Feel Your Instinct [Priv. Alexander C.]

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Feel Your Instinct [Priv. Alexander C.]

Mensaje por Nebiri el Lun Ago 28, 2017 3:30 pm



ALREDEDOR DE LAS 6PM
BOSQUE
CON: ALEXANDER C.
YOU SMELL IT, RIGHT, TIGER?
Nada mejor que una pequeña ronda de patrulla en lo que consideraba su propio territorio. Había instintos que el tigre no podía contener y una de las actividades que simplemente no iba a quitarse de encima era el cuidar su zona. Alejar cazadores, ver que gente indeseada no estuviera cerca o alguien espiando. Con todos los problemas que su esposa y él tenían encima, lo último que necesitaban era que sus enemigos les vigilaran. Además su esposa estaba tomando una siesta y podría recoger hongos y bayas para la alacena de regreso, pensaba hacerle algún postre y consentirla. Los hongos eran para la cena.

Aun había luz de sol, pero en lo profundo del bosque las sombras de los altos árboles eran las que mandaban. La maleza, plantas por doquier, los sonidos propios del bosque se adueñaba de todo. El birmano nunca había medido "su territorio", básicamente cuidaba lo que era el territorio del antiguo dueño, el mismo que le heredó la cara del árbol y el deber de guardabosques. Cada tanto solía andar más allá de sus territorios a conocer a sus vecinos, nunca estaba de más y ya siendo más maduro y con el deber de cuidarse para cuidar a su esposa, sus amigos y futuros hijos, al menos no buscaba pelea como antes...

No hasta que sintió un aroma que hizo que sus orejas y su cola salieran en automático... Eres aroma... Ese roma era imposible confundirlo, era el aroma de un tigre macho. Gruñó un poco por mero instinto y siguió el rastro de aquel aroma. Estaba fresco, no era un aroma como el que sintió cuando conoció a ese mocoso de Yura, después de todo el chico era mestizo con demonio y su aroma no era del todo animal, pero éste otro aroma sí era el de otro tigre macho adulto. Gruñó un poco. Desde que tenía memoria, otros tigres machos nunca eran bienvenidos en los territorios ya establecidos. Nebiri tendía a marcar su zona como era debido, así que se transformó en tigre e hizo lo propio en varios árboles.

De donde él venía, su madre solía correr a los otros machos de su territorio, los alejaba con garras y colmillos y esos pobres diablos terminaban yéndose con la cola entre las patas. Él mismo fue un joven macho corrido de otros territorios hasta que tuvo suficiente fuerza para hacer de su propia zona y permitir que dos hembras compartieran territorio con él. Por mucho tiempo lucho para correr a otros tigres de espacio, los tigres eran territoriales, mucho. Y teniendo él una esposa encinta y mucho qué proteger, siguió ese rastro sin pensarlo siquiera. Seguramente el tipo solo estaba de paso o algo así, pero había cosas que el felino no podía evitar cuando se trataba de instintos.

Sus ligeros pasos lo llevaron hasta un claro donde el aroma parecía haberse esfumado. Bufó de manera ruidosa y comenzó a lanzar rugidos en bajo tono mientras seguía olfateando, buscando a aquel que parecía haberse esfumado de la nada. Gruñó, a momentos miraba a varios lados tratando de retomar la esencia, se enojaba a cada instante y por un momento pensó en volver por donde había venido, pero no... Algo andaba por ahí, sus sentidos animales se lo decían. Para anunciarse ante el visitante, si es que estaba cerca, soltó un poderoso rugido que espantó aves y animales alrededor.




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Re: Feel Your Instinct [Priv. Alexander C.]

Mensaje por Alexander C. el Jue Ago 31, 2017 10:33 am


I
ncomparable sensación de libertad, un profundo respiro dentro de su, tan ajetreada, vida, llena de tantos desastres que su único escape es la vida animal, salvaje, libre. El verdor perteneciente al conjunto natural de árboles, arbustos y demás vida vegetal, aún se mantenía vivo, especialmente las altas copas de los árboles salían más agraciadas con los que prometían ser los últimos rayos del sol; estos tintaban el cielo con una característica paleta de colores, viéndose degradados desde el Este con colores más rojizos —debido al más largo recorrido de los cálidos rayos— hasta el Oeste, en donde ahora se ubicaba, siendo el brillante albor despidiéndose de la Tierra, ya moribundos. El viento apenas se sentía, sereno que ni siquiera realizaba la melodía que tocan las hojas al ser acariciadas por éste, afortunadamente, el ambiente se volvía más templado, tendiendo a ser armoniosamente frío, siendo el hecho por el cual se sentía complacido de compartir el enlace salvaje con la Madre Naturaleza. Ya no le importaba si oscurecía y él aún se mantenía en el bosque, su mentalidad había abandonado toda preocupación tan pronto sus partes animales salieron a la luz, con cada prenda que arrebataba de su cuerpo abandonaba las partes más vergonzosas y problemáticas de su humanidad. Alexander se volvía otro ser, uno mejor, potencialmente contraste con el hombre que sirve como jaula para la pasional bestia rayada.

       No había armas, ni radios policiales, ni criminales, ni investigaciones. Nada, eso no lo necesitaba. La bestia blanca atigrada no necesitaba nada de eso para lo que estaba a punto de hacer; y eso no era nada más y nada menos que lanzarse a lo incierto, en el interior del vasto bosque, tan verdoso como vivo, quien le recibía con los brazos abiertos como perfecto anfitrión. Corrió y corrió hasta que perdió de vista la cabaña que utilizaba como refugio, abrazando la soledad, retornando las vivencias que tuvo antes: cuando conoció al pequeño tigre y la tormenta azotó el bosque, era como si las vidas se separaran, con ella, las vivencias y los deseos de retomar los recuerdos. Juntos, pero a la vez, separado, debía acostumbrarse a ello. Tan frenético fue su correr que no se dio cuenta de a dónde había parado, deteniéndose; de ninguna manera se perdería, seguiría su propio rastro: y eso hizo, sin embargo, cuando dejó a su olfato resbalar por la zona notó un particular olor: se trataba de otro tigre, uno más puro que el obtenido por el crío, la esencia era fuerte. Instintivamente buscó hacer contacto visual con el rastro, buscando al tigre en cuestión, en completo silencio. Para su sorpresa, su búsqueda sólo arrojó no un rastro, sino una delimitación, siendo significado de una sola cosa: Estaba en territorio de otro tigre. Por una parte se sintió familiarizado con él, sin ni siquiera conocerlo, pero como estaba acostumbrado su psique humano, siempre pensaba en las situaciones peores. Internamente algo le gritó ¡Corre! con euforia; y eso hizo, para cuando pensó en correr ya sus patas estaban pisando con fuerza la tierra, agarrando su máxima velocidad hacia las afueras de los límites en donde predominaba el olor desconocido.

       En mitad del camino, mientras su nariz inhalaba y sus fauces exhalaban a un ritmo frenético, siendo sólo un celaje en medio de lo verde, sus patas le impulsaban con una, naturalmente efectiva, coordinación. Cuando un tigre tiene algo en la cabeza, algo que su instinto marca con tanto énfasis, es muy difícil pensar en otra cosa más que eso, y por ello debía pasar a la mentalidad lógica de Alexander, en una constante lucha por retomar el control astuto, algo más que sólo impulsos racionalmente salvajes. Para el hombre dentro de la bestia, si estaba en una situación de huida, sabía que no podría huir para siempre, debía pensar en otro plan de acción. No se trataba de un tigre débil, tenía la potestad de enfrentar a quien se fuera a la ofensiva en su contra, y para agregar, podría examinarle con detenimiento. Hizo recorridos en zigzag hasta llegar al claro, en donde impregnó más de su olor antes de saltar.
       Para cuando el tigre que siguió su rastro apareció, todo apuntaba a una desaparición increíble. Pero nada más alejado de la realidad, simplemente se encontraba escondido en la rama de un árbol, enmascarando su cuerpo con las densas hojas del árbol en cuestión: había pasado de rama en rama, dejando su esencia en una y en otras no tanto, dejando inconsistencias que retrasaran el sentido olfativo de su especie. El siberiano estaba indudablemente tenso, pues, no se trataba de una cría, se trataba de un macho en su plena adultez, y eso ya no eran juegos de niños, un enfrentamiento era lo más probable que se desatara si el otro era presa de los instintos y de los códigos que dictaban la tirana e inclemente Madre Naturaleza.

       El potente rugido fue el detonante de sus acciones, tarde temprano le encontraría y no se quedaría simplemente mirando, era una posición que estaba indispuesto a tomar como la mayoría de las veces. Su instinto marcó otro designo: Hacerse sentir como el otro había hecho. El ruido de las ramas crujir y las hojas chocar entre sí apuntaron a su anterior escondite, bajando a las raíces del árbol y desplazándose sin abandonar la efectiva capa de follaje que cubría su cuerpo de la observación ajena. El cuerpo blanco atigrado se movía con lentitud detrás de los arbustos, creando un efecto tanto llamativo como peligroso, de tanto en tanto se mostraban los gélidos ojos de la bestia filtrándose por los pequeños espacios, sin dejar de moverse. Soltaba gruñidos, varios, cortos pero enfáticos hasta que el exótico ejemplar de un tigre siberiano blanco se dignó a abandonar su cortina de confusión. Y en eso, tan pronto sus rayas café oscuras tocaron luz, dejó que sus colmillos salieran plantando sus cuatro patas con firmeza, rugiendo con el mismo ímpetu utilizado por su igual en especie, levantó su cabeza para darle mayor expresión a su rugido, concluyendo con posar su penetrantes cerúleos en las del adverso.
       Sus patas se volvieron a mover, encaminándose alrededor del otro, seguía notablemente rígido, como si esperase lo peor, manteniendo una distancia prudente que le proporcionase un tiempo de reacción mínimo para cubrirse y contraatacar. Las cartas estaban echadas, sin embargo, esa última decisión quedaba por parte del felino adverso; mientras, el siberiano se detenía a observarle, como si no hubiese visto uno en tanto tiempo, casi hasta se podían ver destellar esos ojos, como si su mente se esforzase en recordar la última imagen similar que captó tiempo atrás. Volvía al pasado, un pasado que yacía enterrado para su humanidad, pero la bestia desconocía ese concepto, pues, era inútil para la sobrevivencia.


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Re: Feel Your Instinct [Priv. Alexander C.]

Mensaje por Nebiri el Vie Sep 01, 2017 1:31 pm



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A cada segundo que no había respuesta, más pesados eran los pasos del fiero tigre de ojos zafiro, bufaba, daba a saber su descontento por no encontrar al intruso. Su instinto estaba a flor de piel y solo tenía en mente sacar al visitante de su territorio. Viejos recuerdos le llenaban la cabeza, su vida antes de ser capturado y llevado a New London pasaba justo frente a sus ojos, cuando era libre, cuando no conocía más maldad que la de soldados del gobierno y cazadores. Actualmente no era libre, pero tenía muchísimas cosas por las cuales pelear y siempre ganar. Tenía a su mujer, a sus hijos, sus amigos... Su familia. Con mucho para proteger, lo último que necesitaba era que otro depredador anduviera por la zona.

Lo último de su sentido más humano le dijo que podría ser solo un visitante, pero tratándose de tigre, nunca estaba seguro de si sería uno como él o un animal de ciudad como ya se había topado a varios. Pocos eran los seres completamente naturales. Había conocido a un lycan hacía unos días que era uno con ese bosque, un tipo con el que se portó mejor y fue más amistoso... Pero había mucha diferencia en ese momento, se trataba de un igual y lo comprobó cuando los sonidos le dijeron que algo lo rodeaba como acechándolo, y finalmente se mostró ante él. Un enorme tigre blanco adulto. Lo sabía, era un tigre de verdad, no un mestizo. Era un jodido tigre adulto y visiblemente más grande y corpulento que él.

Gruñó mostrando los colmillos e imitó el movimiento del contrario, claro que no se iba a dejar acechar. Bien sabía que ese tipo podía tomar forma humana, pero Nebiri no quería hablar, lo quería fuera. Podía ser físicamente más grande, esa penetrante mirada del tigre blanco era como hielo. Había oído de tigres blancos, vio a varios de lejos pero eran tigres de ciudad, tipos o chicas con buena ropa, perfumados y que gustaban del pecado que ofrecía New London. ¿Sería ese sujeto uno de ciudad o alguien de bosque? Su aroma le era nuevo en cierta forma, no lo reconocía ni por asomo. Mostrando claramente ese lado salvaje, volvió a rugir y se acercó de dos largas zancadas al contrario para olfatearlo mejor. Sin miedo, con una pose bastante agresiva que daba a saber su malhumor.

El otro tigre era seguro, de eso no había duda, sabía cómo moverse, no se dejaba amedrentar y por actitud ese tipo no tenía nada de debilidad. Aun así, podía notar cierto comportamiento que no era de un tigre "salvaje". Había movimientos y actitudes como movimiento de cola y orejas, la forma en que el hocico se arrugaba o se mostraban los colmillos para mandar mensajes con sus semejantes. El tigre blanco no mostraba muchos de esos gestos y el birmano solo reaccionó de una manera a eso: enfadándose, como era su "buena" costumbre. Lanzó una mordida al ajeno que no buscó dañar, solo dar a entender que no estaba contento con su presencia. El otro era de reflejos rápidos sin duda, pero el tigre birmano solo lanzó una advertencia. Sin perder demasiado tiempo, volvió a su forma humana, mostrando a un embravecido castaño de ropas rústicas, pieles de tigre encima, orejas y cola animales levantadas, puños apretados y el pecho en alto. Sus colmillos lograban verse entre su gesto de descontento.

¡¿Quién diablos eres y qué quieres aquí, intruso?! —lanzó un rugido más y no se movió de su sitio, no lo perdía de vista y estaba listo para volver a transformarse en animal por si el otro decidía soltarle un zarpazo en su forma animal—. Responde algo o te voy a arrancar la cola —amenazó con un bufido mientras, desde el fondo de su pecho, salía un profundo sonido ronco, un bramido, lo que parecía anticipar un rugido que podía salir de un momento a otro.

Si se hubiera tratado de un lycan, un híbrido de cualquier otra especie, cualquier otra raza incluso, Nebiri sería algo más cauteloso, pero no, era otro tigre, un enorme tigre blanco. Los instintos no le permitían actuar de otra manera que no fuese esa.




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Re: Feel Your Instinct [Priv. Alexander C.]

Mensaje por Alexander C. el Dom Sep 03, 2017 4:24 pm


F
oráneo pisando tierras ajenas, eso sentía y esa sensación era realmente desagradable en el cuerpo de un tigre, en donde las instintivas directrices estaban marcadas con suma violencia, cinceladas a fuego en la primitiva mente que se sobreponía encima de su razonamiento humano una vez esas enigmáticas rayas sobre un lienzo blanco salían ante la naturaleza. Ciertamente, no pertenecía al bosque, a la naturaleza, y menos en territorios de otros grandes depredadores, eso le empezaba a empujar fuera de su lugar, de un lugar que no se había ganado y ni del que estaba seguro si pertenecía o no, dilemas que bombardeaban tan pronto se entretenía, casi agradecía fervientemente la aparición de ese otro tigre, así le ayudaba a asimilarse dentro de ese entorno, de ese ecosistema, aunque representase una amenaza directa en contra de su integridad física y de su posición como cazador natural, debido a que, a estos grandes felinos le es tan importante su orgullo como su propia vida, por eso resultaban ser tan agresivos cuando otros osaban traspasar sus límites. No debía dejar flanco fácil ante el adverso, simplemente no podía o terminaría mal, esos pensamientos oscuros no se apartaban de su mente, obligándolo a concretar esos irises gélidos y penetrantes. No lo permitiré, se decía a sí mismo mientras su mirada destellaba éste mismo pensamiento.
       Su postura, aunque estuviera en movimiento, parecía clavar con mayor firmeza esas patas, acostumbradas por la propia naturaleza a la nieve siberiana, mas ahora sólo aplasta la hierba baja que decora a modo de alfombra el circular claro. No era desafiante, todo lo contrario, se mantenía inamovible como observador, como si intentase ver más allá de los azules adversos, más allá de ese característico patrón de rayas. Su repentino acercamiento hizo que su sangre corriera con mayor temperatura, dejando que de sus fauces saliera aire en forma de un fugaz rugido de advertencia, logrando recibirle con cuanta severidad pudiera imponer su figura. Se quedó inmóvil ante la revista ajena, haciendo que sus colmillos se mostrasen ante el largo rugido a un tono más personal, dejando que una mirada de soslayo escapase de sus ojos, que sus orejas bajaran al complementar su postura amenazante, consecuentemente, temblaban sus mofletes. No le temía, y ni su temperamento le haría ceder.

       A diferencia del siberiano, el adverso parecía ser un genuino tigre salvaje, eran señales que su mente, sin ningún tipo de raciocinio previo, reconocía; y eso infundía mayor peso al momento de identificar al predominante, aunque no se tratara de una manada, se gana el respeto con esa espléndida —en su raza— primera impresión. Algo retumbaba en ese pecho, era el hecho de no aceptar a una autoridad mayor sin ni siquiera conocerle, sí, su orgullo reclamaba un lugar. Le observaba a él y observaba a su padre biológico, él era un tigre ejemplar, tan salvaje como aguerrido, para su raza era un completo ejemplo, para su mente animal significaba un buen padre, pero para su mente humana, resultaba ser sólo un cobarde que no pudo con el peso y las responsabilidades que la sociedad impone y que se deben respetar. No merecía su respeto, ni siquiera de su parte bestia. Tan pronto vio cómo accionaba el ajeno, Alexander retrocedió como prevención, movimiento que ameritó una ulterior respuesta: Un ronquido emanó de su poderosa garganta, tronando su pecho en el trayecto, abriendo sus fauces en una mordida al aire como contesta y, seguidamente, recuperar su segura postura. Eso era un Mucho cuidado, no estoy jugando.

       La transformación le tomó por sorpresa, buscando crear mayor distancia entre ambos mientras le observaba con atención. Fuera de todo pronóstico, no pudiendo imaginar que, sí, realmente ese tigre furiosamente salvaje era un híbrido y a juzgar por su olor, parecía ser pura sangre. Increíble. Su sorpresa nubló cualquiera de sus deseos de pelear territorio, a pesar de ser bárbaro, estaba dotado de una parte humana, y posiblemente, también de un razonamiento no muy alejado de la civilización. Simplemente no podía procesarlo con su mentalidad animal, era como si tuviese que renunciar repentinamente al debate que estaban teniendo hace unos minutos, porque, los hombres no pelean por territorio como animales, ¿no es así?, esperaba no equivocarse. Para su mala fortuna, sí que se equivocaba, y el otro no hacía más que despotricar con palabras lo que antes dejaba claro con sus poses y rugidos.
       Corrió hacia los matorrales, a unos dos metros de distancia de su posición actual —unos tres metros de diferencia con el otro—. Se hundió en el verdor natural, haciendo que su cuerpo desapareciese por la sombra emitida por los demás árboles. Sin embargo, dentro de esas formaciones naturales, se empezaron a escuchar a las hojas moverse mientras se dibujaba una silueta de un formado hombre bajo la manta sombría, una oscurecida espalda. A diferencia del contrario, éste carecía de prendas místicas que se mantuvieran una vez su transformación se diera. Sin embargo, no parecía tener problema en presentarse con la humanidad que tanto causaba estragos en su temple.

       —¡Eh!, cuida tu boca —exclamó con severidad, tajante. Su voz resonó, no como un rugido, sino como el imponente hombre que estaba hecho. Su tono era propio de un militar, grave y sin tapujos—. No hace falta gritar para hacerte respetar; ya no eres un tigre, ya no te muestras como tal —terminó de agregar con autoridad, con voz de razón.

       Se dio la vuelta y se acercó al tronco más cercano sin abandonar la sombra que acariciaba su blanca piel ni los matorrales que le cubrían más debajo de la cintura. La cercanía permitió la reflexión de luz sobre sus claros celestes: endurecidos, vivos, era lo poco que mantenía de su transformación animal en su estado humano, esos ojos que parecían entrar y querer comerte. Intrigantes. La incidencia del sol ante las hojas permitía que algunos rayos tocaran su tez, sus facciones estaban difuminadas debido a la ausencia de luz directa, se le veía como alguien con cierta importancia hacia su identidad, como si impusiese un muro entre dos vidas. No dudó en presentarse —mediatamente— ante el otro porque quizás lo viese como una muestra bélica, y lo menos que quería era eso, pese a su voluntad, no mostró apéndices animales en su transformación humana debido a que no estaba acostumbrado y menos en sitios de alta tensión.
       Se cruzó de brazos, enfocando al ajeno persistentemente, sin inmutarse ante su bravío temperamento, dejó que el silencio se apoderara del sitio antes de resonar su voz, ésta vez, más tranquilo, sin abandonar su dureza visual. Carraspeó, respirando profundamente.

       —No hace falta que me excuse diciendo que sólo soy un explorador. No suelo estar en el bosque —resolvió por explicar escuetamente sus íntegras intenciones con total sinceridad—. Tranquilo, tu territorio no es de mi interés —continuó con desdén, restándole importancia a la situación —al no tratarse de un salvaje como el ajeno— pero no a su persona, aunque se tratara de un híbrido difícil de tratar, casi tanto como su propia persona.

       —Eres... salvaje, ¿de estas tierras? —la curiosidad se sintió entre esas palabras, serenas, livianas. Su entrelazado de brazos se aligeró, indispuesto ante la disputa de territorio y orgullos—, además, ¿de dónde conseguiste esa ropa?, aparece contigo. Ya verás porque no me transformo en medio de la nada frente a un desconocido —deshizo su cruzado de brazos para señalarse a sí mismo, sin vergüenza, pues, en naturaleza era normal, pero si alguien le veía así posiblemente se espantaría.

       Lo menos que quería era una denuncia por exhibicionista y acosador, por ello tenía cierto recelo ante su muestra. La seriedad nunca fue dejada de lado; se mostraba como alguien franco y sin rodeos, como alguien duro de roer, e incluso, más rudo y capaz que su forma de tigre. Era un contraste evidente, algo de lo que se quería deshacer y de lo que el adverso era bastante versado. Era una deshora tener que aprender de nuevo a ser tigre, pero era su situación, mas no la aceptaría con tanta facilidad.  


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Re: Feel Your Instinct [Priv. Alexander C.]

Mensaje por Nebiri el Mar Sep 05, 2017 10:20 pm



CERCA DE LAS 6:30PM
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El otro tigre tomó distancia para esconderse entre los arbustos, Nebiri estaba bastante exaltado aun y seguía mirando al inesperado visitante con los colmillos de fuera y el ceño fruncido, su nariz estaba graciosamente arrugada, clara señal de que su enojo seguía en el mismo ardiente nivel. Sus orejas le decían que algo sucedía dentro de esos arbustos, no perdía nada de vista y no tardó en ver que el intruso se ponía de pie. No llevaba ropa encima, quizá él no tenía prendas que se pudieran transformar con su cuerpo, no muchos híbridos tenían la habilidad de transformar todo lo que llevaban encima. En el caso del birmano, sus prendas de piel de tigre, tela de ramio y cuero podían transformarse con él, pero solo esas.

Las primeras palabras del desconocido lo hicieron enfurecer un poco más.

¡Nací como tigre y moriré como uno! —espetó el tigre con marcado enojo—. ¡Así que no me jodas con eso cuando tú eres uno también! —al tigre le parecía tonto negar su naturaleza. No le apenaba mostrar cola, garras, orejas ni colmillos, era un orgulloso depredador. Por fuera podía actuar civilizado si era necesario, pero nunca había abandonado sus más primarios instintos de cazador. La única costumbre que había tomado y que no le era natural era el ser fiel y dedicado a una sola mujer, a su actual esposa, pero fuera de ello, seguía siendo la misma bestia pendenciera, grosera e iracunda. Una mecha corta que su mujer nunca se ha preocupado por cambiar porque lo amaba así de gruñón—. Aunque tú tomes forma humana también, hueles a tigre, cualquier ser que tenga buen olfato olerá al tigre antes de ver al humano. Aunque tú apestas a ciudad —como muchos otros que ha conocido, olían a esa maldita ciudad.

Verlo desnudo, o al menos la parte que podía ver, que era el torso, no le causó mayor impresión, no sería el primero, muchos en el bosque se olvidaban hasta de la ropa para sentir que al menos no eran abrazados por los "amorosos" brazos de New London aunque fuese una simple ilusión. Todos estaban atrapados ahí, tras gruesos muros, impedidos a salir ya fuera por agua, tierra o cielo gracias a la poderosa magia del rey. Las únicas "salidas" eran en el bosque donde al menos la maldad y sus pecados pasaban más desapercibidos. Estaban dentro de una esfera de nieve como ya su esposa se lo había explicado alguna vez. El bosque daba alivio a los seres más naturales, no lo culpaba por estar ahí.

Escuchó con algo más de calma lo siguiente que dijo. El tipo sonaba con mucha educación y propiedad. No se atrevía a salir de su escondite y no sabía porqué, el tipo se veía fornido, era más alto que el birmano, quizá con piel más de leche, casi apropiada tratándose de un tigre blanco. Fuera de ello, a menos que tuviera una tercer pierna por ahí, no levantaría la ceja siquiera por nada más. El único cuerpo desnudo que le hacía babear era el de su mujer. Tomó asiento sobre un viejo tronco de brazos y piernas cruzadas. Se calmó al saber que no iba por territorio, pero sin duda le faltaba ese rasgo de tigre que despertaba al ver a un igual. Otro felino de ciudad.

Ésta zona —la marcada por su aroma—. Es mi territorio por herencia —era el territorio de su viejo mentor después de todo, el fallecido Kurt—. Yo no soy de ésta asquerosa ciudad, yo vengo de Birmania —y obviamente el birmano, el rubio ante él y cada ser dentro de New London estaba ahí de manera permanente hasta que un milagro sucediera—. Mi ropa es de allá, tela de ramio, piel de tigre de verdad, botas de búfalo. Se cambia la ropa conmigo porque es natural de mi tierra y crecí con ella. Si consigues material de la tierra donde naciste, de sus plantas y de sus animales, la ropa cambiará contigo, pero debes estar unido a ella, si escondes al tigre, éste te deja al descubierto —por eso su ropa cambiaba con él, lo sabía desde siempre—. Y me importa una mierda que estés desnudo, puedes salir si quieres —refunfuñó—. Por aroma eres un tigre, pero no te mueves o actúas como uno en tu forma animal —sonrió con fiereza—. No mueves las orejas o la cola fuera de lo esencial —ahora que estaba más letrado podía expresarse mejor, todo gracias a su esposa—. Cuando aceptes que siempre eres un tigre, hasta la ropa de ciudad que usas podría cambiar contigo.

Ahora recordaba a ese mocoso de Yura, le faltaba instinto, le faltaba sentir a la bestia y dejarse llevar para entender su propio poder. Ese tipo que tenía enfrente era un jodido gato de ciudad, olía a los perfumes, al cigarrillo, al humo de los autos, a cada sitio asqueroso de esa ciudad. New London contaminaba a todos, a algunos más que a otros.

Eres un tigre grande, apuesto a que puedes rugir muy fuerte —se echó a reír de pronto y claro que el muy presumido lanzó un rugido potente aun en su forma humana, podía hacerlo—. Soy Nebiri, ¿cómo te llamas, tigre blanco? —preguntó con un repentino y recuperado buen humor. Tranquilo porque ese tipo no estaba ahí por pelea, pero eso no evitaba que el tigre sintiera aun el instinto a flor de piel. De entre su ropa sacó un paquete envuelto en hojas y de ahí sacó unas tiras de carne seca de jabalí, le ofreció algunas, claro indicando de manera indirecta que saliera de ese escondite—. Ya sé que tienes un pene, tigre blanco, sal, maldición, no hay ningún maldito policía aquí que te arreste por andar desnudo en el bosque. Los animales andan desnudos y nadie los arresta por ello —rió.

Ahora sentía curiosidad por el tipo.




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Re: Feel Your Instinct [Priv. Alexander C.]

Mensaje por Alexander C. el Jue Sep 07, 2017 1:18 pm


R
etratos contrastantes, así se podía caracterizar la aparición, el frente a frente que poseían esos dos masculinos. Por una parte, en donde su humanidad predominaba, estaba Alexander y su intrínseca duda dentro de su parte animal, una confusión que le hacía salir a flor de piel sin ningún control una vez cedía ante tales deseos salvajes. Un hombre que no se identificaba a sí mismo con la bestia que encierra, que deja un muro entre sus dos vidas como si no pudieran jamás juntarse, aunque los deseos del humano influyesen en el tigre y viceversa, sabía que esa unión sería volátil, que no sabría controlarla, y he allí su miedo, uno de los más grandes: perder el control, sólo pensar en las consecuencias le cerraba la boca del estómago; de igual forma, si justaba estas dos vidas, la bestia dejaría de ser su escape de la realidad que conforma la sucia humanidad, acarreando y juntando los problemas, si de por sí era realmente difícil controlar cualquier eventualidad a su alcance manteniendo dos vidas totalmente separadas, no se podía imaginar tener que lidiar con todos los problemas conseguidos en un nexo que no se podía permitir. Se rehusaba a ello. Sin embargo, frente a él, veía una de las figuras que su animal quería admirar: un hombre entregado a la naturaleza, dejado en las garras del tigre, siendo uno solo; de comportamiento rudo pero tan puro e íntegro desde el punto de vista salvaje. A pesar de la confianza que tenía Alexander sobre sí mismo, era superada con creces por el otro sólo por el hecho de aceptarse. Una hazaña que veía imposible el siberiano, más allá de dejar salir su otra parte al exterior.
       En su mente seguían llegando los recuerdos que, mientras estaba transformado en tigre, fueron despertados. Pensamientos que parecían haber estados aletargados, ocultos, superados, pero ahora, viendo la figura del desconocido híbrido, se tornaban llamativas, recordándole indudablemente a su padre biológico y a su manera tan particular de comportarse. Impresionante era lo que la mente de un tigre, a pesar de sólo ser un cachorro en ese entonces, podía guardar; cada detalle, cada sensación, convirtiéndose en un coctel torturador, pues, se trataban de vivencias no tan gratas, las razones de su abandono. La hiel se deslizó por su garganta y se posó caliente en la boca de su estómago, obligándole a apartar tales cuestiones de su mente, mantenerse sereno.

       Sus exclamaciones llegaban a los oídos del más alto como tambores irritantes, llenas de razón y eso era lo que más le molestaba, que el ajeno, con sus aires de bravuconería, estuviera en lo cierto. Aún peor cuando la bestia interior apoyaba las palabras contrarias, era como pelear una batalla con dos frentes, siendo su pura civilización la que se rehusaba al abandono de su actuar y totalitario trono. No podía reprochar, no podía, su interior se lo impedía y sólo quedaba inmóvil ante sus acusaciones sin defensa que valiera. Quiso dar un paso hacia atrás, es más, resbaló su pie amagando su retirada, mas abortó la disposición y endureció su entrelazado de brazos, estaba inamoviblemente severo, con esas facciones duras y a la vez sosiegas, imposible ser indiferente mientras su corazón reconocía su bravío. Escuchó sus palabras, una por una, inevitablemente era presa de su psicoanálisis, de la medida que utilizaba para estudiar a quienes se colocaban frente a él, esos pequeños gestos demostraban mucho más allá de lo que una persona común podría imaginar. Su trabajo le obligaba a conocer a las personas con tal solo mirarlas, era de vida o muerte, determinar si era una verdadera amenaza y si hacía falta su eliminación. Con respecto al híbrido desconocido, le veía transparente, por su manera de hablar y de actuar, fuerte de palabras pero controlado de acciones, una combinación rara, quizás era reciente su adaptación a la civilización y encontraba más puntos de los cuales sentirse familiarizado: Él se adaptaba a los humanos y Alexander a las bestias. El mismo camino, diferentes sentidos.

       —Tierras heredadas, qué honor —musitó al imaginarse tal cuestión, el obtener territorio por parte de otra bestia. De por sí el salvajismo entre los híbridos era algo raro que apenas conocía y costumbres como esas le parecían interesantes.

       Si consiguiese material de mi lugar de origen..., pensó con incredulidad. Trasladándose gracias a sus memorias al lugar en donde su mente creía que había nacido, pues, si no estaba en su forma animal muy difícil era rememorar tales escenas. Y tomando en cuenta que su lugar de origen era un sitio dentro de una ciudad le era imposible intentar recuperar prendas naturales similares a las del otro tigre. Sin embargo, no perdía las esperanzas, parecía que la transformación necesitaba control, familiarización, y práctica para llegar a lo anterior mencionado. Alexander podía ser alguien dedicado y de persistencia admirable si se lo proponía, por lo que pensaba, empezó a creer que era momento de ponerse a ello. Sus ojos se enmarcaron en una sutil ilusión, agregando brillo ante esos irises celestes, sería posible ver tal efecto si se enfatizaba la vista a ellos: No era suficiente para perder su aire severo pero sí le daba mayor vida a su interior, como un niño descubriendo mundo, esa pequeña inocencia que creía ya extinta. No obstante, como agua fría cayó sobre ese sentimiento, eliminándolo al escuchar su poca experiencia evidente como tigre, le afectaba a su instintivo orgullo. Entrecerró sus ojos y mató su mirada hasta ser desviada lejos del otro, bufando en el proceso, transformando las líneas pertenecientes a su rostro en un ademán de irritación.
       El estruendoso rugido llegó a sus oídos, razón suficiente para guiar su observación hacia él, de asombro: Seguía sin saber cómo lo podía hacer, siendo el detonante de la curiosidad que nubló sus protocolos sociales. Con él no hacía falta y sentía cómo un peso sobre sus hombros era quitado, un peso del cual desconocía su existencia. No pudo evitar sonreír ligeramente, agradado, otro ancla de su caprichosa y arisca parte animal.

       —No todo es tan sencillo, Nebiri —protestó con gracia ante la muestra de su desnudez. No se sentía incómodo por su cuerpo, sino por su identidad—: Confiaré en ti o tendré que matarte.  

       Ante su jocoso comentario, dio un paso hacia adelante, encima de los matorrales. En ese momento rompió la primera de sus reglas autoimpuestas, creadas la primera vez que pisó el bosque con sus rosadas almohadillas. Al menos estaba medianamente cómodo con el otro, valiendo la pena el posible posterior enfrenamiento con las consecuencias de sus actos. Su cuerpo se iluminó con la luz del atardecer: Su rostro por fin podía ser detallada con claridad, mientras que en su torso se dilucidaban unas tres líneas a modo de cicatrices, de gran tamaño, como si se tratara de una garra bestial, pese a esto, estaban difuminadas como resultado de un tratamiento para el borrado de las mismas. Quizás era vanidad, quizás no.
       Terminó por acercarse y tomó la carne ofrecida, sentándose en el suelo, a su lado. No era la mejor sensación del mundo tener hierba en el trasero pero se soportaba, debía empezar a tolerar la naturaleza fuera de su cuerpo felino. Flexionó las rodillas, subiéndolas a la altura de su pecho, colocando sus antebrazos sobre ellas y uniendo sus manos, aún con la carne en su diestra. Descansó su vista en las sombras del bosque frente a él, relajando sus hombros.

       —Deberías evitar juzgar tanto, tigre. Las cosas no son blanco o negro. Lo sé, lo que acabo de decir va en contra de nuestros instintos, pero yo lo vengo haciendo desde siempre —dejó entrever su dilema entre sus vidas, de una forma sin pesar, más como la voz de la razón que estaba acostumbrado a utilizar.
       —Soy Alexander —soltó con algo de recelo y dificultad, no con inseguridad, pues no dudó en hacerlo, sino en pensar luego si sería lo ideal para su vida—. Extrañamente haces fácil el confiar en ti, ¿será por tu salvajismo natural o por tu capacidad para rugir siendo hombre? —cuestionó retórico, con aires de humor, admitiendo lo que pensaba de su persona sin mayor preocupación, estaba siendo sincero tanto con él como consigo mismo.

       Llevó la carne seca hacia su boca, primero dejando que su instintivo olfato resbalase por el pedazo como una costumbre de su parte animal, la cual estaba más viva al estar en esa situación. Le propinó un bocado, luchando con la dureza del mismo por un par de segundos antes de ceder, dejando que el sabor salado invadiera sus papilas gustativas. Era un gusto extraño, no estaba acostumbrado, empero, no se cohibió al momento de disfrutar, aguardando silencio mientras masticaba, lo suficiente para seguir con la conversación y no hablar como un descerebrado.

       —Entonces... Birmania, ¿eh? La vida te ha lanzado lejos —reflexionó, tomándose un momento para pensar lo que diría a continuación, enviando una mirada de soslayo desde su posición, sin comprometer su postura—. Cazado y encadenado, ¿no?, ¿o decidiste venir a una ciudad que odias? —cuestionó con ganas de escuchar su historia, demostrando lo certero que podía ser tras su evaluación.

       Quizás sus palabras podían ser filosas y alterar el susceptible temperamento irascible de su hermano en especie, pese a lo que podía significar para el otro, para Alexander era la conexión entre dos hombres en medio del bosque, respondiendo a su simpatía y curiosidad humana y a la familiaridad felina, aunque le apuntase un roce poco positivo al ser dos machos adultos. Era un interés, poco evidente dada la manera en la que se expresaba el siberiano, pero existente.  


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Re: Feel Your Instinct [Priv. Alexander C.]

Mensaje por Nebiri el Dom Sep 10, 2017 2:29 pm



PASADAS LAS 6:30PM
BOSQUE
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Todo el enojo que sintió al principio había desaparecido así como vino, ya no veía al tipo como un intruso, si no como un visitante más, sobretodo luego de confirmar que el tipo no estaba del todo conectado con su lado animal, incluso parecía rechazarlo y eso le quedó en claro desde que el contrario tomó su forma humana. Parecía sorprendido por lo que veía y no era el primero que veía con ese gesto, ese moco mestizo de Yura quedó sorprendido también por ver a un tigre "de verdad". Era curioso en serio, pero en su corazón, el birmano sabía que no podía culparlos por no estar conectados con su lado animal, eran seres de ciudad, crecieron como humanos y se sentían cómodos en la ciudad, pero las garras del tigre siempre arañaba dentro de sus pechos para pedir salir, era algo que ya estaba en ellos y podían ignorarlo. Lo malo de tener tanto tiempo a ese eterno tigre encerrado era que tarde o temprano saldría y no siempre de buena manera.

Por eso ese tipo rubio estaba ahí, para dejar que el tigre corriera un poco, pero no era suficiente, no para un híbrido no mestizo. El animal siempre estaba presente. No dudaba que había quienes habían domado al animal, pero dependía mucho del animal, los tipos tranquilos convivían bien consigo mismos, pero los depredadores, los cazadores eran ligeramente distintos. Por eso ese tipo estaba tan tenso  tan reticente. Nebiri se mantuvo tranquilo pese a eso, Lo vio comer y quedó contento de que el tipo disfrutara su comida. Se quedó cruzado de brazos mientras escuchaba sus palabras.

Yo juzgo cuando se me da la jodida gana —gruñó el birmano, claro que nunca lo hacía con malicia, solo en cosas de las que tenía conocimiento, y él sabía ser un tigre—. Y se puede confiar en mi mientras no me hagas desconfiar de ti, tigre blanco —sí, ya le había dicho su nombre, ya se había presentado, su nombre era Alexander, pero Nebiri era más de mantener los apodos dados al momento—. No tengo porqué ocultarle nada a nadie, pero debe ser difícil confiar en alguien en ésta maldita ciudad —tan llena de mugre y de pecados. Desconfiar no era tan malo en un sitio así. La confianza valía más que oro, y se podía atesorar o se podía robar—. Además, ahora que te veo mejor, está claro que puedo ganarte —se echó a reír el muy orgulloso, el muy ladino. Demasiada confianza en su propia persona, pero era lo normal, además lo dijo con un tono casi bromista—. Y tú también podrías rugir en forma humana, eres de espalda ancha y además eres un tigre natural, no eres mestizo.

Su risa se fue cuando aquel mencionó sobre la posible razón de su estancia en New London. Refunfuñó un poco. Por suerte, el asunto de su captora había quedado zanjado luego de una tensa aventura que terminó con una simple bala. Ya no tenía empacho alguno en mencionar el porqué había quedado como ave enjaulada en New London con todos los demás que ahí vivían. Igual bufaba, nada le quitaba el derecho a seguir haciéndolo.

Me capturó una esclavista hace años. La bruja ahora está muerta, pero me quedé aquí encerrado como tú y todos los demás —gruñó—. Y antes de que preguntes, sigo siendo esclavo, alguien pagó por mi —aclaró, nunca se sabía con quién podía estar hablando, si con alguien que rondaba el mercado negro, quizá con alguien dueño de otros esclavos, o con otro esclavo. Nunca se sabía. Pero ahora que lo olfateaba mejor, el tigre blanco no llevaba consigo el asqueroso aroma de la zona del mercado negro. De todos modos no estaba de más informar que tenía una ama, y tampoco tenía que estar contando en su totalidad que su dueña era su esposa, al menos no aun y menos con alguien que acababa de conocer apenas minutos atrás. Siempre era buena un poco de desconfianza—. Apuesto a que puedo adivinar qué haces con lo aromas que tienes encima —dijo el tigre con una recuperada sonrisa confiada.

Si necesidad de acercarse a él o siquiera moverse de su sitio, Nebiri comenzó a olfatear, su nariz se arrugaba de graciosa manera, pero por dentro todo su sistema trabajaba como la máquina cazadora que era. Aislaba aroma, los reconocía, otros por no estar familiarizado con cosas así, pero sí podía percibir lo suficiente para fruncir el ceño luego de su análisis. Miró al tigre blanco de frente y con una sonrisa no muy amplia, pero sí satisfecha.

Puedo decir que usas armas de fuego, hueles a pólvora. Tienes algunos rastros de sangre, lo que quiere decir que te enfrentas seguido a gente. O eres un matón, o un guardaespaldas, o un guardia o un soldado, quizá policía. No huelo otras cosas en ti que se sientan más, pero algunos aromas no los distingo, pero sé que eso haces por como hueles —el birmano soltó una risotada—. Dime, tigre blanco, ¿puedes sacar tus garras y colmillos en forma humana? ¿Puedes sacar tus orejas o la cola? —y para demostrar que él sí, lo hizo, su cola salió por entre la ropa, sus orejas hicieron acto de presencia y ya en su sonrisa relucían un par de colmillos acorde al tamaño humano, sus garras eran discretas pero visibles—. ¿Has cazado alguna vez en el bosque o solo correteas por ahí? Siento curiosidad. Quizá podamos cazar algo juntos, ya que estoy afuera, no estaría mal llevar un conejo y cocinarlo para mi mujer —rió.

Seguía tan curioso que quería ver hasta donde llegaba el tigre del humano ante él. Alexander era un tipo grande, sin duda debía ser rudo por la calma que guardaba en ese momento, pero seguía siendo un felino en su interior y, si había algo que tenían los felinos en general, era una curiosidad por todo y con todo. El dicho versa que "la curiosidad mató al gato", ¿o no? Bueno, quería ver qué tan curioso era el tipo. Se quedó esperando su respuesta con los brazos cruzados, mientras sus orejas se movían graciosamente y de manera automática ante los sonidos del bosque.




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Re: Feel Your Instinct [Priv. Alexander C.]

Mensaje por Alexander C. el Mar Sep 12, 2017 4:38 pm


S
impatía, ambos parecían reconocer esa misma palabra de dos formas diferentes, bastante distante una de otra, era tal hecho el que le llenaba de una extraña sensación amigable, diferente a cuando se encontró con el pequeño tigre mestizo, pues, en ese entonces se trataba más de un puesto de superioridad protectora, en este caso, algo que sólo había sucedido en su poco gratificante infancia, y que ahora se recreaba con mayor facilidad sin agregar los momento negativos que sufrió en ese entonces; de igual a igual, o al menos eso veía ahora que, aunque no era un individuo con su lado salvaje bien marcado y sin ganas de reconocer la disposición de la bestia interior, estaba estrechando lazos con uno de su especie. Por una parte, debía darse cabida a una posición como bestia que ahora ocupaba el bosque; por otro lado, debía aprender. Algo salía de su típico comportamiento severo y gélido, no pudiendo ser con el otro de esa manera, imposible para aquello que se acercan a la apasionada figura atigrada, era como si el tigre interno quisiera agarrarse de todos los puntos posibles en la realidad, manipulando los deseos de su carcelero humano para hacerse con todos ellos, es decir, mientras más interactuaban con su otra parte, más deseos tenía de quedarse, de pisar tierra, de existir en una realidad de la que se le había bloqueado por muchísimo tiempo, en donde con ansias deseaba correr y ser uno con la naturaleza. Nebiri era uno de esas tantas anclas, una de esas tantas razones, la curiosidad felina se combinaba con la percepción humana, creando como resultado el impulso de simpatía que ahora llevaba a cabo y la tolerancia que tenía hacia la personalidad chocante. La bestia parecía tener tolerancia con quienes le acercan poco a poco al exterior, como quien cuida la mano que le da de comer, en este caso, el felino se alimenta de esperanzas y espera por brechas para finalmente romper el cascarón que le recluye.

       Acerté, pensó con satisfacción al dar en el clavo, al dar con la razón de su presencia en la ciudad, sin embargo, fuera de querer sonreír, pudo empatizar mínimamente con la situación narrada. La esclavitud era un problema que no se podía solucionar en la ciudad, pues, daba dinero, y como se tiene por sentado que el dinero mueve al mundo, la excepción a tal cuestión no existía en New London, e inclusive, estaba entre sus planes hacer usos de esos servicios, más por necesidad doméstica que por otra cosa, claro, además de aportar una buena acción hacia los pobres diablos que acaban entre rejas esperando ser rescatados. La muerte de la esclavista se podía intuir de primera mano, o al menos dentro de los parámetros básicos tomados en cuenta por un oficial de policía, empero, cayó en la ignorancia de Alexander al desligarse de toda ocupación humana dentro de los senos de la Madre Tierra, hasta sentía alivio por saber la muerte de alimañas como esas, muy populares entre las personas de exuberante riquezas. Acentuó su observación en él, incluso giró unos cuantos centímetros su cuerpo para tener una mayor comodidad al compartir un cara a cara, haciendo de la conversación más amena y directa.

       —Adelante, inténtalo —accedió con cierta seriedad, saliendo a flote el mismo recelo que estuvo cuando su cara la nublaban las sombras, e inclusive, algo de subestimación.

       Al principio sintió incomodidad al ser analizado, pues, como usualmente él era quien hacía de observador, se le hacía raro la situación, siendo los hombros quienes se volverían tenuemente rígidos ante tal sensación. Sus palabras eran como un informe para Alexander, algo de real ayuda para más adelante, pues, cualificaba las capacidades olfativas de seres naturales como lo era Nebiri; sin embargo, los detalles eran bastante buenos, acertados, posiblemente falto de exactitud dada la misma naturaleza del tigre adverso, fuera de eso, estaba casi seguro que podría haber acertado en muchas más cosas. Alexander sonrió mientras cerraba los parpados y encorvaba su cuello por un breve instante, soltó un ligero gutural, un Hmm dada la gracia que le provocaba la actitud ajena. Seguidamente subió su perspectiva hacia los orbes adversos, afirmando, frunciendo los labios en señal de aprobación, de felicitación.

       —Excelente olfato, tigre —le incentivó con jocosidad, enfatizando su logro con respecto a su identificación, no hacía falta aclarar nada, el mismo tiempo se encargaría de dar respuestas.

       La seguida pregunta hizo que sus facciones retornaran a su posición de severidad usual, caracterizándose ahora por la seriedad que siempre portaba como primera máscara. Frunció el entrecejo al sentir cómo cierta presión se formaba dentro de su pecho. Tales libertades eran tomadas por el rubio como parte de su relajación cuando está con personas de confianza, ya era un hecho que ocurría inconsciente dada la serenidad o la soledad. Carraspeó la garganta, resurgiendo de sus pensamientos, retomando la seguridad que por un momento perdió.

       —Por supuesto que puedo —sentenció sin más, como si intentara generar un buen lugar en esa conversación, sin querer quedarse más atrás de lo que estaba en cuestiones instintivas.

       Tan pronto las partes ajenas aparecieron, las de Alexander mimetizaron la acción. Las orejas salieron de entre sus lisas hebras rubias, que pronto se tornaron de un color más blanquecinas, como si la aparición de las orejas alterara el color natural de su cabello: Se volvió albino desde la coronilla de la cabeza hasta más arriba de las puntas, siendo éstas las que mantuvieron lo amarillento. Sus orejas mostraban dos círculos negros detrás, redondeadas, blanas, de textura suave y de interior rosado; la cola pronto abandonó la sombra de su espalda, colocándose a su lado, echada, blanca atigrada; sus garras fueron quienes se tardaron más en salir, notándose los filos de las mismas. Para cuando terminó el ejercicio de relajación que significaba dejar salir sus apéndices animales en su forma humana, tenía unos bigotes blancos, rápidamente, y con vergüenza, tapó su boca con ambas manos para ocultar tal rasgo, respiró con pesadez, siendo consciente que posiblemente hizo el ridículo. Tan pronto cuando desaparecieron, retornó a su postura original, ignorando lo anterior sucedido.

       —Es algo muy básico en nosotros, tigre —curvó una de sus cejas, manteniéndose neutro, incluso un tanto susceptible por lo sucedido.

       Al hablar, los filosos incisivos se dejaron entre ver. La combinación de rasgos de tigre más la complexión del rubio le hacía ver como alguien poderoso e imponente, más al ser profundizada su vista dada la libertad que sentía la bestia interior, era una mezcla entre salvajismo y humanidad, bastante rara dado el porte inclinado hacia lo humano que mantenía el comportamiento de Alexander. Desgarró del pedazo de carne otro bocado, dejando que su paladar aceptase lo salado de su composición, haciendo más fácil el masticar con sus dientes afilados. A pesar de estar de esa manera, seguía estando rígido con respecto a su posición, a sus orejas, erguidas pero prácticamente inmóviles, su cola poco se movía; podía mostrar tales partes pero no tenía demasiada maestría ni la afinidad suficiente como para ser utilizadas en todo su esplendor, claro detalle que dominaba a la perfección el sentado frente a él. Alexander era consciente de ello, por lo que, en su interior, intentó establecer esa conexión que faltaba, siendo discreto al tratarse del tomado de ejemplo del cual era partícipe Nebiri como claro ejemplo.

       —No, nunca —negó su cacería en ese bosque con suspenso, con algo oculto, rápidamente llegaron flashes de memorias, recordando el olor a sangre y el crujido de los huesos entre sus fauces, gritos de desconocidos. No mentía, su parte humana no mentía.
       —No veo el por qué no. Te advierto que eso sí se me da bien —sus comisuras se alargaron y curvaron, formando una sonrisa llena de seguridad—: Pero antes...

       Se había quedado con las ganas de repetir el ejercicio de análisis que hizo el tigre birmano con su persona, no se levantaría de allí antes de lograr poner en sintonía sus sentidos con un único fin: Descifrar qué cuestiones lleva consigo la transparencia del ajeno, cayó en una especie de concentración, en donde los olores tomados por su fino olfato recobraban forma, imagen y hasta color en su mente. En nada tenía varios datos que revelar, siendo enriquecidos con su simple observación anterior.

       —Por la forma de tus dedos, nudillos y muñecas puedo afirmar que eres un peleador, practicante quizás de... ¿Muay Tai? —inquirió al querer ir con exactitud, imposibilitado dado el número de indicios. Era bueno en su trabajo por ser observador—. ¿Solo carne?, tigre hasta los tuétanos, ¿eh? —determinó sólo por su aliento, dejando que su incisivo se mostrase tras la sonrisa ladina. Se volvió a sumir en las ideas que pululaban en su mente, recuperando una entre tantas.

       —Entonces... Adoptado por una mujer, puedo intuir que sólo estás con ella, es tu ama y esposa, utiliza una buena fragancia... —asintió, percatándose de una marca de buena calidad, casi podría asegurar un estatus de alta sociedad y clase—. Tu olor es difícil de descifrar, parece que sueltas mucho más de lo normal —se quedó pensando un momento, descansando su vista en la hierba baja, rememorando lo que pasaba cuando los machos custodiaban en situaciones específicas
       —Tu mujer está embarazada o simplemente están en situación de estrés por peligro inminente —aseguró, resbalando su vista por las facciones del birmano, a sabiendas que reaccionaría ante sus palabras.

       Un ruido a lo lejos captó, sus orejas se movieron en consecuencia: Se trataba de un vehículo, pesado dada la tracción que lastimaba la tierra verdosa de la zona, justo a un lado de los tigres. Giró sutilmente su cabeza hacia allá, denotándose severo una vez más. Su instinto le gritaba que algo podía pasar, esa sensación de peligro que había pulido a lo largo de los años, la de un asesino, un espía, un cuerpo de la ley. Respiró con profundidad, quedándose en silencio mientras analizaba la posición aproximada del estímulo auditivo.

       —Creo que es todo —se encogió de hombros, levantándose del suelo para terminar estirándose; echó hacia atrás los codos, relajando la parte alta de su espalda, seguida de la baja, se dio la vuelta hacia el bosque. Se metió el resto de carne que quedaba, triturándola rápidamente—. ¿Te quedarás sintiendo el bosque?, no sé tú, pero ya me duele el culo por la jodida hierba —soltó jovial, aunque sincero, se tomó la oportunidad de reírse con plena libertad.

       Empezó a caminar hacia el follaje que rodea el claro, pronto hundiéndose en él, para cuando la sombra le cubrió la figura del hombre desapareció, abriéndose paso la bestia rayada que ahora se sentía más complacida, libre. Soltó un rugido que rompió la serenidad anterior, dándose a correr a través de la maleza, de los árboles, limitando un poco su ritmo, esperando que el otro tigre se integrase como un dúo cazador, en donde la naturaleza dicta las reglas entre depredador y presa. Los pájaros volaron despavoridos ante su potente rugido, satisfecho, listo para la cacería, su imponente cuerpo se abría paso por las ramas que se quebraban ante el roce de su piel, realmente cambiaba de comportamiento cuando se abría paso su lado salvaje, ni Alexander sabía hasta qué punto podía llegar eso.


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Re: Feel Your Instinct [Priv. Alexander C.]

Mensaje por Nebiri el Miér Sep 13, 2017 4:47 pm



CERCA DE LAS 7PM
BOSQUE
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TIME TO HUNT, TIGER!
la plática iba viento en popa y la verdad ese otro tigre pasó de ser una amenaza en potencia a un tipo bastante agradable. Quizá muy serio, pero sin duda tenía esa chispa animal en la mirada que lo hacía confiar un poco más en él. Sí, confiarse del todo nunca era una buena idea, pero aquellos con espíritu animal solían ser transparentes, claros en sus intenciones y sin dobles intenciones. Podrían estar los que se salían de esa regla, sobretodo aquellos animales astutos por naturaleza, como cuervos o zorros, pero los tigres en general no dejaban nada a la imaginación.

El tipo podía cazar su propia comida, sí, tenía razón, los tigres lo tenían de instinto, así como los gatos caseros siempre cazaban aunque fuera aves, el instinto siempre estaba ahí, pero era divertido joder un poco a los animales de ciudad y ver si esos instintos seguían ahí. Algunos sin uso, pero siempre ahí y listos para salir cuando más se requirieran. Ignoraba el porqué el otro era algo reticente a su lado animal, aunque no era del todo su asunto. Ambos lados no tenían que estar peleados, Nebiri era un animal capaz de socializar, podía hacer amigos de quererlo y su esposa lo volvió un hombre civilizado y con los conocimientos académicos acordes a su edad en cuestión de un par de años solamente. Era más sencillo al revés a su parecer, pero el tigre nacido en la ciudad solo tenía que dejar sus sentidos salir a flote y dejarlos libres, No era algo nuevo que debía aprender, si no algo que debían liberar. Quizá mejor explicarlo con palabras que con acciones, una pequeña cacería sonaba cada vez mejor.

El tigre blanco analizó a su compañero de raza con el olfato y el birmano estaba muy divertido. Claro que podía sentir todo eso, Nebiri estaba lleno del aroma de su esposa, tanto del más personal como de sus jabones y sus cremas. No le molestaba oler a ella, el estar impregnado a ese grado de su aroma, eso era la señal de que estaba haciendo las cosas bien por estar pegado bastante a ella al grado de ser contagiado de sus más dulces aromas. Sí, olía a carne, aunque al tigre blanco se le pasó el resto de su dieta, hacía mucho que no comía solo carne, había incluido cosas como leche, huevos, pan y demás a su dieta. No comía nada dulce, pero no estaba nada mal considerando que su nariz venía de un sitio más cargado aromáticamente como lo era la ciudad. No estuvo lejos de su estilo de pelea, Y sobre lo último, las hembras embarazadas, sin importar la raza, soltaban una esencia muy específica.

Sí, mi mujer está embarazada —dijo con total orgullo y el pecho en alto—. Está a un par de meses de dar a luz, tendrá mellizos, ya el médico dijo que serán niño y niña —informó con tanto orgullo que, si fuera un maldito pavo real, tendría el plumaje totalmente extendido. Estaba tan orgullo de ser padre y que la madre de sus hijos fuera una mujer a la que amaba hasta los huesos, era algo que le gustaba demostrar cuando tenía oportunidad. Ella siempre adivinaba que su pareja fanfarroneaba al respecto siempre que podía. No a todo mundo se lo anunciaba, claro, pero dado que el tigre blanco había dado en el clavo con su olfato, no estaba de más mencionarlo—. Y mejor conseguir ese conejo, mi mujer necesita mucha comida, come por dos más y los pequeños cachorros piden mucha comida —rió.

Sus orejas animales se movieron a la par de las ajenas al percibir ese sonido y el aroma a gasolina y a smog. Un auto no muy lejos de ellos, de hecho tan cerca que de no ser por la espesa vegetación de esa zona habrían tenido a vista el susodicho vehículo. Frunció el ceño en señal de alerta... ¡Esos seguían siendo sus territorios, maldición! ¡Debía cuidarlos!

Podrías ser cazadores normales, no pasa nada con uno o dos jabalíes, o pueden ser campistas. No muy lejos hay un pequeño estanque y una zona de acampada. Cuido esa parte de los monstruos que vienen de la ciudad —y tenía que ver si eran cazadores simples, campistas o monstruos. Guardó lo poco que sacó y se transformó en tigre por igual. Le pareció gracioso que rugiera, era anunciar su presencia a propósito cuando debían ser sigilosos. Los tigres eran animales de emboscada. Quietos entre la maleza, sigilosos, invisibles hasta que la presa literalmente estuviera entre sus fauces o sangrando por un zarpazo. Sí, era un tigre, pero uno de ciudad con buen futuro como uno más "completo". Aquel rugido seguramente puso en alerta a los del vehículo, mejor revisar. Se adentró a la espesura del bosque siguiendo a una estratégica distancia al otro tigre. Nebiri sabía moverse ahí y tratar con las amenazas a su territorio. No tardó en ver el dicho automóvil, era uno hecho para terrenos agrestes, estrecho para pasar por caminos complicados pero con anchos neumáticos. Había cuatro tipos ahí, todos con armas de fuego. Odiaba las malditas armas de fuego por mucho que ya pudiera usar una sin sudar por los nervios y su miedo a éstas. Se quedó agazapado, primero ver qué querían. No tenían pinta de cazadores, mucho menos cuando de la parte trasera del vehículo sacaron algo que se movía.

Un hombre, había un hombre humano ahí. Por aroma, los otros cuatro tipos eran un grupo de demonios, quizá de baja categoría o que solo querían verse más malos al portar armas de semejante calibre. Esas no eran escopetas de cacería, eran armas de combate. Sacaron al hombre al pequeño claro, reclamaban la falta de un pago y amenazaban a que luego de terminar con él y dejarlo ahí, irían a por su familia... Frunció el ceño, odiaba a idiotas como esos. Por el temor en los ojos del humano, solo cometió el error de meterse con los seres equivocados. Uno de los demonios le apuntó a la cabeza, diciendo que se "divertirían" un poco con él antes de matarlo y enterrarlo justo ahí... Pero no, ese día no, no en el territorio del tigre. Buscó rápidamente a Alexander. El conejo tendría que esperar, la presa ahora era más peligrosa.

Nebiri eran de los que iban directo a matar si nadie lo detenía. Su olfatole ayudó a posicionarse cerca del tigre blanco. Apenas compartieron una mirada, el birmano lo dijo todo con ésta: iba por ellos. Iría por el otro extremo. Con movimientos ligeros, sin hacer sonido alguno, rodeó para ir directo al otro lado del claro. Eran tan ligeras sus pisadas que ni los sensibles sentidos demoníacos lo percibían. Uno de ellos estaba por disparar a una de las rodillas del humano, se reía por lo que estaba por hacer cuando, de la nada algo lo embistió con un golpe tan potente que le sacó el aire del cuerpo. Los otros tres se pusieron alerta y al momento sonó un rugido potente, el de Nebiri.

El tigre naranja ya no estaba de buen humor, no... Ahora estaba bastante enfadado.




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Re: Feel Your Instinct [Priv. Alexander C.]

Mensaje por Alexander C. el Sáb Sep 16, 2017 8:42 pm


A
ugurio del descontrol, del mal. Cada fibra de su cuerpo vibraba al unísono del peligro que percibía, era como si todos sus sentidos se enfocaran en esos solos estímulos; en el simple recuerdo del vehículo, el cual no podía sacarse de la cabeza; zumbaba, quemaba, era como una luz incandescente que se rehusaba al abandono de su mente. Su parte humana era quien decidía el desecho de tal imagen que se posaba sobre la cabeza del gran tigre blanco, pues, éste parecía ser quien designaba el reinado de tales pensamientos. El olor, el sonido, era como si aún estuvieran en su nariz, en sus oídos, los analizaba para determinar la amenaza, una y otra vez, tanto que sus piernas dejaron de responder al llamado de la cacería natural, el siberiano iría a otro nivel. Al llevar la delantera y ser abarrotado con el deseo incontrolable de observar a quienes osaban estar en ese bosque mientras estaba su presencia, sus patas se plantaron, parándose en seco en medio de la espesura verdosa. Un explosivo debate se abría paso en su santuario interior, entre una bestia deseosa de destruir las contenciones y desatar el descontrol, y su humanidad que pensaba en el bienestar propio y en la evasión de los posibles problemas que podrían acarrear interceder de forma directa en la vida de personas independientes a la suya. ¿Para qué buscar más inconvenientes?, ¿no era para eso que se hundía en la naturaleza?, ¿para evadirlos?, esas eran las palabras que utilizaba para —fútilmente— calmar el fuego que se abría paso cada vez con más velocidad, con más ferocidad. Inútilmente había resistencia, mientras más conexión tenía el animal con la realidad, menos poder tenía el raciocinio humano sobre su cuerpo transformado, era luchar con una noción, una perspectiva diferente, unos deseos desiguales dentro de su propio cuerpo a tal punto de perder la potestad sobre el mismo. Agachó la cabeza, tensando su cuerpo, siendo presa de potentes cosquilleos que paran cada pelo de su vasto pelaje, cerraba sus ojos con fuerza. Alexander creía que tal sensación incómoda y totalmente nueva —sin dejar de ser desagradable— era algún tipo de superación, un modo de recuperar el control. Nunca había estado tan equivocado. La bestia se calmó, la luz en su cabeza se atenuó y se relajó, saliendo de ese estado de sumo estrés poco a poco, hasta que finalmente la paz reinó dentro de su piel. El salvaje se había rendido, ¿por qué?, ¿era posible que el cediendo siberiano pudiera darse por vencido?, no lo sabía y no tuvo tiempo para averiguarlo.

       La presencia de otro tigre atrapó su atención, obligándolo a recuperar su postura normal ante su aparición. Sus celestes contactaron con los orbes de similar coloración, rápidamente captó la urgencia del otro, impresionante y nunca antes sentida la manera en la que una comunicación tan directa significase un modo de actuar. Sus sentidos volvieron a sumirse a sus alrededores, sus orejas se levantaron y sus patas delanteras se irguieron acompañados del alzamiento de su cabeza, siendo consciente de los estímulos hechos por los individuos a los que hacía alusión, siendo específicamente su audición quien le arrojara su posición. Un corto sonido gutural salió como íntima comunicación con el naranja, le apoyaría en caso de ser necesario, aunque ahora tenía el control su parte humana, su instinto protector predominaba, la empatía y el compañerismo eran fuertes directrices de su humanidad y más con quienes existió un acercamiento rápido. Las pisadas del birmano fueron acompañadas por las del siberiano, quien era consciente del creciente aumento de los estímulos: Olían a demonio, le revolvía el estómago; esa fue la primera y más leve de sus reacciones.
       Aceptó el traslado estratégico que estaba tomando el otro, quedando el blanco en el lugar inicial que pisó al integrarse a la emboscada; el constante movimientos del follaje hacía improbable la observación de sus encendidos cerúleos, estando sus rayas camufladas como sombras proyectadas por las hojas, su piel estaba hecha exclusivamente para ello, acoplándose perfectamente a su objetivo. Sus orejas aún seguían levantadas, pues, estaba a la espera de las acciones de Nebiri y actuar en consecuencia: La visión general y el análisis que realizó su razonamiento humano indicaba que, tan pronto el birmano hiciera acto de aparición, atraería la atención de los matones y así, el siberiano, pudiera aprovechar el flanco descubierto y la atención desviada para inmovilizar a los atacantes. Un planeamiento sencillo e inofensivo. Otro error, olvidó otro factor, más propio que de los demás integrantes de la emboscada. Antes que todo sucediera, mientras los grandes felinos se posicionaban y estaban a punto de atacar, un tenebroso silencio reinó en el lugar, tanto que pudo notar cierto nerviosismo en los demonios: miradas rápidas alrededor, golpeteos leves con sus dedos en sus armas, sudoración..., podían intuir que los estaban observando, tampoco así podían estar preparado para lo que se les venía encima.

       El sonido de las ramas romperse por la salida de Nebiri fue lo que provocó una postura de ataque en Alexander: Sus orejas se bajaron, su cola se tensó, su pecho bajó, sus pupilas se dilataron a la par que sus músculos —tanto delanteros como traseros— eran llenados de esa volátil adrenalina. El hombre empujado trastabilló su pie izquierdo con el derecho, perdiendo irremediablemente el equilibrio; desorientado y adolorido, cayó, soltó su arma y cuando su cabeza tocó el suelo, se vio vulnerada por un corte recto hecho por una piedra: Fue lo suficientemente fuerte como para provocar un sangrado considerable y la pérdida de la consciencia temporalmente. Allí estuvo el detonante para su inesperado brutal comportamiento. El olfato de Alexander inmediatamente captó las partículas sanguíneas del aire, provocando un efecto en cadena dentro de su cuerpo: Las pupilas se contrajeron, su mente se volvió tan roja como el líquido vital, su lengua se inundó del recuerdo de su sabor metálico, sus garrar salieron de inmediato y su mandíbula sufrió un cosquilleo, preparándose para lo que venía.
       ¿Hueles eso, tigre?, es sangre, reclámala, ¡es tuya!, su instinto retorcido e inhumano dictaminó, la bestia dominaba en su totalidad ese cuerpo rayado, su humanidad fue contenida en una sólida caja de inconsciencia. El rugido adverso fue el cuerno para la batalla. Todos los hombres restantes voltearon hacia el birmano, apuntando sus armas hacia él, ninguno de ellos se atrevió a disparar al instante, el rugido del tigre les logró confundir, intimidad; para Alexander fue la gota que colmó el vaso. Las ramas fueron apartadas por un celaje blanco, rápido, grande, para cuando los sentidos —antes opacados— de los demonios se dieron cuenta, el siberiano ya había cobrado su primera víctima. Atacó al flanco de uno, dando un salto lo suficientemente potente para sacarlo de balance a la par que clavaba sus potentes incisivos en su blando cuello: Los superiores separaron dos vértebras, crujiendo en el acto; los inferiores se hundieron, encontrando y perforando la carótida. Tan pronto el cuerpo muerto cayó al suelo, sus dientes desgarraron la carne, convirtiendo su blanco pelaje en un arte tétrico y feroz. Al caer uno, los demás apuntaron a su cadáver, pues en otro simple celaje, se había dictaminado la muerte del siguiente: El lateral de su arma fue agarrada con sus fauces, su garra derecha alcanzó una pierna, arrodillándolo, su izquierda desgarró verticalmente su torso, desde su hombro hasta su cadera; soltó el rifle y se echó a por su cuello, esta vez se decantó por la garganta, aplastándola con cruel facilidad, haciendo que más sangre corrupta alimentara a la Madre Tierra. El siberiano movía de lado a lado su cabeza con frenesí, desgarrando una y otra vez, sin parar aunque ya estuviera muerto, provocando que por simple inercia la cabeza de la víctima se arrastrara de un lado a otro.

       Se escuchó un grito, era del otro y del más joven entre todos. El alarido de terror sedujo los oídos del atroz cazador, dejando que sus ensangrentados dientes se despegaran lentamente de la carne enrojecida, perpetrando su cordura con una punzada de sus gélidos ojos. Había firmado su muerte. Sin embargo, el ileso fue más inteligente y rápido que sus compañeros: Tomó una forma demoniaca, mostrando a la luz sus cuernos, alas y su cola; sin dejar oportunidad hacia los felinos, agarró al rehén y alzó vuelo, para su desgracia, el blanco no quiso dar tregua alguna a la retirada. Dio un salto justo al límite de su alcance, logrando propinar un zarpazo en una de sus negras alas, creando una herida de tal magnitud que no lograse mantener el vuelo mucho más allá que por unos cincuenta metros. Se elevó por encima de los arboles con el hombre pataleando, volando débilmente. La sangre del tigre hirvió en ese mismo instante, le estaban quitando a su presa, no lo permitiría. Su cuerpo se tensó y su garganta transformó ese impulso interno en un rugido potente como ninguno más que hubiera salido de sus fauces, haciendo que pequeñas gotas abandonaran su dentadura dada el aire que soltaba de golpe. Se dio a la carrera, internándose una vez más en el bosque, a por sus presas, porque sí, no se detendría hasta matarlos a ambos, ignorando totalmente al naranja. Ahora era más tigre como nunca lo había sido, era sólo un animal sediento, dejándose llevar por la furia que gobierna en la cacería, por los demonios que su tercera máscara alberga, solo que, alimentados por la frustración y la nueva aparición de la bestialidad rayada.


Alexander C.
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ira

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Bisexual.
Híbrido de tigre siberiano

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Re: Feel Your Instinct [Priv. Alexander C.]

Mensaje por Nebiri el Lun Sep 18, 2017 12:46 am



PASADAS LAS 7PM
BOSQUE
ALEXANDER C.
THE RAGE IS STRONG INSIDE HIM, TIGER
No era la primera vez que Nebiri debía enfrentarse a algo similar. Siempre había gente que usaba el bosque para diversas actividades, en su territorio era relativamente tranquilo porque la zona de acampada estaba cerca, pegaba la autopista exterior y rara vez pasaban incidentes más allá de basura que algunos sucios dejaban en el sitio, o alguna fogata abandonada que era ahogada por el tigre ni bien su nariz olía el humo. De vez en cuando entraban bandidos, cazadores que no iban precisamente por comida, sino solo a matar animales, a estos cazadores no los mataba pero sí les daba una buena lección para que, al menos en su zona, no fueran a meterse a hacer de las suyas. Luego de incendio hubo un aumento de gente que tomo el bosque como refugio y tomaban de ahí lo que podían para sobrevivir, Nebiri estuvo muy atento esos días y al menos durante las semanas que estuvo poblado el bosque no hubo incidentes graves que se quedasen grabados en su memoria, los bosque de New London eran ricos en fauna, el clima era lo suficientemente bueno para permitir que hubiese mucha vegetación comestible, y los ríos y lagos siempre tenían peces gracias a que la controlada población de New London obtenía su comida de otros medios.

Y en contadas ocasiones pasaban esas cosas, gente mala que iba a ahí a hacer sus fechorías. A esos sí los mataba, esa gente era mejor muerta que libre allá. Nebiri no tenía el poder para acabar con la maldad de la ciudad del pecado, pero ponía su grano de arena deshaciéndose de esa gente. Como siempre ha existido el rumor sobre los monstruos en el bosque, algunos creían que las enormes bestias como los recién llegados wendigos, enloquecidos hombres lobos y las sombras se habían apoderado de las sombras del bosque. pero no, Nebiri sabía que esos seres no estaban en el bosque, ahí no había lo que ellos necesitaban, esos seres estaban en los barrios bajos, en el mercado negro, en aquellas ruinas donde solo los más ruines vivían... ¿Y qué malos eran los que iban al bosque? Pues gente como esos demonios que creían más "bonito" dejar el cadáver de sus víctimas sobre una cama de flores. El humano seguramente aprendió su lección sobre no hacer tratos con tipos que no debía, o eso esperaba, al tigre no le gustaba juzgar, y no le tocaba hacer ese trabajo, eso le quedaba mejor a su esposa a decir verdad.

Apenas estuvieron posicionados, su rugido y la distracción que logró hizo que el tigre blanco saliera de la maleza, cual fantasma, y le diera una mortal sorpresa al primero de esos demonios. Un segundo no tardó en caer abatido. Golpes mortales como los de un buen tigre, tenía el instinto despierto, la rabia se había apoderado de él y el birmano era un alegre testigo de todo eso. Además, idiotas como esos podrían poner en peligro a su mujer cuando ésta decidiera pasear por su cuenta por el bosque como constantemente lo hacía. Entre más espantaran a los malos, mejor. Se mantuvo atento y por su parte atacó a un tercero que estaba bastante asustado por la suerte de sus compañeros caídos. Ese tercero disparó su arma hacia el tigre naranja, pero un veloz felino, ya familiarizado con las armas, evadió con veloz movimiento y de una mordida le voló la mano. Lo siguiente fue una mordida a su garganta, una rápida presión y el tipo quedó en el suelo con la garganta desgarrada. El cuarto se fue volando y quedó herido por el tigre blanco.

La ira en el otro tigre era evidente y se lanzó como loco por el que tenía al rehén. Pudo ver sus ojos fríos, afilados, encendidos y sabía que estaba descontrolado, normal para alguien que no dejaba salir a su bestia seguido, y al hacerlo, ésta tomaba control. Bueno, lo justo para el birmano es que si Alexander se encargó de dos, a Nebiri le tocaban dos. Al conocer mejor su cuerpo de tigre y ser más familiar con ese territorio, cortó camino por una zona algo más alta y trepó por los árboles. Después de todo, los tigres como él eran buenos escaladores, cambiaba a forma humana a conveniencia para poder asirse de ramas más delgadas, no tardó en ver al demonio que llevaba al humano. Podía ver ese fantasma blanco a la persecución sobre camino plano. El birmano pensó rápido, la prioridad era el humano, así que, aprovechando su camuflaje, se transformó en hombre en un último segundo y saltó desde la copa del árbol hacia el demonio, haciéndolo caer.

Se volvió a transformar en tigre antes de caer en el suelo y lo siguiente que hizo fue tomar al humano por la ropa con las fauces y llevarlo hacia la autopista. Así como estaba Alexander, podría atacar al humano y ese no era el punto de ese rescate. Dejó que se entretuviera con el demonio restante... Pobre diablo. Dejó al asustado humano en el suelo y le rugió un poco para hacerlo irse en la dirección que el tigre quería, tenía que irse a la avenida, podría seguirla, pedir un taxi o parar cualquier auto para que lo llevara a la ciudad y ponerlo a salvo. Apenas se aseguró que él estuviera lejos, bien lejos, volvió donde el tigre blanco... Como esperaba, ese demonio restante había sido despedazado por un rabioso tigre blanco. Nebiri gruñó y comenzó a rodear al blanco a ver si se había calmado o seguía sediento de sangre. Nebiri estaba más en control, el otro no tanto, estaba dispuesto a calmarlo si tenía que hacerlo. Aun con su ira, Nebiri sabía qué hacer, sobretodo cuando estaba en forma de tigre, pero Alexander, a su parecer, estaba algo perdido. Qué mejor que darle a luz a una bestia a punta de zarpazos, ¿verdad?

Le rugió un poco en clara señal de dominio, seguía en su territorio después de todo. ¿Se lanzaría a atacarlo? ¿Se calmaría al fin? La verdad no le molestaba darle una paliza al blanco y darle a saber quién mandaba ahí, era un maldito macho de tigre después de todo. De donde él venia hacía eso, darle una lección al tigre en turno, nunca matándolo, pero sí dándole a saber que era Nebiri quien mandaba ahí. ¿Tendría que mostrarle a Alexander que eran así las cosas? La respuesta a eso dependía del tigre de blanco pelaje ahora manchado de apestosa sangre de demonio. Sus ojos estaban exaltados, su lengua de fuera, sus colmillos afilados y Nebiri estaba atento, casi encantado por ver a un salvaje como él. Incluso entre animales se ayudaban a calmar entre sí, ¿o no? Estaba dispuesto a ayudar a ese hermano tigre.

Le bufó para provocarlo y, de estar en forma humana, sonreiría con malicia. Claramente lo estaba invitando, si quería. Quizá ésta vez no iba a evadir el enfrentamiento como cuando lo topó de principio.




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