Una compañía decente || Priv. Alexander C.

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Mensaje por Ahreán Riessfeld el Jue Ago 10, 2017 5:48 pm

Central de ADV Swift
9:00 a.m.



Cuatro semanas habían transcurrido desde la inauguración de ADV Swift en Square Mile, New London. A partir de entonces, la organización parecía ir viento en popa. En la zona comercial y a varias calles de London Eye, se tenía previsto abrir dos pequeñas sucursales más. Serían únicamente de distribución, mientras que la ubicada en el distrito financiero de la ciudad cumpliría de sede y se encargaría de las negociaciones más importantes.

El edificio se alzaba sobre los 61 metros de altura. La estructura estaba bañada casi en su totalidad por placas negras de superficie lisa. Se hundía en cada piso por la zona de los ventanales, áreas de cristales gruesos sobre los que se reflejaban distintos azules. En la cima, del lado derecho, estaba el logo de la compañía: el símbolo de un rayo.

A las nueve menos cuarto de la mañana, Neel Riessfeld ingresaba a la torre. Sus pasos eran firmes, poco apresurados; resonaban en las paredes de una habitación llena. Una sonrisa poco dibujada y una mirada de tempestad afásica seducían al brillo en los ojos de un ‘buenos días’ de sus empleados. A su lado caminaba Ahreán Riessfeld, su joven hija. Ella vestía una camisa blanca sin mangas, por dentro de una falda verde esmeralda que se ceñía a su cuerpo desde su cintura hasta sus rodillas. Llevaba unos tacones crema, tenía el cabello recogido. Seguramente, de no ser por su juventud, muchos la habrían confundido con algún ejecutivo de la empresa. Pero hacía unos pocos meses que había alcanzado la mayoría de edad. Todavía se le notaba la inexperiencia, la falta de práctica, quizá hasta de carácter, para asumir cualquier rol dentro de una compañía tan prestigiosa.

¿Nerviosa? —preguntó el padre a su hija mientras tomaban el ascensor. Dentro de unos minutos se reunirían con potenciales clientes para la firma de un contrato. Ahreán repasó en su mente todo lo que había estudiado la noche anterior sobre el producto, sobre el cliente y sobre los consejos de doña Elizabeth.

Al llegar al séptimo piso, se les unieron dos ejecutivos más, una dama rubia de moño perfecto y lentes, y un hombre alto de sonrisa torcida. Uno de ellos cargaba una resma con ambas manos y un bolígrafo de tinta indeleble. Los cuatro caminaron por el pasillo hasta toparse con la sala de reuniones, cuyas puertas de caoba estaban a medio cerrar.
 
Ansiosa —dijo. Y las puertas se abrieron.



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Mensaje por Alexander C. el Vie Ago 11, 2017 2:03 pm


M
añana extraordinaria, el transcurso de la misma estaba llena de incoherencia con respecto a los deberes de un inspector. A pesar de tener varios casos con una prioridad alta esperando en su escritorio, multitud de llamadas de emergencia, múltiples detenidos esperando en las celdas para el registro y traslado, insubordinación en medio de las filas de cadetes; el supervisor que llegó a altas horas de la madrugada trataba al oficial más activo y comprometido con la comisaría como si se tratara del chico de los recados. Cierta exasperación surgía por la boca de su estómago, sentía que perdía el tiempo en vez de invertirlo en el más reciente descubrimiento en su caso principal: un descuido por parte de sus vendedores de material tecnológico conllevó la obtención de una pieza particular, necesitaba estudiarlas junto al laboratorio, pero estaban seguros que era un tipo de supresor.
       Sin embargo, Alexander no era ingenuo, sabía que era una especie de prueba y por ello atendió cada una de ellas. Y sí lo fue, tan pronto entró en su oficina —luego de manejar por media ciudad—, estaba su superior, el jefe superintendente sentado en su silla, con una carta dejada sobre la superficie maderera. Se le veía satisfecho, a diferencia del rubio, quien no tenía mucha más paciencia que gastar. Allí estaba el motivo por el cual salieron inmediatamente hacia una importante reunión, la razón por la que se llevaban al inspector era desconocida para éste última. Calló, se dedicaría a seguir órdenes.


       El día empezaba con energía, pues, los rayos del sol recorrían el espacioso cielo despejado sin ningún tipo de obstáculo hasta llegar a los magnos edificios, erguidos con propiedad y autoridad, siendo el sello identificativo de las grandes empresas. De experiencia sabía que todas esas colosales corporaciones traían algo entre manos, siempre, su carrera como operativo secreto le indicaba eso una y otra vez. Involuntariamente, su mente ya buscaba conjeturas de las que agarrarse dentro de la estructura, una observación minuciosa, comportamientos que un espía con experiencia y pasión no podían echar de lado, simplemente debía vivir con ello. La llama perspicaz del agente estaba encendida, mas lo suficientemente disimulada como para no ser vista con simplicidad.
       La sala les recibió con elegancia e innovación, visualmente evidente la ergonomía que poseía el espacio, cada sitio era una muestra de la especialidad de la empresa con la tecnología, el compromiso que mantienen con la misma.

       —Le he traído aquí, inspector, porque pondrá en práctica lo que recibiremos. Eso no lo hace especial, simplemente más responsable que los demás —añadió condescendiente, posándose frente a la ventana con los brazos cruzados, observando desde la altura.

       —Es un placer servir, señor —correspondió sus palabras con rigidez, demostrando el debido respeto. Éste se quedó a un lado de su silla correspondiente, con la unión de sus manos detrás.

       Las puertas fueron abiertas, la otra parte estaba presente ahora. La atención de Alexander se vio magnetizada en cada una de las personas entrantes; sus ojos impactaron en cada una de ellas, manteniendo un contacto visual lo suficientemente duradero para infundir su posición en esa sala: Los ojos de Campbell iban cargados de dureza, seriedad, severidad, haciendo de sus azules lo más parecido a un blindaje celeste, e igualmente, poseían cierto grado de serenidad, aunque los mismos escondieran celosamente un interior salvaje. Silenciosamente enigmáticos, aunque su misma postura no consintiera la apreciación, corriendo el riesgo de ser inconscientemente intimidados tras alargarse.
       Sus uniformes eran de color negro, dotado de detalles platas opaca como lo son los botones a lo largo del centro y los pertenecientes a sus bolsillos delanteros, los pantalones compartían el mismo tono que los sacos, a excepción de los detalles plateados, desembocando en zapatos negros perfectamente lustrados. Contrastantemente, el señor mayor, quien tenía unas difuminadas franjas blancas en los laterales de su cabello, posee sobre sus hombros una corona y una estrella debajo de ésta, conjunto a un número abajo del todo, todas las insignias dorada, se trataba de un jefe superintendente; Alexander, quien en sus hombreras poseía dos estrellas y el número 82670 grabado debajo manteniendo la coloración dorada, se trataba de un inspector. Debajo de sus sacos, poseían camisas blancas y sus respectivas corbatas con una tonalidad más clara que el sobretodo. El jefe superintendente volteó ante sus anfitriones, demostrando una cálida sonrisa que coloreó de simpatía su maduro rostro. Se acercó a ellos, siendo el primero que estrechase las manos de los presentes, en principal, el líder corporativo, Neel Riessfeld. Detrás de él, le seguiría Alexander, posicionándose a un lado.

       —Señor Riessfeld —expresó con energía, sin abandonar su —algo excéntrica— aura elegante—. Soy el jefe superintendente Barnett Byrne —estrechó su mano con Neel, siendo enfático con esto. Seguidamente, cortando el contacto físico, extendió su mano hacia los demás, regalándole una sonrisa más abierta a las mujeres, además de un trato más delicado.

       —Él es el detective inspector Alexander Campbell, será quien pruebe vuestros juguetes, yo ya me he retirado de las persecuciones policiales —indicó con jocosidad, acompañando con una breve risa—. Ahora la juventud está superando a mi generación —soltó como parte de un halago alentador, haciendo énfasis con su mirada hacia la más jóvenes entre ellos.

       —Es un gusto estar presente, señor —estrechó su mano hacia el presidente, un apretado firme y una mirada certera, sólida, disciplinada y confiable. Posteriormente, hizo lo mismo con los demás—. Señorita —dijo al momento que extendió hacia la pelinegro, siendo menos tosco con su agarre, sin embargo, no decreció la seriedad de sus celestes y cambio en su porte digno de militar.


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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Ahreán Riessfeld el Sáb Ago 12, 2017 4:58 pm

Si debía de enumerarlas, aquella era la segunda vez que asistía a su padre en una negociación. La primera, hacía más de un año, habíase tratado de la instalación de un moderno sistema de seguridad en una relojería en Coventry. Eran asuntos menores, según las propias palabras de su abuela. Pero el entusiasmo de su padre al verla involucrada con la empresa, parecía enviarle otras señales. No era una sorpresa después de todo. Eran notoriedades que estaban decididas desde incluso antes de ella nacer. Neel Riessfeld, un hombre sereno de mirada de ciclón calmo, deseaba que su hija siguiera sus pasos. Por supuesto, Ahreán Riessfeld apuntaba en esa dirección.

Al abrirse las puertas, la joven heredera de pronto sintió cargar sobre sus hombros la instantánea mirada de su padre, la de la dama de moño perfecto y lentes, la del hombre alto de sonrisa torcida, la de un uniformado de una sola estrella y la de otro, de dos. Apenas la uña de su pulgar se clavaba en uno de sus dedos.

—Es un placer conocerlos, caballeros —una sonrisa un poco más dibujada se esgrimió en la piel del ejecutivo. Estrechó su mano y repitió la acción con su acompañante. Los huesos de sus nudillos parecieron marcársele con solidez—. Espero no hayan tenido ningún tipo de inconveniente en llegar aquí. Entiendo que la ciudad en estos días está poco más complicada de lo habitual.

Afuera los rayos del sol golpearon contra los ventanales, lo que le dio mayor claridad a la atmósfera.

—Por favor, déjenme presentarles al resto de mi equipo. La dama de lentes a mi derecha es la doctora Irina Kozlov. Es la encargada del área de supervisión de esta línea de productos, por lo que nadie mejor que Kozlov para atender todas sus inquietudes a partir de ahora—la de moño perfecto acomodó sus lentes, apenas expresiva—. El caballero de acá es Samir Bássil, uno de los tantos abogados de la compañía. Y la más joven se llama Ahreán Riessfeld, mi hija. Será nuestra promotora de ventas por el día de hoy.

Encantada —comentó la muchacha con una voz que parecía describir una suave parábola, así sus ojos, así sus labios. Los miró a ambos sin prolongarse en demasía, a sus clientes, con quienes hacía poco había estrechado su mano, sobre todo al de mirada azul. De acuerdo a lo que había entendido, solo a él, técnicamente, debía de vender el dispositivo.

Unas pocas palabras más antecedieron lo que vendría a continuación. La mesa, que era amplia, y en la que cabían por lo menos unos diez empresarios, fue ocupada en cuatro de sus asientos. Neel Riessfeld había invitado al jefe superintendente a sentarse en compañía de la doctora y del abogado. Él, por supuesto, a la cabecera, con la resma al frente y el bolígrafo indeleble dentro del bolsillo de su traje. Sus labios comenzaron a moverse y el rostro de la doctora, al parecer inexpresivo, se volvió más agradable. Ahreán se colocó al lado del detective inspector, quien a la vista le llevaba varios centímetros de diferencia a pesar de sus tacones, y le hizo señas para que la siguiera hasta la salida. Evitaba hablar cuando lo hacían los mayores. Aunque no había manera, de todos modos, de opacar la voz del presidente.

Detective inspector Campbell es un seudónimo un tanto extenso —dijo, apenas salieron. De nuevo, su voz pareció arrullar—. Con el debido respeto, ¿está bien que solo me refiera a usted como inspector?

Caminó de vuelta al ascensor, esta vez, en compañía de Alexander Campbell. En el camino, mientras pasaban por el laboratorio B a retirar el pedido en el noveno piso del edificio, lugar en el que le hacían, por medidas de seguridad, las últimas revisiones al producto, la joven aprendiz le hizo saber al inspector una serie de recomendaciones. El emisor PEM que dentro de poco iba a tener en sus manos era distinto al resto de los existentes, incluso de los diseñados anteriormente por la compañía, por lo que ameritaba mayores precauciones al momento de su uso o aun su revisión. Estaba prohibido, como con la mayoría de la tecnología desarrollada en ADV Swift, su restauración por parte de un tercero. No debía aplicársele la ingeniería inversa bajo ningún concepto. Era violatorio. La empresa no se hacía responsable de los daños causados al producto o los que este generase a quien lo manipulara. Inmediatamente la garantía, generosa de tres años, perdía su validez.

No pasó mucho tiempo antes de que por fin tuvieran el aparato. Era pequeño, poseía un diámetro no superior a los 15 centímetros. Circular, liso, sensible al tacto. Era lo que cualquier cliente de ADV Swift pudiese esperar en cuanto a diseño: minimalista.

¿Podría guiarme hasta su vehículo? —unos hoyuelos marcáronsele en el rostro—. Le enseñaré cómo utilizarlo.




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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Alexander C. el Dom Ago 13, 2017 10:57 pm


F
ormal presentación, cargada de protocolos tradicionales. Quien parecía romper un poco la rigidez del trato era el jefe superintendente, estando en una extraña comodidad, como si no se tratara de la primera vez que pisaba esa sala, ni la primera vez en la que estrechaba la mano del magnate empresario. Detalles fluían bajo los ojos inexpertos de aquellos poco atentos, caso contrario a lo que sucedía con Alexander, quien poseía un especial encanto por los pequeños datos, los pormenores infravalorados, eran los que le daban de comer, el hecho de tener un caso o no, ese instinto no se apagaba. Actuó con naturalidad, no hubo razón para perder la compostura o guiar miradas poco discreta, sus acciones estaban medidas al milímetro. Ulteriormente, se movilizó con los demás hasta la cercanía de la mesa, el rubio no vio necesidad de sentarse y simplemente observó, con sus manos unidas en su espalda, manteniendo una postura firme. Las señas le indicaron la salida, mas, antes de retirarse, intercambió contacto visual con su superior como parte de la arraigada costumbre de subordinación.

       —Lo es —secundó con su natural seriedad, obteniendo su total atención, y con ésta, aligerando la tensión que existía entre desconocidos, sin poner en peligro el enlace vendedor-cliente—. No hay ningún problema, señorita Riessfeld —accedió sin mayor problemática, haciendo parecer su petición como innecesaria.

       Su caminar le mantuvo a un lado de la más pequeña, remarcando la característica manera de hacerlo, sin perder método con cada paso. Quizás la tensión incrementaba con el silencio, consecuencia involuntaria de la seriedad del inspector. En su breve recorrido por la empresa se le dieron las celosas advertencias con respecto al instrumento a vender, explicándosele, grosso modo, el funcionamiento y sus respectivas recomendaciones; realmente, el trasfondo técnico del artefacto no caía en demasiada consideración, siendo éste más apegado a los términos prácticos, útiles, pues estos últimos serían los que hicieran la diferencia. No obstante, aunque no se viera interesado por los temas anteriormente mencionados, se le encendía la curiosidad de cómo un objeto de tal forma pudiese tener un funcionamiento tan complicado, aunque claro, seguramente traía consigo conceptos que no manejaba, por lo que sólo dejó que tal sugestión fueran evidente fugazmente en esos macizos cerúleos masculinos. Los estándares con respecto a la compañía estaban puestos, características que parecían ser únicas, un sello identificativo sin necesidad de marca exterior.

       Evitó darle muchas vueltas al asunto, apartando lo innecesario de su mente en cuando escuchó la voz femenina. Le dio la mirada, asintiendo consecuentemente.

       —Por supuesto —afirmó, utilizando su mano para indicar el camino—: Sígame, por favor.

       Se puso en marcha hacia el ascensor, pues allí se encontraba estacionado su automóvil. Otro silencio se apoderó de la situación, posándose en medio, no culpaba a quienes sentía que los segundos fueran terriblemente perpetuos a su lado debido a su comportamiento tan severo y riguroso que no dejaba lugar para mayores trivialidades. Hombre centrado, sin ningún tipo de titubeo. El ascensor descendió hasta que las plateadas puertas se abrieron, dejando un pasillo largo y grueso que desembocaba en diferentes columnas, colindando con los aparcamientos, algunos vacíos, otros llenos, todos tenía la particularidad de ser modelos poco modestos, tratándose de dueños con niveles económicos elevados —a excepción de un pequeño sector de trabajadores—. Suelos, techos y paredes blancas, señalizadas correctamente, delimitando las zonas y delineando las instrucciones de salida. El inspector no se detuvo, haciendo que sus pisadas consistentes hicieran eco en el gran espacio frente a ellos.
       El masculino giró hacia la izquierda, en donde un vehículo, de color negro y vidrios tintados de una tonalidad gemela, se encontraba. El control fue sacado del interior de su saco, accionándolo; consecuentemente, diferentes luces parpadearon al unísono con el ruido particular como señal. Primero abrió la puerta del copiloto, realizando un leve ademán hacia su acompañante para el tomado del asiento, posteriormente, el más alto hizo lo mismo con su asiento. No se trataba de un coche patrulla genérico, era uno que pertenecía más para lo incógnito que para el patrullaje evidente.

       —Muéstreme, señorita —indicó tras encender las luces interiores del automóvil, aún sin cerrar las puertas—. ¿Le molestará hacer una prueba de campo?, es decir, ¿salir y probarlo en directo? —inquirió sin informalidades de por medio, ni en su voz, ni en su mirada. Debía atender ciertas inquietudes con respecto al producto, ver con sus propios ojos lo que se hacía.

       —Si el producto no funciona, posiblemente esté en riesgo su seguridad. Le parece una buena prueba de calidad, ¿no es así? —otra pregunta, esta vez se halló retórico, sin irrespeto.

       Dejó que sus celestes se posaran en los ajenos con perspicacia, quizás estaba siendo demasiado duro con una inexperta joven. Aún se seguía cuestionando lo ortodoxamente correcto que resultaba su proposición, no obstante, la seriedad con la que fue lanzada demostraba que no había razones recónditas.


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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Ahreán Riessfeld el Lun Ago 14, 2017 5:39 pm

Mientras caminaba junto al rubio inspector hacia el área del estacionamiento, se preguntó qué estaría pensando él acerca de todo. Se preguntó si lo estaría haciendo bien, si estaba generando una buena impresión, si estaba cumpliendo las expectativas de la tarea que le habían encomendado y, más aún, si estaba logrando ganarse su simpatía en favor de la negociación. Era difícil de predecir con alguien como él. Alexander Campbell era riguroso en su carácter, de pocas palabras, de trato muy preciso. Pensó en que debía de mostrarse más profesional, si es que ya no lo era lo suficiente. Aunque no descartaba la posibilidad de que él quizá se sintiese ofendido por su edad, es decir, por estar siendo atendido por alguien, además de joven, que ni pertenecía a la nómina de la empresa. Pero ella daba la talla, estaba segura. Fue lo que se repitió durante todo el camino en momentos en que el silencio se hizo más huésped que turista. Y debió hacerlo cuando se subió al vehículo y el inspector le propuso poner en práctica la funcionalidad del producto.

No es que fuese de extrañar. Era lo que se esperaba, en cambio. No obstante, no por ello dejó de sentir cierto cosquilleo en su abdomen. Claro que tenían que probarlo, claro que tenían que certificar que el emisor de pulso electromagnético estaba al ciento cincuenta por ciento de sus capacidades, e incluso más. De otra forma, no hubiese tenido sentido que lo designaran a él como catador y menos ahora que ella accediese a subirse al coche. Por supuesto que lo iban a probar. Después de todo, lo que le pareció ciertamente innecesario fue el último comentario de él. No entendía bien si aquello lo hacía a propósito o era parte de su personalidad.

Ahreán extendió su brazo hacia la puerta de su lado y la cerró con escaza rudeza. Su mirada se concentró entonces en el salpicadero del automóvil, luego buscó en específico el panel del sistema de audio, en donde ubicó el puerto USB destinado para la carga de dispositivos. Tanteó el metal por debajo y prolongó un cable adaptable, proveniente del mismo dispositivo circular, hasta conectarlo. Tal como ya le había explicado con antelación, para poder hacer funcionar el emisor, primero debía unirlo a un recipiente, en este caso al carro. Aquello protegería el vehículo y toda aquella tecnología que residiese dentro. Algo así como una burbuja aisladora de su alcance.

Confío plenamente en los productos desarrollados por la empresa de mi padre —dijo, sin rayar en la soberbia—. Y me gustaría que usted también lo hiciera —presionó el centro del redondel metálico, lo que lo encendió. Un timbre de copas de vidrio rozándose las superficies y que parecía viajar varios años luz y luego regresarse antecedió luces celestes en forma de espiral. Ellas se expandían a partir del eje hasta cubrir la totalidad del diámetro, repetitivamente. Del centro partían otras rojas, semejantes a las líneas de un parasol; radiales.

Así como hubiese hecho antes él, Ahreán devolvió la mirada al rubio luego de abrocharse el cinturón. No parecía haber cambiado su talante cortés, aunque ahora se le veía más decidida.

Tendremos que alejarnos más de 1700 metros de la compañía. Ese su radio de acción; entonces, no hay que hacer nada que ponga en peligro la estabilidad de las instalaciones, ¿verdad que no? —que de igual forma la empresa poseía un sistema de seguridad especialmente diseñado para repeler los efectos de un dispositivo como aquel, pero eran cuestiones que el propio Neel Riessfeld había decidido no hacer del conocimiento ni aun de su hija.




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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Alexander C. el Miér Ago 16, 2017 1:22 pm


D
eberes, en el caso de Alexander, el suyo no era ser parte de un probador de cálida y menos de tecnología, estaba seguro que había personas con conocimientos sobre la materia más capacitadas para juzgar el funcionamiento del artefacto, utilizando ciertos parámetros para evaluar y otros a considerar. Pero él, él no manejaba nada de eso, agradecía la breve explicación dada o de lo contrario sí que estaría perdido del todo. Era cierto que su profesión le había dado la oportunidad de utilizar dispositivos de espionaje y restricción, teniendo oportunidad de utilizar una granada PEM cuando se disponía a desarticular una célula terrorista en frontera africana, pese a esto, el equipo ahora presentado parecía ser uno de delicado funcionamiento, no por la seguridad del mismo, sino por la integridad electrónica de los alrededores.
       Tras su retórica expresión, la ajena pareció tener una reacción nula ante ella. No hubo nada que sus ojos captaran, razón suficiente para quitarlo de su persona, concentrándose más en lo que realizaría con su vehículo. Al menos no se trataba de una joven adulta irresponsable, ruidosa y caprichosa, valoraba el mantener la compostura, tanto en su forma de tratar como en su comportamiento general, del cual, Alexander, era muy observante; por esta misma razón fue la anterior pregunta, que era de obvia contesta, pero tenía su truco. No se trataba del hecho de probarla, porque ese era el objetivo, sino que si podría aguantar lo que significaba probarla: No es como si fueran a un campo de prácticas de la policía —porque ninguno era tan grande para un vehículo—, era presentarse en las calles y utilizarla en vivo y en directo, con personas reales. ¿Podrá soportarlo?, se preguntó la dureza de su compostura, no había malicia en las palabras que retumban en su mente, simplemente no podía evitar pensar que la vida policiaca —a pesar de ser plena mañana— fuera demasiado para la más pequeña.  

       Sin poder quedarse nada más mirando, decidió encender el automóvil. Colocó una mano en el volante mientras la otra se encargaba de introducir la llave y hacerla girar, paso por paso, pues, el primer accionar de la misma hizo que el velocímetro —que era un panel luminoso— se encendiera, las agujas se movieran, indicaran el nivel de gasolina, y demás indicadores. Conjunto a esto, una luz pulsante fue consecuente al cierre de su respectiva puerta, provocando que la luz interna se apagara, por fortuna, la ajena ya había terminado con la instalación del artefacto. El aire acondicionado se encendió, al igual que las luces de la estéreo y de la radio policíaca, aunque ésta última tuviese su propia fuente energética. Se tomó la libertad de desabotonar dos de los primeros broches de su saco para estar un poco más cómodo para manejar, sin descuidar en demasía su imagen personal.

       —Me guío por los hechos —comentó como justificación, resultando un tanto tajante. Debido a esto y con el fin de evitar tensiones innecesarias, colocó su enfoque visual sobre ella—. Debo ser objetivo, en lo que confío es que hará correctamente su trabajo —acotó tolerante, justo antes de visualizar la activación del redondel electrónico.

       Demasiado vistoso para su gusto, cuando percibió lo minimalista de la figura pensó también en la discreción que esto conllevaba. Sería inútil utilizarlo con objetivos furtivos, de por sí, sería necesario la anticipación de los obstáculos para dar una activación prevista. Otro punto que recordar, seguía manteniendo sus palabras, no había nada que se debía tomar como opinión subjetiva, al menos debía reducir aquello a una menor medida.
       Lo dicho por Ahréan era otro punto para su descontento con el producto, además de lo que parecía ser una pregunta retórica, muy similar a la dicha por sí mismo, eso le sacó un poco de la normalidad, sin poder detectar el verdadero propósito de ello, sin embargo, a diferencia de ella, no se quedaría sin expresar lo que pensaba aunque quizás estuviera malinterpretando el tono utilizado.

       —¿Está siendo retórica, señorita Riessfeld? —cuestionó severo, infundiendo su duda no como incertidumbre, sino con una leve molestia por la indeterminación.

       Suficiente para desviar su mirada hacia el parabrisas, retomando su mano a la llave, terminando de accionarla. El vehículo por fin tenía sus motores encendidos, los cuales, en su despertar, dieron un tenue ronroneo para luego no ser más que simple vibración casi imperceptible, las luces se encendieron, tanto las traseras como las delanteras, apagadas inmediatamente por el masculino, colocándose el cinturón de seguridad. Seguidamente, y con el fin de ponerse en marcha, pondría su vehículo automático en retroceso; para tener mayor visibilidad, colocaría su brazo en el espaldar superior del asiento de su copiloto, observando hacia atrás para posicionarse correctamente. Debido a la cercanía sería posible captar su perfume masculino, el cual formaba un conjunto cítrico, especioso, afrutado y dulce a medida.
       Tan pronto estuvieran apuntando hacia la salida del aparcamiento subterráneo, aceleraría hasta poder ver la luz del día. Rápidamente, estos rayos quisieron penetrar en los vidrios, siendo repelidos por la tinta obscura. Un par de giros y ya estaban en marcha hacia la calle. Mientras, tomó su radio y probó la señal de la misma. Apretó un botón rectangular en su lado, se escuchó ruido y luego habló:

       —Aquí Campbell a Central, prueba de transmisión, cambio —hubo un silencio luego de ser soltado el botón. Luego hubo ruido y se dio respuesta.

       «Diez dos, inspector Campbell. Cambio y corto.»

       —Mil setecientos metros es demasiado, ¿existe manera de reducir el radio de acción? —preguntó con firmeza, era producto de las simulaciones que le dictaban la experiencia—, de igual forma, ¿se puede enfocar a un solo objetivo?, ¿en movimiento? —si la contraria era lista, notaba que las necesidades de un pulso serían utilizadas en persecuciones. Y eso mismo era lo que esperaba probar ese día.


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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Ahreán Riessfeld el Jue Ago 17, 2017 4:28 pm

Llenó sus pulmones de aire a un ritmo diferente al que lo venía haciendo con anterioridad, más pausado, más consciente. Sintió su pecho atiborrarse de oxígeno. Luego exhaló.

Solo lo absolutamente necesario, inspector —además de riguroso en su carácter, de pocas palabras, de trato muy preciso, odioso como ningún otro, Alexander Campbell era, a su parecer, terriblemente susceptible. No dudaba que para el final del día tendría una lista completa de las razones del por qué no le agradaba. Necesitó recordar a su abuela y sus enseñanzas. No le seguiría el juego a la antipatía. Sonreiría de más si era necesario, lo invitaría a tomarse un café y pagaría la cuenta si era preciso, adularía sus cejas. Pero, ¿molestarse, dejarse intimidar, alzar su tono de voz y comportarse como si hubiese cumplido de nuevo doce años? Eso no iba a suceder. Ella era una Riessfeld y no existiría nunca, jamás una explicación más apropiada. Ser la representación de una empresa, de una familia como la suya era una responsabilidad sumamente enorme que ella estaba orgullosa de asumir.

La razón pudo más que la emoción y Ahreán ignoró aquel episodio sin apenas una mueca de disgusto. No es como si la hubiesen regañado, en todo caso, ni como si la hubiesen cuestionado a ella o a los productos de su padre, ni como si el hombre a su izquierda, talante de militar, no tuviese ningún tipo de sentido del humor. No, nada de eso. Nada de nada. El inspector a su lado era un hombre profesional, de fragancia masculina equiparable al Eleganza de Giorgio Musino, un perfume de clase, y ojos decentes. Obviamente que era agradable, como una picadura de abeja. Fue lo que pensó al detallarlo de soslayo mientras la cercanía. La uña de uno de sus dedos marcaba la yema de otro para el momento en el que el vehículo ya estaba en movimiento.

El clima esa mañana estaba a su favor, pudo notarlo cuando salieron a la calle. Desde la ventana, la sola vista de un cielo despejado, de adultos mayores abanicándose con un papelillo que bien antes pudo haber sido factura o servilleta, de hojas secas y helados derretidos, de mejillas, cuellos y frentes transpirando le pareció perfecta. Lamentó hacer uso del aire acondicionado cuando afuera hacía una temperatura tan agradable. Aun así, y aun con los rayos del sol siendo repelidos por los cristales oscuros del vehículo, sintió estarse llenando de fuerza. La ponía de buen humor el verano, el calor, todas esas particularidades que adoraban los de su raza, los de su elemento. Eran cuestiones de vigor.

Su concentración volvió a donde debía tan pronto se dirigieron a ella. Ver al inspector haciendo uso de su radio le hizo traer a la mente las novelas policíacas que se había leído, en las que había personajes como él, pendencieros, pero buenos en su trabajo, y que destacaban por convertirse en héroes, o eran recordados por morir casi a lo último de la historia.

Ella respondió afirmativamente a ambas preguntas. De todo, aquellas funcionalidades eran las que hacían destacar al emisor PEM de ADV Swift del resto de los existentes:—. Las luces celestes que están aquí, las que describen una órbita constantemente, estas, son para graduar el alcance. Las oblicuas rojas, para darle una dirección a la onda electromagnética —dejó el aparato reposar sobre sus muslos, de forma que pudiese explicarle con su mano libre, sin apenas tocarlo, cómo se debía usar. No parecía muy complicado. No lo era. En el centro aparecería la trayectoria para ambos casos. Que si el alcance debía ser de 100 metros o más, o menos, en el eje se exhibía la cifra luego de ser graduada por el usuario. Tras eso, un solo segundo y la acción se hacía efectiva. En el caso de la dirección, era para objetivos más cercanos. Las oblicuas recordaban a las ligas de las resorteras, o a los juegos para dispositivos táctiles, como Angry Birds. De esa forma se tenía que usar, ese era el movimiento que debía describirse. Mientras ello, en el parabrisas del vehículo, como estaba conectado al emisor, se dibujaría una ‘x’ sobre el destino. Nada complicado si se tenía puntería.

Debe tener presente, inspector, que el lapso de tiempo de la interferencia es fija. No más de 150 segundos y, por supuesto, no menos de esa cantidad. Luego debe esperar diez minutos para poder activarlo de nuevo —miró por el cristal y sintió desconocer la zona, aunque aún era nueva en la ciudad y no la conocía del todo, aun las vías principales—. Disculpe si me perdí de algo, pero creo que no lo he entendido del todo, ¿iremos a su estación, o a alguna zona restringida?



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