La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

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La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

Mensaje por Levi el Sáb Feb 25, 2017 6:45 pm


La espesa niebla lograba pegarse a tu piel a medida que te adentrabas por las adustas calles de New London y un británico en particular parecía encajar a la perfección en aquel cuadro. Levi en esos momentos caminaba sin prisas mirando su reloj de bolsillo, de plata pura, que marcaba las ocho de la noche en punto; era esencial ir correctamente a la hora adecuada y para el profesor la noche marcaba el sinuoso comienzo de sus pérfidas manías. Oh… olor a sauce, pensó. Siempre se detenía bajo las ramas de un viejo sauce a las ocho de la noche. No antes. No después. Cerraba los ojos e inhalaba el perfume de la madera húmeda, y a pesar de que debería sentirse un poco la primavera, la realidad distaba de lo que podría esperarse puesto que aún se notaban las gélidas garras del invierno azotando la ciudad. Por ello, cuando exhaló el aire, un ligero vaho se escapó de sus labios estoicos. Tres respiraciones profundas y Levi abrió los ojos enseñando sus preseas escarlatas para dirigirlas al reloj. Las ocho y un minuto. Excelente. Cerró el reloj con un movimiento ágil de sus dedos y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta. Aquel día llevaba un impecable traje de tres piezas de un negro azulado con finas rayas grises, los pantalones ajustados, zapatos de charol, camisa de un blanco inmaculado y una corbata tan negra como la misma noche.

Absolutamente todo debía seguir una rutina, y aunque muchos no lo entendieran, él necesitaba que cada cosa tuviera su lugar o perderían su significado. Su pensamiento muchas veces obtuso hallaba placer en las matemáticas por la sencilla perfección que habitaba en ellas así que a lo largo de su existencia en ese aletargado mundo había estudiado diferentes ramas de la ingeniería y se había desempañado en otros trabajos que homologaban esas ciencias. Se sentía confiado en sí mismo y en sus conocimientos, le gustaba aprender pero no que le enseñaran, y cada brote de iluminación en la genialidad humana era absorbido por su intelecto. Quizás por eso, y solo por eso, se sentía ajeno a sus congéneres. Para él había algo más que engañar y satisfacerse, no obstante estaba atado a su naturaleza.

Su porte gallardo se veía acentuado en sus impasibles facciones que no se quedaban el suficiente tiempo centradas en alguien o algo como para descubrir si aquello le gustaba o no. Era alguien inalcanzable en más de un sentido, pero al mundo le encantaba el sarcasmo que era la vida en sí misma, y Levi en esos momentos se encontraba entrando en un negocio bastante peculiar. A simple vista parecía ser una tienda de té inspirada en la cultura japonesa de antaño, habiendo un considerable número de clientes. Vendían distintas clases de té cada infusión con diferentes hierbas y sabores, además de contar con algunas mesas en donde las personas podían pasar un rato agradable sirviéndose ahí mismo algún pastel que acompañara el té como si se tratara de una cafetería. Había música oriental, cosa que le agradó, pero no terminaba de entender qué hacía este negocio aquí. ¿Había leído mal la dirección?

Extrajo con pulcritud una tarjeta desde el bolsillo izquierdo de su saco y leyó la dirección. Un conocido suyo le había recomendado aquel sitio, aunque le había prometido que lo que ahí se comercializaba eran damas de compañía y no té japonés. Su consternación solo podía notarse en su ceja alzada mientras su mirada pasaba una y otra vez por las letras plateadas en la tarjeta cuyo fondo era de un impecable y moderno negro. Suspiró, dándose por vencido después de la sexta vez de releer la tarjeta asumiendo que le habían tomado el pelo, mas no pensaba abandonar el local sin antes probar algo del menú. Se sentó en una mesa libre desabrochándose el saco y colocando la tarjeta sobre la mesa para buscar su reloj de bolsillo. Ocho y media. Después de terminar de comer todavía tenía tiempo para alimentarse… no podía dejar que pasara de hoy o su salud física se vería comprometida, desde ya podía notarse su piel más pálida y ligeramente seca, sin mencionar la delgadez en sus mejillas. Estaba hambriento.


Última edición por Levi el Lun Mar 06, 2017 6:41 am, editado 1 vez


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Re: La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

Mensaje por Kyougaki Nakahara el Dom Feb 26, 2017 12:08 pm

E
l peculiar aroma de las hojas de té tostadas aún le encogía el estómago, como la primera vez que se adentró en este lugar al que hoy en día puede referirse como “Hogar”. Aquello lo recordaba perfectamente. Esa jovencita descarada y perspicaz que no sabía contener su lengua. Recordaba las regañinas, el como debía comportarse ante un cliente, las clases de Shamisen, instrumento que aún no consigue dominar, fueron tiempos apacibles, siempre que no tuviese que regresar a casa. Aquellas bestias a los que debía llamar familia la exprimían, los odiaba con todo su ser y el mero recuerdo de ellos le producía asco e incrementaba su furia. Pero, al mismo tiempo se sentía bendecida, pues también fue que gracias a ellos descubrió si verdadera naturaleza. Está pútrida por dentro, es como una manzana envenenada, de aspecto brillante y delicioso, pero que maldice con un terrible destino al que ose probarla.

Sus orbes, dos oscuras espinelas de brillo perlado se clavaron profundas en aquel reflejo de su persona. No lograba reconocerse, como si una mañana te levantases y cayeras en la cuenta de que algo va mal, que algo no te pertenece, que estás en el cuerpo equivocado. Tantos años de intenso maquillaje, como una máscara de feminidad y serenidad absoluta lograban hacerle olvidar quien era realmente.  La borla de aquél kit de cosméticos estaba deteriorada, aveces se empolvaba de manera tan brusca que había empezado a contar los días que le quedaban a ese triste objeto. Pero le agradaba el tacto de la esponja sobre su piel, tan suave y delicada. Sus labios los perfiló con un intenso color carmín, en contraste con su palidez recién obtenida, y sus ojos fueron delineados minuciosamente con la agilidad y el pulso del mayor artista de Londres. Si había algo que amase de su cuerpo, eran sus ojos. Su hermana bien lo sabía, una sola mirada debería derretir cualquier corazón, por más helado que esté.

¿Te queda mucho, niña? ¡Sal de una vez!

Aquella aguda e incisiva voz le repiqueteó la cabeza por largos minutos y aunque estaba molesta por la repentina presión, se apresuró a cubrir su cuerpo desnudo. El kimono que le habían prestado para ese día era uno de los más hermosos que había visto. Su seda era rosada con un decorado floral cuyos pétalos revoloteaban hasta un suelo bordado con hilo plateado. El obi fue lo último que ató a su cintura antes de Abandonar su habitación y penetrar al fin en la casita de té. El desordenado afluente de gente la abordó, normalmente no tenían tanta clientela entre semana, pero por otra parte le hacía un bien, no solo al negocio, si no a ella misma, pues...tenía necesidades que las demás “compañeras” encontrarían algo...cuestionables y de moralidad enfermiza.

Contempló el salón, examinándolo minuciosamente, descartando a los tipos que veía indignos o de excesiva simpleza. No cayó la suerte. Parecía que hoy tendría que conformarse con cualquier ser  que la mirase de manera descarada, nauseabundo. Apestaba a humano. Como si fuera cosa del destino, el tintineo de la campanita en la entrada la obligó a mirar en esa dirección y sus pupilas se dilataron. El aspecto era gallardo y emanaba un aura enigmática bastante tentadora. Nakahara se encaminó hacia el sujeto que la había encandilado. ¡Al encuentro de su preciada victima! o eso tenía en mente. Con un suave movimiento de muñeca, su diestra se deslizó por la pulcra mesa de bambú y se posó grácil sobre una de las manos ajenas. El primer contacto era muy importante para ella.  —Disculpe...— Musitó con una voz suave, común en las mujeres que se dedicaban a esto. —¿Le importaría que hoy fuera su acompañante? juraría que he acertado si digo que es la primera vez que se adentra en este lugar.— Se mostraba coqueta y encantadora. Como debía ser.  

Mientras se acomodaba en una de las sillas contiguas al hombre, sirvió algo de té en unas pequeñas tazas de porcelana y le dispuso una selección de los mejores dulces caseros del lugar.  —Adelante, no se corte...— Por su parte, fingió dar un pequeño sorbo al té, tal como le habían enseñado, pues no solía tomar nada preparado por humanos y no acostumbraba a comer sus platos, solo el algodón  de azúcar le era delicioso. —¿Le han recomendado el lugar? Lo digo por la tarjeta de ahí. — Plateada y con su dirección, eso solo lo llevaba la nueva clientela, los asiduos ya sabían bien como llegar sin perderse.  Kyougaki se encontraba tan ensimismada que se había olvidado de lo más básico. Y entonces cayó en la cuenta, debía presentarse como es debido. —Ah, mis modales. Hajimemashite, me llamo Kyougaki...¿Y usted?— Su acento se hizo notar cuando pronunció su nombre, aunque tratase de ocultarlo, le era imposible. —Espero que le agrade la compañía, demo...no tiene pinta de ser uno de tantos que solo toma el té para pasar el rato.— Su sonrisa se acentuó. Una verdadera geisha no debería coquetear con un cliente, ni entregarse a alguien de forma pasajera nada más conocerse, pero a ella todo eso le daba igual. Jamás la descubrirían, después de todo era un brillante actriz y necesitaba divertimento.




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Re: La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

Mensaje por Levi el Dom Feb 26, 2017 8:30 pm


La desilusión podía adoptar diferentes formas si se trataba con cuidado, y era así como Levi había mantenido esa decepción a raya para disfrutar lo que a simple vista era un salón de té, de otra forma se amargaría y le resultaría imposible deleitarse con el ambiente. Adoraba las cosas delicadas, los detalles, la sinfonía armoniosa de los colores, por lo que si bien no podría obtener lo que fue a buscar, lo cierto era que sí recibiría algo igual de agradable. Estaba abstraído en sus pensamientos, inmerso en el ahora y en lo que debía hacer en el futuro para saciarse cuando sintió un roce en su mano. Su piel ansiosa de contacto actuó antes de que su cerebro diera cualquier orden al respecto y prolongó la caricia con sus propios dedos. Era un tacto suave, cálido, que le dejó la mente en blanco. Sus ojos de un escarlata intenso se posaron en aquella mano extraña y delicada, de dedos finos y uñas cuidadas; algo que no se veía en el diario vivir. Fue entonces que el bálsamo de sus palabras atrajo su fría mirada hacia ella, meciéndose por los pliegues de su exquisita ropa hasta la dulzura de su semblante. Era hermosa. La odiaba. Esa belleza de pulcritud envidiable provocaba en Levi ganas de corromperla. — Por favor, insisto en que ilumine mi mesa con su presencia. — Comentó con tonos graves ante su pregunta, como lo haría un caballero en un inglés correcto y pulido. — La dama no se equivoca, es mi primera vez aquí. — Apenas se movieron las comisuras de sus labios en una tenue sonrisa que de alguna forma suavizaba lo estoico de sus facciones.

En Levi no se notaba el veneno que crecía en su interior cuando veía a alguien mejor portado, más elegante o incluso más hermoso, deseaba poder colocarle las manos alrededor de ese fino cuello de porcelana y apretar la carne mientras la violaba con duras embestidas. Sí, la fantasía de ahogar su respiración mientras desgarraba su interior le producía satisfacción. Con una amabilidad bien actuada ayudó a la mujer a sentarse a su lado procurando ser delicado y suave en sus acciones. Nada brusco o tosco, ¿por qué? ¿Qué ganaba el demonio haciendo eso? Mentir con aquel descaro debía de dolerle, no obstante Levi se encontraba animado, incluso hizo su sonrisa más amplia cuando ella le ofreció que se sirviera. Tomó su taza y se la llevó a los labios probándolo en apenas un sorbo. El aroma del té era simplemente delicioso y aventuró a beber un poco más mientras la escuchaba. No podía dejar de mirarla, su atractivo era tal que comenzaba a pensar que matarla no sería suficiente. — Un conocido mío me ha dado la tarjeta, aunque todavía no estoy seguro si encontré lo que buscaba… — El misterio en sus tersas palabras se hacía palpable cuando estiró su diestra para tocar la tela del kimono de la morena entre sus dedos índice y pulgar. Fue a la altura de la muñeca de la mujer a quien ahora podía darle un nombre. 'Kyougaki', repitió como un mantra en su mente diez veces. No más. No menos.

— Soy Levi. Es un placer que haya decidido acercarse, señorita Kyougaki — se sonrió —. Disculpe mi japonés. — Agregó mirando a un costado como si estuviera avergonzado por haber pronunciado precariamente el nombre de la dama. Decidió mirarla, detenerse en la forma de sus labios y volver la vista a la mesa para tomar un dulce con la misma mano que había utilizado para tocar la tela. No había dudas… la odiaba y la deseaba al mismo tiempo. — ¿Debería ofenderme su comentario? — Preguntó a modo de broma inclinándose hacia ella para poder susurrarle al oído. Sus labios no alcanzaban a tocar la piel de Kyougaki, pero su cálido aliento sí rozó el lóbulo de su oreja y parte de su cuello. — No es mi intención sonar inapropiado pero cuando me dieron esa tarjeta me aseguraron que éste no era precisamente un salón de té, sino algo menos… convencional. — Volvió a sentarse en su silla como correspondía y mordió un poco del dulce en su diestra, para luego dejarlo en la mesa apenas masticándolo antes de tragarlo. — Realmente desearía no estar equivocado, pero debo confesar que de alguna forma mi orgullo saldría lastimado si usted solo se acercó a mí por negocios. — Había sensualidad en la manera que Levi exponía sus argumentos, de una forma implícita que solo dejaban ver lo necesario para quien sabía leer entre líneas. Declaraba lo fascinado que estaba en su compañía, que deseaba más, pero al mismo tiempo que habían celos por los anónimos que también tuvieron tarjetas. Lo que no se podía ver era lo que albergaba su podrido corazón, ese interior lleno de mórbidos pensamientos, decadentes fantasías y sucias verdades.

Volvió a beber de la taza de porcelana, esta vez sin dejar de observarla, quería develar más allá del misticismo que rodeaba a esa mujer… Obsesionarse ahora con alguien sería poco productivo y un gasto de energía innecesario, sin embargo ella de alguna forma ejercía un encanto perturbador. ¿Cómo se podía odiar tanto a un desconocido?


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Re: La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

Mensaje por Kyougaki Nakahara el Lun Feb 27, 2017 12:42 pm

S
i había algo en lo que Kyougaki realmente era buena, era en prestar atención a su entorno. Delante de ella las palabras, los sonidos y aquellas sensaciones fluían como una corriente. Como una mano que la guiaba mostrándole el camino a seguir. Sus falanges traqueteaban sobre la pulida porcelana, dejando a entrever su urgencia. Su cerebro trabaja a mil por hora, como un tren a punto de descarrilar. Imaginaba tantos escenarios alternativos dónde la lujuria y la decadencia danzaban como uno solo. ¿Por dónde podría empezar? Las facciones del hombre eran realmente atractivas, envidiable. Pero lo más provocativo y lo que a ella realmente le interesaba eran aquellos ojos. Dos rubíes de una profundidad exquisita que la miraban con una intensidad alarmante. Deseaba arrancárselos y preservarlos en un frasco de cristal, como algunos cazadores hacían con sus trofeos. El solo imaginar su sangre rozar su piel erizaba su vello. Tenía que ser suyo y por la forma en que le hablaba, no dudaba en que así sería. De su kimono extrajo un pintoresco abanico y con una floritura ocultó la mitad inferior de su rostro tras este.

Señorito Levi, su fuente está bien informada. Pero le advierto que para esos casos hay un gasto adicional...— Alzó su fina barbilla y miró de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Tenían terminantemente prohibido relacionarse de más con un cliente sin permiso de la dueña, pero su optimismo y curiosidad habían avivado su ansiedad y quería, exigía, el disfrutar de esos momentos a solas.  — Aún así, creo que le resultará más que satisfactorio.— Sola en su quietud, apartó el abanico y lo dejó adyacente sobre la mesa. Llevó la mano izquierda hacia su rostro y apartó tras su pequeña oreja un mechón de su oscuro cabello. Suspiró y entornó los ojos mirando directamente a su actual cliente. Sin hacerse de rogar se incorporó en su asiento y acicaló sus prendas, debía montar un paripé para pasar desapercibida. —Arigatou por haber venido, espero volver a verlo por aquí...— Lo ayudó a erguirse y guió hasta la salida.  No soltó aquella mano hasta que la luz de la luna iluminó sus cuerpos como dos seres indescriptibles, dos entidades de oscuro corazón y malévolas intenciones. —Sígame por favor, no se aparte de mi.— Indicó con la más dulce de sus sonrisas. Ella creía que la suerte estaba de su lado, que hoy todo saldría como de costumbre. Un incauto se interesaba en su cuerpo, lo poseía y luego terminaba exhalando su último aliento. Cuan equivocada se encontraba. Lo que ocurriría en el transcurso de su relación con aquel personaje dejaría constancia en su memoria como una profunda cicatriz, lo odiaría, pero al mismo tiempo desearía que la desgarrase eternamente.

Tras pasar por un pequeño callejón, la mujer lo encaminó hasta dar con una elegante puerta de un indiscreto tono cobrizo. Su blanca y fina mano rodeó el pomo de la misma y los dejó penetrar en su interior. Un aroma a incienso inundó sus fosas nasales, hoy tocaba de canela, no le agradaba demasiado y fue directa a terminar con ese tormento de un soplido. La habitación era elegante, muy inspirada en el mundo oriental. Sus puertas eran correderas, las ventanas, si bien diminutas, estaban hechas precisamente a gusto de ella, pues resultaba más beneficioso a la hora de  jugar con sus víctimas. No había zona por dónde escaparse. Solo una puerta, y ella no estaba dispuesta a dejarlo marchar.  —Por favor, tome asiento.— Señaló un sofá de tres plazas bastante coqueto, moderno, su bordado oscuro contrastaba con toda la decoración a su alrededor, por eso mismo le agradaba. Era como ella, diferente a todo lo que la rodeaba. La luz era tenue, cualquiera otra persona lo encontraría romántico, pero ella siquiera entendía ese concepto. Solo el dolor le era familiar.

Con la agilidad de un felino, se postró ante el Íncubo y aspiró su aroma. No lograba reconocerlo, era diferente. No podía ser humano. Sus manos serpentearon por la fina tela del sofá hasta que se posaron gráciles sobre las piernas de aquel hombre. —¿Desea tomar algo más?.— Cuestionó a la espera de una ansiada negativa. No quería pasarse una noche sirviendo como una simple camarera de antro por lo que optó a entrar en la seducción inmediata. —Aunque hay cosas mucho más interesantes de las que podríamos gozar a solas.— Fue sutil, pero sensual. Para avivar su encanto, deslizó un poco más la seda de su kimono, sus hombros, pulidos, blancos como la misma nieve se dejaron ver para realzar su atractivo y gracias a ello, su escote parecía más prominente. Kyougaki no sabía porqué decantarse primero de aquella fisonomía. ¿Ese cuello níveo? ¿O iría directamente a por sus ojos? Se estaba carcomiendo por dentro, sus entrañas ardían, el corazón estaba acelerado. Tenía que probar esa sangre.




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Re: La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

Mensaje por Levi el Mar Feb 28, 2017 11:45 pm


¿Cómo evitar obsesionarse con algo, con una idea, cuando el cuerpo era tan débil y el mundo se entregaba de aquella forma al pecado? Lo único sensato era dejarse llevar y tomar todo cuanto podía entre sus manos; lo malo pasaba cuando sus mascotas se rompían. Tenía conocidos que mantenían sus juguetes cerca, como si éstos no terminaran de aburrirlos nunca, y eso era demasiado bizarro para la mente de Levi. Para él todo podía ser reemplazable. Todo. Hasta él mismo. Era muy probable que eso se debiera a que nunca había conocido a alguien que le entretuviera lo suficiente… un par de minutos y quebraba voluntades para su disfrute, mas esa mujer…

Contuvo el aliento con cierto desconcierto al escucharla hablar detrás del abanico como si no deseara ser descubierta. ¿Por qué? El misterio que la envolvía comenzaba a intrigar al moreno que la observó cautivado por el sonido de su voz. Ella apenas había dicho unas pocas frases y al mismo tiempo sentía que las acciones le complementaban en exquisito preludio de perdición. Ansiaba poder morder esos dedos largos y delicados hasta que el hueso cediera ante la presión de sus dientes… la promesa de gritos en un futuro cercano siempre lograba excitarlo. Daba igual si tenía que pagar una mini fortuna por la satisfacción de tenerla, lo valdría, después de todo si no ocupaba el dinero para divertirse, de qué servía tener tanto.

No dijo palabra alguna, mientras que los ojos de la mujer podían hablar por ella de más de alguna forma… Se levantó junto a ella sacando desde el bolsillo interior de su saco un fajo de billetes, dejando en la mesa lo correspondiente a lo que ahí estaba junto a una cuantiosa propina; Levi podía pecar de muchas cosas, pero jamás de avaro. Era de los más desprendidos con el dinero, así que no dudaba en gastarlo en placeres banales y superfluos ya que no siempre se daba esos gustos a causa de su trabajo. Se dirigió a la salida abrochándose el saco nuevamente mirando el cuello de Kyougaki como si sus ojos hallaran predilección en la esbelta forma de su níveo cuerpo. Afuera el ambiente era considerablemente más helado, pero el demonio apenas si notó la diferencia por el calor que bullía por sus venas. Miró su reloj, no por necesidad, sino por costumbre, ya que una persona como él debía seguir una estructura detallada que le daba cierta seguridad. Se podría decir que la obsesión era una palabra recurrente en su lenguaje. Mantuvo su silencio en todo el trayecto siguiéndola con una mansedumbre impropia en él, mas el acertijo que le presentaba la mujer era demasiado atrayente para romper la delicada red que se estaba tejiendo a su alrededor.

Era un depredador paciente.

Observó detenidamente la estancia cuando ingresó y como si fuera amo y señor del lugar, se quitó el saco para dejarlo sobre el sofá antes de sentarse, poniéndose cómodo. Le gustaba la habitación, era amplia y al mismo tiempo parecía ser una cárcel bien adornada. Sonrió. La precaria iluminación ya inducía a actos impropios entre dos desconocidos, cosa que seducía más a Levi. Sus orbes se posaron en ella, en la forma sutil y perfecta con la que movía su figura, la manera en que su voz se volvía cautivadora y esas preseas refulgentes lograban capturarlo. No perdía detalle de sus movimientos, humedeciéndose los labios al sentir sus manos posarse descaradamente sobre sus piernas. — Verás… lo único que necesito de ti es tu lujuria. — Confesó mientras un brillo pérfido bailaba en sus ojos rojos, cubriendo los labios de Kyougaki con su mano suavemente. Se inclinó hacia ella para besar su clavícula, al tiempo que con su mano libre tomaba el borde de su kimono y descubría un poco más allá de su escote sin usar la brusquedad. Hervía por dentro, deseaba golpearla, marcarla, usar sus puños para dejar laceraciones de colores verduzcos y morados sobre esa piel tan perfecta… morder sus labios, comérselos. Pero debía esperar antes de dejar salir sus perversiones, primero debía alimentarse. Con delicadeza usó solo una pequeña cantidad de su fuerza para imponerse a la mujer y comenzar a besar su cuello, lamiéndolo con deseo, dejando que su respiración acelerada quemara esa encantadora piel debido al calor de su cuerpo. La mano que había abierto su escote se deslizó por la intrincada tela del kimono y acarició sus curvas, aferrando su cintura con fuerza para atraerla a su cuerpo mientras sus hábiles labios atrapaban el lóbulo de su oreja. Todavía no dejaba libre su boca, la mantenía prisionera de su dedos hasta que metió dos en su interior. — ¿Por qué tienes un sabor tan diferente, Kyougaki? — Preguntó en tonos graves, casi guturales, inhalando su esencia tan cerca de su piel que el olor a incienso quedó en segundo plano.

Como si una mano invisible le hubiera tomado de la espalda fue impulsado hacia atrás notándose en su boca una mueca de desagrado. Ella no era humana. ¿Cómo no se había percatado antes? ¿era tanta su hambre que había bajado de esa forma la guardia? Su ceño fruncido le daba un aire más peligroso y el gruñido que se escapó de su boca era una clara advertencia para la morena. — No tengo tiempo para juegos, mujer. — Necesitaba mirar su reloj, pero no deseaba apartar la mirada de ella. ¿Por qué estaba actuando así? Por lo general las otras razas tenían filias más mórbidas que los simples y sosos humanos, por ello, para alimentarse de su lujuria no solo debía cumplir con el acto sexual, sino ir más allá y satisfacer esos pérfidos deseos para tomar esa energía vital. El deseo podía tener doble filo, porque cuando lo probaba, se veía envuelto en una vorágine absoluta, siendo prácticamente un esclavo del libido. ¿Qué quería decir eso? Para saciarse buscaba que la contraria sintiera placer. Viéndolo desde un punto de vista objetivo: resolver un misterio no era suficiente paga para quedarse. Y eso le enfurecía.  



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Re: La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

Mensaje por Kyougaki Nakahara el Jue Mar 02, 2017 1:27 pm

L
as pasiones turbulentas, el erotismo y desenfreno cuando formaban alianza podían llegar a ser rivales de suma dureza. Similar a la tragedia vivida por Romeo y Julieta, el destino de estos entes estaba hilado con furia, dolor y sangre. ¿Cómo podían dos bestias casi inmortales caer en pasiones mortales? La fémina no lo necesitaba, su vida no dependía de ello, claro que usaba su cuerpo como incentivo para conseguir lo que anhelaba, pero no por ello se sentía satisfecha; Ni un solo humano había conseguido hacerla experimentar más allá de un placer nimio e irrelevante. No era un adolescente, era toda una mujer dotada de un útero con pasiones experimentadas. Pensó que tal vez tenía parte de culpa. Quizá ella misma era la respuesta a su problema, pues al cabo de unos minutos y yaciendo con su presa, los degollaba entre risas. Algunos solían subsistir malamente un par de horas a lo sumo, y si resultaba el caso era por puro capricho de la demonio. Ahora, el presente la tenía en vilo, como si un tupido velo la cegara, y eso no le agradaba en lo absoluto. Siempre había mantenido el control, era la dueña del momento, jamás se sentía vulnerable ante nada ni nadie. Pero ahora...estaba confusa. El primer contacto de aquellos labios contra su piel la obligó a contraerse, se tensaron todos los músculos de su rostro, le provocaba un delicioso cosquilleo que se extendió más allá de sus extremidades. Su avidez la colmaba y conseguía arrancarle tímidos suspiros. Notaba como el cálido aliento del  prójimo quemaba su piel, como la recorría presa del deseo, y como ella se estremecía. Las delicadas manos de la fémina se aferraron con fuerza al cabello del Incubo y por una vez deseó que aquel placer se prolongase eternamente.

El carmín que adornaba sus labios se extendió más allá de su comisura izquierda, había sido silenciada, estaba mareada, intrigada, furiosa. La habitación había comenzado a girar vertiginosamente. No puso objeciones, lo dejó hacer más allá de su propio deseo para complacerlo el tiempo suficiente hasta el momento en que la mujer decidiera terminar con su existencia. Aquellos dedos en el interior de su boca se veían tan vulnerables que quiso hundir sus incisivos en ellos y no soltarlos nunca. Lo hubiera hecho, de no ser por el repentino acontecimiento que dio lugar segundos después de lo ocurrido. El ambiente se volvió pesado, lúgubre. El deseo había desaparecido como por arte de magia. Su máscara había sido descubierta por primera vez. Como dos ópalos, sus ojos se mantuvieron fijos en los ajenos, temía que al apartarlos por un segundo su vida corriese peligro. Una sonrisa inoportuna que se amplió hasta que dolía mantenerla y unas manos juiciosas acariciaron el rostro ajeno que ahora estaba sembrado en desconfianza...y ¿algo de ira?. Esa reacción le parecía tan encantadora que solo conseguía hervirle la sangre, no soportaba que la descubriesen.  — ¿Jugar? — Repitió un par de veces, cada vez más bajo, más tenue hasta que casi se convirtió en un susurro. — Iie, nadie está jugando. ¿Tú lo estás? Porque podría sentirme un poco...ofendida. — Enfatizó en la última palabra pero sin querer parecer demasiado brusca, al contrario, dulce e inocente. Su entrecejo estaba fruncido y sus labios dulces entreabiertos en un gesto de fingida perplejidad. Debía mantener su fachada hasta el momento crítico por mucho que deseara hacerlo añicos, como a un hermoso jarrón de extraordinario esplendor. Sin abandonar su agarre, acortó la poca distancia que los separaba y oprimió los labios ajenos con los suyos cual depredador hambriento. Aún podía notar ciertas connotaciones dulces, la mezcla de su saliva con el té y el amargo de su labial. Debía saborearlo antes de que desapareciera para siempre.

La falta de oxígeno la obligó a romper el beso, no sin antes darle un fuerte mordisco en el labio inferior, había sido delicioso pero efímero. Ni el mejor dulce podría asimilarse con aquello. Entre sus comisuras se extendía un hilo rojo que se deslizaba cual gota de rocío, vibrante.  Le provocaba cada vez más. — Kirei...hagamos un trato, yo te confieso lo que soy...y tú te quedas calladito cuando te raje de arriba a abajo. ¿No te parece justo? — No sonrió, no se burló, se mantuvo estoica y serena. De entre su intrincada ropa serpenteó hasta abrirse paso por los pliegues de seda aquel apéndice oscuro que caracterizaba a los de su raza, jamás mostraba su cuernos o cola, pero sentía que era un momento especial. Kyougaki era un demonio despreciable y se enorgullecía de ello. El reloj marcaba casi las diez, era pronto, demasiado para su gusto, pero no tenía opción más que intimidar y hacer uso de sus fuerzas para amansar a ese hombre. Un solo sonido, un simple grito y su tapadera se hundiría en desastre.

Pero se vio impulsada por el deseo y no podía contenerse por más tiempo. Su cuerpo reaccionó y se abalanzó contra el Incubo. El sofá se desplomó tras ellos y su cuerpo chocó bruscamente contra el suelo, pero airosa, se vio con fuerzas para mantener al contrario bajo su yugo. Sus piernas lo rodearon por la cintura y se sintió más viva que nunca. A menos, hasta que Levi midiera sus fuerzas con las de ella. Algo que le parecía sumamente interesante.

¿Sabes? Creo que primero te otorgaré el placer que has venido a buscar...— Se inclinó hacia él para juguetear con el lóbulo de su oreja derecha. La recorrió con la punta de la lengua y finalmente terminó por confesarle. — Después de todo, jamás lo he hecho con alguien como yo. No hagas que me arrepienta. — Cuando caía presa de sus primitivas necesidades se le nublaba la razón. ¿Cómo alguien podía excitarla de esa manera?  No se atrevía a soltarlo, no sabía de lo que era capaz después de aquel ataque y no soportaba la idea de verse sometida. Si no era dueña total del control de la situación no sabría como reaccionar, y sus fuerzas flaquearían. Lo odiaba con todo su ser. Pero quería sentirlo, deleitarse con su visión, caer exhausta y dolorida, perderse en la lujuria y el deseo carnal hasta que lo olvidase todo. Estaba perdida.




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Re: La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

Mensaje por Levi el Lun Mar 06, 2017 3:04 pm


No le gustaba aquello. Había sido absurdamente inocente confiando en demasía en una total desconocida. La odiaba todavía más, su voz que se había vuelto más seductora, le provocaba, y de alguna forma su cuerpo ya encendido respondía a la incitación con gruñidos bajos, como el siseo peligroso de una serpiente que estaba a punto de atacar, mas grande fue su sorpresa al verse en el papel de víctima. Un beso. Lo sintió como una violación a su espacio personal, una destructora de reglas, labios cálidos, húmedos, el sabor de su lengua en una calidez embriagadora y ese libido que le obligaba a responder con igual avidez preso del deseo mismo. Sus ojos siempre abiertos la observaron alejarse victoriosa con su propia sangre convertida en labial. Era excitante. La odiaba. Necesitaba humillarla… Llevó su mano derecha hacia su labio, presionando con su lengua la zona en la que la morena había dejado sus dientes marcados. No lo olvidaría, sin embargo no hizo absolutamente nada en contra de ella mientras hablaba de un trato. Él no hacía tratos… Levi sencillamente se imponía y obligaba a otros a hacer lo que él quería. Ahí, sentado en aquel sofá, todavía se sentía con poder.

Observó su transformación sin inmutar su rostro. No le sorprendía que ella fuera hermosa en la magnificencia de su raza, era de esperar que así pasara, y la envidiaba por ello. Debía matarla. Soltó un jadeo cuando ella se lazó sobre él y el sofá cedió a su impetuosidad; la seguía mirando sin perder ese rostro estoico de desconfiada maldad. Sus pérfidos orbes recorrieron ese rostro perfecto sopesando la oportunidad que le daba el caprichoso destino de alimentarse de ella. Desgraciada sea la curiosidad que siempre lograba fastidiar a los demonios y los hacía jugar con fuego. ¿Era tan irresistible para ella como lo era para él? Con brusquedad tomó su cola con la zurda y tiró de ella para que su pelvis bajara y su intimidad se encontrara de lleno con el bulto que era su entrepierna. En lo único que jamás había envidiado a otras criaturas era en su miembro. Se sentía orgulloso de él y como tal hizo un movimiento con sus caderas para que éste se rozara en ella.

— Me has lastimado… — Pronunció lento en un toque decadente, falto de vida, aunque en sus ojos se notaba la pasión de alguien que despreciaba a otro. Paseó su mano derecha por el contorno de su figura, apenas deteniéndose a rozar sus senos, porque lo que deseaba era otra cosa… Acarició su cuello y con la palma abierta abofeteó su mejilla bruscamente, con violencia… con esas ganas de hacer daño y marcarla. Pero nada más lo hizo se acercó a la parte de su cuerpo que estaba descubierta por el kimono y deslizó sus labios todavía con sangre por su piel, rajando la tela con su diestra para atrapar con avidez uno de sus pezones, deseando comérselo. Se llevó la mayor cantidad de carne a su boca y mordió, para después lamer y besar la zona como si estuviera dándole suaves caricias; sin dejar de retener su cola. La quería arriba suyo. Le excitaba. Pero no deseaba que ella tuviera el poder de la situación. — Desabróchame la chaqueta. — Ordenó. — Y luego la camisa… No la rompas… — Apoyó su espalda en el respaldo del sillón y con su mano libre acarició las piernas de la mujer. Torneadas. Perfectas. Sus dedos pasaban por su nívea piel como si quisiera darle nueva forma y la zona que él elegía como epicentro de sus atenciones quedaba enrojecida. Con habilidad se adentró entre sus ropajes y rasguñó sus nalgas logrando que se presionara todavía más contra su intimidad.

Jadeó con la lujuria en su voz a pesar de que en sus párpados caídos apenas se notara un gesto fuera de lugar en su rostro imperturbable. Apretó la cola con mayor intensidad entre los dados de su zurda tirando de ella ahora que tenía las nalgas bien sujetas, como si de alguna forma quisiera separar la cola de su cuerpo. Desgarrarla mientras rozaba muy lentamente su miembro para darle placer antes de ser penetrada.

Ni siquiera había empezado a someterla.


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Re: La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

Mensaje por Kyougaki Nakahara el Mar Mar 07, 2017 12:55 pm

S
u impulsividad solía acarrearle malas consecuencias, confiaba demasiado en su suerte, en su poderío, y aveces cometía pequeños tropiezos que le aguardaban peores resultados de los que esperaba. En este caso el darse a conocer como demonio había sido un completo error más que un acierto. A través de la bruma que nublaba su visión podía ver la silueta que se aferraba a su cola, le dolía, se sentía ridículamente ultrajada. La brusquedad con la que aquellas manos enemigas la trataban lograba enfurecerla pero apenas era perceptible dada su perfecta y falsa sonrisa. Deseó haberlo matado. Y entonces notó como lo excitaba, en su bajo vientre pudo darse cuenta del hambre que lo había atraído hacia ella y que era la única que podía satisfacerle en esos precisos momentos. Un simple roce  le arrancó un jadeo cubierto de deseo. La estaba provocando, y ella estaba cayendo como una simple mujerzuela dominada por el placer. Por un instante la idea de verse sometida la cautivó, sentir como te forzaban, lo que ella causaba a los que osaban probar la miel de sus labios y el calor de su cuerpo. Era tan...perturbador, que solo consiguió estremecerse. Sus orbes lo siguieron en todo momento hasta el instante en que la cruel sonrisa de la mujer, que mantenía impasible, imperturbable, se desvaneció. Aquel acto de violencia borró cualquier rastro de satisfacción de su rostro. La bofetada le había dolido lo inimaginable y estuvo por más de medio minuto con los ojos cerrados tras el contratiempo. Estaba enfurecida. La sangre había comenzado a hervirle y le recorrían unas ganas letales de devolverle el favor. Aún en su rostro enrojecido notaba el desagradable picazón de la bofetada. Su entrecejo se frunció presa de la ira y en sus ojos brillaba la cólera.

Más no se quejó, no tuvo oportunidad, pues el moreno no le regalaba ni un segundo para relajarse y retomar el control. Si bien la había agredido hace pocos segundos, ya se encontraba devorándola con fervor. Era salvaje, como un animal igual de peligroso. Y ella se sentía pequeña por primera vez. Se aferraba con fuerza a la tela que cubría el torso del hombre y lo obligaba a mantener su cuerpo unido al de ella. El dolor que le provocaba cuando jalaba de su apéndice solo incrementaba sus ganas de enfrentarlo, pero al mismo tiempo conseguía excitarla, aquella mezcla le era indescriptible. Entonces se separaron, y ella entornó los ojos, Se las haría pagar todas. —¿Te atreves a golpearme y ahora crees ser mi amo y señor? Si yo fuera tú no estaría tan relajado...— Clara advertencia. Nunca había sido muy dada a las órdenes, ella seguía su propio orden, era la que siempre tenía el control y por tanto, haría caso omiso a lo pedido por el masculino. Empezó delicada a desabrochar su chaqueta, como si hubiera conseguido domarla, más al momento rasgó aquella prenda e hizo lo mismo con la inmaculada camisa.

Ahí reclinada se sentía invulnerable, inmortal, convencida de que nada podía con ella. — No me des órdenes…¿Hai?. — No le gustaba la seguridad con la que le hablaba, la seguridad con la que la miraba. Deseaba arrancarle esos ojos para demostrar que ella era quién estaba al mando. Entre sus dedos jugueteó con un trozo de tela que había rasgado con anterioridad y la lanzó tras de si. Se jactaba de ello.

Sus manos recorrieron aquella desnudez, disfrutando de cada caricia. Al mismo tiempo, volvía a robar un beso de aquellos perfilados labios que antes había mancillado con sangre. No fue delicada, con brusquedad se abrió paso con la lengua y recorrió toda aquella cavidad. Sabía incluso mejor que apenas un momento y estaba tan descontrolada que no tenía intención de separarse por mucho que su cuerpo se lo pidiera. O el incubo la obligase.

Ahogó un gemido cuando notó como arañaban su derrier y quiso abofetearlo por igual. Pero existían mejores formas de hacer sufrir a un hombre que el daño físico. Tras separarse, recorrió aquel cuello entre besos leves como plumas, lamió con deseo y hundió sus dientes a la altura de la clavícula. Mientras tanto, su diestra se deslizó hasta la cola presa y acarició esta con cariño. Hizo una pausa. Ese maldito estaba  apunto de arrancarle la cola. — Suéltala...— Protestó. La próxima vez que le diera un solo jalón, su respuesta no sería un simple mordisco caprichoso. Estaba dispuesta a causarle cualquier tipo de daño con tal de que la liberase. Y ya le debía una por la bofetada. La siniestra sobre la intimidad masculina, el recorrido de sus dedos sobre la prenda que la cubría, el como se abrió paso por debajo del ropaje hasta que acarició el miembro del hombre. Sosegada, sumisa, toda una dama encantadora.  — No lo repetiré...— Y sonrió de nuevo. No haría nada más, simples roces, leves caricias, lo provocaría hasta que notase algún tipo de flaqueo por su parte. Dominar o ser dominada...




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Re: La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

Mensaje por Levi el Mar Mar 14, 2017 6:42 am


Levi debía admitir que la mujer tenía espíritu, o por lo menos el valor suficiente para enfrentarse a él y hablarle como a un igual. Quién sabe y quizás era simplemente tonta. Se podría decir que para el incubo era ridículo pensar en ella como si fuera algo más que una presa, carne que podía moldear a su placer y luego desechar cuando terminara de satisfacerse; por lo general cuando alguien notaba por primera vez su violencia se dejaba llevar para no recibir más golpes, pero Kyougaki era por lejos diferente a todo cuanto hubiera tenido en sus pérfidas manos. Y de una forma perversa eso le gustaba. Agradecía que la mujer no fuera de esas que comenzaba a llorar cuando su brutalidad era expuesta aunque también percibía que no era de las que se dejaba someter. Tal vez eso era lo mejor, de alguna manera se sentía curioso, la odiaba pero al mismo tiempo no se permitía matarla… no lo entendía, era la primera vez que algo así le pasaba, mas se encargaría que fuese la última. Tan solo tenía que jugar con ella hasta hastiarse de su hermosa figura, su perfecta voz y sus cautivadores ojos. Era envidia y odiaba envidiar a alguien.

Ante las primeras palabras de su víctima, los ojos escarlatas del demonio recorrían la desnudez de su busto, enardeciéndose al observar la clara mordida en su seno izquierdo, la hacía ver más atractiva dentro de la morbosa mente de Levi, incitándolo a hacer más daño. No podía negar que le excitó la forma en que empezó a desvestirlo, provocando que su miembro creciera todavía más y ya comenzara a incomodarle tenerlo preso en sus pantalones, sin embargo la mujer osó desobedecerlo y las comisuras de sus labios que apenas se habían elevado en una escueta sonrisa, ya no enseñaban tal gesto, deslizando su pesada mirada hacia el rostro de Kyougaki. Oh, le gustaba la enrojecida piel de su mejilla. ¿Cómo enojarse con ella cuando cada vez se acercaba más a la perfección? De haber sido otra raza tendría que haberse contenido para no romperle la mandíbula, por lo que el de cabellos azabache estaba complacido con la resistencia de la mujer. Por esta vez le permitiría jugar con su ropa, solo porque halló atractivo que le hablara así estando su delicado rostro mancillado con la voluntad que él imponía a fuerza de golpes.

Le pareció tonto que mencionara que no le diera órdenes, ¿de qué otra forma le diría lo que quería de ella? Levi no conocía otra manera de tratar a sus alimentos, aunque si le preguntaban, la verdad sería que apenas si dedicó un pensamiento a esa ‘petición’. Tampoco entendía la necesidad de Kyougaki por darle besos, no deseaba tener el sabor de sus labios en su boca, o el descaro de su lengua junto a la suya, pero tampoco la alejó. Se sorprendió a sí mismo correspondiendo el apetito voraz de la mujer notando el efecto de la lujuria y cómo su cuerpo hacía todo para que ese sabor se prolongara el mayor tiempo posible. Eso no era una buena señal para el hambriento incubo, más aun si escuchaba por vez primera un gemido tan auténtico y apetitoso. Deseaba más de ella…

Exhaló el aire contenido en sus pulmones con fuerza ante esa mordida y la caricia en su entrepierna. Esa mujer lo tentaba y no conocía las consecuencias de su impertinencia… era una deliciosa ignorante. Contuvo la respiración sopesando la segunda ‘petición’. — ¿Tienes miedo? — Los tonos graves de Levi compusieron una pregunta que iba un poco más allá de lo dicho. Había notado la forma en la que jugaba con su miembro al tiempo que exponía su punto, como si de alguna manera quisiera hacer un vulgar trueque. ¿Acaso no sabía que él la mataría antes de que apretara su falo con otras intenciones que no fueran lujuriosas? Tiró por última vez de su cola, con fuerza y esa misma brusquedad con la que le había abofeteado para luego soltarla y ayudarse con su mano libre para ponerse de pie en un movimiento fluido sin soltarle las nalgas para que la demonio quedara todavía prendada de su cintura mientras éste se movía. — No temas, tentación mía. No te haré daño. — Su voz se suavizó mientras confortaba a Kyougaki, se podría decir que había ternura en sus tonos profundos, buscando tranquilizar a la mujer. Mentía. Ahora más que nunca ella estaba en peligro entre los brazos del incubo que ardía en deseos de torturarla para escuchar toda la gama de gritos que podría extraer de su apetecible voz. Lo excitaba al punto en que pronto dejaría su cordura a un lado para guiarse por el deseo… y la mayoría del tiempo su caprichoso placer no era el mismo que el de sus víctimas.

Con fuerza golpeó la espalda de Kyougaki contra la pared más cercana pegándose a sus curvas con violencia mientras buscaba sus labios. Sí. Esta vez fue él quien deseó probar la boca de la demonio mientras la apretaba contra la muralla, anhelaba con cada partícula de su cuerpo sofocarla, quitarle el aire mientras la besaba ayudándose de la pared como aliada. La mano que sostenía las nalgas de la mujer terminó de rajar la tela del kimono para tenerla en completa desnudez para él. Había tantas partes de su cuerpo que necesitaban ser marcadas. Succionó su labio inferior prendándose de la calidez de su lengua para unirse a ella y saborear su boca con lentitud, deseaba sentir más, ladeando su cabeza, acomodándose, y así besarla profundamente. Podía enloquecer de un momento a otro por el calor que pulsaba desde su entrepierna y se expandía por todo su cuerpo deseando apretarse más a ella, sentirla más cerca, penetrarla con violencia, morderla, someterla… Jadeó, arqueando su espalda para que su miembro se rozara a plenitud con la intimidad de Kyougaki mientras sus dedos se hundían en los muslos de la mujer marcándolos con sus uñas hasta sacar sangre. El olor de aquel líquido terminaría por hacer que su corrompida mente se quebrara debido a la fuerte atracción que generaba en su propio cuerpo. Sonrió de forma macabra mientras le mordía el cuello y sus dientes volvían a quedar grabados en esa piel blanquecina para luego lamer la zona, besándola, dirigiendo su atención a sus hombros.

— ¿Me deseas, Kyougaki? — Preguntó alzando su rostro para buscar su mirada, teniendo una pérfida curiosidad por devorar cada una de las expresiones de la mujer. Necesitaba verlas todas. Deseaba penetrarla, pero antes quería que se lo pidiera… — Si cedes a mí, te trataré bien. — La lujuria estaba impregnada en cada una de sus sórdidas palabras convertidas en una promesa que no cumpliría. Lo que decía y lo que hacía eran cosas que se contrastaban incuestionablemente, y esa dualidad era la que vivía en Levi, haciéndolo de alguna forma atractivo y peligroso, porque no se podía confiar en él, y sin embargo la gente lo hacía.


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Re: La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

Mensaje por Kyougaki Nakahara el Lun Mar 20, 2017 12:19 pm

L
as velas desprendían una luz cálida, casi rosada, que iluminaba ambos cuerpos semidesnudos y el cabello de la fémina que caía como cascada sobre su espalda. Kyougaki respiraba profundamente, como si intentara mantener la calma, mientras el incubo sopesaba sus amenazas. La joven no respondió a ninguna de sus preguntas, ni siquiera la altiva sonrisa que adornaba dulcemente sus labios se mostraba ante aquel ente. Lo odiaba tanto. Ella rodeó su cuello con ambos brazos, podría estrangularlo si así lo deseaba, pero no quería, había algo en aquel sujeto de tanto misticismo, tan hipnótico, que sus acciones no concordaban con sus pensamientos. A ella su rostro le parecía muy hermoso, quizá debido a su fisonomía; no lo sabía con seguridad. Incluso sus manos la embelesaban. Los dedos eran tan largos, tan blancos, tan delicados. Luego, el hombre tiró de su cola una última vez, obligando a la demonio a soltar un sonoro gruñido. Su cuerpo se estiró; parecía ponerse más tenso y al mismo tiempo más espléndido. La mandíbula y la garganta formaron una línea perfecta que descendía hasta su seno cimbreante. Sus piernas se aferraron a aquella cintura cuando dejó de sentir el suelo bajo sus pies, como si de un momento a otro pudiese precipitarse a un inmenso vacío. No quería soltarse.  

La mujer se esforzaba por entenderlo. Donde antes había claros signos de dominio, ahora manifestaba calma, casi ternura en su tono de voz. Mentiroso. Falsas promesas salían de aquellos pérfidos labios.  Deseaba hacerle tanto daño como él a ella.  —Ie, no puedo creerte. — ¿Y cómo hacerlo? aún palpitaba aquella zona enrojecida de su rostro. Por suerte, ningún cardenal aparecería pues su cuerpo no era tan débil como para no soportar impactos de esa magnitud. En este instante, bajo el manto de la noche, el choque de su cuerpo contra la fría piedra de la pared consiguió arrancarle un quejido a la mujer. Como efecto a la causa, enredó una de sus manos bajo las hebras azabaches de aquel sedoso cabello y lo obligó a observarla fijamente antes de caer bajo el hechizo de su beso. Sintió tal placer que le dio vergüenza; sus piernas flaquearon y en su interior percibió la más extraña de las sensaciones, algo que nunca conoció en su vida anterior, aunque quizá sí en sueños. Su aliento era cálido, sus labios sedosos, todo en él era delicioso. Siquiera se perturbó al contemplar su cuerpo ya desnudo a merced del incubo. Ella, Soberbia en estado puro, siendo sometida, convirtiéndose en una de sus victimas. Era repugnante. Lo era, pero al mismo tiempo ardía en deseos de serlo, de sentir en carne propia aquellas vejaciones. ¡Así no era ella! ¿Tan fascinada se encontraba? Empezaba a temer que así fuese.

De pronto, cruelmente, empezó a jadear, así que cerró los ojos y sintió en su intimidad todo su endurecimiento. Pensar que causaba ese efecto en el contrario le agradaba sobremanera. Aquella excitación solo por ella, se sentía deseada y disfrutaba de ello con plenitud. Más adelante podría sacarle provecho.

Se vio marcada seguidamente, el aroma metálico se le hacía familiar, su propia sangre había sido derramada y no le importaba. Permaneció inquieta, sin apartar la vista de él.  Nunca había imaginado algo así.  Cada caricia, cada roce, era un tormento. Kyo volvió a morderse el labio y sintió que estaba adolorido y sus miradas se encontraron. Ardía en pasión, lo deseaba, pero no se lo haría saber jamás. Es más, se vio generosa y le quiso regalar una clara advertencia. —Crees que me has dominado, ¿No es así?. Esto no es más que el comienzo...— La mano que mantenía jugueteando en su cabello se deslizó hasta posarse en la mejilla. Le resultaba tan maravilloso: Esa expresión, aquel rostro hermoso y casi delicado, y aquellos ojos que parecían no aceptar ningún compromiso.

No pudo contenerse y le devolvió la bofetada, pero no hizo uso de toda su fuerza, quiso mostrarse benevolente. Podía ser tan dulce cuando quería. Kyougaki se inclinó sobre el azabache, que permanecía sumamente quieto, con la mirada fija en ella. Aún sentía algo de poder.  — Querido, disfruta de tu momento, pero escúchame bien. Llegará el día en que no verás nada aparte de mí. Lo seré todo, incluso el aire que respiras.— Sonrió. Y su lengua recorrió con lentitud la zona golpeada cual exquisita manzana prohibida. Le entregaría lo que andaba buscando y de paso se satisfaría. Después de todo ella había terminado por incitarlo. Si realmente no hubiese querido, ya se habría marchado. Desde un principio se le presentó la oportunidad de abandonar la zona, y fue declinada, algo en ella la obligaba a permanecer ahí. Luego no sería Kyougaki la que lo buscaría, estaba segura de que volvería tras catarla y se lo hizo saber muy bien.

Ahora la lujuria nublaba su mente. Sus piernas hicieron presión sobre el cuerpo del masculino para que la notase, el calor que desprendía el interior de sus muslos, sus labios enrojecidos, sintió que se quemaba de agonía. — Vamos, hazlo de una vez...— Musitó mientras se rozaba contra su sexo, abrumada por el momento. Apretó los senos contra su pecho, mordió su mentón y le brindó cálidos, húmedos e intensos besos que repartió allá donde le fue posible. La luz de la luna iluminaba vagamente la habitación y otorgaba cierta solemnidad a ambos individuos. Con gracia, ayudó a retirar parte de la tela que cubría la zona intima del incubo, lo máximo que sus brazos pudieron alcanzar. Para cuando quiso darse cuenta, la mujer ya estaba fuera de si. Su corazón empezaba a latir con fuerza y todo a su alrededor quedó en segundo plano. Solo existían ellos dos, ahí, en ese preciso instante.




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Re: La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

Mensaje por Levi el Lun Mar 27, 2017 6:17 am

Cuán delicioso fue aquel primer quejido, tanto que no le importó en demasía que los perfectos dedos de la mujer se enredaran en su cabello, estaba hambriento, deseoso de tener más, de probarlo todo, de ser el único que pudiera arrancar de su voz tal goce. ¿El único? No. Esa mujer podía ser tocada por cualquiera que tuviera el suficiente dinero para pagar por su compañía y eso no lo hacía para nada ser exclusivo. Esa sola idea de pronto se le antojó demasiado ponzoñosa como para lograr disfrutar el momento. Por eso justamente era que estaba ahí, entonces ¿cuál era el problema? ¿Por qué el fastidio? Levi tal vez pensaba demasiado, y quizás por eso no era como cualquier otro incubo; él debía saber los pros y los contras con antelación y seguidamente cerciorarse de que toda la partida iba a su favor. Pero ahora estaba apostando… era un riesgo que lograba despertar en él un bombeo diferente en su corazón, un cosquilleo totalmente extraño en su cuerpo, era un deseo que ya no podría rehuir porque lo anhelaba con cada fibra de su ser. Pero entonces Kyougaki habló y sus palabras lo arrastraron a la realidad antes de entrar en el delirio, no solo eso, como si supiera que el demonio estaba pensando en cosas estúpidas le abofeteó para que volviera en sí.

Sonrió. La despreciaba, y recordó que la quería romper. Y lo haría.

Escucharla decir que él caería por alguien como ella le hizo gracia, mas no dijo nada al respecto, tan solo la dejaría con sus fantasías; no era la primera vez que una mujer se lo mencionaba con igual o mayor fervor, pero Levi no tenía sentimientos a los cuales arraigar ese tipo de cosas, tan solo debían de ser delirios de parte de ella que ya lo deseaba en su interior, puesto que a pesar de no suplicar con palabras, el incubo lo notaba en su cuerpo, en el aire que la rodeaba, en esos besos ansiosos y en el calor que despedía. Esa hermosa figura no mentía, no podía, era más sincera incluso que la propia mujer y eso le fascinaba. Con brusquedad golpeó sus nalgas usando ambas manos, se sentía con mayor fuerza a medida que la lujuria crecía, pero aquello siempre era un arma de doble filo ya que Levi nunca se sentía totalmente saciado y era peligroso que perdiera el control de sí mismo… seguía hambriento…

Gruñó en un jadeo pesado mientras su glande sentía la humedad de la intimidad de la mujer, no podría resistirlo por mucho tiempo, era casi una tortura no estar en su interior, pero deseaba provocarla y humillarla antes de consumar la pasión. — A mí no me engañas, estás chorreando como la putita que eres. — Susurró con esa voz grave suya, burlón, posando los labios muy cerca de su oído para que entendiera a la perfección su insulto, al tiempo que con ayuda de su mano acomodaba su falo en la entrada de la pelinegra. — Debes sentirte realmente bien de que alguien como yo te ha elegido como objeto de satisfacción, pero recuerda que la camisa que rompiste es más cara que tú. — Tras decirle que para él no era especial, la penetró con una embestida violenta, dándose cuenta que su miembro no entraba completamente en la estrechez de Kyougaki. Podía sentir la contracción en su interior debido al súbito movimiento y cómo se ceñía a su alrededor… era un calor en el que se sentía fundir, algo que jamás había sentido al penetrar a otra mujer antes porque no existían quejas, dolor y lágrimas con ella, había verdadero placer. Y le gustaba. Le permitió una pequeña tregua y dejó que su interior se acostumbrara al tamaño de su miembro para que se abriera todavía más, besando sus labios con ímpetu mientras su diestra se colaba por sus nalgas para acariciar ese botón femenino que se encontraba ligeramente erecto. Ahí estaba de nuevo la contradicción de Levi, diciéndole zorra pero tratándola con cierta ternura morbosa.

Se acomodó para que la pared le sirviera de punto de apoyo y volvió a embestirla sin disminuir el brío en el empuje de sus caderas, su mente parecía perderse en la electricidad que palpitaba por sus músculos tensos, su respiración se convirtió en un jadeo cuando le dio un ritmo a sus penetraciones, succionando la fina piel nívea del cuello de su tentación con sus dientes para marcarla mientras con su mano libre volvía a darle una contundente nalgada sin dejar las atenciones en su intimidad con sus dedos. Sabía cuándo apretar, dónde friccionar, y a qué velocidad hacerlo, por lo que se extrañó cuando se dio cuenta que deseaba satisfacerla al mismo tiempo que él gozaba el acto. No debía de ser así. Gruñó con el libido atenazando su raciocinio y subió la mano que estaba en esos perfectos glúteos enrojecidos por los golpes para acariciar el contorno que eran esas agradables curvas femeninas y pellizcar la delicada piel de su seno de forma tosca y sin piedad. Deseaba ahorcarla y quitarle el aire mientras desgarraba su interior… Matarla al tiempo que la escuchaba gemir de placer. El movimiento de sus caderas se hizo entonces más brusco y rápido.


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Re: La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

Mensaje por Kyougaki Nakahara el Vie Abr 07, 2017 10:47 am

L
a mirada de la mujer era furiosa y distante. El corazón le palpitaba dolorosamente en su pecho cada vez que la rozaba y se preguntaba cuál era el motivo de su aflicción. Pensamientos que poco rondaron por su mente pues el incubo se encargó de que le prestase toda su atención. Puta, mujerzuela, ¿Cuántas veces lo había escuchado? No sabría contarlo con exactitud, pero por alguna razón que proviniera de aquel hombre la importunaba. No quería escuchar esas palabras por su parte, lo odiaba. No quería que la nombrase. Deseaba golpearlo pero no lo hacía. ¿Porqué? La respuesta estaba clara. Se estaba dejando llevar por un éxtasis casi enfermizo. Su pálida tez estaba marcada, su aroma se había mezclado con el contrario y sentía una agitación incontrolable. Los senos le dolían y un continuo tormento de lava ardiente recorría sus irritadas piernas desnudas. Ella cerró los ojos y entonces se vio henchida con una brusquedad que la azotó. —¡Agh, maldito hijo de…!— Creyó flotar durante toda una eternidad, alejada del mundo real, del inmenso cielo que palidecía  sobre los sombríos callejones Londinenses. El ruido de los coches, las risas, todo quedó en segundo plano para la demonio. Dejaron de existir. Estaba siendo torturada por aquel pequeño pálpito pasional que notaba entre sus piernas, las uñas se hundieron en la carne ajena hasta que la respiración agitada comenzó a recuperarse. Sus dos espinelas le lanzaron una mirada furiosa, adolorida. Quería matarlo.

Pese a sus intenciones, no deseaba que terminase, su bajo vientre se fue acomodando a la intrusión con asombrosa premura e incluso ella misma se sorprendió. Su cuerpo reaccionaba con cualquier simple roce, estaba cediendo demasiado rápido. Pero como no hacerlo cuando cualquiera en su situación se dejaría arrastrar por el pecado. Recibió sus labios con ardiente pasión, silenciando la  amargura y ahogando los gemidos que más adelante se prolongarían cuando sus cuerpos se fundieran por culpa de la lujuria. Aunque...había algo que no lograba entender. Si tanto deseaba humillarla, ¿Porqué le otorgaba esta tregua? ¿Porqué la complacía?. Sus acciones confusas solo conseguían acrecentar su curiosidad por aquel sujeto, y no quería obsesionarse. No debía. Para ella sólo era un cliente al que jamás volvería a ver, uno más de tantos que la compraba para una noche por puro placer. Desaparecería, debía hacerlo. Acabaría con él si regresaba a la casa de té. De nuevo la fría muralla sostenía su cuerpo, su espalda se arqueaba y su cálida carne se estremecía mientras el incubo la llenaba.

Su cuerpo cayó contra el pecho ajeno, su aliento se vio obligado a abandonarla y los jadeos de la fémina poco a poco se multiplicaron. Aquella violenta palpitación en su interior la hendía, la levantaba y luego la llevaba sin piedad hasta una explosión de placer, silenciosa y ensordecedora. Kyougaki apenas lograba contenerse, el éxtasis confuso la sobrepasaba,  el ritmo que habían adoptado las caderas del varón era implacable. Fulminante. Jamás había sentido tal virtuosismo. Sus uñas se hundieron todo lo posible sobre aquella ancha espalda, notando como el cálido líquido rojizo se entremezclaba en el aire con el propio aroma de ambos individuos. La morena sacó fuerzas de la nada y se relamió cuando en sus labios hubo marcado con un rastro de aquella delicia. Pero no era para ella sola, la compartió con el incubo cuando lo apresó entre sus manos y le obsequió con un fugaz beso antes de su retirada.

La mujer gimió con fuerza, su voz ronca era desgarradora. Su cuerpo había cedido del todo y sus caderas seguían el ritmo de su amante envuelta en una espiral de frenesí. Kyougaki se retorcía y se aferraba a lo más próximo que soportase su fuerza. La marca de sus garras quedó plasmada en la pared que la sostenía, se mantendría allí para siempre, como recuerdo de esta noche sublime. Todo iba demasiado deprisa, se sentía fundir. No podía permitirlo. Fue entonces cuando gruñó, si continuaba a ese ritmo estaba segura de que explotaría. ¿Acaso quería desgarrarla?. La mujer tomó como punto de apoyo la muralla tras de si y reteniendo por el mentón a su compañero, lo obligó a mirarla fijamente. Se encontraba tan hermoso cuando estaba agitado que contuvo las ganas de probarlo nuevamente. "Ahora no" pensó y aprovechó el momento para dar uso a su fuerza inhumana e impulsarlo contra el pavimento. ¿Acaso creía que solo él tendría el control? Ni mucho menos. En su caída se aferró a él para no separarse, inclusive tuvo el descaro de marcarlo como venganza a las muestras de afecto que había repartido el incubo por todo su cuerpo. Una divina muestra en ese níveo cuello, lo más visible que le fue posible con escasos segundos. Contempló aquello maravillada y una sonrisa malévola acompañó a una risilla. — Oh, lo lamento tanto… ahora no te muevas, se buen niño. ¿Hai? — Ordenó antes de que su lengua mancillase aquella mejilla izquierda tan deliciosa. La diestra se posó grácil sobre aquel torso y con la ayuda de su mano libre sus caderas volvieron a acomodarse sobre aquel miembro erecto. Quería provocarlo, por lo que con suma delicadeza retomó el acto con suavidad, parsimoniosa, quería ver reflejada la desesperación en esos ojos.




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Re: La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

Mensaje por Levi el Sáb Abr 08, 2017 12:21 pm

Hubiera pagado para conmemorar ese momento, sus reacciones, escuchar ese insulto ahogarse una y otra vez en sus labios que de pronto le hizo sentir tan orgulloso. Era más que un simple placer, más que la locura de poseerla, había algo que realmente le gustaba de todo eso pero todavía no reconocía el qué. Posó por unos momentos su nariz muy cerca de su cuello solo por el placer que le provocaba el aroma de la mujer, sentía que en cualquier momento perdería la razón, la lujuria cuando le abrumaba le transformaba en un esclavo del deseo, por lo que siempre procuraba alimentarse lo suficiente pero no al punto de ceder a una mansedumbre ciega. Eso jamás. Debía aislarse de la provocación que ejercían esas curvas, la incitación en su respiración agitada, la exquisita sinfonía de sus gemidos… deseaba ser más brusco, que la violencia gobernara sus puños y golpear ese perfecto rostro, quería saborear la sangre de su vientre mediante mordidas voraces, desollarla con sus uñas y venirse en el interior de sus intestinos una vez se los hubiera arrancado. La sola idea hizo que su miembro erecto se pusiera más duro y creciera en el interior de la demonio. Levi soltó un jadeo profundo muy parecido a un gruñido bajo cayendo en el placer que era escucharla y sentirse en su interior, tan caliente, húmedo, deseaba más, no se conformaba con solo eso, pero su lado incubo estaba demasiado atraído por la energía vital de aquella mujer. Jamás había probado algo parecido y eso desestabilizaba todo cuanto conocía del placer.

La miró ungido en una lascivia que se reflejaba en sus nublados ojos carmesí, no apartó sus orbes de ella sin entender por qué le había tomado de la barbilla. El propio ritmo de sus caderas se detuvo unos instantes intentando descifrar qué era lo que ella deseaba, presionando su pelvis contra la de la mujer para mantenerse en su interior al completo… ¿Qué era ese sentimiento que comenzaba a atormentarlo? Deseaba complacerla. Sus manos se movieron por esos muslos de ensueño en una caricia suave antes de que ella hiciera su movimiento. Se notó el asombro en sus ojos que se abrieron más de lo que solía tenerlos en el estoico deleite que era su rostro, notando el vértigo de la caída, aunque más que protegerse, lo que hizo fue levantar un poco las caderas de la mujer para suavizar la caída cuando su espalda se estampó sobre el piso en un sonido seco. Gruñó al notar la incomodidad en sus pulmones, pero lo que realmente impresionaba no era que el demonio no hubiera respondido ante ese brusco movimiento, sino que había buscado protegerla para que no se lastimara, mas ya en el suelo soltó sus caderas frunciendo el ceño. Así no era él.

Odiaba esa sonrisa, quería romper sus dientes, morder sus labios, que le hiciera una felación mientras irrumpía en gemidos. La lujuria le quemaba. Era el erotismo en Kyougaki lo que mantenía la bestia de Levi a raya, pero al mismo tiempo era justo eso lo que le hacía hervir la sangre. El cuerpo del incubo comenzó a cambiar, de su frente emergieron unos cuernos tan negros como la cola que se colaba de su pantalón, se removió lo suficiente para bajar todavía más la prenda y ésta no le incomodara ahora que sus extremidades crecían, sus músculos marcados se volvían más prominentes, sus uñas adquirieron un tono alquitrán y crecieron como garras convirtiéndolas en algo más de qué preocuparse. En su rostro sus dientes se afilaron y sus orejas terminaron en puntas. El color de su piel se volvió todavía más pálido, pero no mostró sus alas; quizás lo que más notara la fémina fuera el cambio en su miembro creciendo conforme Levi dejaba atrás su forma humana y adquiría la demoniaca, volviéndose casi el doble de robusto y largo.

Soltó un suspiro pesado seguido de un jadeo entrecortado al notarla moverse de aquella forma con su pelvis. Sus manos sin problemas se escurrieron por el abdomen de la mujer y sus uñas hicieron un camino de sangre hasta sus senos, relamiéndose los labios mientras masajeaba los pechos de la pelinegra. Se sentó para poder dedicarse a lamer uno de sus pezones, chupó la zona con suavidad y sus dientes mordieron con cuidado su piel como si ésta se fuera a romper si no ponía un tope a su brusquedad. De sus labios dejó escapar la toxina tan conocida de los demonios de su estirpe induciéndola a un placer todavía más intenso, regalándole la ilusión de que su cuerpo estaba el triple de sensible de lo que estaría normalmente. Solo entonces mordió con fuerza su seno hasta que sintió la sangre en su ponzoñosa lengua. Besó la zona mirándola con una sonrisa, apretando el otro pezón entre sus dedos. Con su mano libre acarició sus nalgas y volvió a tomar la cola de la demonio tirando de ella mientras soltaba una risa baja y cruel, burlona, tan mordaz -y llena de una mórbida satisfacción- que hería.

— Yo también me disculpo… — Por supuesto que no lo sentía, se le notaba en sus sórdidos tonos socarrones, arqueando su espalda para que ambos cuerpos estuvieran en contacto. Acarició la espalda de Kyougaki con una ternura que desencajaba con la fiereza con la besaba su cuello, arañándolo con sus dientes cual sierras, succionando su piel mientras humedecía la zona con su lengua; subió hasta que llegó al elixir que eran los labios de la mujer, besándola con pasión, acomodando su rostro para sus labios pudieran saborear a plenitud a la demonio, su lengua fue al encuentro de la contraria provocando ligeros sonidos de succión cuando se separaba a tomar aire.

Deseaba quebrar su mente todavía más mientras la hacía suya… su juguete. La quería para él, que fuera de su propiedad, y violarla de todas las formas posibles.  


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Re: La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

Mensaje por Kyougaki Nakahara el Vie Abr 14, 2017 1:48 pm

A
lgo había cambiado. En cuanto abrió los ojos supo que la situación se le escapaba de las manos. La nipona experimentó miedo, pero también cierto alivio. Sentía tanta curiosidad como terror. La tenue luz de las velas dejaba entrever aquella pérfida transformación y la mujer quedó cautivada.  El rostro del incubo exhibía una frialdad peculiar pese a que sus acciones a veces contrastaban con su naturaleza violenta. Kyougaki acarició curiosa esas cuernos, se maravilló con su sombría belleza, representaba a la perfección a los de su raza y había comenzado a envidiarlo. Qué carne tan apetitosa la de aquella entidad que la poseía, el tacto aterciopelado de sus manos delineó el contorno de aquellos brazos que podrían romperla con un mero abrazo. Le gustaba el contacto frío como la misma muerte contra su piel, se le erizaba el vello y la estremecía. Arqueó la espalda cuando se convirtió en un cuadro sangriento, todo su cuerpo pedía a gritos que la acariciaran, que pellizcara las zonas más sensibles. ¿Qué le estaba pasando?. Parecían bestias exóticas, enjauladas cruelmente. Comenzaba a desearlo con desesperación aun cuando estaba segura de que terminaría por desgarrarla.

Fue entonces cuando comenzó a notar claramente como ese miembro se henchía en su interior, jamás había sentido tal placer con otro hombre y esa posición solo la mantenía en constante tensión. Su cuerpo debía acostumbrarse al reciente cambio y le dolía. Con  firmeza, las manos de la mujer se ciñeron suavemente a su cintura, podía sentir el cálido aliento golpear su piel, sus senos estaban rojizos, maltratados pero deseosos de más y como una maldición, se sintió mareada. Su cuerpo se volvía más sensible por segundos, la excitación que la envolvía era indescriptible. Su respiración se aceleraba y sus corazón latía con tanta fuerza que creyó desvanecerse. ¿Qué le había hecho?. Tonta de ella, no debió dejarse llevar por un Incubo. La toxina hacía efecto rápidamente y pequeñas gotitas perladas comenzaron a escurrirse por todo su cuerpo. La estaba torturando de una manera sádica. Un gruñido fiero fue toda la respuesta que le dedicó al demonio, se estaba burlando de ella, dañaba a su atormentada cola aún a sabiendas que detestaba que la tocasen. En ese momento juró matarlo cuando todo terminase.  La boca ajena estaba demasiado cerca de la suya, unos labios fríos la besaron y ella correspondió presa del momento. Su lengua fue al encuentro de la ajena, se impregnó con su sabor y se dejó llevar por el deseo. Se sintió aún más excitada. No entendía como podía quedarse ahí sin más, no era normal en ella. Aunque si reconoció que le agradaban sus perversiones. Estaba perdiendo la cabeza…

Todas sus sensaciones se multiplicaron vertiginosamente. Sus caderas se impulsaban en un vaivén lujurioso, y la fémina no podía mantener las manos quietas, sus uñas dibujaban caminos escarlata cuando se deslizaban por aquella espalda, sus gemidos se ahogaban y se los regalaba muy cerca, como una sensual melodía. Sus dientes se hundían en la carne de aquel demonio, dejando marcas claras sobre sus hombros hasta que no pudo más. Todo su cuerpo sufrió una sacudida, cayó rebosante por el orgasmo más intenso que había sentido. Gritó. Fue un grito largo y ronco. El clímax continuaba atormentándola, y ella solo podía abrazarlo. Permaneció en silencio hasta que su respiración se fue recuperando y sin apartarse golpeó su frente a la contraria con brusquedad. Sus ojos estaban cerrados todo el tiempo. Temía que si lo miraba nuevamente, caería. La diestra golpeó con el puño al hombre en un costado y la nipona mordió su labio inferior con fuerza. - ¿Qué me has hecho? ¡Responde! ¿Qué le has hecho a mi cuerpo? - Estaba furiosa, no era normal para ella dejarse llevar de esa manera, jamás había suplicado por más. Algún sucio truco de incubo había usado con ella. ¡Y no pensaba ser una de su presas!.

Sin esperar respuesta alguna, se retiró sin dejar de observar al demonio hasta que su espalda golpeó la puerta. Sujetó el pomo y su sangre hirvió de la ira que la recorría. Podría matarlo, nadie se lo impedía, era tan fácil como un simple chasqueo de dedos. Ardería, sus sombras la ayudarían, tenía suficiente conocimiento sobre la magia negra como para hacerlo caer bajo sus pies. ¡Era un demonio!...y no hacía nada al respecto. La había humillado, todo su cuerpo estaba marcado...¿porqué se sentía atraída?. Tenía que marcharse antes de que fuera demasiado tarde. -Te daré la oportunidad de largarte antes de que cambie de parecer…- Le indicó con aspereza mientras señalaba la puerta. -Y no regreses. - Musitó antes de recoger poco a poco sus ropajes, estaban rasgados, no podía volver así al trabajo. Todo ese día iba en su contra, parecía un alma en pena. Las espinelas de fulgurante brillo se entrecerraron y toda ella se resguardó en una esquina a la espera de que aquel hombre desapareciera de su vista. Hoy ella fue la victima...




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Re: La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

Mensaje por Levi el Vie Abr 21, 2017 2:25 pm

La satisfacción de sentir su interior cada vez más estrecho no se comparaba al placer de verse ceñido en aquella exquisita y embriagadora calidez que eran los pliegues de la intimidad de Kyougaki. Suspiró del placer y la lujuria que le colmaban mientras la notaba húmeda y tensa, sentía que golpeaba lo profundo de su matriz, sin que él supiera que aquello sería una droga para él en el futuro. Nada se comparaba a ese momento, a las expresiones en el rostro de la mujer que respondía con encantadora sinceridad a cada acción impuesta por Levi. La quería convertir en su muñeca de trapo, una que no se rompería con facilidad… y eso le atraía. La odiaba, ¡la odiaba! Envidiaba su figura perfecta, sus hermosos ojos envueltos en lujuria, esos labios que le cautivaban con un beso y la fuerza con la que se entregaba a él aun cuando luchaba por el control. Mngh… Se quejó en un profundo jadeo cuando sintió las uñas de la mujer en su espalda. Le gustaba. Pero por sobre todo le seducía el erotismo con el que se movía mientras sus oídos eran endulzados por aquellos gemidos deliciosos, no había criatura en el universo que pudiera compararse a esa mujer y la pasión con la que lograba hechizar al incubo.

Levi hizo algo que nunca había hecho antes. Abrazó la figura de la demonio con firmeza, jadeante al recibir las mordidas de su compañera, y la contuvo con dulzura mientras notaba los espasmos en su cuerpo. Se alimentó de ellos, de su placer convertido en grito, de su interior húmedo apresando su virilidad en contracciones exquisitas viéndose a sí mismo caer manso en medio del orgasmo de Kyougaki. Frunció el ceño, aturdido por ese estallido espontáneo de cariño, se dijo a sí mismo que solo fue por el gusto que había resultado alimentarse de ella; pero se engañaba, puesto que se sentía satisfecho solo con haberla hecho llegar al clímax aun cuando él no lo hizo. No. Algo estaba mal en todo eso.

Sintió su frente contra la suya y notó el vaivén de ambos que respiraban de forma irregular y entrecortadamente. Deseaba acariciar su espalda y suplicar para que no se separase de él mientras pedía terminar el acto, pero entonces recibió el golpe en un costado y su propia respiración se volvió más jadeante — Agh… — Gruñó mientras la escuchaba todavía turbado por sus propios pensamientos, soltando un quejido cuando la sintió alejarse de él. Sin el refugio de su interior se notaba débil y agotado, quería más de ella… La miró con odio por hacerle eso, le estaba insultando de una y mil formas con ese comportamiento. Lo rebajaba a ser solo un simple cliente más que ahora debía retirarse para que ella seguramente pudiera disfrutar del dinero. ¡¿Tan solo le había regalado una ilusión?! Pero entonces por qué le preguntó aquello, ¿acaso no lo disfrutó?

Se puso de pie y se dirigió a la puerta volviendo a adoptar su forma humana mientras caminaba. Lo que más le fastidiaba era esa erección que no se había ido de su cuerpo, subiéndose los pantalones pero sin abrochárselos todavía. Una morbosa idea pasó fugaz por su mórbida mente y se acentuó el pérfido brillo de su mirada carmesí. Se giró y caminó raudo hasta donde estaba Kyougaki sujetándola del cuello con una de sus manos para asfixiarla entretanto tomaba con fuerza la ropa de la mujer y forzarla a que la tirase a un lado, para otra vez disfrutar de las curvas de su hermosa figura mancilladas por él. En aquella esquina, mientras se aferraba a su cuello con aquellos fuertes dedos debido a la reciente comida, volvió a penetrarla soltando un jadeo ronco al verse de nuevo en su interior. Su pelvis se movió con brusquedad mientras la violaba, su hombría palpitando con la violencia de las embestidas sujetándola con fuerza de los brazos para que no se deshiciera de él. La obligó a que abriera más sus piernas usando las suyas propias, solo pensando en ir más profundo, más adentro, siendo cada vez más salvaje. Sintió la tensión en su baja espalda, el calor en sus músculos y la presión en toda la extensión de su virilidad cuando dejó salir su semilla en un gruñido que se transformó en un jadeo al tiempo que terminaba de moverse en el interior de la demonio. Cerró los ojos con intensidad pegándose a la suavidad que eran las curvas de Kyougaki dejando libre sus brazos recuperando la cordura de lo que había hecho. Se había dejado llevar por sus instintos más primitivos y eso le asustó; así no era él, pero en quién diablos lo había convertido esa mujer.


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Re: La mansedumbre del hambriento [+18] [Priv. Kyougaki]

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