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Una compañía decente || Priv. Alexander C.

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Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Ahreán Riessfeld el Jue Ago 10, 2017 5:48 pm

Central de ADV Swift
9:00 a.m.



Cuatro semanas habían transcurrido desde la inauguración de ADV Swift en Square Mile, New London. A partir de entonces, la organización parecía ir viento en popa. En la zona comercial y a varias calles de London Eye, se tenía previsto abrir dos pequeñas sucursales más. Serían únicamente de distribución, mientras que la ubicada en el distrito financiero de la ciudad cumpliría de sede y se encargaría de las negociaciones más importantes.

El edificio se alzaba sobre los 61 metros de altura. La estructura estaba bañada casi en su totalidad por placas negras de superficie lisa. Se hundía en cada piso por la zona de los ventanales, áreas de cristales gruesos sobre los que se reflejaban distintos azules. En la cima, del lado derecho, estaba el logo de la compañía: el símbolo de un rayo.

A las nueve menos cuarto de la mañana, Neel Riessfeld ingresaba a la torre. Sus pasos eran firmes, poco apresurados; resonaban en las paredes de una habitación llena. Una sonrisa poco dibujada y una mirada de tempestad afásica seducían al brillo en los ojos de un ‘buenos días’ de sus empleados. A su lado caminaba Ahreán Riessfeld, su joven hija. Ella vestía una camisa blanca sin mangas, por dentro de una falda verde esmeralda que se ceñía a su cuerpo desde su cintura hasta sus rodillas. Llevaba unos tacones crema, tenía el cabello recogido. Seguramente, de no ser por su juventud, muchos la habrían confundido con algún ejecutivo de la empresa. Pero hacía unos pocos meses que había alcanzado la mayoría de edad. Todavía se le notaba la inexperiencia, la falta de práctica, quizá hasta de carácter, para asumir cualquier rol dentro de una compañía tan prestigiosa.

¿Nerviosa? —preguntó el padre a su hija mientras tomaban el ascensor. Dentro de unos minutos se reunirían con potenciales clientes para la firma de un contrato. Ahreán repasó en su mente todo lo que había estudiado la noche anterior sobre el producto, sobre el cliente y sobre los consejos de doña Elizabeth.

Al llegar al séptimo piso, se les unieron dos ejecutivos más, una dama rubia de moño perfecto y lentes, y un hombre alto de sonrisa torcida. Uno de ellos cargaba una resma con ambas manos y un bolígrafo de tinta indeleble. Los cuatro caminaron por el pasillo hasta toparse con la sala de reuniones, cuyas puertas de caoba estaban a medio cerrar.
 
Ansiosa —dijo. Y las puertas se abrieron.



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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Alexander C. el Vie Ago 11, 2017 2:03 pm


M
añana extraordinaria, el transcurso de la misma estaba llena de incoherencia con respecto a los deberes de un inspector. A pesar de tener varios casos con una prioridad alta esperando en su escritorio, multitud de llamadas de emergencia, múltiples detenidos esperando en las celdas para el registro y traslado, insubordinación en medio de las filas de cadetes; el supervisor que llegó a altas horas de la madrugada trataba al oficial más activo y comprometido con la comisaría como si se tratara del chico de los recados. Cierta exasperación surgía por la boca de su estómago, sentía que perdía el tiempo en vez de invertirlo en el más reciente descubrimiento en su caso principal: un descuido por parte de sus vendedores de material tecnológico conllevó la obtención de una pieza particular, necesitaba estudiarlas junto al laboratorio, pero estaban seguros que era un tipo de supresor.
       Sin embargo, Alexander no era ingenuo, sabía que era una especie de prueba y por ello atendió cada una de ellas. Y sí lo fue, tan pronto entró en su oficina —luego de manejar por media ciudad—, estaba su superior, el jefe superintendente sentado en su silla, con una carta dejada sobre la superficie maderera. Se le veía satisfecho, a diferencia del rubio, quien no tenía mucha más paciencia que gastar. Allí estaba el motivo por el cual salieron inmediatamente hacia una importante reunión, la razón por la que se llevaban al inspector era desconocida para éste última. Calló, se dedicaría a seguir órdenes.


       El día empezaba con energía, pues, los rayos del sol recorrían el espacioso cielo despejado sin ningún tipo de obstáculo hasta llegar a los magnos edificios, erguidos con propiedad y autoridad, siendo el sello identificativo de las grandes empresas. De experiencia sabía que todas esas colosales corporaciones traían algo entre manos, siempre, su carrera como operativo secreto le indicaba eso una y otra vez. Involuntariamente, su mente ya buscaba conjeturas de las que agarrarse dentro de la estructura, una observación minuciosa, comportamientos que un espía con experiencia y pasión no podían echar de lado, simplemente debía vivir con ello. La llama perspicaz del agente estaba encendida, mas lo suficientemente disimulada como para no ser vista con simplicidad.
       La sala les recibió con elegancia e innovación, visualmente evidente la ergonomía que poseía el espacio, cada sitio era una muestra de la especialidad de la empresa con la tecnología, el compromiso que mantienen con la misma.

       —Le he traído aquí, inspector, porque pondrá en práctica lo que recibiremos. Eso no lo hace especial, simplemente más responsable que los demás —añadió condescendiente, posándose frente a la ventana con los brazos cruzados, observando desde la altura.

       —Es un placer servir, señor —correspondió sus palabras con rigidez, demostrando el debido respeto. Éste se quedó a un lado de su silla correspondiente, con la unión de sus manos detrás.

       Las puertas fueron abiertas, la otra parte estaba presente ahora. La atención de Alexander se vio magnetizada en cada una de las personas entrantes; sus ojos impactaron en cada una de ellas, manteniendo un contacto visual lo suficientemente duradero para infundir su posición en esa sala: Los ojos de Campbell iban cargados de dureza, seriedad, severidad, haciendo de sus azules lo más parecido a un blindaje celeste, e igualmente, poseían cierto grado de serenidad, aunque los mismos escondieran celosamente un interior salvaje. Silenciosamente enigmáticos, aunque su misma postura no consintiera la apreciación, corriendo el riesgo de ser inconscientemente intimidados tras alargarse.
       Sus uniformes eran de color negro, dotado de detalles platas opaca como lo son los botones a lo largo del centro y los pertenecientes a sus bolsillos delanteros, los pantalones compartían el mismo tono que los sacos, a excepción de los detalles plateados, desembocando en zapatos negros perfectamente lustrados. Contrastantemente, el señor mayor, quien tenía unas difuminadas franjas blancas en los laterales de su cabello, posee sobre sus hombros una corona y una estrella debajo de ésta, conjunto a un número abajo del todo, todas las insignias dorada, se trataba de un jefe superintendente; Alexander, quien en sus hombreras poseía dos estrellas y el número 82670 grabado debajo manteniendo la coloración dorada, se trataba de un inspector. Debajo de sus sacos, poseían camisas blancas y sus respectivas corbatas con una tonalidad más clara que el sobretodo. El jefe superintendente volteó ante sus anfitriones, demostrando una cálida sonrisa que coloreó de simpatía su maduro rostro. Se acercó a ellos, siendo el primero que estrechase las manos de los presentes, en principal, el líder corporativo, Neel Riessfeld. Detrás de él, le seguiría Alexander, posicionándose a un lado.

       —Señor Riessfeld —expresó con energía, sin abandonar su —algo excéntrica— aura elegante—. Soy el jefe superintendente Barnett Byrne —estrechó su mano con Neel, siendo enfático con esto. Seguidamente, cortando el contacto físico, extendió su mano hacia los demás, regalándole una sonrisa más abierta a las mujeres, además de un trato más delicado.

       —Él es el detective inspector Alexander Campbell, será quien pruebe vuestros juguetes, yo ya me he retirado de las persecuciones policiales —indicó con jocosidad, acompañando con una breve risa—. Ahora la juventud está superando a mi generación —soltó como parte de un halago alentador, haciendo énfasis con su mirada hacia la más jóvenes entre ellos.

       —Es un gusto estar presente, señor —estrechó su mano hacia el presidente, un apretado firme y una mirada certera, sólida, disciplinada y confiable. Posteriormente, hizo lo mismo con los demás—. Señorita —dijo al momento que extendió hacia la pelinegro, siendo menos tosco con su agarre, sin embargo, no decreció la seriedad de sus celestes y cambio en su porte digno de militar.


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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Ahreán Riessfeld el Sáb Ago 12, 2017 4:58 pm

Si debía de enumerarlas, aquella era la segunda vez que asistía a su padre en una negociación. La primera, hacía más de un año, habíase tratado de la instalación de un moderno sistema de seguridad en una relojería en Coventry. Eran asuntos menores, según las propias palabras de su abuela. Pero el entusiasmo de su padre al verla involucrada con la empresa, parecía enviarle otras señales. No era una sorpresa después de todo. Eran notoriedades que estaban decididas desde incluso antes de ella nacer. Neel Riessfeld, un hombre sereno de mirada de ciclón calmo, deseaba que su hija siguiera sus pasos. Por supuesto, Ahreán Riessfeld apuntaba en esa dirección.

Al abrirse las puertas, la joven heredera de pronto sintió cargar sobre sus hombros la instantánea mirada de su padre, la de la dama de moño perfecto y lentes, la del hombre alto de sonrisa torcida, la de un uniformado de una sola estrella y la de otro, de dos. Apenas la uña de su pulgar se clavaba en uno de sus dedos.

—Es un placer conocerlos, caballeros —una sonrisa un poco más dibujada se esgrimió en la piel del ejecutivo. Estrechó su mano y repitió la acción con su acompañante. Los huesos de sus nudillos parecieron marcársele con solidez—. Espero no hayan tenido ningún tipo de inconveniente en llegar aquí. Entiendo que la ciudad en estos días está poco más complicada de lo habitual.

Afuera los rayos del sol golpearon contra los ventanales, lo que le dio mayor claridad a la atmósfera.

—Por favor, déjenme presentarles al resto de mi equipo. La dama de lentes a mi derecha es la doctora Irina Kozlov. Es la encargada del área de supervisión de esta línea de productos, por lo que nadie mejor que Kozlov para atender todas sus inquietudes a partir de ahora—la de moño perfecto acomodó sus lentes, apenas expresiva—. El caballero de acá es Samir Bássil, uno de los tantos abogados de la compañía. Y la más joven se llama Ahreán Riessfeld, mi hija. Será nuestra promotora de ventas por el día de hoy.

Encantada —comentó la muchacha con una voz que parecía describir una suave parábola, así sus ojos, así sus labios. Los miró a ambos sin prolongarse en demasía, a sus clientes, con quienes hacía poco había estrechado su mano, sobre todo al de mirada azul. De acuerdo a lo que había entendido, solo a él, técnicamente, debía de vender el dispositivo.

Unas pocas palabras más antecedieron lo que vendría a continuación. La mesa, que era amplia, y en la que cabían por lo menos unos diez empresarios, fue ocupada en cuatro de sus asientos. Neel Riessfeld había invitado al jefe superintendente a sentarse en compañía de la doctora y del abogado. Él, por supuesto, a la cabecera, con la resma al frente y el bolígrafo indeleble dentro del bolsillo de su traje. Sus labios comenzaron a moverse y el rostro de la doctora, al parecer inexpresivo, se volvió más agradable. Ahreán se colocó al lado del detective inspector, quien a la vista le llevaba varios centímetros de diferencia a pesar de sus tacones, y le hizo señas para que la siguiera hasta la salida. Evitaba hablar cuando lo hacían los mayores. Aunque no había manera, de todos modos, de opacar la voz del presidente.

Detective inspector Campbell es un seudónimo un tanto extenso —dijo, apenas salieron. De nuevo, su voz pareció arrullar—. Con el debido respeto, ¿está bien que solo me refiera a usted como inspector?

Caminó de vuelta al ascensor, esta vez, en compañía de Alexander Campbell. En el camino, mientras pasaban por el laboratorio B a retirar el pedido en el noveno piso del edificio, lugar en el que le hacían, por medidas de seguridad, las últimas revisiones al producto, la joven aprendiz le hizo saber al inspector una serie de recomendaciones. El emisor PEM que dentro de poco iba a tener en sus manos era distinto al resto de los existentes, incluso de los diseñados anteriormente por la compañía, por lo que ameritaba mayores precauciones al momento de su uso o aun su revisión. Estaba prohibido, como con la mayoría de la tecnología desarrollada en ADV Swift, su restauración por parte de un tercero. No debía aplicársele la ingeniería inversa bajo ningún concepto. Era violatorio. La empresa no se hacía responsable de los daños causados al producto o los que este generase a quien lo manipulara. Inmediatamente la garantía, generosa de tres años, perdía su validez.

No pasó mucho tiempo antes de que por fin tuvieran el aparato. Era pequeño, poseía un diámetro no superior a los 15 centímetros. Circular, liso, sensible al tacto. Era lo que cualquier cliente de ADV Swift pudiese esperar en cuanto a diseño: minimalista.

¿Podría guiarme hasta su vehículo? —unos hoyuelos marcáronsele en el rostro—. Le enseñaré cómo utilizarlo.




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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Alexander C. el Dom Ago 13, 2017 10:57 pm


F
ormal presentación, cargada de protocolos tradicionales. Quien parecía romper un poco la rigidez del trato era el jefe superintendente, estando en una extraña comodidad, como si no se tratara de la primera vez que pisaba esa sala, ni la primera vez en la que estrechaba la mano del magnate empresario. Detalles fluían bajo los ojos inexpertos de aquellos poco atentos, caso contrario a lo que sucedía con Alexander, quien poseía un especial encanto por los pequeños datos, los pormenores infravalorados, eran los que le daban de comer, el hecho de tener un caso o no, ese instinto no se apagaba. Actuó con naturalidad, no hubo razón para perder la compostura o guiar miradas poco discreta, sus acciones estaban medidas al milímetro. Ulteriormente, se movilizó con los demás hasta la cercanía de la mesa, el rubio no vio necesidad de sentarse y simplemente observó, con sus manos unidas en su espalda, manteniendo una postura firme. Las señas le indicaron la salida, mas, antes de retirarse, intercambió contacto visual con su superior como parte de la arraigada costumbre de subordinación.

       —Lo es —secundó con su natural seriedad, obteniendo su total atención, y con ésta, aligerando la tensión que existía entre desconocidos, sin poner en peligro el enlace vendedor-cliente—. No hay ningún problema, señorita Riessfeld —accedió sin mayor problemática, haciendo parecer su petición como innecesaria.

       Su caminar le mantuvo a un lado de la más pequeña, remarcando la característica manera de hacerlo, sin perder método con cada paso. Quizás la tensión incrementaba con el silencio, consecuencia involuntaria de la seriedad del inspector. En su breve recorrido por la empresa se le dieron las celosas advertencias con respecto al instrumento a vender, explicándosele, grosso modo, el funcionamiento y sus respectivas recomendaciones; realmente, el trasfondo técnico del artefacto no caía en demasiada consideración, siendo éste más apegado a los términos prácticos, útiles, pues estos últimos serían los que hicieran la diferencia. No obstante, aunque no se viera interesado por los temas anteriormente mencionados, se le encendía la curiosidad de cómo un objeto de tal forma pudiese tener un funcionamiento tan complicado, aunque claro, seguramente traía consigo conceptos que no manejaba, por lo que sólo dejó que tal sugestión fueran evidente fugazmente en esos macizos cerúleos masculinos. Los estándares con respecto a la compañía estaban puestos, características que parecían ser únicas, un sello identificativo sin necesidad de marca exterior.

       Evitó darle muchas vueltas al asunto, apartando lo innecesario de su mente en cuando escuchó la voz femenina. Le dio la mirada, asintiendo consecuentemente.

       —Por supuesto —afirmó, utilizando su mano para indicar el camino—: Sígame, por favor.

       Se puso en marcha hacia el ascensor, pues allí se encontraba estacionado su automóvil. Otro silencio se apoderó de la situación, posándose en medio, no culpaba a quienes sentía que los segundos fueran terriblemente perpetuos a su lado debido a su comportamiento tan severo y riguroso que no dejaba lugar para mayores trivialidades. Hombre centrado, sin ningún tipo de titubeo. El ascensor descendió hasta que las plateadas puertas se abrieron, dejando un pasillo largo y grueso que desembocaba en diferentes columnas, colindando con los aparcamientos, algunos vacíos, otros llenos, todos tenía la particularidad de ser modelos poco modestos, tratándose de dueños con niveles económicos elevados —a excepción de un pequeño sector de trabajadores—. Suelos, techos y paredes blancas, señalizadas correctamente, delimitando las zonas y delineando las instrucciones de salida. El inspector no se detuvo, haciendo que sus pisadas consistentes hicieran eco en el gran espacio frente a ellos.
       El masculino giró hacia la izquierda, en donde un vehículo, de color negro y vidrios tintados de una tonalidad gemela, se encontraba. El control fue sacado del interior de su saco, accionándolo; consecuentemente, diferentes luces parpadearon al unísono con el ruido particular como señal. Primero abrió la puerta del copiloto, realizando un leve ademán hacia su acompañante para el tomado del asiento, posteriormente, el más alto hizo lo mismo con su asiento. No se trataba de un coche patrulla genérico, era uno que pertenecía más para lo incógnito que para el patrullaje evidente.

       —Muéstreme, señorita —indicó tras encender las luces interiores del automóvil, aún sin cerrar las puertas—. ¿Le molestará hacer una prueba de campo?, es decir, ¿salir y probarlo en directo? —inquirió sin informalidades de por medio, ni en su voz, ni en su mirada. Debía atender ciertas inquietudes con respecto al producto, ver con sus propios ojos lo que se hacía.

       —Si el producto no funciona, posiblemente esté en riesgo su seguridad. Le parece una buena prueba de calidad, ¿no es así? —otra pregunta, esta vez se halló retórico, sin irrespeto.

       Dejó que sus celestes se posaran en los ajenos con perspicacia, quizás estaba siendo demasiado duro con una inexperta joven. Aún se seguía cuestionando lo ortodoxamente correcto que resultaba su proposición, no obstante, la seriedad con la que fue lanzada demostraba que no había razones recónditas.


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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Ahreán Riessfeld el Lun Ago 14, 2017 5:39 pm

Mientras caminaba junto al rubio inspector hacia el área del estacionamiento, se preguntó qué estaría pensando él acerca de todo. Se preguntó si lo estaría haciendo bien, si estaba generando una buena impresión, si estaba cumpliendo las expectativas de la tarea que le habían encomendado y, más aún, si estaba logrando ganarse su simpatía en favor de la negociación. Era difícil de predecir con alguien como él. Alexander Campbell era riguroso en su carácter, de pocas palabras, de trato muy preciso. Pensó en que debía de mostrarse más profesional, si es que ya no lo era lo suficiente. Aunque no descartaba la posibilidad de que él quizá se sintiese ofendido por su edad, es decir, por estar siendo atendido por alguien, además de joven, que ni pertenecía a la nómina de la empresa. Pero ella daba la talla, estaba segura. Fue lo que se repitió durante todo el camino en momentos en que el silencio se hizo más huésped que turista. Y debió hacerlo cuando se subió al vehículo y el inspector le propuso poner en práctica la funcionalidad del producto.

No es que fuese de extrañar. Era lo que se esperaba, en cambio. No obstante, no por ello dejó de sentir cierto cosquilleo en su abdomen. Claro que tenían que probarlo, claro que tenían que certificar que el emisor de pulso electromagnético estaba al ciento cincuenta por ciento de sus capacidades, e incluso más. De otra forma, no hubiese tenido sentido que lo designaran a él como catador y menos ahora que ella accediese a subirse al coche. Por supuesto que lo iban a probar. Después de todo, lo que le pareció ciertamente innecesario fue el último comentario de él. No entendía bien si aquello lo hacía a propósito o era parte de su personalidad.

Ahreán extendió su brazo hacia la puerta de su lado y la cerró con escaza rudeza. Su mirada se concentró entonces en el salpicadero del automóvil, luego buscó en específico el panel del sistema de audio, en donde ubicó el puerto USB destinado para la carga de dispositivos. Tanteó el metal por debajo y prolongó un cable adaptable, proveniente del mismo dispositivo circular, hasta conectarlo. Tal como ya le había explicado con antelación, para poder hacer funcionar el emisor, primero debía unirlo a un recipiente, en este caso al carro. Aquello protegería el vehículo y toda aquella tecnología que residiese dentro. Algo así como una burbuja aisladora de su alcance.

Confío plenamente en los productos desarrollados por la empresa de mi padre —dijo, sin rayar en la soberbia—. Y me gustaría que usted también lo hiciera —presionó el centro del redondel metálico, lo que lo encendió. Un timbre de copas de vidrio rozándose las superficies y que parecía viajar varios años luz y luego regresarse antecedió luces celestes en forma de espiral. Ellas se expandían a partir del eje hasta cubrir la totalidad del diámetro, repetitivamente. Del centro partían otras rojas, semejantes a las líneas de un parasol; radiales.

Así como hubiese hecho antes él, Ahreán devolvió la mirada al rubio luego de abrocharse el cinturón. No parecía haber cambiado su talante cortés, aunque ahora se le veía más decidida.

Tendremos que alejarnos más de 1700 metros de la compañía. Ese su radio de acción; entonces, no hay que hacer nada que ponga en peligro la estabilidad de las instalaciones, ¿verdad que no? —que de igual forma la empresa poseía un sistema de seguridad especialmente diseñado para repeler los efectos de un dispositivo como aquel, pero eran cuestiones que el propio Neel Riessfeld había decidido no hacer del conocimiento ni aun de su hija.




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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Alexander C. el Miér Ago 16, 2017 1:22 pm


D
eberes, en el caso de Alexander, el suyo no era ser parte de un probador de cálida y menos de tecnología, estaba seguro que había personas con conocimientos sobre la materia más capacitadas para juzgar el funcionamiento del artefacto, utilizando ciertos parámetros para evaluar y otros a considerar. Pero él, él no manejaba nada de eso, agradecía la breve explicación dada o de lo contrario sí que estaría perdido del todo. Era cierto que su profesión le había dado la oportunidad de utilizar dispositivos de espionaje y restricción, teniendo oportunidad de utilizar una granada PEM cuando se disponía a desarticular una célula terrorista en frontera africana, pese a esto, el equipo ahora presentado parecía ser uno de delicado funcionamiento, no por la seguridad del mismo, sino por la integridad electrónica de los alrededores.
       Tras su retórica expresión, la ajena pareció tener una reacción nula ante ella. No hubo nada que sus ojos captaran, razón suficiente para quitarlo de su persona, concentrándose más en lo que realizaría con su vehículo. Al menos no se trataba de una joven adulta irresponsable, ruidosa y caprichosa, valoraba el mantener la compostura, tanto en su forma de tratar como en su comportamiento general, del cual, Alexander, era muy observante; por esta misma razón fue la anterior pregunta, que era de obvia contesta, pero tenía su truco. No se trataba del hecho de probarla, porque ese era el objetivo, sino que si podría aguantar lo que significaba probarla: No es como si fueran a un campo de prácticas de la policía —porque ninguno era tan grande para un vehículo—, era presentarse en las calles y utilizarla en vivo y en directo, con personas reales. ¿Podrá soportarlo?, se preguntó la dureza de su compostura, no había malicia en las palabras que retumban en su mente, simplemente no podía evitar pensar que la vida policiaca —a pesar de ser plena mañana— fuera demasiado para la más pequeña.  

       Sin poder quedarse nada más mirando, decidió encender el automóvil. Colocó una mano en el volante mientras la otra se encargaba de introducir la llave y hacerla girar, paso por paso, pues, el primer accionar de la misma hizo que el velocímetro —que era un panel luminoso— se encendiera, las agujas se movieran, indicaran el nivel de gasolina, y demás indicadores. Conjunto a esto, una luz pulsante fue consecuente al cierre de su respectiva puerta, provocando que la luz interna se apagara, por fortuna, la ajena ya había terminado con la instalación del artefacto. El aire acondicionado se encendió, al igual que las luces de la estéreo y de la radio policíaca, aunque ésta última tuviese su propia fuente energética. Se tomó la libertad de desabotonar dos de los primeros broches de su saco para estar un poco más cómodo para manejar, sin descuidar en demasía su imagen personal.

       —Me guío por los hechos —comentó como justificación, resultando un tanto tajante. Debido a esto y con el fin de evitar tensiones innecesarias, colocó su enfoque visual sobre ella—. Debo ser objetivo, en lo que confío es que hará correctamente su trabajo —acotó tolerante, justo antes de visualizar la activación del redondel electrónico.

       Demasiado vistoso para su gusto, cuando percibió lo minimalista de la figura pensó también en la discreción que esto conllevaba. Sería inútil utilizarlo con objetivos furtivos, de por sí, sería necesario la anticipación de los obstáculos para dar una activación prevista. Otro punto que recordar, seguía manteniendo sus palabras, no había nada que se debía tomar como opinión subjetiva, al menos debía reducir aquello a una menor medida.
       Lo dicho por Ahréan era otro punto para su descontento con el producto, además de lo que parecía ser una pregunta retórica, muy similar a la dicha por sí mismo, eso le sacó un poco de la normalidad, sin poder detectar el verdadero propósito de ello, sin embargo, a diferencia de ella, no se quedaría sin expresar lo que pensaba aunque quizás estuviera malinterpretando el tono utilizado.

       —¿Está siendo retórica, señorita Riessfeld? —cuestionó severo, infundiendo su duda no como incertidumbre, sino con una leve molestia por la indeterminación.

       Suficiente para desviar su mirada hacia el parabrisas, retomando su mano a la llave, terminando de accionarla. El vehículo por fin tenía sus motores encendidos, los cuales, en su despertar, dieron un tenue ronroneo para luego no ser más que simple vibración casi imperceptible, las luces se encendieron, tanto las traseras como las delanteras, apagadas inmediatamente por el masculino, colocándose el cinturón de seguridad. Seguidamente, y con el fin de ponerse en marcha, pondría su vehículo automático en retroceso; para tener mayor visibilidad, colocaría su brazo en el espaldar superior del asiento de su copiloto, observando hacia atrás para posicionarse correctamente. Debido a la cercanía sería posible captar su perfume masculino, el cual formaba un conjunto cítrico, especioso, afrutado y dulce a medida.
       Tan pronto estuvieran apuntando hacia la salida del aparcamiento subterráneo, aceleraría hasta poder ver la luz del día. Rápidamente, estos rayos quisieron penetrar en los vidrios, siendo repelidos por la tinta obscura. Un par de giros y ya estaban en marcha hacia la calle. Mientras, tomó su radio y probó la señal de la misma. Apretó un botón rectangular en su lado, se escuchó ruido y luego habló:

       —Aquí Campbell a Central, prueba de transmisión, cambio —hubo un silencio luego de ser soltado el botón. Luego hubo ruido y se dio respuesta.

       «Diez dos, inspector Campbell. Cambio y corto.»

       —Mil setecientos metros es demasiado, ¿existe manera de reducir el radio de acción? —preguntó con firmeza, era producto de las simulaciones que le dictaban la experiencia—, de igual forma, ¿se puede enfocar a un solo objetivo?, ¿en movimiento? —si la contraria era lista, notaba que las necesidades de un pulso serían utilizadas en persecuciones. Y eso mismo era lo que esperaba probar ese día.


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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Ahreán Riessfeld el Jue Ago 17, 2017 4:28 pm

Llenó sus pulmones de aire a un ritmo diferente al que lo venía haciendo con anterioridad, más pausado, más consciente. Sintió su pecho atiborrarse de oxígeno. Luego exhaló.

Solo lo absolutamente necesario, inspector —además de riguroso en su carácter, de pocas palabras, de trato muy preciso, odioso como ningún otro, Alexander Campbell era, a su parecer, terriblemente susceptible. No dudaba que para el final del día tendría una lista completa de las razones del por qué no le agradaba. Necesitó recordar a su abuela y sus enseñanzas. No le seguiría el juego a la antipatía. Sonreiría de más si era necesario, lo invitaría a tomarse un café y pagaría la cuenta si era preciso, adularía sus cejas. Pero, ¿molestarse, dejarse intimidar, alzar su tono de voz y comportarse como si hubiese cumplido de nuevo doce años? Eso no iba a suceder. Ella era una Riessfeld y no existiría nunca, jamás una explicación más apropiada. Ser la representación de una empresa, de una familia como la suya era una responsabilidad sumamente enorme que ella estaba orgullosa de asumir.

La razón pudo más que la emoción y Ahreán ignoró aquel episodio sin apenas una mueca de disgusto. No es como si la hubiesen regañado, en todo caso, ni como si la hubiesen cuestionado a ella o a los productos de su padre, ni como si el hombre a su izquierda, talante de militar, no tuviese ningún tipo de sentido del humor. No, nada de eso. Nada de nada. El inspector a su lado era un hombre profesional, de fragancia masculina equiparable al Eleganza de Giorgio Musino, un perfume de clase, y ojos decentes. Obviamente que era agradable, como una picadura de abeja. Fue lo que pensó al detallarlo de soslayo mientras la cercanía. La uña de uno de sus dedos marcaba la yema de otro para el momento en el que el vehículo ya estaba en movimiento.

El clima esa mañana estaba a su favor, pudo notarlo cuando salieron a la calle. Desde la ventana, la sola vista de un cielo despejado, de adultos mayores abanicándose con un papelillo que bien antes pudo haber sido factura o servilleta, de hojas secas y helados derretidos, de mejillas, cuellos y frentes transpirando le pareció perfecta. Lamentó hacer uso del aire acondicionado cuando afuera hacía una temperatura tan agradable. Aun así, y aun con los rayos del sol siendo repelidos por los cristales oscuros del vehículo, sintió estarse llenando de fuerza. La ponía de buen humor el verano, el calor, todas esas particularidades que adoraban los de su raza, los de su elemento. Eran cuestiones de vigor.

Su concentración volvió a donde debía tan pronto se dirigieron a ella. Ver al inspector haciendo uso de su radio le hizo traer a la mente las novelas policíacas que se había leído, en las que había personajes como él, pendencieros, pero buenos en su trabajo, y que destacaban por convertirse en héroes, o eran recordados por morir casi a lo último de la historia.

Ella respondió afirmativamente a ambas preguntas. De todo, aquellas funcionalidades eran las que hacían destacar al emisor PEM de ADV Swift del resto de los existentes:—. Las luces celestes que están aquí, las que describen una órbita constantemente, estas, son para graduar el alcance. Las oblicuas rojas, para darle una dirección a la onda electromagnética —dejó el aparato reposar sobre sus muslos, de forma que pudiese explicarle con su mano libre, sin apenas tocarlo, cómo se debía usar. No parecía muy complicado. No lo era. En el centro aparecería la trayectoria para ambos casos. Que si el alcance debía ser de 100 metros o más, o menos, en el eje se exhibía la cifra luego de ser graduada por el usuario. Tras eso, un solo segundo y la acción se hacía efectiva. En el caso de la dirección, era para objetivos más cercanos. Las oblicuas recordaban a las ligas de las resorteras, o a los juegos para dispositivos táctiles, como Angry Birds. De esa forma se tenía que usar, ese era el movimiento que debía describirse. Mientras ello, en el parabrisas del vehículo, como estaba conectado al emisor, se dibujaría una ‘x’ sobre el destino. Nada complicado si se tenía puntería.

Debe tener presente, inspector, que el lapso de tiempo de la interferencia es fija. No más de 150 segundos y, por supuesto, no menos de esa cantidad. Luego debe esperar diez minutos para poder activarlo de nuevo —miró por el cristal y sintió desconocer la zona, aunque aún era nueva en la ciudad y no la conocía del todo, aun las vías principales—. Disculpe si me perdí de algo, pero creo que no lo he entendido del todo, ¿iremos a su estación, o a alguna zona restringida?



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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Alexander C. el Dom Ago 20, 2017 11:20 am


V
igorizante mañana, llena de vida. El sol dejaba reposar sus impetuosos rayos sobre todos, reflejado por los grandes edificios con sus grandes extensiones de ventanas con coloraciones neutras; azules, grises... Fuera la temperatura era realmente saludable, lo suficientemente agradable para salir a trotar como varias personas hacían en las aceras, se veían por el parabrisas con lentitud, incrementando la velocidad conforme se acercaba al vehículo, para cuando eran visto por las ventanas laterales no eran más que celajes, terminándose por perderse de la vista del conductor. Para Alexander, era de agrado tener el aire acondicionado encendido —aunque estuviera a una temperatura mínimamente fría—, pues, aunque el día prometía ser sosegado con respecto al calor, seguía sin ser totalmente aceptado por el híbrido. Él disfrutaba del frío, de ese que intenta apoderarse de tu interior, para él, el anhelado ambiente era de su total felicidad, después de todo, su especie, oriunda de los bosques rusos pertenecientes a la gran Siberia, seguía siendo afín con la nieve y lo que significaba. Así se tratara de un humano pensante y adaptable, eran gustos que la genética imponía. Instintivamente adoptaba esos aspectos.

       La trayectoria actual del rubio era incierta, en realidad, tratándose de una patrulla normal como la hecha por los oficiales de menor rango; como, prácticamente, todo el tiempo hasta ahora, seguía manteniendo en sus facciones una natural expresión de seriedad, apacible mientras manejaba, siendo un modelo a seguir en cuanto a conducción. Como cuerpo de la ley, debía cumplir las reglas para imponerlas, era algo que su comportamiento hacía diferencia frente a sus compañeros, quienes —la mayoría— utilizaban su placa para evadir esas mismas leyes que juraron defender y hacer cumplir. El inspector era alguien severo con motivo y base.
       Debido a la explicación de la menor con el artefacto, decidió desviar concienzudamente su vista hacia éste, alternando entre su camino, el cual era recorrido con una velocidad estrictamente reducida, y las señalaciones de la fémina. Para su fortuna, estaba dotado de una buena memoria visual, conjunto a la simbología intuitiva y la ergonomía que fusionaba funcionalidades con el vehículo para mayor facilidad de acción, hacía de tales instrucciones factibles de memorizar y de comprender, suponiendo que con un poco de práctica terminaría dominando su empleo. Se trataba de un instrumento con una utilidad sin igual, todo para beneficio para el cuerpo policíaco, no obstante, debido al modo en el que trabaja su mente, empezó a plantear hipotéticas situaciones en donde el enemigo, los criminales, tuvieran ese tipo de tecnología; en cada una de ellas veía lo poderosamente caótico que se volvería la escena. Por ello se vio ensimismado al final de su explicación, plantando su atención en la calle, frunciendo fugazmente su entrecejo, endureciendo sus irises. Respiró con profundidad, sin abandonar la tranquilidad en el que se veía envuelto, todo por no dar una mala imagen, una mala señal a quien se encargaba de venderle el producto, que a su parecer, intentaba de ser lo más efectiva posible, a pesar de las diferentes trabas que alzaba para hacer de su oficio más dificultoso.

       —Entiendo —afirmó secamente ante la finalizadas palabras y el fin de su observación.

       Sus palabras no infundían un sentimiento en específico, trataba de ser neutral aunque su porte habitual siempre terminara con marcar dureza de por medio. Su primera máscara era quien se mostraba en situaciones así, ya era una rutina, ni siquiera se molestaba en juzgar en las personas y cambiar, simplemente dejaba que el mismo tiempo mostrara lo que debía mostrar, su infortunada experiencia había marcado esos patrones de comportamiento tan rígidos que terminaban por aislarlo. Consecuencias que sufrir y a las cuales se empezaba a acostumbrar, como una víctima empieza a aceptar su destino frente al victimario, en este caso, Alexander cumplía los dos papeles.
       Suave frenar se dio frente a un semáforo que acabó por cambiar a rojo: Ahora se encontraban en el centro de la ciudad, sabía que el mejor lugar en donde habían problemas automovilísticos era las autopistas, no las calles centrales, pues, cualquier desliz parecía amenazar con dejar sin energía a un cúmulo de carros y provocar una tranca en medio de esa ciudad tan concurrida. Fue en ese momento, en donde el silencio había reinado, cuando su voz femenina surgió con otra advertencia, siendo el inspector quien le observaría mientras escuchaba.

       —Dos minutos es suficiente para inmovilizar un automóvil o de completar una incursión en una casa —expresó seguro como parte de su razonamiento, aunque fuera innecesario, podía soltar pequeños datos de cómo funciona su mente cuando piensa en operaciones.

       No obstante, lo que antes había sido una mayor apertura de su mente, se esfumó al momento de escuchar la inquietud de la joven. Eran las consecuencias de no preguntar con anterioridad, pues, él se había encargado de cuestionar su disponibilidad frente a dicha posibilidad. Debía tener paciencia, y aunque lanzó una mirada de soslayo para comprender cuán perdida estaba con respecto al objetivo, se apegó a una reacción menos irritada. Mantuvo un breve silencio, comparable a un “Te lo dije” o “Qué distraída eres”.

       —Perdiste lo más importante —aseveró con tenuidad, señalándole lo suficiente como para en un futuro fuera más atenta. Subliminalmente estaba actuando como un instructor—. No haremos una práctica controlada. Probaremos el emisor en un problema real aquí, en New London —finalizó intentando aligerar sus palabras, lo que menos quería era a una chica en pánico dentro de su patrulla.

       Tomó la radio cuando cambió de color el semáforo, avanzando inmediatamente. Hizo el mismo procedimiento anterior, dispuesto a notificar su disponibilidad laboral como patrulla activa.

       —Ochenta y dos a Central. Diez ocho, cambio —de igual forma, soltó el botón, aún sin colocarla en su pedestal.

       Como parte del destino, dueño de las casualidades, la radio empezó a emitir ruido como precedente de una transmisión saliente de la comisaría. Una voz femenina, tenuemente vulnerada por la interferencia usual de la señal, se escuchaba con la suficiente claridad como para ser entendida.

       «Central a ochenta y dos, repito, Central a ochenta y dos. Diez cero en curso por London Orbital norte. Se requieren refuerzos.»

       Alexander, responsablemente, miró a su acompañante, su cuestionamiento llegó a su preocupación por llevar a una civil abordo cuando se requiere una detección algo arriesgada. Pese a esto, y al riesgo que significaba, carecía de copiloto que pudiera manejar el artefacto en medio de una persecución, y aún no se encontraba listo para manejarlo en su óptimo funcionamiento. Encendió las sirenas, desplegando discretamente luces de los laterales de su vehículo, en la zona inferior del parabrisas.

       —Persecución —informó lo que significaba un 10-0 como código—. ¿Podrás aguantarlo? —Inquirió, no con subestimación, sino con la necesidad de escucharle decir un “Sí” en tal situación. Esperó unos breves segundos a su respuesta, echando pequeñas miradas hacia ella, pendiente de su expresión.

       Apretó el botón y acercó la radio a las cercanías de su boca.

       —Diez cuatro, Central. Ochenta y dos en camino —aceptó indudable. Aceleró el vehículo al observar cómo los civiles hacían paso para su trayectoria. Las agujas del velocímetro pronto cambiaron de ritmo, señalizando el aumento de la velocidad.

       Su mirada se afiló, era su campo, era su parte animal la experta en la cacería, pequeñas herencias hacia su comportamiento humano.


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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Ahreán Riessfeld el Mar Ago 22, 2017 8:17 pm

Posterior a su pregunta, silencio. Volteó hacia él. Al principio, creyó no haber sabido hacerse escuchar, incluso consideró repetirla, porque guerra avisada no mata soldado –adónde iban, cuál era su ruta eran cuestiones que le interesaban saber–, pero Alexander pronto respondió, no sin dejarle un mal sabor de boca.

¿Ah, sí? ¿Y eso qué podrá ser? —la suavidad de su expresión facial no se desfiguró no obstante. Se lo tomó a chiste, no había de otra. La actitud de sabérselas todas más una del inspector no era del todo desagradable o, de cualquier modo, la podía tolerar. Sí le perturbaba que no entendiera que lo que era obvio para él no lo era así para ella, ¡pero que daba lo mismo! Eso no la minimizaba, si ese era el objetivo de su acompañante, ni ensombrecía su nombre, su apellido ni su inteligencia. Sabía que pronto, cuando regresaran a la compañía y el inspector les contara a todos lo maravillosa y lo educada que había sido mientras la prueba del producto, porque eran obviedades que no se podían negar, no tendría que pensar más en esas menudencias.

Con eso mente, luego de la siguiente respuesta de Alexander, evitó responder. No quería alimentar una mala imagen que, pensaba, él debía de tener de ella a razón de prejuicios que no venían al caso, pese a la notaria imprecisión de la que lo acusaba culpable. Se lo decía a sí misma, como el que era capaz y daba la talla: no era una ignorante. Así también, no caía sobre sus hombros la duda que le producía la escasa claridad de esa afirmación, de lo que sugerían sus palabras, porque él no estaba siendo claro. Pero ¿qué podía hacer más que esperar? Lo siguiente es lo que iba a ocurrir, lo sabía: el vehículo seguiría avanzando sin más, el tiempo avanzaría sin más, los transeúntes avanzarían desde luego. La ciudad se haría más grande o más pequeña, más tumultuosa o solitaria, dependiendo del camino, y ellos esperarían a que algo sucediera. Una hora, dos horas, quizá tres. Todo cabía dentro de las posibilidades: un ladrón aislando del dominio de su cartera a una señora de la tercera edad, un gato rascándose el lomo en la espesura de la rama más alta de un roble, o un niño siendo abatido a causa de la tragedia intolerable de una pelota perdida. Ahreán resolvió por emitir un sonido gutural, de esos que indican complacencia o entendimiento; aunque no era dueña ni de lo uno ni de lo otro, si bien destacaba en fingir lo primero.

Para ese momento, el semáforo aún marcaba en rojo. La gente iba y venía, acompañada o sola. No cargaba reloj encima y se preguntaba cuánto tiempo ya había pasado. Trató de descubrirlo en el panel, estaba segura de que no eran más de las 9:40 de la mañana, pero en aquel solo se indicaban los grados centígrados que medían la temperatura en la calle. Veintisiete, tan solo veintisiete. A pocos metros del vehículo, dos menores de edad recorrían una banca vacía antes de tomar asiento. Iban andrajosos, los pies desnudos y el cuerpo lleno de tierra. Las piernas flacuchentas les quedaban suspendidas sobre el suelo. Calculaba que uno tendría diez, el otro once. Uno de ellos se le quedó mirando, si es que podía verla detrás de aquel vidrio ahumado, y pareció sonreír. Su acompañante movía los labios con locuacidad, los ojos del más pequeño se encendían posteriormente, luego apartó la vista de ella, que no era a ella a quien observaba, y ambos niños rompieron en carcajadas, aunque no por Ahreán, ni por el vehículo, ni por el tránsito de la ciudad. Era el humor de la inocencia. Los terminó perdiendo de vista unos minutos después.

Le pareció curioso no haberse encontrado antes, en esas pocas semanas que llevaba en New London, ningún indigente. No pensó que hubiesen, que anduviesen por allí. No era común verlos en las calles. Adónde iban, en dónde se resguardaban, cómo obtenían la vacuna mensual para combatir el veneno si no eran ciudadanos productivos; eran preguntas para plantearse. Hubiese sido un buen tema de conversación, porque suponía que el inspector Campbell tenía las respuestas, de no ser por la plática binomial, suerte de código binario con otros tintes y terrenos para multiplicar y confundir, que él estaría llevando con otra persona. Era risible hasta cierto punto. Si bien comprendía que una de las razones de tanto misterio era despistar en caso de que alguien les interviniera la señal, no en vano había completado varios tomos en menos de dos meses, no podía omitir la absurda, pero divertida posibilidad de que ni ellos mismos se entendieran. No pasó mucho antes de que Alexander le aclarara el sentido de aquel diálogo. Había dejado de hacerle gracia, incluso la tomó por sorpresa.

Sus labios se separaron unos milímetros. No tenía presente el peligro que implicaba asistir en una persecución, pero era lo último que se esperaba. No obstante, respondió ahí mismo totalmente convencida:—. Sí, por supuesto —su tono, sereno; su entrecejo, apenas fruncido. No era un problema.

Para cuando repetía la palabra “persecución” en su mente, el vehículo ya había aumentado su velocidad. La caravana de carros que otrora los antecedieron transformáronse en la estela de la patrulla. Sintió su pecho presionado por la inercia. Todo a su alrededor se desdibujó; primero las personas, luego la ciudad, después el resto de los copilotos. Ahora no eran más que líneas horizontales de diferentes colores que se rozaban. Era como estar dentro de una película, o un libro; en fin, una ficción. No sabía si sentirse emocionada o estremecida, tomando en cuenta que su día a día era más bien sosegado. De todas formas, lo que importaba era mantener su concentración para no perder de vista su principal objetivo: hacer valer el emisor PEM de la compañía.

Tal vez sería conveniente que tuviésemos una señal —sí, se estaba dejando llevar; tan solo un poco—. Me refiero a que usted conduce. Entonces, supongo que me tocará a mí activarlo, ¿estoy en lo correcto? —era evidente que no deseaba cometer una torpeza y menos desaprovechar aquella oportunidad. ¿Hubiese sido mejor que él hubiese venido con su compañero o compañera, si es que lo tenía, y que ella fuese solo una espectadora más? Eso seguro, pero había que adaptarse a las circunstancias. Pensaba que, además de eso, no le vendría para nada mal una serie de recomendaciones o instrucciones exprés para no equivocarse—. Sí, si está de acuerdo, una señal sería lo mejor.




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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Alexander C. el Sáb Ago 26, 2017 10:40 am


S
erenidad fue emitida desde la fémina al momento de contestar su propuesta. Para Alexander fue suficiente admirar las jóvenes facciones que se dibujaron al momento de su respuesta para divisar la seguridad perteneciente a sus ideas, fue detonante de cierta sensación de ternura, como si se tratara de una niña pequeña aceptando un diminuto riesgo, él conocía esas ganas, las había vivido en su día como cadete en la academia en su país de origen; muy a lo profundo, endulzada con la nostalgia, anhelaba esa misma ilusión de poder con todo, de poder comerse el mundo que se tejía frente a sus ojos. Bella inocencia, cuando se pierde no se vuelve a recuperar, prueba fidedigna del desconocimiento, de la ingenuidad. Estaba completamente seguro que había aceptado sin pensarlo lo suficiente por —además de la presión ejercida por el rubio— su ignorancia en el campo, pues, desde el tiempo que la llevaba observando no se trataba de una chica de adrenalina: Su forma de caminar, de expresarse, esa seriedad, la manera en la cual se traga las amargas expresiones que incitaron anteriormente las palabras del inspector; todas esas marcas seguían siendo piezas que describían a su persona, ¿y quién mejor para unirlas y descifrarlas que Alexander?, era su trabajo, imposible evitar psicoanalizar a su joven acompañante.
       Evitó sonreír ante lo pensado anteriormente, no quería que siguiera pensando que era un amargado como ya lo venía haciendo, porque sí, sabía que daba esa expresión y era su primera defensa ante las curiosidades naturalmente humanas, también sirviendo como el simple porte de superior sin rozar la soberbia, de infundir confianza en sus trabajos y acciones sin entrelazarse socialmente. Por ahora, estarían en la antesala a una nueva experiencia para ella y un usual suceso para el contrario, algo excitante o atemorizante, dependiendo de la perspectiva tomada; en el caso del conductor, quien seguía siendo humano aunque tuviera unos incorruptibles nervios de gélido acero, sentía cierto miedo: Recóndito, escrito en fuego sobre su mente en forma de imágenes torturadoras, de eventos que le marcarían para siempre, ese afán de querer proteger a su compañía, combinado con la culpa de traerle como copiloto. No se trataba de un desconsiderado y antipático, era el más puro ejemplo de quien protege sin acercarse, sin demostrarlo, pues, las emociones nublan el juicio.

       Para los cerúleos del mayor, el tiempo y el espacio con respecto a la velocidad, tenían un efecto diferente, considerablemente más lento a diferencia de lo visto por los inexpertos ojos que le acompañaban. Su torrente sanguíneo empezó a ser bombardeado por la adrenalina, produciendo la euforia suficientemente controlada como para hacer de su manejo preciso, de sus nervios inamovibles, de su concentración sólida, era como entrar en un modo diferente, un trance autoinducido que permite seguir con vida en escenas de riesgo y descontrol. Lo que para ellos eran sirenas a un volumen moderado, para los demás se trataba de un sonido de advertencia, aletargado en la lejanía y sorpresivamente fuerte en la cercanía, fugaz cercanía que se tenía con los vehículos y transeúntes colindantes, pintados de un azul y rojo, alternándose consistentemente rápidos.
       Sus manos se aferraban en el volante, manteniéndolo con firmeza, girándolo ante los obstáculos y desvíos existentes en la ruta tomada: la calle Great Cambridge, adornada por varios vehículos estacionados a su lado izquierdo, con un complejo de casas difuminadas sobre la ventanilla lateral de la patrulla. Las marchas no se excedían al estar en una calle transitada, existiendo partes en donde debía frenar sutilmente y maniobrar con menor espacio, esto sin comprometer directamente su urgente prisa. Era un acelerar y frenar, generando ese empuje hacia adelante y hacia atrás, la cual apenas vulneraba la estabilidad del silencioso conductor. En la cercanías, a un par de manzanas estaría la entrada a la autopista en cuestión, esperando llegar suficientemente a tiempo como para interceptar la emergencia, en ese momento, mientras maldecía internamente la falta de detalles vitales para una persecución por parte de la operadora de radio, escuchó otras de las inquietudes femeninas, y ésta sí le dio un poco de gracia, siendo incapaz de parar el movimiento de sus comisuras, alargadas al principio y acortadas por su propia voluntad sin llegar a desaparecer del todo.

       —¿Una señal? —inquirió con gracia, tomándolo como algo absurdo, sin querer decirlo directamente, aunque eso significase salirse un poco de los papeles tomados—, ¿ahora somos Batman y la Batichica? —retórico presentó su tono, dejando en vista su —algo insípido— sentido del humor.

       Sintió la necesidad de visualizar rápidamente la expresión tomada ante sus palabras, porque estaba seguro que se incomodaría. No lo pudo evitar, todo siendo creador por la visión que tenía sobre la otra y su ingenuidad, seguía siendo tierno que hiciese de las futuras acciones como eventos emocionales de las películas. De igual forma, no quería subestimarla ni tomarla como una infante, pero eran cosas que un inspector, acostumbrado a la seriedad, notaba y denotaba como rupturas de lo común. Terminó por retornar a sus duras facciones, adoptando mayor suavidad, aferrándose a la paciencia que usualmente era nula con un copiloto. Ella era una civil, no debía exigirle mucho más allá de sus capacidades.

       —Le haré saber con anterioridad cuándo será el momento justo, señorita Riessfeld —aseguró con cuanta seguridad pudiera proporcionar su voz, indudablemente le estaba dando la oportunidad de depositar confianza—: Mantenga sus oídos atentos y, por nada del mundo, grite o cierre los ojos. ¿Entendido?

       Desde luego que sí, esas palabras iban como enormes bloques de hielo pesados a los hombros de la más pequeña. El pánico era como un veneno de rápida acción, y el peor lugar para sufrir un ataque era en un coche en movimiento y con una persona tan susceptible como Alexander; no era grave al punto de poder fallar, pero si querías a un inspector cabreados, era lo que tenías que hacer. Necesitaba de toda la ayuda posible o, de lo contrario, su vida y —mucho más importante— la de la civil estarían en grave peligro.

       Tras sus palabras, el vehículo tomó el enlace izquierdo con la autopista de circunvalación, específicamente, la autopista M25 o, la comúnmente llamada, London Orbitan por la forma en la que rodea el centro de New London. Una vez integrado en uno de los carriles, el conductor pasó de carril en carril hasta llegar al de más alta velocidad. Las marchas empezaron a subir con prisa, las agujas del velocímetro se volvieron más frenéticas; el motor ronroneaba con fuerza, haciendo que ciertos sonidos eléctricos se volvieran más intensos bajo el capó, normales ante el esfuerzo en el que el mecanismo estaba sometido. Adicionalmente, el viento contrario a su avance golpeaba el parabrisas generando un soplido grave, igualmente con la poca carrocería del diseño que se oponía a la aerodinámica. La imagen lateral, por las ventanillas, ya no era más que celajes incorpóreos, como destellos de luces y colores visualmente irreales; al frente, se tenía la sensación de un camino más estrecho, generando una sensación de vértigo a quienes no estaban acostumbrado a la aceleración. Las sirenas de sus compañeros pronto se divisaron adelante, acercándose con presteza debido a la diferencia de velocidad. Alexander debía estar en cabeza, como siempre.
       Apretó un botón en la base fija de la radio, haciendo que una luz verde se encendiera a un lado del presionado. Debía hablar mientras conducía, o al menos para notificarse.

       —Ochenta y dos a Central. Atendiendo el diez cero en London Orbital. Solicito intervención individual, cambio —en ese momento, su tono se había elevado: El estrés en el que era sometido y la ansiedad que le propinaba la escena. Aun así, su porte era indiscutiblemente austero.

       «Central a ochenta y dos. Diez cuatro. Cambio y corto», accedió la operadora, con su monótona tranquilidad. Hubo ruido y luego silencio. La luz de la base de la radio se volvió roja, suficiente para ser apretado el botón a su lado.

       —Atención. En cualquier momento necesitaré del pulso. Oído, necesito precisión. Mis hombres confían en mí y yo confío en usted —afirmó con tranquilidad, seguía emanando de él esa confianza, le proporcionaba el valor y la responsabilidad en partes iguales—. A esto me refería cuando dije que podía estar en riesgo su seguridad —por fin un poco de claridad a sus palabras, una de las primeras que intercambió.

       Con rapidez, dejando en claro la exhaustiva red de comunicación y la disciplina del cuerpo policial, las cuatro patrullas se abrieron en formación cuadrada —cada una en un vértice—, creando en el carril central un vacío que debía ser recorrido el inspector hacia el criminal, el cual manejaba un Porche gris cromado, deportivo. Aunque las patrullas tenían una potencia, no podría alcanzarle completamente aunque fuese en línea recta. Estaban en notable desventaja. Respiró con profundidad mientras repasaba a sus compañeros y encabezaba la formación como un vértice más en el medio. Para empeorar la situación, aún había civiles en sus vehículos a los alrededores, siendo repasados con maniobras imprudentes, altamente riesgosas por el criminal.
       A pesar de ello, pudo en marcha la máxima velocidad de la patrulla, la fémina se daría cuenta que las capacidades de la máquina llegaban al límite tan pronto las agujas temblaban y el contador de marchas se mantenía inmóvil, además de un sonido constantemente molesto por parte del motor. Poco a poco se acercaban al fugitivo, pero como estaba previendo, sólo una parte del frontal de la patrulla se mantuvo paralela con la cola del deportivo. Estaban a una distancia máxima de dos metros de separación, Alexander maniobraba al unísono, sin querer despegarse de su objetivo. Era una coordinación de reflejos impresionante en esa velocidad, en donde las consecuencias de lo que significaba ir a altas velocidades crecían exponencialmente.

       —Dos metros máximos. Una oportunidad. Si falla, podría darle a los civiles y perder al fugitivo. En el peor de los casos, crear un aparatoso accidente —siguió sumando más y más peligros a los cuales estaban expuestos. Estaba siendo una dura prueba, sólo esperaba que no se diera por vencida y se quebrara cuando más la necesitaba.

       Los celestes se abrieron, surgió un click en su cabeza, sus músculos se tensaron y su respiración se trancó por un instante. Era el momento.

       —¡Ahora! —exclamó, su eufórica voz lastimo su garganta al salir.

       Su señal había sido lanzada cuando el menor número de civiles se encontraba a los lados, cuando no existían enlaces de otras carreteras o giros bruscos ni obstáculos que pudiesen evitar una detención limpia. Detrás de su decisión, había eventualidades calculadas al milímetro, considerando las posibilidades más altas, todas captadas en una fracción de segundo. Era ahora o nunca.


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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Ahreán Riessfeld el Lun Ago 28, 2017 4:52 pm

Qué difícil era elegir las palabras correctas con alguien como el inspector. Valía lo mismo ser discreta que comunicar sus inquietudes, o amable y divertida que seria y recatada. Parecía siempre obtener análogo resultado, su incomprensión. Con la errada creencia de haberse ganado su molestia –otra vez–, su mirada se desvió primero hacia la ventana en la búsqueda de un razonamiento a la altura de la disposición del rubio. Algo más directo, sin tantos rodeos pudiese haber sido lo adecuado. Decidió intentarlo una segunda vez, ulterior sus pupilas lo encontraran de nuevo.

Lo que quise…decir. Sus ojos se agrandaron, luego volvieron a su estado natural, ahora opacados por sus pómulos que cogieron terreno para elevar una sonrisa pesada. Mordía sus labios desde adentro, sin ser demasiado evidente. No lo podía creer; Alexander sonreía. ¿Qué sucedía con él? ¡Lo decía en serio! ¡No era momento para bromas! No sabía por quién la estaba tomando, pero tenía que darle su lugar y más aún en una situación como aquella en la que ambos debían de mantenerse atentos, formales, centrados. Seguramente estaba exagerando con él y tomándose cualquiera palabra que dijera a pecho, mas era difícil. Alexander no era "Mr. Simpatía". No era gracioso, sino sarcástico y por lo demás, seco. Y para una persona que estaba acostumbrada a ser tratada con guantes de seda, a derretir el bloque más gélido con no más que una sonrisa, a generar la empatía de hasta el más tremebundo de los seres, el humor de roca sólida del mayor resultaba odiosísimo, porque era un escollo que se agrietaba y se volvía a unir, sin dejarle tiempo a ella de colarse.

Suavizó así como él los músculos de su rostro. No, ella no se dejaba perturbar, no por mucho tiempo. No dejaba espacio en su mente para las provocaciones. Era lista como para no permitir que tales emociones la invadieran. Sabía que gracias a esa paciencia conseguiría mejores resultados que los que obtendría de ser otra su reacción. Para muestra, un botón; Alexander parecía haberle leído anteriormente los pensamientos. Ahora era claro, un poco más amable. Después de todo, se lo repitió de nuevo, él no era tan malo. No, ¡era un ogro!

Entendido, inspector —¡ja! Sería él el primero en gritar o en cerrar los ojos, que sabía que no iba a ser así, pero ella no era una cobarde. Ahora veía claramente cuál era la imagen que tenía de Ahreán Riessfeld. Y esa no era Ahreán Riessfeld. Estaba equivocado. Ella era una dama de porte garbo y etiqueta, no de uñas quebradizas. A estas alturas, sorprendía la tersura sobre todo en su voz. Más joven, hubiese sido imposible, pero había sido educada bien. Las reprimendas constantes de su abuela paterna ante actitudes hostiles veían sus frutos en la actualidad, como el que asperja geranios para verlos crecer brillantes, sin plagas.

Unos minutos después, todo eso perdió importancia. Percibió que su respiración se aceleraba y que una sensación de hormigas usando su sangre de resbaladero era, cada vez, más intensa. Y que hacía metástasis y le tensaba sus dedos, hasta el punto de generarle dolor. Los vellos de sus brazos se erizaron, su cuerpo se calentaba y todo lo que llevaba en uso, como su ropa y sus prendas, aun los zarcillos y el aro en su hélice que eran cubiertos por mechones de su cabello. Mucha energía se potenciaba en su cuerpo, como un motor que se enciende. El aumento de velocidad, la lontananza inmediata de los vehículos que eran rebasados, los insectos que se agolpaban contra el parabrisas, el sonido de la máquina, el de los tambores en su pecho, que bien podían no provenir de ella, sino de un tablero de juego; la acuciaban. Se sentía cercana a un tremendo estallido, o en la fila de los desafortunados ansiosos que van directo al paredón. Eso le decía el viento que abrazaba su paso y los rodeaba, y que gritaba en idioma pacmaniano: ¡muere, muere, muere! No por nada su expresión se había vuelto más rígida, más aterida y bien que luchaba por mantenerla calmada. Sí que luchaba para no reflejar nervios o miedo en sus facciones. Era una batalla interna, sin duda, endulzada por un camino cósmico. Los autos eran planetas; ellos, estrellas fugaces; el horizonte, un hoyo negro que pronto los absorbería. Cuando quiso cerrar los ojos, la imagen de un Alexander voraz, vestido de negro, mirándola desde lo alto y riendo o regañándola, con una voz que estamparía resonancia, emergió en su imaginación. Entornó su mirada como consecuencia y sus dedos describieron movimientos involuntarios como si la uña de uno buscase la piel de otro, aunque interceptado por el emisor.

La ansiedad de una espera interminable la corroía por dentro. En cualquier momento iba a suceder algo, ese algo que no se terminaba de recrear con nitidez ni en su mente ni en el panorama. El intercambio de palabras del inspector con quien sea que lo estuviese escuchando al otro lado del aparato le advertía que estaban cerca. ¿Pero cuán cerca era estar cerca? ¿Cinco minutos, un minuto, un pestañeo? Él ahora se dirigía a ella, de cierta forma era dulce, ¿sí lo era? No. ¡Falsa misericordia! ¡Solo lograba inquietarla más! Asintió sin emitir palabra, no tenía nada que decir en todo caso, salvo que él nunca había hablado acerca de su seguridad ni mucho menos que estaría en riesgo, que ella recordara. Todo lo que había hecho antes era cuestionarla. Solo eso, nada más que eso.

El ruido a su alrededor se fue expandiendo y contrayendo, repetitivamente. La cabeza la sintió pesada, los músculos también. La única melodía convertíase en cantos de sirena. Mientras tanto, aun los nervios, no pudo evitar sentirse maravillada, a pesar de que sus expresiones faciales bien trataran de ocultarlo, por la eficacia de aquel equipo. Era una coordinación magnífica, como si se tratara de una orquesta. Ellos maniobraban sus vehículos con tal exactitud para que el inspector pasara que parecían bailar. Él lo hizo y ella no dudó entonces en que ya había llegado el momento. Apretó los dientes e inhaló y exhaló despacio. Necesitaba controlar su respiración, sus ritmos cardiacos que incluso iban más agitados que el propio motor de la patrulla. No había que esperar más. Ahí estaba al frente de ellos el fugitivo. Era un carro, ¡por supuesto que era un carro! Ella no esperaba un dragón. Le dio pavor pensar en que todo dependía de su eficiencia. Y, para más condimento, la presión de Alexander. ¿Era necesario? ¿Realmente era necesario buscar ponerla más nerviosa de lo que ya estaba? Calibró la distancia en el emisor, la suficiente para alcanzar a quien huía, solo a él. Aguardó entonces. Sin embargo, justo en el momento en el que la voz masculina le dio la señal, un cambio de cables sucedió en su cerebro. Su índice derecho, al último segundo, a la última exhalación, al último pulso de sus latidos antes de que lo accionara, maniobró diferente. Había utilizado el alcance directo. Debido a lo rápido en que precisó su objetivo, apenas y había logrado visualizarse la equis en el parabrisas del carro, apenas y se había dado el tiempo de apuntar como debía. Alexander tenía razón acerca de los riesgos, de dejar escapar al criminal por su incompetencia, o de una posible coalición por su culpa. El tiempo se le hizo más lento de pronto, incluso escuchó cómo el aire abandonaba sus fosas nasales. Sintió que sus párpados hicieron un eco al parpadear. El ruido no era un ruido que ella escuchara. Suspiró. Un segundo transcurrió antes de que las ruedas del porche dejasen de girar y el motor, de rugir. Había improvisado, aunque no en vano, le había dado al objetivo. Parpadeó de nuevo, no lo podía creer. Sus labios se separaron, un aire caliente los dividía y los reencontraba. Después de eso, no supo si la patrulla seguía en movimiento o se había detenido cuando un sonido chirriante provocó su respingo. El sonido se repitió en el parabrisas trasero. El rostro de la muchacha perdió su color, sus labios parecían haber besado un glaciar, se puso fría, sudaba del frío y conservaba sobre sus muslos unos cristales totalmente quebrados. Comenzó a temblar. Una bala había atravesado entre el inspector y su acompañante, mas sin éxito alguno.

Como pudo, se desbrochó el cinturón. Olvidó sus clases de etiqueta, olvidó a su abuela, olvidó incluso que ya era una adulta. Olvidó que debía mantenerse erguida, estar sentada como una dama, cruzar las piernas, olvidó que su imagen era lo más importante.

Si no le m-molesta, esperaré aquí —el espacio era reducido, pero se deslizó por el espaldar de su asiento, poco a poco, con torpeza. Lo viró, lo acomodó siquiera. Casi la plenitud de su cuerpo había quedado oculta debajo de la guantera, en el espacio correspondiente a sus piernas. Ovillada, con sus glúteos sobre sus tobillos, se colocó en posición de descanso sobre el mueble. Al frente dejaría el emisor, cubierto por algunos de sus mechones. Contaría hasta diez y despertaría del sueño, si es que primero no se pellizcaba.

Uno, dos, tres…



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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Alexander C. el Jue Ago 31, 2017 10:32 am


E
moción, adrenalina, euforia. Esos impulsos se imbuían en su torrente sanguíneo como caballos salvaje galopando sin control alguno, siendo bombeados una y otra vez por el inquieto corazón, palpitando con fuerza, como si se fuera a salir por su garganta o pudiera resquebrajar la caja torácica; sus piernas, especialmente aquella que pisaba a fondo el acelerador, eran invadidas por un molesto hormigueo, como si la última se fuera a encalambrar en cualquier momento; sus palmas se arrastraron hacia adelante por la áspera superficie del volante, siendo los pulgares los que marcaron el límite, éstas mismas no provocaban mayor movimiento, manteniendo la inmovilidad a excepción de la necesidad fugaz de maniobrar con suma precisión a través del tráfico acelerado de la concurrida autopista, clavándose en la posición que, con el máximo esfuerzo debido a la diferencia de potencia, había obtenido. Visualizó cómo el puntero en forma de equis se desplazó por el parabrisas mientras mantenía el absoluto control del vehículo. En un santiamén el pulso fue soltado, mas, nada espectacular sucedió.
       El Porche se vio forzadamente apagado, siendo la muerte de las luces traseras las que daban tal señal, además de las ruedas chillando contra el pavimento como efecto de la fricción, provocando marcas negruzcas al igual que una desagradable nube de coloración gemela salir de los neumáticos y estamparse ligeramente sobre el vidrio delantero de la patrulla. El vehículo del inspector hizo lo mismo por su obra, reduciendo drásticamente la velocidad con el pie sobre el freno, maniobrando con agitación ante las reacciones erráticas del deportivo frente la inamovilidad y la inesperada —por su parte— perdida del control. Las demás patrullas empezaron a frenar gradualmente, posicionándose cada vez más cerca para la siguiente detención.

       No obstante, a pesar que la persecución había acabado tras la indisposición mecánica del conductor fugitivo, supo que el mayor peligro se avecinaba de manera fortuita. Las máquinas aún seguían en frenado, drástico, pero no suficiente para sosegar la rapidez antecedida; mientras tanto, la ventanilla lateral del conductor, del temerario conductor, empezó a bajar; suficiente como para que la percepción del tiempo de Alexander se atenuara, los segundos parecieron volverse minutos cuando vio el cañón del arma asomarse por la recién abierta ventanilla. Sus ojos se ampliaron y sus pupilas análogamente se contrajeron, su respiración se vio cortada y el clímax del estrés atiborró su cabeza, su cuerpo y su mente, dejándole sólo con su inseparable instinto bestial. La patrulla al estar aún en la misma posición con respecto al otro carro —con parte de su frente paralelo a su maletera—, el intrépido agente giró drásticamente el volante hacia el lado en donde se prometía la colisión, golpeando y desviando el deportivo hacia el lado contrario al golpe, suficiente como para que fallara el tiro: Logrando su cometido, el disparo penetró el parabrisas y la ventanilla trasera dejando el orificio y a su alrededor grietas que se convirtieron en pedazos de vidrios sueltos; todo mientras retornaba el volante a su posición inicial, empujando de manera contraria, obligando al Porche resbalar su lateral por su parachoques, de izquierda a derecha. Las llantas chillaron ante la maniobra forzada, dejando más nube negra tras de sí, de igual forma, la carrocería contra el parachoques lloró con sonido de rasgadura metálica. Consecuentemente, teniendo al vehículo contrario horizontal frente a él y sin perder fluidez en sus acciones, hizo que girara hasta que el frente del deportivo apuntara al sentido contrario a la autopista, viéndose empujado hacia los límites de concreto a modo de pared que tenía la misma. La maniobra no duró más de tres segundos, en donde el inspector fue uno con la máquina y surgieron sus instintivos deseos de sobrevivencia y protección hacia su pasajera.

       Con presteza, Alexander desplegó el freno de manos mientras eliminaba cualquier impulso por parte del motor, deteniéndose ipso facto. Su diestra fue a la zona inferior de la base del volante, debajo de la consola, arriba de los pedales; allí apretó un botón de donde se desplegó un arma semiautomática cargada, la reglamentaria Glock nueve milímetros de color negro; si viera los orbes del mayor sabría que estaban encendidos en furia al momento que salió de la cabina portando la pistola, cerrando la puerta tras de sí. Las sirenas inundaban el lugar y manchaban los vidrios de las ventanillas una y otra vez. Sus compañeros habían realizado un perímetro de detención con sus propios vehículos: un arco en donde todos apuntaban hacia el agresor. Eran demandantes los gritos por parte de los oficiales indicando qué debía hacer si quería salir vivo de la escena, finalmente, el hombre salió con las manos desnudas apuntando al cielo; convenientemente, había perdido el arma cuando surgió el conflicto entre las máquinas. No hizo falta que el inspector hiciera nada, aunque —todavía llevado por los más brutos impulsos— si fuera por él le pegaría un disparo entre ceja y ceja por atentar, no hacía él, sino hacia su acompañante. Cuando vio cómo las esposas eran puestas sobre sus manos y el sonido metálico indicando el seguro de las mismas, sintió como si se le bajara tres toneladas de encima, no obstante, se abstuvo de mostrar relajación frente a sus compañeros de trabajos, los cuales miraban con extrañeza, combinada con asombro y emoción, al superior. Pensaban muchas cosas, y una de las tantas miradas que captó le decía casi exactamente lo loco que estaba y lo exigente que era con su trabajo. Por su parte no salió ni una palabra, sólo un gesto de aprobación posterior a su retirada hacia el vehículo.

       Abrió la puerta, guardó la pistola en el compartimiento perteneciente y tomó asiento, encerrándose en la cabina. El vehículo estaba detenido, mas no apagado, aún se mantenía el ronroneo de su funcionamiento en neutro. Sus manos cayeron sin delicadeza sobre el volante, su espalda y cabeza contra el asiento, dejando que sus ojos se posaran en el techo grisáceo. Suspiró, dejando que sus hombros cayeran, permitiendo lo que antes no había hecho frente las miradas ajenas. Pese a esto, como fuego cruzó la preocupación, enfocándose urgentemente en la figura acurrucada en el espacio reducido. Se inclinó hacia ella, ahorrándose el derecho de tocarla, terminando por apoyarse sobre el volante, colocando una observación menos obvia.

       —Señorita Riessfeld, ¿se encuentra bien? —cuestionó intranquilo, teniendo en cuenta que no había sangre en ninguna parte y que la bala hacía pasado limpiamente en medio de ambos—. Se acabó, salga de ahí —indicó, retomando la dureza perdida por la anterior pregunta llena de preocupación.

       Era mi culpa, todo lo que había sucedido con ella abordo. Era una responsabilidad traer una civil consigo, aunque había demostrado mucho más de lo que una chica de su edad podría imaginar aguantar. Le agradecía su colaboración y el temple que tuvo antes de ver un arma en funcionamiento, entendiendo que el solo contacto con las mismas como primera experiencia era perturbador, y mucho más si el cañón accionado apunta a su cabeza. El agente empezó a controlar el interior de su cuerpo, sumiéndose a la calma, tomándose un respiro, reconsiderando su postura frente a la fémina luego de lo que había pasado. En su cabeza sólo había ruido que se difuminaba cada vez más, conforme retornaba a la normalidad. Sentía su garganta seca y su estómago cerrado.

       —Misión cumplida. Buen trabajo, —su tono se vio refrescado, cobrando jovialidad humorística, ligereza que no había existido a lo largo del contacto social entre ambos. Esta vez floreció una sonrisa de complacencia, de satisfacción, en los labios del rubio—: nada mal para ser una civil.

       Esos cerúleos, esa sonrisa —aunque tenue—, pertenecían a alguien encantador, añadiéndole un poco de profundidad a ese muro visualmente impenetrable que utiliza como primera impresión, esas facciones, ahora ligeramente mojadas por el frío sudor, cobraban otras agradables características; ambos pasaban una etapa de temor. No podía seguir actuando —o al menos mientras las cosas se calmaban— como balde de agua fría para una chica que había palpado sus propios límites, y aunque esa era su intención subliminal, nunca había pensado en ponerla en semejante peligro ante el conductor armado. Le debía unas disculpas, y posiblemente, el hecho de no verle nunca más luego de hacerle pasar un susto de tal magnitud, todo eso, lo entendería y lo aceptaría sin dudar.


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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Ahreán Riessfeld el Dom Sep 03, 2017 9:42 pm

Cuatro, cinco…

Todo era una catedral de luces apagadas. Las plegarias perdidas rebotaban en las paredes, las penitencias se asentaban en los rincones, de manera insana, las bondades desaparecían en la oscuridad con un gracias mientras un papelillo de harina decía ser carne y el vino, ser. Jamás había ido a una iglesia, no sabía lo que era rezar y apenas entendía a quienes oraban en silencio para ser escuchados. A su familia, a ella sin lugar a dudas, eso le estorbaba. Pensar en un Dios omnipotente, lleno de gracia y sabiduría, huésped en todos, pero presente en ningún lado era una manta idílica que se prestaba para muchas cosas, como aborrecer la fortuna ajena, incluso la propia, y creer que la piedad salvaría el mundo. No era fe, era la arrogancia de quienes, hijos de cuna de paja, se sentían superiores sintiéndose pequeños. Existían los ángeles y también los demonios, así como existían las sirenas o los híbridos, o los elementales, y todos tenían algo en común, más que evidente, que eran razas. No, ella creía en otro tipo de fuerza, la que le daba vida y la alimentaba, la que nunca dormía. Bastaba solo elevar la mirada para entenderlo.

Siguió contando; los números, haciendo eco; su imaginación, envolviéndola en llamas. El cuerpo comenzó a picarle. Primero sus pies, luego sus piernas; el escozor subía por su vientre hasta alcanzar su abdomen. Pronto su espalda, sus brazos, su cuello y su frente le irritaban al punto de atormentar. Sentía como si una capa de abejas la usase de flor o ella hiciese uso de ellas cual si fuesen ropa. En sus oídos, zumbaban; en su piel, dolían. El aguijón se encajaba y se desencajaba, una y otra vez. Podía percibir el instante exacto en que algunos se enterraban en el recorrido de sus venas, chapoteaban en la sangre y volvían a salir. Iba a enloquecer. En un noventa y cinco por ciento, sus respuestas al estímulo que acaba de vivir terminaban convirtiéndose en eso, en sensaciones. Su sistema inmunológico trataba de protegerla; de ante el peligro, arroparla en fuego. Pero era imposible. Estaba siendo bloqueado como siempre, como tenía que ser, por una tecnología avanzada, que se teñía ahora del color del que toma el hierro al calentarse. Podía decir al menos que el imaginarse la lumbre a su alrededor servía a modo de panacea. Le brindaba cierto bienestar perdido y le devolvía la coloración. No era lo mismo, claro, que el hecho, mas servía. Para los feligreses, sería casi como rezar.

Minutos después, su ensoñación hizo igual que el cristal del parabrisas. Ya había perdido la cuenta, no la iba a retomar, pero acababa de ser pateada de su lugar feliz. Ahora, en lugar de números, la voz del inspector, del testarudo inspector, se consumió todo espacio en su mente. Había caminado por los ductos de su oreja y se había asentado allí, blasfemo, gruñón, obrando exigencias. ¿Cómo podía ser tan insensible? ¡No sería a él a quien le haría caso! Definitivamente no. Su cabello se movió en reflejo de su obstinación, debido al impulso de girarse como si le diese la espalda, aunque simbólicamente. Obviamente no estaba esperando que fuese considerado, ni amable, ni que se comportara como si tuviese sangre circulándole por el cuerpo. No, no esperaba eso. Ni hablar de la falsa idea de encontrarlo simpático. La mala hierba nunca muere, ¡y es que ojalá! Su actitud, por supuesto. De nuevo, mientras su negación a hacer cualquier otra cosa más que respirar, Alexander pareció leerle la mente. Giró despacio, fue dejando ver lentamente sus ojos cuando el rubio cambió su tono. Su mirada estaba ligeramente fruncida, aunque no por la molestia, sino por la confusión. Nada podía generarle un mayor cortocircuito que un Alexander Campbell con una sonrisa en los labios. Daba miedo. No cabía la menor duda de que ahora lucía más terrorífico que antes. Prefirió detallarlo mejor, no fuera a ser que estuviese soñando, por lo que descubrió su rostro a plenitud, al menos la mitad. Así, con su mejilla sobre sus brazos y sus ojos en él, ablandó sus expresiones. Suspiró, exhaló con suavidad. No, estaba exagerando. Aunque le molestara equivocarse, era grato percibir un nuevo humor de parte de él, hasta el punto de hipnotizar. Pero aquello no duró mucho. Apenas unos segundos transcurrieron para que tomara verdadera consciencia de lo que estaba pasando, de su situación y de su estado actual, y de que estaba comportándose fuera de la norma. Los músculos del rostro se le crisparon. Tenía que levantarse deprisa, salir de allí, sentarse como una dama, estar erguida, cruzar las piernas. Tenía que ser una Riessfeld. Pero su impulso violento la llevó contra la guantera y de nuevo cayó sobre sus rodillas. Mordió sus labios y apretó sus puños. La cabeza le daba mil y un vueltas de lo pesada que comenzaba a sentirla, esta vez por la incomodidad. Su organismo entero se zarandeaba, sus pupilas mismas oscilaban con intranquilidad. No podía ni verle la cara a Alexander en esos momentos. Buscó respirar despacio. La torpeza no estaba permitida ni siquiera en su casa. Sin decir nada, lo intentó de nuevo. Se hizo de la destreza del que sale de una piscina, o de un soldado al cruzar debajo de un alambrado, pero con delicadeza, como si incluso levantarse luego de estar ovillada, temblando como gelatina, fuese el mismo arte de la bailarina de ballet. Luego miró hacia el frente, estaba seria, mucho más seria de lo que acostumbraba. Volvió a colocar el emisor en donde antes lo tenía, en sus piernas.

Una gota de sudor se deslizó por la curva de su mejilla, algunos mechones estaban fuera de su lugar, rebeldes, ondeando en su rostro. Su voz se escuchó agotada e incómoda:—. Me he comportado de manera vergonzosa —sus labios temblaron, parecían como si retuviesen algún reproche hacía sí misma—, lo siento.

Inhaló antes de continuar:—. Sé que puede sonar absurdo, ¿pero podemos mantener este episodio en secreto? Mi padre enloquecería si llegare a enterarse —sonrió apenas. Sería un desastre que alguien se enterara, no del peligro de aquella situación, que era lo que quería que el inspector pensara, sino de su comportamiento poco profesional. ¡Que le daba vergüenza! Vamos, que a él también le interesaba. Ni Jaimito tenía chistes tan ácidos, ni anécdotas tan divertidas, en los que la cabeza dejaba de ser tomate y se convertía en salsa. Apelaba a su sentido común para evitar ser completamente honesto.

Tal vez mentiría si dijera que no fue emocionante —claro, reía para no llorar—. Es diferente de cuando lo lees en un libro o lo escuchas. Yo no sería capaz de hacerlo todos los díasni el fin de semana, ni feriados. El carro se había puesto en marcha. Ahora venía lo más importante, ¿qué tan satisfecho había quedado del emisor? Su objetivo seguía en donde lo había dejado, aunque, debido a la apertura de Alexander y al éxito de la persecución, la situación se mostraba más a su favor, casi como si fuese imposible recibir cualquier negativa. Ya las sensaciones de abejas rodeándola, de corazones bailando ritmos africanos en su pecho y demás comenzaban a difuminarse al tiempo en el que el brillo en su mirada se hacía otro. Soltó su cabello y lo amarró de nuevo, tenía que domar los últimos vestigios o testimonios ingratos de lo que no podía ser. No era partidaria de arreglarse en público, pero era un mal necesario. Sus dedos eran el peine que recorría su cabello y el paño que secaba las pocas gotas de sudor que contenía su rostro. Aún su temperatura seguía elevada, lo que ayudaba a evaporar su transpiración.

Ahora que lo vio en funcionamiento, me gustaría conocer su opinión —se encargó de acomodar algunos mechones sobre sus orejas, tal cual la costumbre. Nunca había sido de su agrado dejarlas descubiertas—. Y si tiene algún comentario o alguna recomendación, con gusto se la haré saber a mi padre.



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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Alexander C. el Jue Sep 07, 2017 1:09 pm


C
alma posterior a la tormenta. Nada era mejor que respirar un aire liviano a diferencia de la bruma que se crea en situaciones de alto conflicto y riesgo, se trata de dejar salir la tensión que abruma los músculos como si se tratara del mayor motivo de ahogamiento. A pesar de la vorágine que era su vida todos los días, sin excepción, Alexander parecía no querer abandonar esa sensación de alivio y seguridad que surgía luego de la detención de un delincuente, podía pensar con claridad, podía ver más allá de sus actos y decir con total certidumbre que habrán menos vidas en riegos, sin embargo, tal pensamiento desencadena sus pesadillas y era simplemente que la maldad nunca descansa, allí es donde la impotencia bombardea su pecho y tortura su cabeza, allí es donde su cordura falla y genera un desborde sin igual, en donde ya no habría orden ni ley, sino deseos aniquilar. Por su fortuna, para el bien de su equilibrio mental, le bastaba con ver a la fémina de nuevo en su papel, probablemente era mucho pedir y por ello no lo hizo evidente, tratando de apartar el factor de su presencia dentro de la recuperación y los actos consiguientes: Si necesitaba llorar, le dejaría, sin juzgar, pues, la facilidad estuvo ausente en la crisis anteriormente vivida, lo reconocía sin titubear. Al menos había actuado mucho mejor comparando su primera experiencia delante del cañón de un arma, el mérito era dado por los cerúleos relucientes que le apuntaban enmarcados en contentamiento.
       Tan pronto sus orbes impactaron en un incómodo contacto visual; siendo, la espontánea jovialidad —quizás fuera de lugar— masculina y la extrañeza femenina ante su expresión, los protagonistas culpables de la detonación de un desvió por parte del enfoque del mayor, carraspeando su garganta como abreboca de su recuperación hacia su usual comportamiento, endureciendo su máscara con la misma severidad, viéndose fuera de lugar. ¿Le avergonzaba sonreír cuando Ahreán estuvo cerca de sufrir un impacto de bala?, sí, eso era, por lo que se envolvió en su —ya conocido— témpano de hielo pero ésta vez de paredes menos gruesas. Posó su esquiva mirada sobre el parabrisas, visualizando la entrada del proyectil y haciendo rápidos cálculos precisos sobre el ¿qué fuera pasado si...?, recurriendo a su normal ejercicio mental de pensar en las peores situaciones y en las consecuencias que posiblemente fueran ocurrido pero nunca ocurrieron y nunca volvería a ocurrir, al menos no dentro de sus cabales. Él aprendía de sus errores mucho mejor debido a su instinto, el cual le indicaba lo que pasaba si se descuidaba, el tigre estaba alerta por su propia supervivencia, eso era él, naturalmente estaba dotado con esas extrañezas en pro de la existencia de la especie. Faltó poco, resonó en su cabeza con alivio, endureciendo sus irises con su propia condena.

       Cuando su observación periférica —siempre alerta— notase movimiento por parte la fémina, sus celestes le apuntarían sin delatar complemente su atención, retirándolo de su ensimismamiento sobre las posibilidades desafortunadas. El impulso y posterior golpe hizo que se sobresaltara, provocando que los objetos guardados en la guantera sonaran por tal sacudida. El inspector dejó caer su espalda en el espaldar, desviando sin demasiada sutileza su vista a la ventanilla de su lado, quería que no pasara tanta vergüenza con su comportamiento aunque no pudiese negar lo evidente que fue. Primera vez en el día que estaba terriblemente incómodo, para su suerte, sabía ocultarlo muy bien, lograba infundir indiferencia en vez de su sentimiento embarazoso. Sin apenas mirar, retiró los cristales del asiento perteneciente a la adversa, dejando que cayeran en los laterales, fuera del acolchonado, permitiendo que el silencio arreglara por sí solo y actuara como espacio para el pensamiento, buen recurso al separarse estando en la reducida cabina de un vehículo. Su voz ameritó el virar su cabeza, no completamente, sino lo suficiente para soltar una mirada por la rabillo de su ojo. Negó a ojos cerrados, exhalando con pesadez, devolviendo su perspectiva hacia adelante.

       —No es necesario, señorita Riessfeld —solucionó por denegar aquello con su típico tono severo, la culpabilidad se paseó casi inapreciablemente por sus palabras—. Lamento haberla expuesto a una escena de tal peligro —se disculpó con cuanta sinceridad se palpase en un tono menos demandante, ahora la culpa fue la protagonista.

       Ni siquiera se tomó la molestia de añadir una excusa a sus disculpas, ninguna justificación; las veces que eso sonaba en su cabeza se veía como un niño infantil e inseguro, por lo que, dio por sentado que la señorita entendería, de lo contrario, no habría mucho más que hacer. Sus compañeros en sus patrullas pronto apagaron las sirenas y se replegaron, pasando a un lado del vehículo del rubio, cada uno de ellos activaba por un instante sus alarmas a modo de saludo, saliendo un Bip-bip como resultado. Alexander hizo lo mismo, encendiendo y apagando su sirena al corresponder el saludo, finalmente, guardando los focos bicolores. Detrás de las patrullas iba la grúa con el deportivo remolcado. Ese era el final feliz que esperaba. Le observó retirarse antes de responder a su proposición. Alexander sabía guardar secretos

       —Y mi superior —completó su oración como parte de la broma, sólo que esta vez no hubo sonrisa pero sí una pizca de jocosidad—. Por mí no se preocupe —ratificó formalmente—, lo tomaré como secreto profesional —agregó abarcando el mismo humor no tan evidente, inexistente ademanes que le enfatizaran, sin realmente venir al caso.

       Sin mayor preámbulo y sin nada que esperar, siendo los últimos en retirarse de la escena, Alexander dispuso del vehículo para ponerlo en marcha. Antes de sacarlo de la neutralidad, comprobó las luces delanteras, denotando que ambas funcionaban. Se colocó el cinturón de seguridad, reafirmándolo. Echó una fugaz revista a la fémina y determinó la ausencia del método de seguridad, tan pronto el click del suyo se escuchó, hizo que su voz, imperante, surgiera de su garganta.

       —El cinturón, por favor —demandó sin mayor sutileza. Ese factor cumplió papel importante en la estabilidad de la fémina en plena persecución. No se daría el gusto de prescindir.

       Posteriormente, pasó de la modalidad N a D, haciendo posible la conducción. El vehículo ronroneó con más fuerza y arrancó, ganando velocidad prudentemente por el carril más lento de la autopista, estando preparado para tomar la primera salida de la gran London Orbital. Sus manos resbalaron desde la parte superior del volante hasta los laterales, retomando una conducción serena, olvidando el calor que sintieron sus manos al sujetar el volante con tanta firmeza y emoción. Se silenció ante los comentarios, debatiéndose si debía o no comentar un poco de su pasado, terminando por determinar la ausencia de las razones negativas al momento de hacerlo, rasgando la misma quietud sonora, dejando ver que también tenía —o tuvo— esa misma inocencia.

       —La primera vez que me apuntaron con un arma cargada me paralicé. Pensé lo peor —inició como parte de su anécdota, buscando familiarizarse con lo sufrido anteriormente desde una perspectiva menos experta—. A pesar que también tenía una y que tenía tiro limpio, me paralicé. Es lo peor, por un momento pensé que iba a morir. Afortunadamente, mi compañero pudo disparar por mí y doblegar al criminal. Te ves ridículo en esa situación, al ser mirado por terceros, pero nadie puede entenderte realmente al momento que tu vida depende de un simple gatillo. Por más que lo haces, nunca te llegas a acostumbrar —concluyó tras recordar el sentimiento, sintiendo la décima parte de la presión sobre su pecho que tuvo en el pasado relatado. Él también había temido a pesar de ser un témpano firme y calculador.

       El auto aceleró hasta llegar a la velocidad máxima perteneciente a ese carril, se mantuvo así por un momento hasta que el cruce se divisó por el parabrisas, tomándolo tras frenar progresivamente. Terminaron incluyéndose en una hilera de casas parecidas a las vistas antes de tomar la autopista, pero esta vez se encontraba un mayor número de vehículos concurriendo sobre la misma. Habían vuelto a la pasividad de la vida dentro de la ciudad, en donde lo idílico está pintado frente la vista de los citadinos, mas para los agentes como Alexander, cada rincón oscuro significaba un peligro. Su instinto que detecta el mismo se volvió a activar, arrugó el entrecejo al sentir el cosquilleo por su espalda. Rectificó el retrovisor y los espejos laterales con disimulo, con naturalidad.

       —Como usted misma comprobó, no hubo un desastre masivo en la autopista, el criminal salió ileso, fue suficiente el tiempo para llevarse a cabo la detención... —dejó que tal vacío se llenase con silencio, con suspenso, agregándole importancia a la continuación—: y estamos vivos, usted lo está. Las eventualidades siempre suceden, pero el producto cumplió su función, todo lo demás es parte de mi trabajo. Por mí, todo está en orden.
       —¿Le apetece un poco de jazz? —inquirió sin más, sin razón alguna, simplemente por su deseo de atenuar el ambiente.

       Llevó su mano hacia la estéreo y la encendió, dejándola en la emisora que usualmente escuchaba, permitiendo que la relajante melodía escapara discretamente por las bocinas laterales.
       —Permítame especular, pero su cara me arroja un gusto musical clásico —dedicó ese inicio para incentivar a la más baja a la conversa sobre sus gustos.



       El trabajo ya estaba cumplido, estaba dejando espacio para interrelacionarse con las personas detrás de los puestos de trabajo. Ya no había necesidad de actuar con tanta rigidez, si se seguía con el mismo guion terminarían muriendo del estrés. Él habría agradecido conversa tras su primera experiencia, no quería negarle tal posibilidad a ella, a una fuerte y decidida civil.


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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Ahreán Riessfeld el Sáb Sep 09, 2017 10:48 pm

Curioso. Acabó por afincar su plena concentración en lo que decía. Había esperado una respuesta distinta, digna de alguien como él, algo parecido a un aprobado o aceptable, pulgar arriba o abajo seguido del no tengo nada que agregar. Al parecer las personas obstinadas como Alexander, susceptibles, odiosas e insensibles, que eran literalmente un peñasco con ojos, nariz y boca, podían ser encantadoras también. Una risa abandonó sus labios.

Es un completo alivio —se le hizo divertido que diese tanto rodeo.

No se había equivocado después de todo. Aunque el inspector fuese difícil de predecir, estaba confiada en que le prestaría atención solo a lo importante. Es decir, a la competencia del dispositivo, cuya demostración de su capacidad había sido un éxito. No existía tal error del cual debiera de preocuparse. Era como él decía. El del otro vehículo, el que huía a toda velocidad, había sido atrapado sin mayor problema. Todos estaban a salvo: ellos, el resto del cuerpo policial, los ciudadanos, incluso el mismo delincuente. Nada lograba generarle mayor satisfacción que un trabajo bien hecho. El dispositivo había quedado bien parado; ella, igual; y la reputación de la compañía, por añadidura, también. En cuanto a lo demás, no podía esperar a ver el rostro bañado de orgullo de su padre. Seguía subiendo escalones y ganándose puntos, en todos los sentidos. Con Neel Riessfeld, reafirmaba su imagen de empresaria capaz e hija responsable; con Alexander Campbell, poco a poco, lograba ganarse su respeto, y no por cortesía, que ese hombre era, sin lugar a dudas, un correcto natural, sino por su madurez. Que se disculpara con ella, que se mostrara agradable aun siendo tan serio, la confianza para contarle sus cosas y su repentina amabilidad, eran el botón del saco que servía de prueba. No había perdido el toque. Eso es, siempre lo lograba. Era el don de su apellido hacerse de la simpatía de todos. Y él no iba a ser la excepción.

Misión cumplida, susto amortiguado y hombre más amistoso. Justo ahora se sentía más relajada. Lo difícil ya había pasado. Quedaba, pues, lo más sencillo, que era a lo que estaba habituada cuando asistía a los eventos de la compañía o a las reuniones sociales en las que, por lo general, los Riessfeld terminaban perteneciendo al cuadro de honor. Se trataba de socializar: ser linda, sonreír, hacer comentarios inteligentes y nunca, pero nunca, dejar de lado los modales. No es que fuese un libreto riguroso de estricto cumplimiento, condicionante, asfixiante, amordazador; no. Era la columna vertebral que dirigía su forma de pensar, ser y actuar.

El ambiente se prestó para hacerla sentir en su elemento. Era como volver a su infancia. Asintió, dejó que los recuerdos volvieran a ella y que la música la llenara. Antes, cuando era un animalito salvaje saltando por la pradera –por su comportamiento inadecuado–, su abuela solía domarla con música suave. El género clásico, el blues y el jazz eran de los más frecuentes en la estéreo familiar. Podía sentirse envuelta en una capa de tranquilidad absoluta, libre de máculas y de cualquier distracción infantil. Era grande, respetable. Podía sentirse como una adulta y ser tratada como tal aun siendo una niña. No había mayor privilegio ni mayor halago. Y aunque en ese entonces no lo entendiera del todo, hoy por hoy se sentía agradecida. La música había sido parte importante de su formación; siempre, de su vida. Y por muchas razones. Estaba segura de que gracias a ella se sintonizaba con todo lo que le estaba prohibido para drenarlo por medio de otra vía. Al menos los latidos de su corazón sí se mezclaban con la sinfonía. Y podía sentir. ¿Había acaso en el mundo algo más liberador? Lo dudaba. Sonrió al recordar que retomaría sus clases de piano dentro de una semana.

Niccole Bossa —dijo, refiriéndose a la pianista que acompañaba los compases de la guitarra—. Ciertamente es de mis intérpretes favoritas. La conocí hace años en un concierto en Coventry. En ese entonces, recibía clases de solfeo. Cualquier tipo de instrumento me estaba vetado —dejó escapar una breve risilla—. Gracias a ella logré decidirme.

Sus ojos apenas se encontraron con los de Alexander. El espectáculo de un cielo despejado con música como aquella de fondo era embriagador. Tal vez sí era posible convenir en ciertos gustos con él. Y, siendo ese el tema de conversación, sentirse cómoda. Casi parecía que un meteorito golpearía contra el capó del vehículo en cualquier momento. Era extraño. Se preguntó si el motivo de su nueva actitud tenía un poco que ver con el asunto de la bala y el parabrisas, o si se sentiría igual de ameno que ella. No lo sabía y quizá debía dejar de darle importancia porque, en verdad, no la tenía. Las personas fingían, ella fingía. De esa forma se movía la sociedad para que todo fuese más agradable. Así funcionaba el mundo que conocía. Las apariencias permitían las negociaciones, llegar a acuerdos, establecer la paz. Lo que no quería decir que las mentiras cebasen el terreno, sino que la diplomacia era como el político que debía de comerse un sapo y sonreír, para alejar las catástrofes que no convienen a nadie. ¿Qué importaba, pues, si el inspector actuaba así a propósito de evitar conflictos? Era lo de menos.

La circulación de muchos vehículos comenzó a congestionar las vías principales. Debía de estarse acercando la hora del almuerzo, pensaba, aunque desconocía cómo era el movimiento rutinario en aquella ciudad. Iban más lento, mas no por ello estaban detenidos. El vehículo seguía avanzando con menor velocidad. Sin impacientarse por tales cuestiones, fijó su mirada en el coche contiguo. Los cristales de aquel eran menos ahumados que los de la patrulla. Se podía ver hacia su interior forzando un poco la vista. Ahreán detalló los asientos de la parte trasera, si bien su mirada estaba perdida como si buscase adónde asentarse mientras el tráfico. Debía de llevar un pasajero allí; seguramente pequeño, pues el rostro, visto desde afuera, le era cortado por la mitad. Sus ojos se abrieron un poco, no obstante su embelesamiento, cuando una mano diminuta y pálida descansó sobre la ventana. Era huesuda, estaba sucia. Podía detallarse fácilmente algunos raspones en la piel. Entornó la mirada. Una sinfonía preciosa había comenzado a sonar en la radio. Se trataba del concierto en vivo de una orquesta, una pieza espectacular. Ahreán volteó hacia Alexander. Para ese momento, el vehículo otrora contiguo ya no estaba. Se había perdido entre peatones, cruces y carros.

Escuché que harán varias presentaciones en vivo en la capital antes de comenzar su gira. ¿Ha oído de ellos? Han sido muy bien recibidos por la crítica. Son un grupo de quince instrumentistas, relativamente nuevos —entrelazó sus dedos delante de su mentón mientras sus ojos parecían brillar—. Yo solo espero poder ir a verlos antes de que se vayan.



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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Alexander C. el Mar Sep 12, 2017 4:37 pm


H
umanidad. Es quien dicta los comportamientos de la civilización, unos más agudizados que en otros. Eres un ser sociable proclama cada parte del cuerpo diseñada específicamente para eso, crear y endurecer lazos sociables, no se puede escapar del todo a tal necesidad, si se lucha contra la corriente se termina llenando de dolor innecesario y una burbuja de fétido interior, la cual se intensifica con el tiempo. Alexander se daba cuenta de esto, era su peor enemigo y su mejor aliado. Toda su disposición gritó ¡Tregua! tan pronto la compañía de la fémina pasó a través de lo laboral, todo gracias al cumplimiento de las directrices, tanto las de ella como las de él, ambos satisfecho. Entre tantos muros autoimpuestos, entre tantas coberturas tan frías como las nieves siberianas, se encontraba una bestia maravillada por la suavidad, la soltura y la elegancia de las notas que se escuchaban por las bocinas. Su fino sentido auditivo captaba e identificaba cada una de las notas, con precisión, encontrándole un significado más profundo a todas ellas, y que, a pesar que el estéreo crease ruido de fondo como parte de la limitación tecnológica, su oído buscaba sumergirse en el trasfondo de la hermosa tocada, escuchando más allá que la simple percepción que se tiene un oído común. Fascinante, entre su fortaleza se veía un flanco del cual el salvaje estaba gustoso de tener: El amor por el arte, tan puro y entregado al mismo, adicto a las sensaciones que invaden sus sentidos cada vez que es expuesto a ellos, sacando de sí por medio de su naturaleza una manera única de sentirlos. Si Alexander, en vez de ser parte del cuerpo de policía fuera sido un artista, específicamente, un creador de música, sería uno de los mejores; su pasión por él, su capacidad receptora y su forma de ver el mundo harían de él un bohemio, o eso creía, era algo a lo que no se podría acostumbrar, simplemente, sus genes explosivos no se lo permitirían. Era gracioso pensar en ello, pues, dejarse llevar por la corriente es muchísimo menos preocupante que estar en las altas mareas en donde navega.
       Al igual que la fémina, su cuerpo y mente se sincronizaban con la música, haciendo parte de sí cada una de esas notas, internalizándolas como los verdaderos amantes del género. La tocada es un torbellino de emociones, eso decía él, y era la mejor forma de ver lo bonito, era su terapia luego de estar frente a la muerte tantas veces, unas más cercanas que otras o, en caso peor, de comprometer vidas inocentes. Instintivamente al pensar en ello tuvo la necesidad de enviarle una atenta mirada, recibida inmediatamente luego de las palabras femeninas. Había dado en el clavo, y aún mejor, la mujer parecía conocer un mundo que a él le fascinaba. Si quería apelar a su humanidad, estaba haciendo un buen trabajo.

       Casi todos ven al inspector como alguien tan recto e inflexible, tan apegado a las reglas, tan justo que se ve como un muro, plano y sin mayores problemas internos, como quien mira una pared de blanco y se pregunta por los misterios que dan al otro lado. Pocas personas tenían la oportunidad de observar a través de su primera máscara; pero el dolor, el dolor cierra oportunidades, y la preocupación por no hacer daño con lo que hay en su interior forma parte de su manía protectora. Un ser complicado, tanto que ni él mismo alcanza su propia armonía. Dejó escapar un profundo respirar, decidiendo no llevar más allá sus papel de poli malo con una civil no merecedora de ello; sólo esperaba, por el bien de la estabilidad de tales cimientos serenamente sociales, que no se presentara otra emergencia que pudiera rasgar la suave tela que les envolvía, pero ese sentir era algo que no se despegaba de la base de su columna vertebral. Tenía un mal presentimiento, y para su poca fortuna, eso siempre se traducía en un habrán problemas. Su atención, provocante de la noción constante que tenía sobre ella, le llevaron a voltear hacia donde ensimismaba la vista adversa; a diferencia de su persona, Alexander pudo ver poco a través del vidrio tintado, arrebatando su perspectiva de la ventanilla tan pronto el semáforo cambio de luz; volvió a verificar los espejos, dictándole una vez más la discordancia que había en el entorno, le estaban siguiendo, pero no sabía quién, en el siguiente giro lo averiguaría, otro de sus objetivos era no preocupar a quien llevaba de copiloto, no necesitaba más estrés. Prosiguió a sus palabras.

       —No, no había escuchado de ellos —contestó escuetamente, sintiendo el interés que tenía la ajena por la asistencia a tal acto. Se le hizo tierno, volvía a ver esa ilusión a flor de piel—. Seguro que podrá ir antes, señorita —agregó con ligereza, siendo partícipe de tal emoción.
       Por su cabeza cruzó un recuerdo cual saeta brillante en medio de la noche, uno que casi le arranca de tajo una sonrisa, en su lugar, una pequeña mueca casi imperceptible se dibujó entre sus labios, una que cambió parte de sus facciones a unas más simpáticas. Dicha imagen mental fue seducida por el propio comportamiento de la más pequeña. Olvidó por un momento lo que le afligía como peligro inminente, sin despegar la vista el parabrisas.

       —Mi primera cita fue en un bar en donde tocan jazz en vivo. En ese entonces, quien sería mi acompañante, estaba tan emocionada como usted —inició con algo de nostalgia, como si las palabras salieran con cierto brillo entre ellas, como si les puliera ante un rosado recuerdo.
       —Fue en New York. B. B. King se llama el lugar, justo a un lado del Time Square. Recuerdo que escuchamos a la trompeta a Jimmy Gillespie. Ella quedó maravillada y yo, quien no era muy dado al género, quedé impresionado —concluyó recuperando la misma ilusión que le había causado ternura. Su voz había salido alivianada, suavizada. Había tenido tiempo en el que no había rememorado tales tiempos. Sus irises se abrillantaron por un instante, acompañando su fresca expresión neutra.

       El peligro se volvió palpable, transformándose en un vehículo de oscuras coloraciones, tanto en carrocería como en el tinte de las ventanillas. Se había detenido en otro de tantos semáforos, quedando justamente la patrulla delante del sospechoso vehículo, quien en varias oportunidades había actuado de manera sospechosa y más cuando el híbrido tendió la trampa con maestría: Había dado dos vueltas bastante discretas a dos manzanas en plena ciudad, obligándole a seguirle de cerca, actuando de manera irregular en su manejo como no tomando los carriles adecuados para tomar los cruces para hacer de esos mismos menos predecibles. El vehículo en cuestión era de cuatro puertas, de un estilo aerodinámico usual en deportivos, a pesar de esas características, el modelo era normal en las calles de New London. Golpeó tres veces el volante con su dedo índice, perteneciente a su diestra, intentando decidir lo que debía hacer. ¿Venía a por Ahreán?, ¿por qué se tomaban tantas molestias?, estaban esperando que el inspector tomara alguna calle de un solo sentido para generar un bloqueo, estaba casi seguro de ello. Otra vez, necesitaría de la ayuda contraria para aliviar su paranoia. Antes de hablar bajó el volumen al mínimo, despareciendo el goce de la relajadora tonada.

       —Señorita, atenta, necesito que me ayude en algo —fue el abreboca de la cooperación, siendo sincero, recuperando la sólida franqueza que le caracterizó en el primer momento que compartieron miradas—. En la guantera hay una libreta y un bolígrafo. Sáquela y anotará lo que le dictaré —imperante, no dejaba espacio a preguntas ni mucho menos a insubordinación.

       La columna de vehículos avanzó un poco a través de la vía principal en medio de la ciudad, en donde existía una clase de embotellamiento por el clímax que alcanzaba el trágico en la hora del mediodía, por un momento agradeció el tiempo, pues el cambio de semáforo no dio tiempo a salir de la avenida. Bajó un panel que se ubicaba justo encima del volante, pegado al techo de la cabina. Al ser desplegado se visualizó una pequeña pantalla que enfocaba la vista desde el trasero del auto, el producto de una cámara sutilmente puesta en la zona de la maletera. Se visualizaba perfectamente la matrícula del perseguidor, posiblemente se trataba de una robada o no registrada, pero debía tener el mayor número de pruebas posibles para poderle identificar en una posterior investigación.

       —FY85 espacio H5—dictó con precisión, cada letra y número parecía salir de su garganta con la transparente importancia y la gravedad del asunto—. También desconectará el artefacto. A mi señal —sentenció, tomando todos los posibles cabos sueltos.

       Seguir a un tigre era un peligro, y más uno como Alexander, tan pulido en el arte del contraespionaje y seguimiento. Nadie lograría atraparle con estratagemas criminales. Eso de “sabérselas todas” estaba fundamentado, o al menos en su trabajo así era. Lo importante era estar actuar como si aún seguían siendo presa fácil, el tigre dentro de sí se empezaba a volver ansioso, a rasguñar los barrotes de su cárcel humana: Quería acabar con ellos, era una necesidad sanguinaria justificada bajo el velo policial. Desistió a la idea, no con ella abordo. El golpeteo constante desapareció tan pronto la idea se solidificó en su cabeza, dejando que las palmas de sus manos resbalaran por el volante, reafirmándose en él, dejando que apareciese esa afilada mirada azuleada digna de un depredador. Notificar por radio era un hecho inseguro, podrían interceder las comunicaciones. Ahora mismo sólo confiaba —y eso por ser la persona más cercana físicamente— en la joven. El semáforo denotó verde y la patrulla inició su movimiento con naturalidad, siguiendo el acople en la marea de tráfico.

       —Desconecta el emisor —sentenció como la pizca que le hacía falta al plan. Anulando cualquier vestigio de fácil rastreo.

       Cruzaría hacia la derecha, tomando una curva con gran abertura, casi tanto que un poco más y provocaría un choque con vehículos del carril contrario. El perseguidor, al no poder optar por una curva similar en abertura, tuvo que adelantársele a la patrulla del inspector. Aprovechó esos metros de distancia entre los vehículos para frenar repentinamente, provocando que los neumáticos dejaran una corta marca en el pavimento, rechinante, la inercia los impulsó bruscamente hacia adelante; giró con presteza el volante, retrocedió y tomó el carril contrario al otrora ocupado. El movimiento consumió el tiempo disponible entre luces, para cuando el perseguidor se dio cuenta de su error, la patrulla se combinó con la otra marea de vehículos que venían en dirección contraria.


       La corriente les llevaría al otro extremo de la avenida, tomando la primera salida de la misma a las calles de un solo sentido, inocuas ahora sin tener a los perseguidores pisando sus talones. El inspector guardó silencio en todo el trayecto, debatiéndose el qué hacer y qué no, discernir una buena estrategia para combatir un problema en el que la persecución podía ser sólo la punta del iceberg. Calculó el tiempo de reacción que tuvieron los presuntos criminales con respecto a su capacidad de rastreo, utilizando eso a favor ahora que se apartaban de la calle y tomaban uno de los pocos puestos libres de parking. Se trataba de una hilera de carros frente establecimientos de comida.

       —Me llevaré el dispositivo —indicó con seriedad, extendiendo su mano abierta hacia ella. Su cuerpo se giró hasta encararle. En él no había más que la necesidad de traer a la luz lo que pasaba, intentó escarbar con su vista los irises ajenos—. No puedo contestarle todas sus preguntas, pero encontraré respuestas, señorita —esclareció como parte de su propia duda a los acontecimientos. Había comprensión en su pronunciación.

       Tan pronto tuviera el sofisticado emisor PEM en su poder, lo guardaría en uno de los bolsillos de internos de su saco. Estaba siendo sincero, y si eso no era suficiente para la confianza de la fémina, nada lo sería. Echó un vistazo rápido por los espejos, luego por el parabrisas y por último por las ventanillas. Tenían poco tiempo antes que cayeran en la misma situación. Debían salir de allí, no obstante, tuvo la necesidad de más disposición ajena, la suficiente para evitar una tormenta que ni siquiera él y su preparación, mucho más allá de la policial, pudiera evitar. La garganta le pesaba, al igual que la proposición a punto de ser soltada.

       —Necesito dos cosas de usted, Ahreán, urgentes y de vital importancia —la primera vez que le llamaba por su nombre, eso le agregaba un mayor acercamiento y, de igual forma, un mayor compromiso.

       —Necesito que me dé todos los detalles sobre la entrega del cargamento que hará su empresa con el cuerpo policial: Hora, lugar..., si puede, hasta el más mínimo detalle es de importancia —dejó escapar su primera petición, a pesar que no estaba seguro del todo en la fiabilidad mental de la fémina, no tenía más opción.
       —También requiero extrema discreción sobre esto. No confíe ni en mis compañeros, ¿entendido? —inquirió con severidad, como parte vital de la misión que ahora libraban ambos.

       Cometía el mismo error de incluirla, pero tenía en mente dejarla al margen luego de que proporcionase la información y eso fue lo que su silencio dictó cuando su posicionamiento retornó listo para emprender hacia el punto de meta, en donde se separarían.


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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Ahreán Riessfeld el Dom Sep 17, 2017 6:08 pm

Siempre había sido capaz de encargarse de cuanto le pedían. Sabía manejar casi cualquier situación, conducirla hasta donde le interesaba, engatusar con su manera de ser y lograr el éxito. Tenía sus fallos como todo el mundo, pero nada que fuese lo suficientemente importante como para preocuparse en demasía. Era perfecta. Todos sus finales eran felices. Su vida era un cuento de hadas sin desenlaces sorpresas. Con él, sin embargo, cada paso que daba no terminaba de concretarle victoria alguna. Era incierto. No entendía cómo de un momento a otro podía pasar de ser agradable, a aborrecible. No terminaba de agarrarle el gusto a su compañía. Parecía que existiese siempre una necesidad de su parte de arruinar los momentos, de volverse roca, de dejar de ser un ser vivo, si es que lo era, y de respirar dióxido de carbono en lugar de oxígeno. Todo iba bien. La melodía había sido un respiro para tanta tormenta. La conversación se hacía más personal. La venta ya estaba hecha. El inspector hasta había comenzado a sonreír y ¡sorpresa, sorpresa! a ser dulce. Pero él era un bipolar de cabo a rabo. Ora amigable, ora estricto. Ora odioso, ¡ora detestable!

Fue afirmativa al momento de responder, de responderle aunque por gentileza, pues sus palabras se perdieron ante la urgencia del mandamás. Hizo caso a sus instrucciones, de sacar la libreta y el bolígrafo. Comenzaba a ponerse nerviosa, y molesta. ¿Qué acaso la cortesía “por favor” no aparecía en su diccionario? Sus expresiones se mantuvieron tranquilas. Pero se volvió silenciosa. Lo observó con detalle; el qué hacía, la funcionalidad del vehículo, su humor. Se preguntó si su propósito, más allá de todo, era mantenerla a la expectativa. Presintió que habían transcurrido minutos y no segundos cuando por fin habló. No lo entendía del todo. Allí estaba, anotando un código: letras y números desordenados sin ninguna lógica, mientras el inspector mandaba y mandaba. Asumió que se trataba de una placa; lo que no terminaba de aclararle el asunto. Una corazonada o una molestia irracional comenzaban a arroparla. Pellizcó un poco la piel de uno de sus dedos, para ver si así aquello desaparecía. En cambio, iba en aumento. El momento aludía a lo que había sucedido minutos atrás.

Tragó saliva. Alexander conducía con normalidad, apenas y se le veía obstinado. Solo estaba siendo quien era él; un mandón. ¿Por qué tenía entonces que inquietarse? Todo iba sobre ruedas salvo algunas irregularidades. Podía suponer, fácilmente, que se estaba haciendo el misterioso, o que se había acordado de algo y precisaba que lo anotara, por la cortedad de su memoria. Podía olvidar aquel asunto y sacudirse las manos. Su trabajo ya estaba hecho, todo lo demás que sucediera no le correspondía. Los asuntos de él, sus problemas personales no pasaban de ser cuestiones ajenas. Ella era una espectadora. No existía ni tenía por qué existir una cuarta pared en aquel contacto. Eso se dijo cuando desconectó el dispositivo, a la señal de él, y antes de que el conductor comenzara a maniobrar de manera extraña. Sus ojos se abrieron ampliamente. Sentía que el corazón se le volvía a agitar. Hasta ese momento, Alexander había mostrado ser un piloto responsable, que tomaba sus curvas cuando debía de tomarlas, que prevenía a los otros vehículos cuando debía de hacerlo, que conducía bien, que apenas se le sentía, y eso aun a grandes velocidades. Ahora era distinto. No estaban en la autopista. Estaba el detalle de otros carros y de posibles peatones que pudieren cruzársele y generar un accidente. Improvisar era una irresponsabilidad que comprometía hasta al copiloto. Parecía que huían, lo cual era una locura. ¿Estaban tratando de despistar a alguien?

Masajeó un poco su cuello como si con ello drenara su impaciencia. Alexander seguía sin aclarar la situación. No pasó mucho tiempo antes de que decidiera estacionarse al frente de restaurantes, porque, claro, eso lo explicaba todo. Su intención era llevarla a comer. O sea, ¡por favor! Lo miró con incredulidad cuando le pidió el producto. Una de sus cejas se había arqueado por mero reflejo. No aguantó, no podía aguantar no decir cualquier cosa, si bien accedió a entregárselo.

Inspector, ¿qué ocurre? —con cada segundo que pasaba, una parte de ella se volvía menos paciente; al menos en el exterior, porque, internamente, ya era un caldero de agua a punto de ebullición. Esa sensación de molestia, por no prevenir ni controlar lo que estaba sucediendo, era desesperante. Y aumentaba con la negativa de Alexander de responder. Mordió la parte interna de sus labios. No dejó que su ceño se frunciera. A pesar de eso, no logró controlar el que sus pupilas se agitaran al oír su nombre. Él estaba abandonando su papel de cliente; algo ciertamente fuera de la norma. No le incomodaba corresponder con algunas sonrisas o llenar silencios incómodos con anécdotas, socializar luego del trabajo, ser divertida o coqueta. Nada de eso tenía importancia. Esto, en cambio, se le estaba yendo de las manos. ¿En qué estaba involucrado? Es más, ¿en qué estaba buscando involucrarla? ¿Qué se traía entre manos?

¿Dos cosas de mí? —fueron palabras que ni había pensado decir. El filtro entre el pensamiento y el habla se ausentó unos segundos. La cabeza le daba vueltas. Tenía una puntada en su frente. Comenzaba a irritarse y no entendía la razón. Tal vez porque él pedía y no explicaba. Tal vez porque estaba nerviosa por lo que no había ocurrido. Tal vez porque le asustaba todo aquello de lo que no tenía dominio. Tal vez porque detestaba no saber. La mirada punzocortante del rubio solo lograba inquietarla más.

Suspiró. Al igual que él, giraría su cuerpo para verlo de forma más cercana (o intimidante, si esa era su intención). Sus hombros apuntaban hacia los hombros de Alexander; su mirada se enclavaba en la ajena. No dejaría que él mostrara más firmeza de la que ella era capaz. Su disgusto aún no era notable ni en su rostro ni en su habla. Apenas se le apreciaba más seria, pero no por ello menos receptiva—. Inspector Campbell —sí, lo hacía a propósito. Era un irrespeto llamar a un desconocido por su nombre. Dos, tres palabras intercambiadas no los convertían en amigos—, toda la información que me pide yo no la manejo; ni la hora, ni el día. Aunque quisiera, no podría suministrársela. Pero puede preguntarle al superintendente Byrne. Son... especificaciones que acordarían en la reunión de esta mañana —mintió. Su voz no titubeó en ningún momento.

Me preocupa, no obstante. Mi padre hoy cerrará un trato importante con su equipo de trabajo y usted me está pidiendo que no confíe ni en quienes se suponen son nuestros clientes. ¿Qué debería pensar? —sin darse cuenta, y esto porque se sentía arder en su interior, su tono aumentó en cuanto a dureza al hacer esa pregunta. No es que desconfiara de él, apenas y era posible. Estaba casi segura de que era un portador de una estrellita de buena conducta; mas se agitaba tremendamente por su enigmática actitud. Ella no era un aparatico de úsame como te plazca. Era una promotora de ventas. Diferente a él, no se saldría de su papel.

Me gustaría ayudarlo, mas esta no es, definitivamente, la manera de pedirlo. Si hay algo que usted sepa que yo no, que pudiere perjudicar el nombre de la compañía o a la compañía misma, directa o indirectamente, le ruego que no se lo calle —esta vez, si bien severa, no dejó, extrañamente, de parecer amable. Su voz no perdió su suavidad. Pero que no se dejara engañar por ese motivo, podía ser todo lo dulce que quisiera; sin embargo, por dentro -¡uy, por dentro!-, por dentro sentía que estallaba. Si él quería su cooperación, tendría que hablar. Aunque eso no le garantizaba nada de todas formas. Ya ella luego decidiría qué era conveniente y qué no.



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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Alexander C. el Vie Sep 22, 2017 10:11 pm


N
egación. Las puertas se cerraron y propagaron el desagradable estruendo en una habitación totalmente solitaria, oscura. Lo que antes era una confianza cristalizada por las circunstancias, las eventualidades inesperadas, las casualidades, se convertía en un millar de pequeños restos de lo que fue algo delicado e, invalorablemente, arriesgado. Alexander se encontró en el limbo al no encontrarle razones por la cual accedió a por una estrategia de persuasión tan poco sutil, provocado por su errónea percepción de su sentido de pertenencia; pensaba que, apelando a su humanidad, confiase en su juicio y que, luego de lo que se había pasado hace unos pocos minutos, sospechase la peligrosidad del asunto a tratar, el que ameritaba la intervención de su persona para ayudar al oficial sin importar el qué. Más y más equivocaciones, cada una resaltada como ardiente luz tan pronto escuchó decir su rango y apellido, lo estaban bajando de una nube de gran altura sin paracaídas, derrumbando los sesgos formados por una conversación anterior, cegado por las —aparentes— características psicológicas de la femenina. ¿En qué estaba pensando?, ¿sería tan fácil convencer a una persona tan entregada a la empresa?, no, claro que no, y las oportunidades del oficial con respecto a los asuntos internos de quien sería la distribuidora del producto se fueron cerrando, tanto como el endurecimiento de su carácter antes confiado; la barrera laboral se irguió nublando las posibilidades de flanqueo, no obstante, el rubio había ganado más duelos de los que podría recordar, y no solamente de enfrentamientos meramente corporales, sino también orados. Todos tienen un lado sensible, un punto débil, y aunque había procurado no hacer de ella un blanco para un análisis cruel, creyó que ya iba siendo momento de no dejarla en un bonito pedestal como figurilla que logró provocar ternura y empatizar con el mayor, sino como uno de sus tantos objetivos, uno que podía ser utilizado como rehén o moneda de cambio si era necesario. Él lo intentó por las buenas, pero al parecer la vida en esa ciudad, caprichosa con los eventos desafortunados, tenía sed de mayor inhumanidad, siendo tal aspecto el aceptado en el comportamiento habitual del más alto.

       Su plan de acción, sus estrategias, cambiaron la perspectiva que tuvo frente la situación tan rápido como sus palabras acabaron por cerrar las vías más sanas. Ya no le importaba involucrarla hasta el fondo del asunto con tal de salvar a otros miles, era dispensable, una por tantas; muy adentro quería cambiar de opinión, mas la bestia interna le siguió viendo como una carnada para su despiadada cacería. Sus orbes se endurecieron, volviéndose más enigmáticos, concretos, filosos, gélidos, analizando cada estímulo que su femenino cuerpo le pudiese arrojar: Primero, como ventanas del alma, se enfocó en sus grisáceos irises, los cuales dieron una contracción inusual, había observado esos ojos anteriormente y, comparando con sus recuerdos, tal contracción le delató. Bastó para desagradarle, generando cierto escozor en la boca de su estómago, pese al sentimiento que azotaba su cuerpo debido al verse como idiota ante la mentira, no existió atisbo que expresara. Ella era una buena mentirosa, su visión seguía cambiando, y para una peor. Su atención siguió abarcando sus ojos, se lo merecía; no la molestia, el quiebre de la normalidad cortes debido a la rareza de la vorágine en donde se vio envuelta, desde el momento en el cual salieron de las inmediaciones de su empresa. Inquietudes comunes, pensó, sin intención alguna de responder: Lo que ella desease era irrelevante, al menos lo era ahora que no se dignaba a ayudar. Pequeñas arrugas, prácticamente imperceptibles, aparecieron entre sus cejas. La alteración se propagaba con peligrosidad volátil dentro de la cabina; Alexander seguía siendo esa pared inamovible de completo hielo.

       —Comprendo su posición, señorita Riessfeld —liberó como parte de una falsa preocupación, buscando disminuir sus propios errores. Esa fue su respuesta a su pregunta, la cual no correspondía con la misma, sólo mostraba resignación.

       Rasgó irremediablemente el contacto visual, pretendiendo enfatizar que sería uno de los últimos dada sus decisiones. No se trataba de un berrinche de inconformidad, sino de una sentencia a labios cerrados, silenciosa, augurando incidentes pocos gratos, buscando hacerle sentir equivocada, provocando la presión, tanto interna como externa, un silencio realmente incómodo, siendo lienzo para la única voz, la femenina. Sí, la curiosidad era una de sus herramientas, además del sentimiento de culpabilidad e impotencia; seguía moviendo los hilos. Se enderezó en su asiento, dejando reposar su izquierda sobre el volante, al igual que su visión en el parabrisas, ideando alguna forma de lanzar su red sin fracasar enormemente. Consecuentemente a la puesta de sus condiciones, al inspector le pareció gracioso que quisiera poner las reglas del juego, subestimándola, el rabillo de su ojo fue el origen de su silenciosa observación. Pensó extintas las personas con legalidades tan rígidas.
       Sin previo aviso, invadió su espacio personal, inclinándose parcialmente hacia ella por un ínfimo instante antes de desviarse a la guantera. Abrió, sacando el bolígrafo que antes había sido utilizado; cerró y regresó a su puesto. Seguidamente, del interior de su saco sacó una pequeña billetera de color negro con un recubierto de cuero, la cual desplegó y sacó una pequeña tarjeta rectangular de presentación. Una vez fuera, dio vuelta a la misma, aprovechando la cara blanca de la misma para escribir. Se apoyó en el volante al momento de escribir, con una escueta caligrafía rápida, un número de celular. Devolvió el lapicero a su lugar mientras extendía tal tarjeta hacia la fémina, volviendo a compartir una breve observación.

       —Si observa un comportamiento irregular, llámeme —inició, abandonando su posición imperante, acoplándose a una necesidad protectora, quizás real, quizás no.
       —Si está en problemas, llámeme —enfatizó, repitiendo adrede tal palabra, un pequeño juego psicológico; mantenía severidad, exigiendo atención, su total atención, siendo sus irises una trampa para los oscuros cenicientos.

       —Si desea saber qué está pasando, mande un mensaje únicamente con la fecha y hora. No olvide llevar la información e ir en soledad —le atención como tentadora propuesta, sin embargo, la nula cantidad de detalles y especificidad era también adrede.

       La tarjeta tendida estaba comprendida por dos caras, una blanca y otra de presentación; la presentación era la de un bar de fondo rojizo, en donde estaba escrito el nombre del mismo: Bar Princess Louis; un par de figuras alusivas a licores y un saxofón. La dirección y número de contactos para una reservación también estaban. No se trataba de algo excéntrico, ni de alta clase; se detallaba como un sitio tranquilo y no muy popular ubicado en las periferias urbanas, lo suficientemente alejado de la ciudad para evitar demasiadas miradas curiosas. Tomada la tarjeta, desviada su atención, dispuesto a dejar ese lugar. El quiebre total de la quietud fue el apagado de la radio, que, a pesar de estar a un volumen mínimo, había estado presente en todo momento; ahora quedaba únicamente el ruido del vehículo preparándose para salir. Su temperamento volvía a tomar los mismos caudales que en el inicio del día, incluso peor, no tanto para él pues se desligaba de molestias triviales, empero, estaba casi seguro de la incomodidad ajena: Si sudaba, lo olería, si seguía pinchándose la piel de su dedo también lo sabría. Estar presente en los pequeños detalles siempre representaba una ventaja de reconocimiento, sin respetar un inexistente espacio privado.

       —No espere solucionar con burocracia lo que sucede en esta ciudad, señorita Riessfeld —comentó con dura sinceridad, una advertencia bien sonada y más en aquellos que conocían la metrópolis.

       Fue lo último que dijo antes de ponerse en rumbo al destino y final de esa unión laboral, reduciéndose a un simple manejar protocolar y a un silencio impuesto por el mayor que inundó la cabina sin tregua alguna. Las cartas estaban echadas, ni ella ni él podían hacer mucho más que reflexionar sobre lo ocurrido.


       El gran edificio de multitud de ventanales pronto se reflejó en los opacos vidrios de la patrulla del inspector; entraba en el aparcamiento delantero pues ambos, tanto el inspector como el jefe superintendente, saldrían de inmediato. Fue de necesidad jalar tenuemente su manga derecha para visualizar su elegante reloj de aguja, evidenciándose el tiempo requerido para realizar la prueba, considerablemente más que el utilizado bajo prácticas controladas. Sin embargo, una práctica controlada no fuera relevado tantos puntos de interés; para Alexander, un trabajador empedernido, había sido de provecho, tanto que tenía otros nuevos cabos que atar, sin o con la ayuda de la señorita presente a su lado. Era de importancia tener registros sobre lo que había pasado, sobre la creación del pulso y de quienes estaban detrás de él, todo como parte de su recopilación de información para la CIA a la vez que intentaría solucionar el problema de raíz. Ser agente doble era un problema, un dolor de cabeza, para su fortuna, había aprendido a lidiar con ello e inclusive, había optado esa vida como algo común y fundamental, sin ella perdería razón de existir.
       Giraron, entraron a la zona de parking, él decidió estacionarse lo más cerca de la entrada y, posteriormente, se apagó el vehículo. Los movimientos del masculino carecían de expresión, eran mecanizados, reproduciendo una grabación, ignorando lo que había sucedido entre ambos, esa grieta en el muro de la profesionalidad, esa conversación no había sucedido, sólo quedaba una proposición, un número telefónico y la tarjeta de presentación de un bar. Tan pronto el motor dejó de funcionar, las llaves fueron sacadas y guardada en su saco, seguidamente, salió del vehículo, provocando que los seguros de las puertas fueran levantados al unísono. Arregló un poco su saco, abotonando los anteriormente sacados del impecable orden de su uniforme, luego salió de la cabina, rodeó la parte delantera y procedió a abrir la puerta de su acompañante; si cruzaban miradas, ella no encontraría nada más que los mismos enigmáticos cerúleos del principio: severos e inamoviblemente fríos. A sus espaldas, una vez se dirigieran a la entrada, se pasaría seguro como parte de un sistema automatizado basado en la proximidad del control. De igual forma, sin apartar esa caballerosidad silente, abrió la puerta cristalizada, desembocando en la recepción. Una vez pasó ella, pasó él, siendo recibidos por las atenciones de quienes esperaban en dicha sala: Los ejecutivos de la empresa y el jefe superintendente; cuyo último expresó una curiosa distorsión de sus facciones: sorpresa, intriga, frustración. Alexander percibió su actitud, empero, era lo suficientemente poco evidente como para ser observado con dificultad por sus percepción animal. Su alerta volvió a encenderse, siendo dejada en segundo plano.

       —¿Cómo la seda? —preguntó el superior, rompiendo su papel de espectador, ignorando la gota de sudor que cruzaba su cuello.

       —Sin novedades —exteriorizó dado el silencio interrogativo que se tejió ante ellos. Se posicionó a un lado de su superior, compartiendo miradas con el otro antes de recibir un par de palmadas sobre su hombro.

       —Es un paso más allá que estará el cuerpo policial frente a la delincuencia de esta ciudad —comentó Barnett con su característico tono de voz; alegre y excéntrico, dibujando otra de sus brillantes sonrisas.

       Ambos policías frente a los empresarios; aunque Barnett estuviera tan cómodo haciendo ese tipo de negocios, su subordinado no estaba tan convencido de la máscara que había entre todos ellos, era como si ensayaran una obra de teatro. El rubio desvió su observación a los grisáceos femeninos, infundiéndole cuanta desconfianza ante la situación pudieran enmarcarse en sus gélidos. Estaban en medio de algo que ni siquiera ellos tenían conocimiento, y el inspector se veía en la necesidad de bajar con seguridad a Ahreán de esa nube de maravillas y perfección. Si no era él quien lo hacía, sucesos menos agradables lo harían.


Alexander C.
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Re: Una compañía decente || Priv. Alexander C.

Mensaje por Ahreán Riessfeld el Sáb Oct 07, 2017 11:47 pm

Sus manos se cerraron casi enseguida, ambas, como candados. Las uñas se le clavaban todas en la piel. Esperó. Y esperaría lo que hiciese falta o lo que fuese necesario. Esperó en silencio lo que no terminaría de llegar. Pero tenía que hacerlo, pues era mentira. Pronto iba a ceder. Él era un mentiroso, él mentía. Él la engañaba como ella habría hecho con él segundos atrás. Seguramente para molestarla o para hacerse todo lo interesante que no era. Pero, más allá de sus motivaciones personales, él mentía y ella sabía que lo hacía por la simple razón de que era una falacia que ignoraría sus demandas. Hablaría en algún momento, esperaba que cercano, y sería completamente claro. Eso iba a hacer. Era una ilusión pensar que dejaría su pregunta en el aire. Una aberración. Una tontería. Estaba segura de que iba a acceder a responderle como era debido, más que por tal o cual razón, porque a los Riessfeld se les complace. No de gratis era el estatus de su familia.

El aire en sus pulmones no tenía ni tiempo de ser procesado. Se hacía caliente, como si se tratase de vapor, y se volvía lo rápido de un vendaval. Cuando Alexander giró su cuerpo, algo dentro de ella se pareció quebrar. Por unos pocos segundos, sus labios trémulos describieron el preámbulo de la erupción. Sus pupilas lo buscaron como canicas perdidas. Era mentira, ¡era mentira!, repetía constantemente en su cabeza. De ser de las que patalean, ya desde hace rato habría golpeado cual juez con su mazo alguna superficie de resonancia tajante.

Si eso fuese cierto, se colocaría en mis zapatos y me respondería. Pero es lo que menos hace —soltó como un lamento apenas perceptible. Jamás, nunca nadie se había acercado tanto a los límites de su paciencia. Y él, en menos de medio día, lo lograba, tan fácil como al fuego encenderse en combustible, o tan sencillo como al sol calentar. Poco: delicado espacio entre los dientes de un peine; eso era lo que le quedaba de racionalidad antes de que la cólera la llevara a perderse en sus instintos básicos de elemental de fuego. ¿Qué cuál o qué era? La originaria función del volcán. ¿Qué acaso no entendía que, advirtiéndola del peligro, podría alertar y prevenir? ¡Era un egoísta, un ególatra! ¡Un… un…! ¡La palabra con i, vestido de traje! No la quería ayudar. Eso era todo. Se creía el Llanero Solitario del nuevo siglo, con complejo de Holmes y actitud de esfinge. Con esas características pretendía ser el héroe que nadie necesita y que nadie está pidiendo, todo eso, ella pensaba, por actuar solo y llevarse el crédito. Y mientras tanto, la compañía de su padre, en riesgo permanente.

Separó sus labios para decir algo. No podía seguir tolerando aquella situación de completa incertidumbre. Sin embargo, antes que el propio aliento rozase el paladar, la intempestiva cercanía del rubio le cortó la respiración. Sus pupilas se volvieron glóbulos flotantes sobre su piel pálida de inmediato. Extrañamente, a la par, los latidos de su corazón decrecieron en velocidad. Era como si, solo por estar él cerca, ella se hubiese convertido en el primer eslabón de la cadena alimentaria. Sensación incómoda que la hacía piedra en cuanto a movilidad. Sí, como si medusa hubiese sido la causante de tan horroroso estado. Pronto los humos, el calor de su cuerpo, se hicieron menos intensos.

Él se separó, ella regresó a la normalidad; casi. Se sintió el objetivo de una broma pesada—. ¿A qué está jugando? —repuso al tomar la tarjeta. De nuevo, él decidiría el ritmo de la conversación.

Lo observó y escuchó, atenta. Seguía inyectando más angustia en sus venas, sin moderación, sin condescendencia alguna, sin apenas una pista o dimensión del problema. Por fin, lo que le interesaba, llegó a sus oídos, aunque de forma diferente. Tendría que reunirse con él para obtener la información. Entornó su mirada con incredulidad. Titubeó para verlo, pues su atención valsaba hacia la tarjeta, con la necesidad de ojearla a detalle. Tenía su número, tenía el lugar; pero faltaba lo más importante, la voluntad de ella. Apretó sus dientes. ¿Por qué lo que le sonaba a trampa no lo podía asumir como tal? Alexander le seguía pareciendo un estirado, pese a lo que sucedía. No lo veía apartándose de las leyes morales ni judiciales. Dudaba que fuera a atentar contra la integridad de la empresa, o contra algún ciudadano inocente como lo eran tanto su familia como ella. Sin embargo, la otra cara de la moneda es que su propuesta excluía al propio Neel. ¿No era acaso sospechoso? Sin darse cuenta, había sido encaminada, directamente, hacia una encrucijada. No lograba pensar. Tomó aire y lo dejó fluir dentro de su cuerpo. Regresaba el dolor de cabeza de hace varios minutos, producido por el estrés de ya ella no sabía. Imposible imaginar que su mente ahora fuese una hoja en blanco sin tachaduras ni símbolos, más que el del signo de interrogación. Lo escuchó hablar; lo detestó, lo detestó muchísimo más que antes.

No sé de qué me habla, inspector —sentenció ante sus palabras finales. Al final, una sonrisa contradictoria formó ruta en su rostro.

Lo que quedaba de recorrido hasta la compañía fue lo que, ante el cruce de palabras anterior, que no lo fue, sino de pensamientos, se podía esperar: reflejo y sombra de incomodidad. No obstante, si él podía mantenerse impávido, con expresiones neutrales y un corazón de piedra, ella también. Claro que en menor medida. Ella, que sí se sentía incómoda y buscaba disimularlo, tenía que recurrir a técnicas instintivas para liberar el estrés: tocar su cabello, apretar sus manos, pellizcar a veces su piel. Bien que no fue aquello recurrente, sino puntual. En su mayoría, se mantuvo serena, con su vista al frente mientras una mirada perdida; con la concentración en la nada, en tanto que se sentía ansiosa. Quería llegar cuanto antes. No lograría soportar ni un segundo más al lado de un hombre que no era capaz de comprender su posición. Alguien más inteligente habría buscado hacerse de su amistad, dado su nivel social, habría contribuido con sus exigencias, que lo eran, sí. Pero él era el paradigma de la tozudez. Y vaya que hasta el título le quedaba pequeño para tan sorprendente capacidad de importunarla. Ahora la abatía el desconocimiento y la indecisión. No sabía qué debía hacer, cómo proceder, qué decisión tomar. Lo que era peor es que no podía, aunque lo había pensado, comentárselo a su padre. Él sabría qué hacer. Sin embargo, no le era conveniente porque no estaba segura de lo que sucedía. ¿Qué le iba a decir en todo caso?, ¿que le habían pedido especificaciones de entrega y distribución?, ¿que se había negado a entregar una información que quizá debía de haber dado, pues Alexander también era ‘cliente’? Claro, no le había gustado el comportamiento del inspector, mas no porque le generara desconfianza, sino por otra cuestión, aún incognoscible del todo para ella. Capricho, posiblemente. No, no podía llegarle al afamado empresario Neel Riessfeld con un razonamiento tan irracional. En eso no se había basado su educación. ¿Y si se trataba de una jugarreta además, pese a que era poco probable, de aquel? ¡Se moriría si preocupaba en vano a su padre! Ahora que, si no lo advertía, sería también cómplice de lo que sucediera.

No pasó mucho tiempo antes de que pisara nuevamente el recinto de su zona de confort. En la recepción, un número de rostros, incluso desconocidos, la saludaron a la lejanía con una sonrisa. Hubo quienes levantaron su brazo, más efusivos; otros quienes detuvieron su andar y esperaron a que les diera la espalda, para continuar con su camino. De esa forma se sentía el reconocimiento, y ella lo disfrutaba. Extrañamente, en esta oportunidad, sintió escudriñadas sus expresiones faciales. Pronto la recibió su padre mientras el inspector se encontraba con el superintendente. Intercambiaron palabras, unas pocas sobre los resultados. Cada cual sonreía. Ella no sabía por qué; él, porque estaba orgulloso. El adulto lució más encantador ante las respuestas de su hija. Luego, cual si hubiesen ignorado la presencia del resto, lo que incluía a Barnett y sus obsequiosos comentarios, Ahreán se topó con la mirada de Alexander. Neel les extendió la mano a los caballeros, le siguió el abogado, seguida la doctora. Después volvieron su atención hacia Barnett. Entretanto las despedidas, ella profundizó aquel contacto visual. Era una burla que tuviese que someterse a las preocupaciones que ahora la envolvían, un mal innecesario que tenía un único culpable, él. Exhaló con suavidad mientras sus tacones resonaban sobre el piso. La risa de Bássil se escuchó apenas, el reflejo de la luz sobre los lentes de Kozlov apenas la cegaron, la mirada de ciclón calmo de su padre siquiera se hizo notar. Mientras ellos compartían unas palabras que bien podían ser de agradecimiento, o de despedida, o de lo que fuera, Ahreán extendió su brazo hacia el inspector. Aquella conversación, de ellos dos, que bien solo se convertiría en un intercambio unidireccional, ni a las cámaras de seguridad pareció interesarle. Sonrió como solía hacerlo, como si nada pasara al tiempo que dejaba sobre su mano la tarjeta de antes.

Con todo respeto —inhaló un segundo más del que habituaba—, anhelo que jamás tengamos que encontrarnos.

Sucesivo, su mano buscó la del superintendente mientras Kozlov reflejaba en sus lentes la sonrisa torcida de Bássil, que sonaba ahora con más fuerza. Debía desprenderse, necesitaba desligarse por completo. Lo tendría que superar. Quizá lo que ahora debía hacer era desentender de todo cuanto implicara a ese sujeto, de sus problemas ficticios y de su humor misterioso, que hacían de pozo hondo hacia el malestar. Si existía o existiere en un futuro un conflicto, lo solucionaría. Su padre lo haría. Su abuela, también. Pero ella no debía relacionarse, de ninguna forma, con Alexander. ¿Quién era él si no un desconocido? Ni elemental de fuego, ni familia, que eso se notaba a leguas por su temperamento de nevada. En él, no se podía confiar. Eso lo había aprendido bien cuando niña, con respecto a los ajenos a su raza. No se diría más acerca del tema, si bien existía un pero. Aunque a esa línea buscaría apegarse, aferrarse con uñas y dientes, en la realidad, en su mente y en el inconsciente, dos números y una dirección se hicieron más memoria que olvido.



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