se había casado con su mujer? Era una idea divertida, cosa que no sucedía en su cabeza muy a menudo, a pesar de haber declarado abiertamente que se casaría con el mestizo. Fue entonces que, con catorce minutos transcurridos, él se presentó, justo como tenía estimado.

Le fue imposible ocultar su sonrisa de gusto ante él. No le importaba darle el tiempo necesario para decir cualquier cosa, él tenía derecho de tomarse su tiempo. De hecho, lo veía ir con prisa y le parecía una dulzura. Lo veía congelarse y él se derretía de placer. Lo quería, lo necesitaba, no podía sin acaparar todo de él así que cuando escuchó su voz delicada decir que le acompañara, supo que no iba a resistirse ni siquiera un poco: aceptó que le sostuviera por la mano para que le llevara al mismísimo infierno si era su voluntad. Claro que el ser guiado por ese pelirrosa encantador no le detuvo de sonreír burlón al chico que de tan mala gana había ido a llamarle, para hacerle un saludo descarado con su mano derecha a par de que continuaban siguiendo el rumbo hasta desaparecer de la vista del vulgo. Apenas llegaron al suelo verde supo que él no estaba del todo consciente, que se había perdido en sí mismo y, en realidad, quería ver más. Así que se detuvo en el mismo instante en el que Des lo hizo, observando ese cabellera de color algodón de azúcar, extendiéndose larga, provocándole a tomarla y apretarle con desesperación… pero no. Lo asustaría. No se atrevería a herirlo ni un poco, no podía. Al menos hasta que fuera suyo. ¿En qué se había convertido ese ser? Sus preguntas generaron cierta satisfacción de principio, una que ocultó en una cara casi compasiva, mientras él se acercaba con tanta confianza, más perdido en lo que su alma le dominaba y se atrevía a… ¿le había llamado por su nombre?

Oh, le iba a explotar el corazón de amor. Sus manos delicadas, sobre su pecho, fueron una locura de imaginar. ¿Cómo debía poner en palabras un acto tan maravilloso? Nunca lo había matado con tanto amor, nunca lo había hecho en semejante intimidad, siempre lo había hecho a distancia, lo había hecho como a un objetivo común y corriente pero ahora, en este instante, ya no era una simple víctima. El tacto más suave, más cálido inclusive sobre la ropa de gala, un gesto romántico para el que las palabras adornadas faltaban, algo para lo que había vivido toda su vida pero nunca lo supo hasta este momento, para escuchar esos dulces labios rosados mencionar su nombre de pila con un mínimo tartamudeo en una letra sin importancia, lo que lo hacía simplemente más hermoso, más perfecto. Él ni siquiera tenía idea del efecto que estaba logrando. ¿Quién se creía? ¿Qué era él? ¿Qué tenía en las venas para oler tan bien? ¿Por qué deseaba tanto devorarlo y simplemente no podía hacerlo? Soñaba con su sangre en sus manos, con su cuello aprisionado por sus dedos, con esa mirada amorosa mientras le arrancaba la vida pedazo a pedazo, soñaba con ser el último objeto de afecto que estuviera al alcance de sus ojos mientras era apuñalado decenas de veces en el crimen pasional más evidente del mundo, pero seguía siendo un completo desconocido sin la intimidad de una descripción dulce, adorable. Siempre era un asesinato brutal por algún asesino serial que cazaba una presa en específico y que él resultaba ser perfecto. Su asomo en sus letras era tan mínimo, que lo había estado ofendiendo hasta el día de hoy y, ¡NO! ¡SE HABÍA OFENDIDO A SÍ MISMO! Y lo único que había ocasionado con ello, eran las inminentes palabras de arrepentimiento, tan dolorosas para ambos, que no pudo resistirlo, no pudo escuchar más antes de que sus manos fueran a sostener ambas, a la vez, justo cuando él terminó de hablar.

Eres mi adoración —lo dejó ir de entre sus labios con una naturaleza irreconocible por cualquiera que le conociera—. Inclusive si lo quisiera, no podría seguir escribiendo sin ti. Lo único que me detiene de besarte como desearía, en este momento, es que no quiero generar un daño irreparable, no en ti, no en los libros que tanto amas —su mano derecha buscó su rostro, sosteniéndole por la mejilla para obligarle a verle—. Quiero mi cita. La quiero ahora. Prometo no desaparecer. Prometo darte otras dos citas antes de obligarte a ser completamente mío. Prometo poner las palabras por y para ti, eternamente, apenas me aceptes. Te lo dije, voy a casarme contigo, soy lo suficientemente terco para obligarte a cumplir mi profecía —se sonrió con diversión—. Ah… pero soy un hombre simple y pediré una primera cita simple. No puedo seguir viendo ese rostro tan hermoso de esa forma, moriré si pasa eso. ¿Quieres sentarte conmigo? Charlaremos. Quizá, si eres lo suficientemente bueno, hasta duerma. ¿No lo sabes? Soy como un gato… duermo más de lo que respiro, aunque no más de lo que hablo.

Llevó la mano en su rostro, con gentileza, a acomodar su cabellera. Después la bajó y aproximó la otra, soltando sus manos, para tomarle por el rostro y limpiar esas mejillas manchadas por el recorrido de las lágrimas que humedecieron su piel tan hermosa. No estaba jugando, no estaba mintiendo, él era su adoración. Lo deseaba, lo necesitaba. Nunca había tenido la oportunidad de tocarlo tanto, de gozar de la sedosa cabellera que se atrevió a acomodar con descaro, con una confianza íntima que debía molestar al chico en algún modo. Después le sonrió con dulzura, porque dudaba que hubiera otra forma más adecuada de darle un poco de paz a esa alma que sufría, a causa de sentimientos que no podía comprender, a un vórtice de sensaciones que no reconocía y que, podía decir altivo, él estaba generando. No necesitaba apuntar para sus recordatorios o grabar para después lo que sabía que escribiría sobre él, esa sensación no se borraría en varios días, inclusive si venía a visitarlo cada día del resto del mes, ¡en especial si eso sucedía! Cada vez que lo mirara tendría un golpe de inspiración y eso sería horrible, devastador, ¡Escribiría tanto! ¡Tendría tan feliz a su representante! Le daba asco, pero no importaba. Estaba tan fascinado que no se reconocía a sí mismo, pero se controló de posar sus labios en cualquier parte de esa piel y le obligó a mirarle a los ojos, inclinándose para sonreírse y que pudiera verlo con claridad.

¿Qué dices? ¿Tenemos una cita de charlas aquí? Por favor. No me hagas suplicarte más, ya he rebajado tanto mi ego, me vas a matar si dices que no.


Blai G. Coch
avatar
pereza

Todas
Bisexual
Demonio perezoso~

Volver arriba Ir abajo

Re: Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Mensaje por Des Aeva el Mar 25 Abr - 0:41

¿cómo podría hacer frente a un hombre así? ¿Cómo llevaría adelante sus puntos y propósitos si por cada una de sus afirmaciones, o intento, se veía realmente devastado con su oscura y hermosa mirada?
Decir que su nombre sonó como una cruel melodía en su garganta era poco, pero era tan altamente adictivo que hubiera permanecido eternamente llamándolo. Era insano sentirse así pero estaba tan fascinado por las tiernas evocaciones emocionales de su cuerpo que no se atrevía a dejarlas. No quería.

Más allá de la distorsión de la realidad que sus ojos veían, que contemplaban de forma fantástica, había algo –posiblemente un sentimiento- extremadamente real que demandaba su cuerpo todo. Era voraz y avasallante hasta el punto de hacer a su cabeza marear y sentirse entumecida. Era, además, ese perfume natural con un tinte particular a tabaco que estaba generando un profundo mar de memorias en su organismo. Des, estaba dejando en su ser todo la marca de todo lo que Blai G. Coch significaba, tenía ahora pequeñas huellas que rememoraban absolutamente las características propias del demonio. Ese ser, era un asesino, uno mortal y carismático que estaba destrozando todo de su cotidiana vida. Ésta misma estaba cambiando, dando un vuelvo increíble por él y parecía no habría vuelta atrás, tras su presencia.
Lo siguiente fue un impacto enorme en su psique humilde y sencilla. Sus palabras le hicieron pensar si realmente era alguien especial; es que... ¿Alguien podría verle de esa forma tan salida del juicio racional? No conocía nada de ello, era un simple ignorante intentando no morir al pisar las grandas. Así mismo, no comprendía sus actos sucios, perversos, que evocaban a una persona absorbida por una lujuria no reconocida.

-No diga eso, si usted lo repite una vez más voy a creerlo con tanta fuerza que no podré dejarlo ir nunca- expresó. Sus labios algo rojos debido a sus malvadas mordidas suplicaban por un roce indecente pero así como el contrario resistió la tentación, también lo hizo el mestizo. Des Aeva se dejó seducir por esas palabras que surcaban el tiempo y espacio con una gota de perversa posesión. Le gustaba aquella sensación innata que provenía de una pasión inescrupulosa y no consumada. Era el inicio de un relato repleto de amor desmedido y grandes destrucciones. Daños colaterales que venían dándose besos con las desgracias de un cuento de hadas. –Yo...Monsieur Coch, acepto tener una primera cita...-agregó sin titubear ni un poco ante su propuesta. Y es que aun si tenía todo el temor en las manos, haciéndole temblar completamente, cuando le tocaba parecía que abandonaría la tierra por solo uno de los múltiples choques eléctricos que le provocaba. Era una ambivalencia que estaba calando sus huesos hasta que los perforaba.
-Blai...no...- dudaba de si utilizar una forma de comunicación más informal, más directa, por lo que sus palabras se soltaron torpes de sus labios en un primer momento –yo, no comprendo todo lo que me dices. No sé que es...el...el...- un nudo se formó en su garganta pues temía a soltar la palabra más imposible y compleja de toda su vida. Pocas letras que eran como un cáncer con bocanas de aire fresco, eso era decir que le gustaba o sentir que un cariño más que anormal por todo su ser. En efecto, negó las palabras concretas por no saber como decirlas coherentemente.

Aquel hombre; ese demonio, con piel de cordero, estaba arrebatando de una forma anormal la inmortalidad de ese torpe shinigami. –Yo...te...te deseo tanto que es doloroso- murmuró mientras besaba sus manos al ser enlazadas con las propias por un minúsculo instante.
Sus mejillas, acariciadas con ternura, se colorearon rojas y obligaron a la piel del cuello tintarse de la misma forma tan puritana. Eran los nervios de decir que en verdad le quería, o al menos de intentarlo. Cuando su piel volvió a tocarlo supo dejar que su rostro se apoyase con ahínco sobre su palma, para entonces separarse y tomar sus manos con las propias en una amable unión que no esperaba concluyese. Aun si no sabía de su eternidad, aun si lo desconocía por completo debido a su crianza y vida miserable, anhelaba la misma para poder contemplarlo cada instante. ¿Dormir? Sería su lecho  y su abrigo cuando se lo requiriese; ¿hablar? Escucharía cada ínfima palabra que profiriera esa oscura boca repleta de una toxina letal. Era el recuerdo de una serpiente venenosa, peligrosa, que podía arrebatar la vida en segundos.
-Ven, por favor- hablar de aquella forma resultaba un caos en sus modales habituales pero no dudó en tomar la iniciativa para tironear de su gran cuerpo y obligarlo a moverse hasta que el césped vivido resultó cómodo –imagino que usted...no. Que tu sabes de mi poder, de esta naturaleza que deseo conservar siempre para que alegre nuestros días. Sin embargo yo nunca he pensado de en acaparar esta belleza. En hacerla solo de mi pertenencia.- expresó sincero mientras bajaba sus piernas para sentarse sobre el pasto suave –pero no he podido ser así con...contigo- agregó mientras desde su postura pequeña, sentado cual rosado ovillo, aun permanecía atado a sus manos, suplicando que se acercara a su cuerpo de forma indiscriminada –Soy un hombre egoísta, tan malvado, que incluso he hecho algo horrible sin siquiera decirte nada- confesó en un primer momento.

Esperó hasta que sus cuerpos se sintieran aun más cercanos, más unidos en ese pequeño paraíso en el cual nadie tenía permitido entrar, y cuando encontró el momento perfecto sus manos pasaron de tocar las ajenas a un acto totalmente impío, completamente mal intencionado. Sus zarpas de índole inocente, o al menos ahora que no debían arrebatar las almas para traspasar al plano espiritual, tocaron las mejillas ajenas. Sus yemas se impregnaron de la forma y las sensaciones provenientes de la fría piel; aprendieron el contorno así como a reconocer su suavidad. –Debo confesarlo, debo de decirlo porque siento he pecado. He hecho algo tan sucio que tampoco fui capaz de aceptarlo en un primer momento, mi adorado Blai- agregó, casi como si fuera a explicar un brutal crimen –yo he robado algo de ti, lo he hecho tan inconscientemente que temo volveré a repetirlo si no cuido mis emociones- agregó mientras se acercaba timidamente a su cuerpo. Quería decir aquello de forma tal que nadie más lo supiera, era un secreto entre ellos dos. –Con algo, creo es un sentimiento sucio yo he robado un beso de tu boca- sentenció, cortando el silencio momentáneo que se dio para dar una bocanada de aire y ánimos de no refrenarse –Cuando has besado mis dedos hoy... yo he tomado de los mismos tu esencia y los llevé a los propios- explicó. Para Des, aquel simple hecho fue un mar de perversión lujuriosa que no quería refrenar ni tampoco podía aceptar con elocuencia. Empero, mientras más lo tenía presente, más notaba su motivo primigenio –yo tuve una...extraña sensación antes de conocer a tu familiar. No comprendo que fue, lo supe por qué mi mente estaba ida y solo podía pensar en acaparar todo lo posible que viniera de ti...- agregó, sin saber que eso mismo que sentía eran celos de la más pura cepa, unos tan profundos de solo pensar que alguien pudiera arrebatar a ese demonio de su lado.
Des Aeva
avatar
gula

Ho...homosexual
Mestizo de Shinigami & Alfraude

Volver arriba Ir abajo

Re: Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Mensaje por Blai G. Coch el Mar 25 Abr - 2:43

Es difícil ser un hombre. Por supuesto, nunca le restaría crédito ni menospreciaría la dificultad de ser mujer, él no se ponía a discutir con seres que superaban su existencia porque, bueno, habían pocas cosas que alguien como Blai no comprendía del todo y eso era, sin lugar a dudas, al género femenino. Pero ser hombre era realmente difícil. ¿Qué? El sexo primitivo tenía una enorme debilidad cando quería tomarse las cosas en serio, ser correctos, razonar. El género masculino podrá ser habilidoso para el trato social y para los negocios, para las matemáticas y las tareas de reparación, para la mecánica y las ciencias, pero apenas se trataba de algo sentimental o que requiriera echar una mirada hacia el interior, todo y absolutamente todo se IBA A LA MIERDA. Era algo completamente fuera del dominio del hombre, una materia que se había adaptado perfectamente a las damas que habían desarrollado la habilidad de poner en palabras y vivir más de dos sentimientos a la vez, ellas se habían adentrado tanto en el tópico que no podían con tanta información y las muy pobres esperaban que los hombres lo hicieran, ¿en serio? Cuando el demonio descubrió, a muy temprana edad, que era simplemente inútil en cuanto a las mujeres, decidió hacer la cosa más inteligente y se dio una temporada de viaje con su madre para descubrir las más ocultas técnicas para entender al género opuesto: convivió con sus orígenes gitanos, donde le reconocieron como la encarnación de un demonio poderoso que representaba al gozo, por el simple hecho de que se acomodó demasiado bien con los grupos femeninos de todas las edades abandonando por completo a los de su mismo sexo. Blai aprendió mucho, lo que le ayudó a ser un gran escritor, pero nunca supo cómo mantener una relación saludable con una dama…. Bueno, con nadie en general.

¿Qué importa eso? Bueno. Ser hombre es difícil porque los hombres son más instintivos. No tienen un sentido de supervivencia, al punto en que existen muchas más mujeres que hombres en el mundo pues ellos son tan estúpidos para ser autodestructivos. Son impulsivos y reaccionan primero a su lado animal que a la razón, así que era horriblemente difícil tener ese impulso por saltarle encima a ese adorable pedazo de azúcar, besarlo sin descanso y enseñarle por qué él era la imagen del goce con sus muy experimentadas manos. Era tan complicada la resistencia, quería morderse más que la lengua para resistir mientras lo observaba, tan dulce y hermoso. ¿Cómo se suponía que siguiera así por otras dos citas? Se quedó callado por el simple hecho de que no podía interrumpir algo tan hermoso, estaba captando cada detalle de su personalidad y lo guardaba dentro de su cerebro para la eternidad, para después plasmarlo en papel que él mundo entero leería y conocería sobre lo más precioso que había conocido en su vida. Una encantadora musa, con habilidades sobrenaturales, que le llevaban a lo más brillante del mundo, un enfoque imposible para el hombre que vivía sumido en las tinieblas de su existencia, que nació bastardo para morir vagabundo, porque desde el principio ese era su propósito, pero entonces se presentaba ese ser caminando con la iluminación cursi y su cabellera irreal flotando por el aire, como una salida poco probable. ¿Qué rayos le pasaba al universo? ¿Por qué le tendía una mano tan blanca? Lo ponía en medio de un paisaje verde, lo llevaba a la parte en la que el césped era más suave, le obligaba a sentir el perfume de flores de su pura esencia. ¿Por qué le prestaba algo tan hermoso para ser destruido? ¿Acaso Dios se había vuelto loco? ¿Cómo podía crear a un ser tan transparente y ofrecérselo a él, un monstruo, en bandeja de plata? El Diablo también lo sabía, todos lo sabían: Blai no podría tener algo tan hermoso y dejarlo ir así nada más, iba a romperlo por placer, iba a amarlo para volver sus piezas a su lugar y, entonces, una vez más iba a hacerlo pedazos. Todo por el simple gusto de verlo, por el goce que eso le provocaría. Porque era un monstruo, un demonio que había nacido para la destrucción. Porque no podía evitar su naturaleza oscura.

Fue entonces cuando las palabras sobre un comportamiento malvado vinieron hasta él, para hacerle creer que tal vez había llegado demasiado tarde—lo cual era irrelevante, de todas formas había mucho de él para romper—. Sin embargo, sus confesiones resultaron en algo mínimo, algo inesperado, algo que aunque él llamaba un pecado, no era más que una infantil muestra de corrupción, una semilla que él mismo había sembrado sin darse cuenta. Esa simple idea le conmovió completamente, arrancándole una sonrisa que se dibujó lenta y eventualmente, conforme él seguía hablando sobre la maldad que existía en su cuerpo, que apenas y se asemejaba al capricho de un niño pequeño. Así que sí, era muy difícil ser un hombre, porque no podía mantener a margen su necesidad de atacarlo con todo el amor que nunca había sentido, que seguro solo era un egoísmo hacia esa pureza, era su instinto demoledor que no resistía seguir viendo pureza en el mundo. Y al mismo tiempo, algo tibio se acogió en su pecho, le generó una risa muda que no permitió que se escapara para no ofender sus sentimientos, su honestidad. ¡Lo deseaba tanto! Si seguía hablando iba a explotar, iba a morir por las ansias de enseñarle lo que era el pecado, lo que era el verdadero placer. Así que tomó sus manos, para besar pada uno de sus dedos. Besó también las partes en la que los labios de ese dulce pelirrosa se presionaron en tan sumisos besos, por el simple capricho de verle retorcerse de la emoción. Pero también le sostuvo con la suficiente firmeza, de esas manos, para que los nervios no le permitieran escaparse. Lo hizo, impúdico, a ojos cerrados, para abrirlos con el aspecto de un animal hambriento y mirarle, directo a los ojos.

Lo que has hecho, Des —empezó, con su aliento contra los dedos delgados de ese hermoso joven frente a él—, no es robar un beso de mis labios —le sonrió sobre la mejilla, con una seguridad peligrosa, antes de atraerle un poco por las manos, obligándole a borrar el espacio entre ambos, llevando su diestra al hombro ajeno—. Lo que has sentido es natural, si quieres a alguien lo suficiente… creo que me sentiría igual, en tu posición. Creo que fulminaría a quien quisiera apartarte de mí, aunque eso fuera por tu bien —se inclinó a su rostro, subiendo su mano a acomodar sus cabellos rosas, a una escasa distancia entre rostros—. Soy muy posesivo, lo siento tanto. Pero puedo… quiero enseñártelo, todo. Dije que no te besaría, pero tu encanto superó mi límite, no puedes hacer esto y esperar que me quede de brazos cruzados, así que… será muy breve, será apenas un ejemplo. ¿Podrías aceptar mi amor?

Era horrible, era un monstruo. Lo sabía pues, mientras más lo acercaba, más suave y bajo era el tono de su voz. La mano que tanto había acomodado su cabellera, en guante blanco y suave, bajó por detrás de su oído, acarició apenas su cuello, volvió a la mandíbula y vino a subir hasta el mentón, a su barbilla, obligándole a subir un poco el rostro. Lo miró primero a los ojos, con esos orbes seductores que buscaban hipnotizarlo lo suficiente para convencerle de no huir de su agarre, el cual se había convertido en un abrazo romántico, de novela. Su aliento tenía aún la fragancia de ese té que les había preparado, mientras que sus palabras se esforzaron por endulzar su momento e, inevitablemente, le recorrió ese rostro que había forzado a la cercanía. Un beso, dijo él. Un beso robado de sus labios. Ni siquiera sabía de qué estaba hablando, pero iba a mostrárselo, lo haría conteniéndose de no devorarlo, de no llevarlo a otra dimensión que pudiera aterrarle con tantas sensaciones que le enloquecerían. Se inclinó lo mínimo, lo que apenas necesitaba, y cerró sus ojos para darle intimidad a los nervios del mestizo, mientras tocaba sus labios rosas con los propios, empujando suavemente, dejando un toque de presión amoroso, en un gesto dulce. Toda su fuerza se fue en no obligarlo a sentir la pasión, la verdadera lujuria de este mundo. Después se apartó, tras unos segundos, con mucho cuidado, y aflojó la forma en la que lo sostenía, porque era libre de huir si eso quería.

Eso es un beso robado de tus labios, por los míos. Lamento si hice algo que pueda herirte pero, aunque quise, no pude contenerme. ¿Me perdonarías? ¿Te quedarías conmigo?


Blai G. Coch
avatar
pereza

Todas
Bisexual
Demonio perezoso~

Volver arriba Ir abajo

Re: Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Mensaje por Des Aeva el Mar 2 Mayo - 3:09

A veces había que escalar hasta la última letra del nombre de un ser amado para entender que detrás de todo el dolor y la desesperación, de la inseguridad, había algo mucho más tenebroso que llegaba en forma de reciproco cariño. Era una caída libre al abismo más oscuro en donde, si bien, se observaba a la bestia...ella te miraba a ti e incluso tenía la impertinencia de hundirte en su encanto para no dejarte ir. La bestia, ese anticristo, era la lujuria que mantenía vivo todo cuerpo, toda carne terrenal, que necesitaba por siempre de ese hermoso y fantástico deseo impuro.
Blai G. Coch, era –en efecto- la criatura más perversa que pudiera el mundo conocer. Era la oscuridad que en cada ser se resguarda, se limita y contiene para no dejar salir los efectos de una abominación sin reparo que fermenta en las entrañas de los inocentes. O que al menos pecaban de una mirada cubierta con un suave velo que acuarelaba el ambiente.
El demonio producía una primavera eterna en su contra cara desconocida, pues tenía en sus manos a una raza opuesta por naturaleza a sus acciones viles, que solamente se perdía entre magnolias y bellos aromas que dejaban un paisaje encriptado para que el mestizo algún día pudiera comprender todo aquello que en su cuerpo estaba surgiendo.

El mestizo no supo, no comprendió, y cuando fue impulsado al abismo, a caer por completo en el frenesí de un simple contacto...se dio cuenta de que “la esperanza fue liberada de su vasija”. Su boca era un almíbar por el cual hubiera enloquecido, hubiera asesinado sin reparo, incluso más sabroso que todos los postres, todas las golosinas, habidas y por haber. Jamás podría reproducir una sensación tal singular.
Estaba tan sumido en su roce, en su respiración tibia, que no supo que dejó de ejercer movimiento en sus pulmones. No podía simplemente morir pero, al mismo tiempo, estaba desfalleciendo y agonizando por la lujuria que burbujeaba en su interior todo. Sus labios sintieron el suave toque ajeno por un corto lapso que, al volver a separarse, su vientre pareció ser devorado desde el interior debido a la necesidad de un nuevo contacto. Ahora bien, es preciso redactar que no solo su cuerpo comenzó a experimentar caos, uno tan devastador que le enloqueció por unas ínfimas micras eternas, sino que también su mente colapsó ante la magnificencia y los sublimes choques eléctricos que en su espina se generaban. Era algo tan doloroso, tan destructivo, pero quería más. No alcanzaba en absoluto y aun si escuchó sus siguientes palabras – o al menos lo intentó- reaccionó con descaro y sin arrepentimiento alguno.

Primero, quedó estático, sus cuencas miraron al ajeno (por no lo miraron en verdad, su brillo estaba ahí pero en la cabeza del chico no había conexión nerviosa que le hiciera comprender que estaba en la realidad) y luego sus manos se apoyaron en su propio pecho. Ambas extremidades temblaban de sobre manera pero no era temor, no, sino un desespero que se comparaba a su gula inmensa. Des Aeva era un hombre que engullía tan desesperadamente que no sentía nada más que un vacío existencial enorme. Nada llegaba a ser suficiente y ahora...con ese hombre moreno, ese gitano de maldad tergiversada, todo parecía aun más nimio. Como si el mundo fuera un pequeño tentempié que estaba sobre sus labios. Debía devorarlo, comerlo todo hasta el punto de no dejar nada...
El sentimiento que Blai había fomentado, sembrado lentamente en su interior, era de igual índole. Tan maquiavélicamente hermoso de llevar en la piel y en la boca -¿Qué has hecho?- preguntó con un pequeño quejido de su imperdonable boca. No sabía como contenerse ahora, no entendía como pudo hacerlo por tanto tiempo antes de ese momento.

Su cuerpo, entonces, se volvió involuntario para acercarse de forma casi viperina hacia el demonio. Sus rodillas al suelo mientras sus manos se estiraban para moverse sobre el contrario. Su cuerpo se abalanzó pero sin una intención sexual, sino que esperaba sentir más de aquel cálido bienestar –No podré ser un buen hombre ahora...- murmuró antes de acercarse enteramente al demonio –no podré serlo nunca más- aun si hubiera deseado detener sus impulsos, le era imposible.
-Es...será...un apetito eterno.- murmuró antes de apoyar su frente en ese pecho fornido. Estaba intentándolo, suplicaba a quien fuese que le observase desde el mundo espiritual para que las fuerzas le regresaran. Por desgracia sus nuevas palabras aplastaron todo esfuerzo y le doblegaron de una sola vez. Ya no importaba, no era necesario contenerse más, si todo el mal caía encima de su ser los soportaría mil veces y una más; quería a ese hombre con todas las de la ley y aun si se volcaba a frenarse, con solo una nota musical de su voz perdía el sano juicio.
-Esto no es justo...- murmuró antes de levantar el rostro, enrojecido hasta la frente por el descubrimiento de su ser y la forma tan perversa que podía tener por el amor de un solo hombre –solo tu...lo has obtenido- agregó para entonces tomar desprevenido al demonio y así besarle nuevamente. Claro que era torpe, era su primer beso real y resultaba desesperadamente encantador. Tan adictivo como una droga que no debe consumirse.
Sus brazos se movieron y elevaron para enroscarse en ese cuello como dos viles serpientes que no le permitirían la huida. Irónico, si se consideraba al hombre como un demonio de pura cepa.

Su cuerpo hubiera quedado sumido en el placer extremo, de no ser por su tan estúpida falta de experiencia. Era algo tan simple de reconocer que hasta sentía cierta pena por demostrar su simpleza ante ese ser magnánimo. Es que... ¿Cómo podría siquiera pensar en quererle? ¿Por qué alguien así de único y excepcional podría amarle? ¿Amarle? Tantas preguntas tenía y nada en concreto pero solo comprendía que no importaba lo que le rodeaba, ni siquiera Ardent era valedero si debía de compararlo con el vil monstruo que todo lo veía en ese abismo, si debía compararlo con Blai G. Coch –estoy muriendo...estás matándome.- murmuró cuando su boca se pudo separar unos milímetros intentando recobrar un aire que en verdad era molesto e innecesario.
Des Aeva
avatar
gula

Ho...homosexual
Mestizo de Shinigami & Alfraude

Volver arriba Ir abajo

Re: Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Mensaje por Blai G. Coch el Mar 2 Mayo - 10:10

No lo sabían aun, pero pronto lo entenderían. Ellos eran seres opuestos que forzaban un lazo por necedad, por capricho. Tal vez para Des causaría algún tipo de perturbación, a futuro. Pero, para Blai, sería una hermosa burla a las tragedias clásicas, otra razón más para aferrarse a ese mestizo… de momento, tendrían una alegre ignorancia. Él era un demonio, algo que estaba en contra de las dos naturalezas de su musa, algo destinado a enloquecerlos y, por lo que él sabía, ahora esa locura se debería algo más que su poca compatibilidad. Ellos no lo sabían aun, pero en el fondo lo entendían. Quizá por eso el hermoso pelirrosa estaba tan perdido por el escritor y a la vez, quizá por eso él tenía tantos deseos de destruirlo suavemente. ¿Cómo podía explicarlo? Quería destruirlo, quería abrirlo con sus propias manos y descubrir el interior que conformaba su dulce anatomía, quería poseerlo no como hombre, sino que como amo, quería enseñarle a sufrir de una forma tal que solo podría amarlo. Iba a herirlo, para pedir perdón. Iba a mostrarle los horrores de la adoración sin límite, porque no tenía otra opción, era lo que sus instintos le ordenaban y, al mismo tiempo, iba a amarlo tanto. ¿No eran el uno para el otro? Aunque el demonio aún no lo supiera, Des era “indestructible” así que encajaban a la perfección. Pero la cuestión es que no sabía que Des ya había sido destruido, lo que le obligaba a poner las piezas en su lugar antes de romperlo nuevamente y, peor que todo aquello, no tenía idea de que ya lo estaba haciendo. Son cosas que suceden cuando algo como el amor surge.

Cayó en cuenta de algo doloroso: jamás podría saber al cien por ciento lo que él sentía, así que no podría plasmarlo en sus letras, y eso le mató una parte del espíritu. Por eso no comprendía lo tarde que había llegado a la tarea de desmembrar los pedazos de alma de ese hermoso ser, hasta que él despertó y comenzó a hablar un par de cosas que impresionaron al demonio, hasta que lo miró y lo sintió moverse, hasta que su corazón se encogió en su pecho para informarle la más terrible verdad de su existencia. Esa sensación abrumadora le generó un dolor que no externó porque su personalidad era más fuerte que sus sentimientos y apenas lo descubría ahora, mientras él pronunciaba las palabras sobre la destrucción de su bondad interna. Toda la entereza de Des se había ido al cuerno con solo un beso, todos los planes de Blai para destruirlo se veían minúsculos ahora que notaba que él tenía una herida que exponía su materia visceral, atendida con una bandita mal pegada, arrancada por un mínimo contacto sin connotación sexual. Lo sabía porque tenía a ese ser desconsolado contra su pecho, lanzándose a sus brazos. Era terriblemente fácil, era algo doloroso de ver y escuchar, superaba las expectativas pero, para colmo, recibió un gesto imperdonable, un beso al que ni siquiera él pudo reaccionar, al cual se quedó estático presenciando su patetismo. ¿Qué más podía hacer al respecto? Toda la grandeza de su imagen pulcra sufrió un vuelco que impactó la percepción del demonio, que ahora cargaba con el peso de la verdad, rodeándole por el cuello y aferrándose como una garrapata, succionando su vitalidad como las sanguijuelas a la sangre. No era lo que creía, era muy distinto a lo que esperaba, tanto así que se vio obligado a estudiarlo con la mirada, aproximando su mano derecha a ese rostro angelical, como buscando las respuestas a sus preguntas y, carajo, las encontró.

Lo siento tanto —murmuró, demasiado cerca de sus labios, de su cuerpo, tan solo para abrazarlo y hundirse en su cuello, donde podría respirarlo, llenar sus pulmones con él—. He abierto las puertas del infierno para atraerte a él, solo quiero destruirte, desde el momento en que te vi supe que eras hermoso, pero ahora no puedo dejar de pensar en cuánto voy a amarte el resto de mi vida, en todo el daño que implicaré a tu ser, en lo que te mostraré, en las mil formas que encontraré para matarte y resucitarte. Ese será tu castigo, por ser lo que eres para mí.

Sí, sufrió plenamente cuando descubrió ese todo, cuando supo que su musa era mucho más interesante de lo que se pretendía, más perversa y presta a sus fines. Era tan precioso que esa pequeña exposición de su ser le había amarrado por la eternidad a pertenecerle, a ser despedazado por sus dedos que se metían en esa cabellera rosada, obligándole a estar tan cerca, a no verse los rostros mientras susurraba el veneno de una pasión jamás antes presenciada. Él creía que estaba muriendo tan solo porque estaba empezando, conocería el infierno por sus manos, si ahora era un pecador viviría como el mejor trabajo de un demonio y adoraría a su creador. Le atrajo de tal forma, hacia su cuerpo, que terminó obligándole a estar prácticamente sobre él, mientras era ahora el demonio quien se escondía en su pecho y suplicaba que nunca cesara. Era una advertencia previa a lo inevitable, mientras su aliento golpeaba las telas de su ropa y las calentaba con un choque constante, ahogado por el calor de su cuerpo que no soltaría sin lugar a dudas. Esa sensación lo arrullaba, así que tenía los ojos bien cerrados mientras sus manos descendían a la espalda y le sostenían caprichoso, aún resguardado en su escondite. Pero fue esa sensación de soñolencia la que lo despertó, tan solo para separar su rostro y levantar la mirada en busca del ajeno, porque quería volver a contemplar cómo lo desmoronaba, porque deseaba tocar ese rostro trastornado, embriagado por el amor, perturbado por la más hermosa adoración. Sin embargo, en esta ocasión tomó la decisión más crucial de su vida, que era la cosa más dolorosa que haría jamás. Para alguien como él, que pudo haberlo tomado ahí, enseñarle los placeres más hermosos generados por la lujuria y el deseo, el contenerse así fue un tormento. Así que lo apartó con una delicadeza minuciosa, regresándolo a su lado, a donde el contacto no era tal que quisiera comérselo vivo. Lo regresó a la posición de hace unos instantes, cuando aún eran un poco decentes, en algo muy parecido al rechazo. Lo acomodó casi como a una muñeca y se inclinó para un beso que, en ese momento de decisiones, determinó que sería el último, pero depositado con crueldad en su mejilla rosada.

Te hice una promesa —dijo, gentilmente, mientras la caricia a su rostro se volvía una costumbre inquietante, la única forma de contener su lado animal—. Te haré mío hasta la tercera cita, Des. Así que tendrás que ser paciente, tendrás que sufrir conmigo, porque vamos a contenernos —una sonrisa traviesa, de apariencia infantil pero encantadora, fue esbozada en sus labios casi como una tortura al temperamento de ambos—. Entonces, cuando llegue esa cita, no tendremos que contenernos más. Pero no seré un mal hombre, tampoco. Planté algo en ti de lo que me haré responsable —se explicó, llevando ambas manos a sostener las ajenas—. Tendrás dos besos míos la próxima cita, así como una sensación nueva como obsequio. Después, en la tercer cita, recibirás al menos tres besos míos, la sensación que ya no será nueva a esas alturas y, como prometido, serás eternamente mío cuando haya culminado nuestra aventura —acarició las manos, antes de atraerlas a sus labios, besándolas con ternura—. Tan solo así podré forzarte a acudir a cada una de ellas, porque soy un monstruo, porque soy egoísta, porque a partir de hoy no puedo vivir sin ti y, me temo, te obligaré a que no puedas vivir sin mí —sus ojos chocolate subieron hasta encontrar los ajenos, con un aspecto asesino, como el depredador que era—. ¿Qué dices?


Blai G. Coch
avatar
pereza

Todas
Bisexual
Demonio perezoso~

Volver arriba Ir abajo

Re: Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Mensaje por Des Aeva el Vie 12 Mayo - 1:49

El aroma que rondaba ahora entre los dos adultos resultaba ser tan dulce que parecía destrozar cualquier sentido, inundaba las fosas nasales hasta nublar todo rastro de sensatez. Su boca impura besó la contraria y permitió que la misma robara la esencia toda de esta. Quería memorizarlo absolutamente todo sobre ese hombre y ya había hecho mella en su interior la idea de poseerlo por completo. Blai G. Coch, era el nombre de aquello que quería tener de todas las formas posibles; era por encima de todo, su himno nacional.

Al sentirse separado un pequeño dolor en el pecho se formó, impaciente, para entonces seguir sus pasos y ponerse de frente. No quería que terminara, quería que se quedara, pero era ese carisma magnético, eléctrico, –que todos conocían y deseaban descubrir detrás de la hermosa prosa- que nublaba todo su ser hasta solo volverlo un animalillo salvaje e impulsivo. Le quería ahora y le querría en un futuro, no importaba el lapso ni si eones se hacían presentes. Des Aeva había sido atraído por la oscura orbita de ese planeta siniestro. No había forma de salir de allí ya.
Era el caos atesorando una chispa de inocencia, que había sido formada de la tristeza, la soledad y el temor. El shinigami tenía un pasado simplemente desastroso pero, aun con ello, había una genuina pureza para con los que conocía. Había madurado, había crecido, y de esa forma se transformó en una criatura que lejos de sentir dolor u odio, amaba profundamente. El shinigami era un niño inusual, siempre lo fue, y generaba –aun sin desearlo- cambios en la vida de aquellos que se le acercaban. Era una especie de “ruta alternativa” formada por grava y sentimientos. Era un pequeño choque de aire frío que servía para apaciguar la tristeza que acechaba a otros inocentes. Des era bueno, eso no podía negarse ni discutirse, por lo que el anticristo debía de obtener esa pequeña gota radiante de bondad para ser devorada, para ser destruida...Quizás, no contaba con el simple hecho de que ese niño inusual era eternamente una brisa de verano –el infierno no es otra cosa que un pequeño trozo de imaginación, provisto de fuego y pasión. Yo puedo pasar por ese abismo perpetuo, puedo herir mis pies para atravesar aquel calor; no importa si es por un día o por una eternidad, Blai. Si en el final yo puedo encontrarte, puedo volver a estar entre tus brazos debajo de magnolias, seré libre de ese “infierno”- expresó mientras acariciaba aquella melena negra entre sus blancos dedos. Era contrastante el color, tan hermoso el mix que se congeniaba entre ambos. Era una increíble obsesión en el shinigami, tan terrorífica como hermosa de contemplar.

Lo siguiente fue algo devastador, algo que llenó su cuerpo de temor así como una falta de seguridad que no pudo controlar más que en el exterior. No quería verse tan desastroso y desesperado aun si así se sentía cuando le daba tales notas de rechazo. Su beso le ahogó en un profundo mar de deseo que pareció arrancar su carne, su dermis primeramente, dejando solo un esqueleto que se iba despedazando lentamente entre tanta oscuridad. Tragó saliva y con ello intentó comprender todo lo que estaba ocurriendo entre ambos adultos.
Sus nuevas palabras le despertaron una curiosidad devastadora y era que no sabía que era “hacerlo suyo” pues no tenía recuerdo alguno de algo como ello. Des consideraba suya Ardent pero no creía que Blai le considerara un ente material. Claro que si lo era, en cierto aspecto, pero el pobrecito ingenuo no tenía idea de ello y solamente velaba porque volviera a sus brazos nuevamente, por que no se alejara ni le olvidara nunca –Blai, esperaré realmente ansioso por tu nueva...cita...- mencionó amable y con total aceptación; no podía negarse a nada que el moreno le propusiese, le prometiese, o le diese. Era un absurdo llamado amor aunque lejos estaba de reconocer tal sentimiento nefasto y peligroso, estaba lejos de comprender que ahora su vivir eterno dependería de esos ojos perversos y esas sonrisas amenazadoras.

-Solo dime, por favor, cuando será eso. Estaré tan fuera de mi mismo que perderé todo atisbo de racionalidad.- explicó antes de besar esas manos oscuras que generaban magia en las mentes que eran dignas –o desafortunados- de toparse con su demencial prosa –mi adorado escritor, yo no he podido vivir sin ti desde antes que tus ojos se toparan con los míos. Solo que no lo sabías aun de mi existir- explicó a medias, sin necesidad ya de decir que sus noches en vela solían deberse a su ser. Des era tan adepto a su autoría que tenía dos tomos de cada best seller. Uno para dejar en perfectas condiciones sobre los anaqueles y otra para utilizar en las noches como obra de inspiración –yo solo necesito que estés a mi lado para comprender esas sensaciones nuevas, Blai. No desaparezcas, es lo único que puedo suplicarte, mi adorado. Si no volviera a saber de ti, resultaría devastador...porque...- temía a lo que sus palabras egoístas pudieran decir pero no había filtro para tanta agonía patética y gentil –yo no sé nada de ti, solo conozco lo que tus labios crueles dictan como una ley. Ley que solo puedo seguir y a la cual me doblego por propio deseo- explicó mientras su frente aun se mantenía apegada a esas extremidades varoniles que hubiera besado hasta que el mundo completo ardiera –por favor, déjame conocer más de ti. Suplicaré todo lo que sea necesario pero no me dejes a un lado del camino, solo siguiendo huellas...Yo no puedo conformarme solo con eso- agregó amable y con la mirada totalmente melancólica. Le quería tanto, de una forma tan poco sana, que no podía más que desear obtener cada minúsculo detalle de su persona.

Con una fuerza de voluntad, que no supo de donde obtuvo, se separó unos cortos centímetros de aquel caballero envuelto en un aura de penumbras. Tomó su mano con la propia, enlazando sus blancos dedos con aquellos morenos que encajaban a la perfección con entre los del shinigami –de momento...creo que debo dejarte partir. De lo contrario, terminaré haciendo alguna cosa inapropiada- explicó mientras sonreía muy ameno debido al nuevo contacto que poseía con el demonio –pero...yo espero poder ser lo que tu deseas, espero no desilusionar tus expectativas, Blai, porque tu eres todo lo que quiero y más- confesó con la voz cada vez más bajita y temerosa. Aun si era aceptado, si había aprendido que los besos eran el producto de un acto perverso e ilícito, si su cuerpo parecía encontrarse formado para el solo gozo del demonio, tenía miedo de arruinarlo todo.
Des Aeva
avatar
gula

Ho...homosexual
Mestizo de Shinigami & Alfraude

Volver arriba Ir abajo

Re: Sweet Serial Killer [Blai G. Coch]

Mensaje por Contenido patrocinado

Contenido patrocinado



Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.