Bank Crisis | Priv. Yerik Tarkovsky

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Bank Crisis | Priv. Yerik Tarkovsky

Mensaje por Alexander C. el Mar Ago 29, 2017 2:11 pm


Bank Crisis

P
atrulla rutinaria por el centro de New London. El reloj digital de la patrulla marcaban las cuatro con menos cuarto de la tarde en números rojos, ésta se alternaba con la temperatura exterior, siendo unos veintitrés grados centígrados en plena tarde. Fuera de la cabina del vehículo se visualizaba una hermosa tarde: Los rayos, coloreados cálidamente, resbalaban libremente por el amplio cielo despejado de un complaciente color azul. El tiempo estaba conspirando en pro de la tranquilidad, una palpable serenidad que posee a todos los citadinos atareados en las concurridas calles de la ciudad, todos ellos en sus propios asuntos, era tanto así que ni siquiera tenían tiempo de observar la pasividad que prometía la naturaleza. El viento apenas movía los árboles y arbustos decorativos en los exteriores de las grandes empresas, asentadas en sus altos edificios recubierto de ventanas, en donde las mismas moribundas y finas nubes se reflejaban, creando un apreciable mosaico. Definitivamente, ese día, ese domingo, estaba hecho para tomarse un descanso, una bebida en algún restaurante naturalista o un paseo por el parque. Sin embargo, para personas como Alexander, tan entregadas a su trabajo, resultaba un domingo más de trabajo, y no de cualquiera, sino de patrulla; ya se había tomado el anterior domingo libre, no podía abusar ni de sus compañeros ni de sus superiores, era apegarse al ritmo, afortunadamente, estaba seriamente acostumbrado.

       Una patrulla de incognito resbala por las calles atareadas de la urbe, éstas se caracterizan por tener una carrocería oscura al igual que el tinte de sus ventanillas; por fuera, es prácticamente imposible saber si es de la policía, utilizado usualmente para las investigaciones, siendo los coches asignados para los inspectores. Alexander no era la excepción y era quien, junto a Paul Warren —su compañero—, tomaban la zona central como parte del registro de la hora. El estéreo emitía unas suaves pistas de jazz que contribuían en la construcción del ameno ambiente. No obstante, cuando estás acostumbrado al peligro, a la tempestad, sabes que cuando el bosque está en silencio, hay depredadores acechando, tampoco era la excepción, el hombre de alma atigrada sabía lo que eso significaba, era la calma antes de la batalla. Su inamovible temple se veía vulnerado por la espera, manteniéndose más serio de lo normal mientras conducía, golpeando repetidas veces sus pulgares contra el volante como señal de ansiedad: No se podía concentrar en la música, ni en el cielo frente al parabrisas, ni en el silencio que encerraba la cabina. Esperaba el sonido de la radio, el vibrador de su celular, pero nada de eso pasó. En cambio, sólo esperaba en un semáforo en rojo.

       En ese instante, pasó —de derecha a izquierda— un furgón blanco que se denominaba Robins Plumbing, un servicio de plomería que en su ocasión contrató para su departamento; en su mente algo se descuadró, el hecho de leer esas palabras le hizo desconfiar. Pasaron los minutos antes de, por fin, romper con su paranoia injustificada, decidiendo en indicarle a su compañero que buscara la página de tal empresa de plomería. Fue la aterradora sorpresa de enterarse que cayó en bancarrota hace tres semanas la causante de que ese instinto del peligro se disparase hasta las nubes. Su mano fue directamente hacia la radio, desplegando las luces policiacas retráctiles que se posicionaban a los laterales del capó, iluminando de rojo y azul sus laterales con frenesí. Antes que pudiera contactar con la Central, ella lo hizo primero.

       «Central a todas las unidades, Central a todas las unidades. Diez setenta y nueve en Stratos Bank, repito, diez setenta y nueve en Stratos Bank»

       Un robo en el banco; por un lado se sentía por fin satisfecho, pero por otro, sabía que eso serían problemas y que inexistía razón por la cual alegrarse. Un violento giro marcó oscuramente los neumáticos en el pavimento, dejando un chirrido breve hasta ponerse en camino hacia el lugar del suceso. Conforme pasaban por las calles, más y más patrullas se unían en la misma trayectoria, todos bajo la misma emergencia.


       Los vehículos policiales realizaron una media circunferencia delante la institución, manchando las paredes de color marfil con las luces de las patrullas. Un edificio magnífico constituido por una arquitectura estilística, un estilo griego, de grandes columnas pertenecientes al orden jónico. Las puertas reforzadas estaban totalmente cerradas, a pesar del bullicio de las sirenas, la gran estructura pareciera guardar una tétrica calma, un silencio lleno de zozobra. El megáfono pronto se hizo escuchar, lanzando los primeros acuerdos hacia los secuestradores, estando todos los agentes resguardados detrás de la barricada hecha por sus propios vehículos. Alexander se había quitado la chaqueta, cargando con una camisa rayada de botones y la sobaquera negra con su respectiva arma en el lado derecho, en este caso, era una Glock nueve milímetros estándar. El rubio sabía que negociar era una pérdida de tiempo, lamentablemente, estaba en desventajas con un puñado de civiles en peligro de morir en el fuego cruzado. En su cabeza ya empezaba a probar las diferentes posibilidades, calculando, creando estrategias, considerando peligros y oportunidades.

       Pronto llegó el furgón blindado, pintado con la insignia de la policía neolondinense en donde los especializados llegaban, uno de los altos mandos hacía aparición: El jefe superintendente Barnett Byrne liderando la operación de rescate con un escuadrón entero de agentes armados con fusiles medianos. El típico procedimiento ante la situación. Cuando las puertas del blindado fueron abiertas, el inspector Campbell fue el primero en entrar. Las miradas pronto apuntaron a su dirección: Un hombre severo, con una impenetrable mirada azulada, seguro de sí mismo y con un expediente impecable, sin ni siquiera decir nada hacía acto de presencia con su absoluta disponibilidad para la acción, aunque claro, era muy suyo con su trabajo y haría lo que fuera necesario para solventar la situación.





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Re: Bank Crisis | Priv. Yerik Tarkovsky

Mensaje por Henrietta & Yerik el Dom Sep 03, 2017 10:06 pm


Bank Crisis

New London/ Banco Central/ Priv. Alexander C.


Tal y como si fuese una tarde veraniega, paz, serenidad, tranquilidad, sosiego…  decorada con los hermosos rayos del sol, la cálida brisa que acariciaba cada centímetro de la piel de los habitantes de New London; sublime creación de un ambiente que podría referir a un edén. Las charlas sin sentido de algunos pasaban como el viento por mis oídos, impidiendo que se instalara un incomodo silencio que fomentara a la tensión. Los eufórico gritos de felicidad de los infantes y las sumisas risas femeninas, todos esos elementos, apuntaban a que la tortuosa rutina laboral tenía un minúsculo receso ¿un día tranquilo y sin novedades?, así lo pensé y comenzaba a considerar, que la vida como un simple agente del cuerpo policiaco de esa comarca, no era tan intensa como me lo intentan hacer creer los filmes en la tv.

—De todos en esta oficina ¿por qué yo?— si algo detestaba más que otra cosa en la vida, además de a cierto hombre, del cual no era conveniente hablar, era mejor ahorrarse el amargo sabor en el paladar de tan solo recordar su lindo pero detestable rostro… ¿pero qué demonio se supone que estoy pensando?; era tener que confinarme a la ardua labor de encargarme de poner en orden el archivo de casos. Sí, existía un abismo de diferencia entre estar en la escena del crimen y tener que documentar todo el largo e incluso, repetitivo proceso, pero alguien tenía que hacerlo y la ganadora de dedicar su torno de domingo a toda esa tarea, yo por supuesto. La deliciosa fragancia de ese café que se preparaba en la cafetera aledaña al escritorio donde me encontraba prisionera, asalto por completo mi sentido del olfato ¿pero quién en su sano juicio disfruta de un café caliente a esas horas de la tarde?, no era la única en esa comisaria, mi jefe en turno, un caballero carismático entre semana, pero con una cara larga en este instante que era capaz de trasmitir apatía no lo culpo, a todos los presentes en esa oficina, nos parecía mejor idea pasar nuestro fin de semana en casa, con su pareja e hijos, en mi caso… debía conseguirme un mascota de cualquier especie, ¿un reptil? Sí, eso sería lo mejor.

—No me gusta mezclar el trabajo con mi vida privada, gracias por la invitación pero lo lamento— mantuve la vista en esos documentos, asombrada al encontrarme con un expediente de casos bastante voluminoso, alguien aquí si se dedicaba a hacer sus deberes ¿pero quién?,  estaba por averiguar de quien se trataba,  del agente que reportaba más incidentes criminales que cualquier otro, mi colega de cubículo, él… estaba más preocupado por hacerme cambiar de opinión. En ese momento todo ruido quedo pausado, el sonido de una taza que caía al suelo, la voz colérica de mi superior al colgar con fuerza el teléfono que había contestado hace un breve instante. No hubo tiempo de preguntarnos qué ocurría, de mirarnos entre sí, o de dirigirnos a él para esclarecer si se encontraba bien. La voz de nuestro superior al mando rugió como la de un enorme león, indicaciones, donde se me aseguraba que la papelería no iría a ningún lado,  que dejáramos de perder el tiempo en egocentrismos e intentos absurdos de crear relaciones afectivas, había cosas mas importantes, tanto que… requería a todos sus elementos, centrados y dispuestos a hacer su trabajo como todos unos profesionales.

Mi nombre resonó de lo profundo de sus labios, no hice más que caminar al ritmo de los pasos de mi jefe. —“¿Por qué tanto misterio? ¿qué pasa? ¿por qué no habla de una buena vez? …me saca de quicio”— gritaba en mi propia mente, detestando tanto preludio mientras apreciaba como todos mis compañeros salían de sus oficinas para abordar su auto patrulla. Ese hermoso día de domingo dio un giro inesperado, convirtiéndose en un sentimiento de paranoia para más de uno. Al franquear el umbral de la comisaria, mis ojos se encontraron con ese isologo rotulado en ese imponente furgón blindado, las explicaciones estaban de sobra, era evidente que algo malo se estaba suscitando en New London. Toda la información me seria dada en un coctel de palabras, difícil de comprender para el mal entendedor. Cinco, diez, quince minutos cruciales para acatar todo lo establecido, presentaciones, llegar al escenario, cada segundo era valioso y todos lo sabíamos perfectamente.

La caballerosidad quedaba completamente nula, no era algo que tuviera una completa importancia  cuando más de una cosa esta en juego. Todos descendieron del bestial furgón, yo seguí de cerca los pasos de esos hombres, bajando al final. Estaba sorprendida, de la velocidad con la que todos los oficiales se habían movilizado para atender el llamado. Añoraba desde hace tiempo contemplar el destello de esas luces rojas y azules, plasmándose en las paredes aledañas. Me olvide de disfrutar de la belleza arquitectónica de esa tan emblemática sucursal bancaria de la ciudad, sí había escuchado mucho sobre ella, pero mi mente estaba alerte como un buen animal del bosque, cautelosa a todo movimiento u orden de mi superior el cual,  camino directamente a uno de los agentes que se encontraba en posición. ¿Quién era ese joven rubio? Yo no lo sabía, pero apostaba cualquier cosa a que lo había visto algunas veces en la comisaria; sin intercambiar palabras ni miradas, se me figuraba un sujeto recto, un “príncipe azul para muchas” pero según lo que llego a mis oídos en mi estancia en ese departamento policiaco, uno de los mejores elementos que la policía de New London jamás había tenido, todo era válido en este punto de la vida. Me acerque hasta ellos, después de todo se me pidió unirme al grupo para la misión ¿debía saludar?, no era el momento y lo prudente era aguardar a que mi superior hiciera el contacto entre nosotros.







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Re: Bank Crisis | Priv. Yerik Tarkovsky

Mensaje por Alexander C. el Jue Sep 07, 2017 1:07 pm


S
eguros pasos me encaminaron al interior del furgón de grandes proporciones. La parte interna del vehículo poseía un color blanco metálico, constituido por dos hileras y un pasillo central: la izquierda constituida enteramente por computadores, pantallas y una estación de radio, en donde habían una silla para cada máquina, teniendo un total de cinco con sus respectivos técnicos —con sus respectivos auriculares— sin quitar un ojo de los monitores que señalaban datos, imágenes satelitales, espectros de radio, posiciones de las unidades especiales que desplegaron y una entre ellas con el logo del cuerpo policial, parecía estar a la espera de mensajes entrantes, posiblemente del alto mando; en el lado contrario se encontraba una mesa horizontalmente larga que cubría casi toda la extensión del vehículo, en donde estaban algunos papeles perfectamente apilados, mapas y una pizarra en la pared. En el medio de las dos hileras, un espacioso pasillo en donde fácilmente cabían dos columnas de personas, finalizando en la silla del jefe superintendente, desde donde podía observar cualquier cosa que sucediera en las pantallas y en la pizarra, mientras que, detrás de él, justo a sus lados, se encontraban los armarios llenos de equipos de asalto táctico, de comunicación y otras parafernalias necesarias para una misión de tal índole. Era bien sabido que la policía de New London estaba muy bien preparada, con logísticas que se ajustaban a multitud de casos, y ciertamente, esos hechos eran de mi gusto, pues, nada mejor que tener los recursos necesarios para hacer un trabajo insuperablemente excelente y sin ningún fallo, porque nada daba más frustración que una falla ajena a mis acciones y fuera de mi alcance. Mi observación se desplegó con discreción en todos los equipos, recorriendo las dos hileras con sus respectivas características, todo para luego ser posada sobre quien lideraba la operación.

       El jefe superintendente sonrió al verme, con satisfacción y sin ningún tipo de sorpresa, teniéndome en cuenta desde que inició la emergencia. Se podía traducir como cierto cinismo pero su personalidad le hacía alguien extravagantemente interesante, y lo más importante, yo le toleraba, un sentimiento mutuo. Byrne estaba vestido con un uniforme negro, un conjunto perfectamente cuidado, perfectamente formal, con sus respectivas hombreras de una corona antecediendo a una estrella, ambas de color doradas; su saco, decorado con condecoraciones de distintos tipos y distintos colores, en su asiento dejó su sombrero a juego con su uniforme reglamentario, dejando al descubierto las franjas canosas que tiene a los laterales de su —tenuemente— arrugada cabeza. Por su record se le veía como alguien sumamente confiable y competente, gustoso con su puesto a pesar de haber tenido oportunidades de ascender.
       Se levantó, arreglando su saco con un distinguido jalón al frente, encarándome con disposición a estrechar manos. Aún no apartaba su fresca sonrisa, ni tampoco su seguro contacto visual sobre mis irises. Desde ese momento sabía que tenía una carga encima y que él sería el causante del dolor sobre mis hombros. Extendió su mano al tenerse a una distancia prudente, consecuentemente, fue recibida por la mía al igual que apretada y agitada. Ya habíamos trabajo juntos aunque el día en el que nos conocimos me puso innecesariamente a prueba, al parecer seguía divirtiéndose al verme hacer mi trabajo.

       —Inspector Campbell al servicio, señor —me presenté inmediatamente, como parte de una rutina al estilo militar dado que mi porte era similar a éstos—. Trajo su mejor uniforme, jefe superintendente —realicé hincapié en su pulcra vestidura, sin cortar el contacto físico. En mi voz se notaba el aire jovial que había, era un humor que nosotros entendíamos, al superior le gustaba ser halagado.
       Él sonrió con mayor amplitud, soltando un par de carcajadas. Había dado en el clavo y él lo sabía. El estrechado de manos llegó a su fin, he hizo de su postura una relajada y yo una firme, con ambas manos sobre mi espalda baja; esto terminaba de marcar lo fornido de mi cuerpo dada la tensión generada sobre la tela de mi camisa. Su expresión no fue correspondida por la mía, pues, mis facciones no cambiaron en ningún momento, manteniendo la absoluta seriedad.

       —Listo para la prensa, detective inspector —contestó ante la broma lanzada, corroborándola, reduciendo su expresión de gracia a una simple curva entre sus labios. Se tomó el atrevimiento de palmear dos veces mi hombro, no hubo movimiento por mi parte—. Puedes tomarlo como una muestra de mi confianza —concluyó, desviando su atención hacia mi lateral, buscó y encontró a quien quería dentro, terminó por alzar su voz ligeramente, sin perder elegancia en el acto.
       —Inspectora Tarkovsky. Acérquese, por favor —acabó con indicar a quien estaba de fondo. Suficiente para llamar mi mirada saliente por el rabillo del ojo, virando ligeramente mi cuerpo hacia ella, dándole su lugar para integrarse—: Inspectora, detective inspector. Inspector, inspectora. Llévense bien, serán quienes lideren la operación.

       Me terminé apartando para la participación de la fémina que ahora entraba en escena. Una vista rápida, sin demasiados detalles ni demasiada obviedad, centrándome en sus ojos, cuyo contacto era necesario para una presentación formal. Mi diestra abandonó mi espalda y, tras el posicionamiento adverso, sería extendida a su delantera. Iniciado el estrechado, uno con la misma fortaleza con la que trataba a mis iguales, sin distinción de sexo, sin cortesías más allá de las correctas, ni sutilezas por tratarse de una fémina. Un sólido apretón y un movimiento leve fueron suficiente.

       —Alexander Campbell. Será un gusto trabajar con usted, inspectora —me formalicé con severidad, sin apartar la incisiva pero concreta vista sobre sus orbes—: Espero que podamos cooperar correctamente en esta unidad.

       Tan pronto la presentación tuviera fin, me dignaría a regresar mi mano ante el agarre de la otra detrás de mi torso. El superior se retiró y tomó asiento una vez apartó su sombrero, luciendo tranquilo de ver cómo todo se desarrollaba con la mayor eficacia posible. Realmente, ver su postura ante lo que ocurría era realmente contrastante, pero, tomando en cuenta la cantidad de operaciones que ha liderado y participado activamente, no cabía duda que era una más de entre tantas. Carraspeó su garganta, llamando mi atención, haciendo que sus facciones se volvieran más serias que antes, uniendo sus manos en un entrelazado de dedos, listo para imperar como él sabía hacerlo.

       —Ahora ésta es vuestra unidad. Yo me encargaré de los asuntos burocráticos con el alto mando —añadió con desdén hacia lo último mencionado, como si se tratara de una verdadera molestia pasar informe de lo que sucedía—. Ya escucharon, están bajo el mando de los inspectores —demandó ante los técnicos encargados de las computadoras y los hombres fuertemente armados en la salida del furgón. Asentí ante la mirada del superior para luego ponerla sobre ella, necesitando mayor comunicación.

       —¿Cuál es su especialidad, Tarkovsky? —inquirí como primer paso del conocimiento. Me gustaba obtener el control de la situación, conocer todas las piezas en el tablero y más a ella quien me acompañaría en el liderazgo—. Necesito saber sus puntos fuertes y débiles. Me tendrá a disposición para cubrir sus puntos flacos —aseguré con entrega de total confianza.
       No era necesario establecer vínculos sociales para depositar la seguridad de su actuación. El sólo hecho de ser compañera le hacía merecedora de la misma.

       —Puede preguntar lo que le plazca, siempre y cuando sea parte de la misión —concluí con severidad, imponiendo un frío muro de profesionalidad en el medio. Era indudablemente certero, eso no se podía negar ni ocultar. La franqueza era uno de mis puntos fuertes y esperaba que ello no resultara ser un problema.


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