Come at me! {Priv.}

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Come at me! {Priv.}

Mensaje por Invitado el Sáb Abr 22, 2017 6:15 pm

Aquello no se sentía bien.

Elemiah era un peleador virtuoso. Había sobrevivido a guerras, a complot, a muerte y destrucción. Pelear por Adonai era todo cuanto siempre había deseado, blandir el filo de su espada contra impuros para alzar la flameante bandera de la justicia, y con ello cuidar la creación. Debía sentirse dichoso, glorificado en fe por la simple promesa de estar en gracia con Padre; eliminar a sus opositores debía ser todo cuanto deseara en su existencia. No solo seguir órdenes ciegamente, sino que era imperioso que las sintiera como el camino correcto, y a fin de cuentas era lo único que traería paz al mundo terrenal. Pero aquello…

Un poderoso grito se escapó de su garganta hasta que dolió, y las murallas temblaron empatizando con la impotencia del ángel. Sus manos estaban manchadas de sangre, convertidas en puños mientras reposaba su espalda desnuda en la pared de aquel edificio en ruinas. Notaba que estaba temblando, era ira la que quemaba sus venas, y nada podría controlar el cascarón que era su cuerpo abstraído en haber cumplido una orden que nunca había dudado en cumplir. Jamás vacilaba cuando alzaba su espada de luz, pero era eso justamente lo que le tenía ahí ahora, vivo. No. Sobreviviendo. — ¡¡TRÉMULO!! — Bramó con furia el nombre, buscando invocarlo de alguna forma en su desesperación, dejando que su espalda se deslizara por la fría superficie de concreto hasta que se sentó en el piso. El jinete de la guerra podría tener respuestas… ¿Acaso era culpa lo que le carcomía?

El azabache estaba descalzo, con el pantalón de tela hecho jirones, machado en polvo y sangre. Su cuerpo presentaba cortes de todo tipo y uno particularmente desagradable le perforaba el hombro derecho. Parecía una quemadura alrededor, que le dejaba el músculo expuesto mientras brotaba su propia sangre de la profunda herida que le había astillado el hueso del omóplato. Había sido herido por magia negra cuando peleó con la mujer. La madre. Sabía que debía zambullirse en la indiferencia, pero todavía tenía los músculos calientes por la batalla, el corazón desbocado y la respiración agitada. Se secó los ojos con brusquedad con el antebrazo y miró la escena a su alrededor. Se odiaba.

Los orbes grises del ángel se movieron por cada uno de los tres cuerpos mutilados de unos infantes. Las cabezas despojadas de sus cuerpos, los torsos quemados y las extremidades empaladas alrededor del cuerpo del padre, un ángel que él mismo había entrenado y había caído por amor hacia una demonio. Como resultado del pecaminoso acto habían nacido tres criaturas que no debían existir: los nefilim. Si esos seres llegaban a la adultez podían ser peligrosos para Adonai… pero esos niños indefensos apenas sabían utilizar sus poderes. Primero tuvo que encargarse de su anterior amigo y luego de la madre, a quien tuvo que mutilar y quemar mientras sus niños todavía le lloraban. Al padre le cortó la cabeza y las alas, crucificándolo de forma invertida para que sirviera de ejemplo. Ya no existía la misericordia. Tendría que llevarse la cabeza con él para que ese cuerpo no volviera a existir.

Había sido una pelea injusta. Si bien ellos sabían el arte de la guerra, lo cierto era que estaban tan pendiente de que sus hijos no sufrieran daños que Elemiah había tenido la victoria desde que los encontró en esas ruinas. El guerrero todavía podía sentir la facilidad con la que su espada había cortado los huesos de esos niños, con sus miradas suplicantes, llorosas, deseosas de vida. No era la primera vez que el ángel se encargaba de infantes, pero eso no lo hacía más fácil. Había oído a alguno de sus hermanos decirle ‘el verdugo sádico de Zadquiel’, pero él no era el monstruo que todos pensaban. Él tenía una fe inquebrantable y tal vez ése era su tormento -su propio infierno-.

El ángel no estaba mostrando sus alas aquella fría tarde, con el sol escondiéndose en el horizonte. Y el edificio en ruinas que había sido testigo del enfrentamiento tampoco servía como refugio, ya que no tenía techo y las ventanas deslucidas se encontraban con todos sus vidrios rotos. La muerte se sentía en el aire mezclada con el perturbador hedor de los cuerpos quemándose con las llamas que rugían con intensidad. No. Aquello no se sentía bien.

Invitado



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Re: Come at me! {Priv.}

Mensaje por Trémulo Artorias el Vie Abr 28, 2017 1:19 pm

The art of war
El supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar.

”El sostendrá la pistola en las sienes. El provocará que el gatillo de esa delicada arma de fuego desprenda más sangre que el lamento.”

Los sepulcros siempre han sido oscuros, mientras más abandonados se encuentren menos tendrá oportunidad recibir un poco de luz, un poco de la esperanza que se debe de acoger. Cuando ha terminado tu tiempo es imposible que despiertes, cuando ha terminado el momento en el cual tu objetivo se ha cumplido vuelves a ser la ceniza, vuelves convertirte en polvo que es absorbido por la gran estatua de tu presencia, en esta ocasión, en este momento una voz pesada, un grito fugitivo se coló en las columnas imponentes, en el interior de ese mármol grueso y te provoco romper el letargo, tu imponente cuerpo se levanta de sus aposentos, los murmullos, las plegarías de cada uno de los humanos que rigen sus vidas vuelven a ser parte de los susurros que caen en tu pensamiento, tantos a la vez deseando la destrucción, deseando la guerra, por ellos es que tu cuerpo se recubre de carne, por ellos es que estos huesos se mantienen en movimiento por que siguen insistiendo en el equilibrio, porque buscan tu abrazo acogedor.

”Su voz crece cada vez más como si fuera un cáncer”

Profecía única que proclama una lealtad hacía el hombre de los cielos, has despertado. No sabes si fueron sus deseos de ese hombre que volviera a ti el oxígeno a tus pulmones sin embargo tienes que comenzar a moverte, tienes que atreverte a salir de nueva cuenta fuera de este ciclo absurdo. Ya habías bajado una vez a la tierra mortal y te encontraste con lo obtuso, humanos siendo engañados, humanos cayendo en el pecado, pero ahora, ahora alguien gritaba, ahora alguien deseaba que lo escucharás y entre las miles de voces que desean tu nombre otra fue la que se proclamó , eres capaz de escuchar a tus hermanos y hermanas, a los ángeles de todos los rangos solo con pronunciar tu nombre, nombre el cual nadie es conocedor al menos que sepa demasiado de tu existencia y fue por ello que descendiste. Tu cuerpo bajo a esa humanidad, no portabas armadura, tan solo un perchero simple de cuero, tus ropajes simples, no era el momento.

”Ayuda. Lo han hecho de nuevo. Han estado aquí”

Cuando bajaste tus pies tocaron la humedad, el olor a sangre que tanto amabas te refresco las fosas nasales, lo sentías en cada fibra de tu cuerpo, estaba presente la muerte, mientras más avanzabas lo desastroso se mostraba frente a ti como si fuera la pintura perfecta de un pintor con deseos de verte orgulloso. Tu quien eres Caronte podrá saber más que nada lo que ha ocurrido en escena, mientras el telón desciende con su bello rojo el protagonista se encuentra arrinconado, tu única cuenca azul se fija en ese ser de ropas roídas, de suciedad y mugre en su ser - He estado muchas veces aquí antes – Tu voz gruesa fue la tenebrosa dentro de las edificaciones que podrían ser cómplices de lo acontecido - ¿Tu eres quien me ha llamado? – Preguntaste, para tener que recurrir a ti ha de ser algo grande, no solías mostrar tu presencia a cualquier ángel y los únicos que tenían esa virtud eran tus propios soldados que protegías bajo tus alas - ¿A qué se debe el interrumpir mi letargo? – Preguntaste mientras dirigías tu mirada hacía ese ángel, este era el momento. Las cosas que te diría, las cosas que podrías decirle…

@kreatur


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