Fundamental principles: Theory [of everything]

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Fundamental principles: Theory [of everything]

Mensaje por SEOL el Jue Ago 31, 2017 11:37 pm

En el principio la Palabra era, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era un dios."
[Juan 1:1]



¡Qué pesadez! Qué difícil era mover aquellas largas piernas sobre el asfalto de una urbe bulliciosa y llena de seres confinados a sus vidas rutinarias sin tener mayor propósito que el de existir tan sólo porque haber nacido en este mundo. ¡Qué diferente de tu preciado bosque! ¿Verdad?, tan fresco y puro donde el silencio reinaba ensordecedor, solamente interrumpido de cuando en cuando por el cruzar de algún animalillo. No te agradaba caminar entre aquellas criaturas llamadas humanos, tampoco el mundo el cual habían construido siempre en constante transformación, enterrando bajo sus pies una belleza aun mayor. ¿Qué te obligaba a regresar una y otra vez, tomando el mismo camino empedrado que te conducía a aquel majestuoso edificio antiguo de la vieja ciudad? Detuviste tus pasos tomando un breve respiro mientras tus claros ojos apreciaron la exquisita arquitectura rústica de aquel lugar, era una de las pocas cosas que disfrutabas, pues gratos recuerdos rememoranban, de aquel mundo plagado de personas que siempre corrían  con prisas de un lugar a otro como si la vida se les fuera en ello. Inevitable fue que ante aquel solo pensamiento inclinaras la cabeza ocultando los ojos bajo aquellos cabellos plateados, regalando una sonrisa sobre tus labios pálidos. Era verdad, lo efímero de su vida, no se les podía culpar. Ni siquiera tu podías hacerlo, Seol.
Era quizá tu muy peculiar sentido del deber el te que guiaba hasta aquella enorme aula la cual al traspasar la puerta inmediatamente se encontraba un viejo escritorio de madera, junto con su dulce aroma a cedro. La duela era tan vieja que con tan sólo poner un pie sobre la misma parecía quejarse con chillidos estruendosos clamando piedad. Frente, el aula con forma de media Luna se extendia con las bancas ascendiendo de forma escalonada cual anfiteatro de la Grecia antigua. Y al fondo se alzaba un gran ventanal desde el que podía apreciarse una bella porción de naturaleza del lugar. ¡Un poco de pureza en ese enrarecido mundo! Tus pasos suaves te llevaron hasta el cristal para poder recrearte con la belleza de las flores que decoraban la externa alfombra verde cuya vista se perdía entre los árboles de un bosque no muy lejano. En el cristal pudiste ver reflejado tu rostro juvenil que sobrepasaba el tiempo y el espacio. ¡¿Qué haces aquí, Seol?!, gritaban tus pensamientos dentro de ti. Ni tu mismo lo comprendidas cabalmente, más en tus ojos una única respuesta resplandeció mientras esperabas el arribo de alguna mente inquisitiva que como barro estuviese dispuesta a ser moldeada por un alfarero, tú .
¡Conocimiento!, murmuraste. ¡Sí! Eso era lo que te traía de vuelta vez tras vez a este lugar en el corazón de aquella decadente ciudad, el mismísimo conocimiento,  alimento del alma y de la mente. Ya fuese el tuyo, o el de alguien más.


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Re: Fundamental principles: Theory [of everything]

Mensaje por Theodoro Stratos el Dom Sep 03, 2017 4:37 pm


I
mpertenencia, esa sensación se posa sobre tu mente y aprisiona tu corazón, pues, no cabe mayores razones por la cual tienes una terca dificultad al intentar mezclarte con los terrestres, con esos seres manchados por el pecado, ese vomitivo pecado, aunque juras protegerlos, ¡sí, protegerlos!, pero no quererlos por su naturaleza, un dilema interno y que te persigue desde que ni siquiera existías, desde que sólo eras una esencia perteneciente a alguien más, ni siquiera una esencia completa, simplemente una parte de ésta. No te sientes menos de quienes te esperan en el Paraíso como uno más, sino culpable de actos desconocidos para tu limitada percepción del pasado, ironía, piensas al intentar comprender lo que se oculta sobre tu cabeza sin posibilidad de verla con tus propios ojos. Esas mismas dudas te acompañan a donde sea que vas y te hacen ser quien eres, no lo puedes negar. Negligente al pensar que podrías con la vida concurrida entre los manchados, tomar un poco de lo que ellos tienen y guardarlo, entender la razones de sus actos, eso te lleva a la estructura universitaria que se irgue ante ti, bajo el cielo despejado de una fresca mañana, en donde el sol proyecta la inmensidad de su luz naciente sobre todos los que osan pisar tierra y volar cielo, sin embargo, no te causa la misma sensación que el preciado faro luminoso que hay en donde perteneces.

       Entras al edificio con cierta ansiedad, como si quisieras librarte de lo que aflige tu delicada piel, ya que, el propio aire, la propia luz, te propina una indeseada sensación de pegajosidad, te sientes sucios. Incrédulo fuiste al pensar que el cruzar el umbral e internarse en los pasillos te libraran de aquello, no, claro que no, seguiste sintiendo la inmundicia sobre tu dermis aunque el cuidado sobre la misma fuera espléndido sin lugar a dudas. No era tu sudor, era todo lo que te rodeaba, ¿hasta tu propia mente no desea estar allí?, no te extrañarías, sigues siendo un invitado furtivo ante los ojos de los demás. Te aferras a tu libreta con ambos brazos como acto de reclusión, sabes que te ves diferente, que brillas sin necesariamente dejar ver tu magia, como un copo de nieve en medio de un desierto, derritiéndose por el calor, siendo vulnerado por su entorno. Suspiras, centrándote en un objetivo, lo mejor que puedes hacer en tus cabales. Sabes que tu ropa es anormal para la sociedad, y aun así, sostienes lo innecesario que es adaptarse a las modas: Una venda sobre tus ojos; una prenda manga larga se apodera de tu torso, de cuello extenso y de dos hileras con cinco botones cada una, botones dorados frente la tela negra al igual que las líneas clásicas que adornan; unos pantaloncillos recubren tu pierna más arriba de la rodilla, para terminar con una botas de extraña manufactura, siendo un conjunto extraño, haciéndote ver más joven de lo que realmente eres. Esa apariencia delicada no te la arrebata nadie y a ti no te importa, tu Dios te ha creado y te sientes orgulloso de eso, ese es tu impenetrable escudo.

       Diste un paso al frente cuando llegarte al aula, y allí, querido Theodoro, empezaste a cuestionarte sobre una figura desconocida para cuando tu fina aura de magia —invisible ante el ojo común— palpó las líneas que lo conforman; debido a que haces uso de tu capacidades para realizar una cúpula que crece y se retrae para reconocer tu alrededor, eso te hace ver sin utilizar tus ojos. Por ello, sin ni siquiera observar, sabías que se trataba de un ente extrañamente diferente, cuya sensación te envió un ligero cosquilleo por tu espina dorsal. Tu instinto de ejecutor, de cazador, te gritó ¡Precaución!, y tu raciocinio reprochó No es oscuro. Sea como fuere, tus acciones no se vieron ofuscadas por tu indecisión, ni siquiera significó nada en tus inexpresivas y delicadas facciones.

       —Buenos días. Permiso —soltaste como un inquebrantable protocolo de etiqueta. Tu voz carecía de la delicadeza de tu apariencia, enfocada más en la seriedad y severidad que traes contigo.

       Sin titubear te desplazaste hacia el anillo más cercano —y por ende, más bajo— de la formación escalonada que formaban los puestos, tomando asiento en el centro del mismo. Dejaste tu libreta de anillos tapizada de un color azul sólido, mantuviste silencio, posicionándote con rectitud. Parecías mantener la mirada al frente a pesar de, virtualmente, no ver; estabas rígido ante su presencia, como si no tuvieras barajas que jugar ni blancos que cortar con tu poder. Expectante.
       Los demás alumnos empezaron a llenar la habitación progresivamente: algunos venían acompañados, otros solos, hundidos en su propia burbuja, otros inmersos en la tecnología. Tú, ajeno a tu entorno, teniendo como excepción a la fuente de conocimiento, decidiste colocar la fecha de ése día y a pesar que tu razonamiento se posaba en tu caligrafía, la pesada y silenciosa cautela estaba puesta en el profesor, en ese enigmático ser.





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Re: Fundamental principles: Theory [of everything]

Mensaje por SEOL el Vie Sep 08, 2017 12:56 pm

“Conmigo está el consejo y el buen juicio; yo soy la inteligencia; mío es el poder”.
[Pr 8:14]


¡Pureza!... ¿Habia algo que desprendiera aroma más delicioso y transparente, que pudiera verdaderamente ser llamado puro; que no fuese el que emanaba de la mismísima naturaleza? Tanto tiempo rodeado de verdes campos y señores gigantes de largas piernas color marrón, testigos mudos de tus constantes meditaciones, los únicos capaces de acompañar las largas horas de tu existencia, firmes, erguidos y dignos. La tierra madre humedecida por el rocío matinal, el murmullo del agua arrastrada constantemente en aquel arroyo que surcaba los terrenos del que habías hecho tu hogar. No existía nada tan puro que no fuera la naturaleza en su estado más salvaje. ¡Nada!... ¿O tal vez sí?
De frente al ventanal y dándole la espalda a la puerta que te habia recibido, aquel único ojo tuyo visible se rodó en dirección donde las pisadas habían detenido su paso, casi imperceptibles de no ser por la madera vieja de la duela evidenciando el arribo de un recién llegado, al mismo tiempo el sonido de una voz juvenil llegó hasta tus tímpanos perturbando tu momento de tranquilidad. Frunciste el entrecejo en señal de desagrado, pues no te acostumbrabas a las relaciones interpersonales, si quiera a las voces humanas, tan habituado a escuchar nada más que la propia. No respondiste al saludo, no lo creíste necesario pues la cortesía no figuraba como materia obligatoria en tus enseñanzas. Sencillamente giraste ligeramente el blanquecino rostro sin que uno sólo de tus claros cabellos se moviera de su sitio, elevando una de tus manos en un ademán que invitaba a tomar asiento. Un aura penetrante desprendía aquel individuo al que en un principio poca importancia le diste: “¿Qué es esto?”. Té preguntaste casi instintivamente ante aquella incipiente sensación de incomodidad causada por el arribo de esa persona. Pero no había nada de qué  preocuparse, Seol, pues ese joven no era más que uno de tantos mortales que habitaban aquel mundo sumido en los placeres tras los cuales corren como esclavos los pobres de voluntad. ¿No era así? Era esa siempre la reacción ante los seres que llegaban a rozar el círculo que tu mismo habías puesto a tu alrededor como seto protector. Más esta era tu vocación, darle voz a la mente y devolver la vista a los ciegos cual redentor.
Aspiraste profundamente al recordar tu propósito dentro de las paredes de aquella aula asfixiante, y después aceptaste como bienvenida su presencia, la del joven de aspecto sereno y callado que no hizo más que tomar un lugar entre los muchos asientos. No esperabas que llegarán más como él, tus lecciones solían ser poco requeridas por el estudiantado quienes en su mayoría optaban por materias diferentes o inclusive, tutores alternos para no tener que escuchar tus palabras inteligibles. Más para tu sorpresa, esta vez sólo unos cuantos más llegaron a la clase dispuestos a escuchar tu sabiduría; que llegarán al final de la hora después de la primera sesión, sería realmente un auténtico logro.
No había libros, pergaminos ni papiros en tus manos, ni siquiera lo más esencial que se esperaría en un catedrático. No los necesitabas, todo lo que requeridas se encontraba dentro de tus pensamientos, grabados y frescos como cuando los viviste la primera vez. Guardarse ambas manos dentro de los bolsillos de aquel pantalón negro que vestías para la ocasión, dando media vuelta comenzaste a caminar de un lado a otro, de ida y de regreso mientras introducías con vagas palabras aquella clase de historia por la cual los jóvenes pupilos habían sido atraídos. La primera lección… guerras. Quizá, uno de tus apartados favoritos al haber sido tu mismo el encargado de cegar los cientos de vidas involucradas en tantas de aquellas masacres, sin distinción ni parcialidad; a diestra y siniestra. ¿Quién mejor que tú, para hablar de las mismas? Más sería demasiado presuntuoso inclusive para alguien como tú, dominar la temática de principio a fin. Por ello mismo después de divisar a los educandos discurriendo el aula de izquierda a derecha, terminaste por preguntar tras un breve silencio: “Y bien, ¿con cuál batalla les gustaría comenzar?”. Inquiriste esperando se levantara la mano de algún valeroso candidato que estuviera dispuesto a participar, que diera pie a un desglosar de los por menores más insignificantes que se pudieran rescatar de aquello en lo que los mortales eran expertos. La discordia.


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Re: Fundamental principles: Theory [of everything]

Mensaje por Theodoro Stratos el Sáb Sep 09, 2017 3:30 pm


E
nigma, una característica importante que se esconde, la mayoría de veces, en los entes espirituales, quienes pisan la Tierra con algo más en su interior; es por ello que te exaltas silencioso ante la presencia de otro, pues, en cierto modo tienes su mismo papel de individuo con naturaleza clandestina, con poderes que, aunque en el reconocimiento de otras razas, tocan la incomprensión y, a veces, la abominación. Haz manchado tu espada con sangre de muchos de ellos, los seres no son más puros en su transparencia que cuando se les ve arrinconados, indefensos, miedosos o iracundos, muestran cómo son realmente. Tú te encargaste de escuchar últimas plegarias, sentir el calor ser irradiado de cuerpos moribundos que se terminaron enfriando al caer en la inactividad, de oler los vitales líquidos y el acero astillado. Están guardadas en tu memoria, e inclusive, la misma es contenedora de batallas que tú en sí no participaste, de muertes que tú no provocaste, no son tuyas y aun así están en tu cabeza. Sin la ayuda de tu creador caerías en la locura de una ignorancia insuperable. Decidiste devolver el enfoque en la irritante aula, en una de las tantas habitaciones sucias del pegajoso calor, soportable, pero molesto; el respirar llena de pesadez tus pulmones y en inútiles intentos de alivianarlo tiendes a respirar con profundidad tenuemente más veces que lo haría una persona normal, sin el estrés que cargan tus sienes. ¿Qué debo hacer?, no se trataba de un dilema entre lo correcto o no, sino en si valía la pena resignarse al aprendizaje terrestre, y allí es cuando tu curiosidad e interés por los actos que una vez se cometieron, con o sin motivos nobles, ese era su principal razón y en la que todo el peso de su visita recaía. No obstante, la clase caía bajo el brillo del individuo que tomaría el papel de profesor, empezaba a creer que ese individuo sería más interesante que las palabras salidas de su boca. No puedes evitar clasificarlo bajo tus conceptos monocromáticos de moral, ¿verdad que no, Theodoro?

       Las letras moldeadas por tu caligrafía, la cual rozaba la mediocridad en calidad, llegaron a su fin, siendo también el final de la acción que utilizaste como escape, llevándote de nuevo a lo que realmente llamaba tu esencia. Recostaste tu firme y tensionada espalda en el soporte de tu asiento, virando tu cabeza a las inmediaciones de su flanco izquierdo. Tu ansiedad se transformó en la necesidad de sostener el lápiz entre tus dedos, moviéndolo con rapidez, dejando que dicha muñeca descansara sobre la mesa. Tu magia pareció tomar la iniciativa, emanando de tus poros con mayor potencia, aún sin ser evidente ante la realidad de seres no espirituales o ignorantes en las artes arcanas. El torrente se deslizó con gran velocidad hacia el profesor son un único objetivo, inofensivo: Analizarle. Pero para cuando la magia llegó a un palmo de distancia, una extraña sacudida te desorientó por un par de segundos, retrayendo la oleada de energía hacia ti en postura defensiva. Detuviste el mover de tus dedos y el lápiz, tu corazón al igual que tu respiración se vieron incrementadas en velocidad, enviándote a un trance de pensamiento que buscaba determinar qué había pasado, y era que, había sentido como si un coliseo entero, llenos de voces, hablaran al mismo tiempo como un coro, dentro de tu cráneo. Apuntaste con tus invidentes ojos vendados hacia él, intentando de descifrar sin éxito su conexión con las almas que sofocaron tus serenos pensamientos.

       Escuchaste su pregunta, siendo el detonante de una búsqueda rápida entre tus conocimientos previos, valorando cada uno de ellos y buscando cuales denotaban carencia de detalles e información. Empezaste desde donde empieza la cronología, desde antes hasta ahora, queriendo saber sobre uno en específico, el cual pronto se transformó en una imagen mental que sedujo tus ansias de conocimientos. Tus labios se separaron, serenos, simultáneos con tu diestra apuntando al techo como parte de una pieza más de tu comportamiento protocolar.

       —La Segunda Guerra Mundial —elegiste en vista de la mediocridad silenciosa que pobló la sala—. Quisiera escuchar sobre cómo grandes naciones manipulan situaciones para satisfacer su hambre de almas —comentaste seguidamente, haciendo que esta última mención fuera parte de un pequeño código cifrado para el ajeno.

       Respiraste con profundidad una vez más, haciendo que tu ímpetu fuera disminuyendo al apartar el análisis hacia el concepto abstracto de quien caminaba frente a ti, dejaste caer el lápiz sobre la hoja, juntando tus manos a la altura de tu boca; dedos entrelazados en muestra de fortaleza y dominio, como una sólida formación, ambos pulgares funcionaron como atril para tu barbilla, mostrándote como alguien centrado en estudio y, además, demostrándole al ente que predominaba entre ellos como un ser de luz, si es que ya lo había descubierto. Tus facciones acompañaron su severidad, como parte de un conjunto armonioso.





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Re: Fundamental principles: Theory [of everything]

Mensaje por SEOL el Sáb Sep 16, 2017 1:40 am

¿Te han sido reveladas las puertas de la muerte, o has visto las puertas de la densa oscuridad?."
[Job 38]



Y así tan repentinamente, ya no había tanta pesadez en el ambiente y se disiparon las dificultades para respirar, pues tu mente se conectó con el hilo argumental de aquella clase con algunos rostros atentos a tu persona como sedientos de conocimiento. Con ojos brillantes y hambrientos esperando por la iluminación. ¡Si! Todos almas en pena, muertos vivientes en una búsqueda desesperada de un mentor. Todos, con excepción de... "él". Ese ser inexpresivo que ocultaba bajo una venda la verdad que sólo sus ojos podían revelar. No importaba si se trataba de un ser literalmente impedido de visión, porque con brillo o si el, las ventanas del alma siempre desvelan los demonios que guarda en su interior. ¿Sería acaso esa precisamente la razón por la que siempre ocultabas aquel derecho ojo tuyo?. Tal detalle fue motivo suficiente para que fijaras la casi absoluta atención en el joven albino, entrecerrando aquel único ojo visible tuyo, enfocando cual periscopio la figura endeble dentro de un círculo de visión para tu propia y meticulosa inspección.
Bajo la premisa de que algo ocultaba tras el vendaje, escuchaste atentamente sus palabras, agudizando tu oído ante aquella última frase la cual pareció llevar impresa más que una superflua curiosidad. En un instante el aula se sumió en un infinito vacío, oscuro y silencioso donde sólo sobresalía las figuras estilizadas de maestro y aprendiz.
Algo bueno e interesante estaba surgiendo en las entrañas de aquel sitio donde pocas cosas de verdadera consideración podían brotar. Eso te complacía bastante, ¿no es verdad, Adan? La sensación incipiente de un hormigueo que precede a la expectación de encontrar una joya auténtica para tu propio deleite. Si, porque te regocijaste en gran manera cuando un ente sapiente abría los labios profiriendo habla gloriosa, tomando la palabra entre los demas, los comunes. Aún si.... aún si persistía un aura hacia la cual la tuya propia sentía algo así como una repulsión especial.
Delante de tus ojos el aula desapareció así como las cabecillas que la ocupaban, dedicando tus inspecciones sobre un único individuo, como la flor entre la maleza de tu propio jardín.
Cerrando los ojos con absoluta complacencia, elevaste el mentón y colocaste el dedo índice de la mano diestra sobre la barbilla de tu perfilado rostro mientras repetías aquellas palabras en voz lo suficientemente audible para que el otro te escuchara: "Cómo grandes naciones manipulan situaciones para satisfacer su hambre de almas". La propia frase sonaba como un encanto a tus oídos. Era como si esa persona te abriese la oportunidad de hablar en tu propio idioma, en tus propios términos y sobre tus propios terrenos.
“¿Almas, ha dicho joven educando?”. Preguntaste retóricamente en la misma posición continuando con el andar previo, a paso lento, digiriendo las palabras antes pronunciadas por el contrario. ¿Qué sabía de ‘hambre de almas' ese efebo de imperturbable semblante? ¿Cuál sería el secreto que ocultaba tras aquella imagen de estudiante, mientras pretendía perderse entre la multitud? ¿Cómo descubrirlo, Seol?... Si, tu ya sabías la respuesta a esa última pregunta, y una apenas perceptible sonrisa de tus labios pálidos, con un tenue deje de vida sobre ellos lo evidenció. Sólo esperabas que la naciente curiosidad que despertaba en ti aquella criatura sobre la tierra, no fuese sólo un encantamiento efímero que terminase en otra decepción.
No había, por el momento, necesidad de entrar en por menores que eran más que conocidos sobre los hechos involucrados en la guerra mencionada. Se considerarían, por supuesto, pero a su debido momento y en sus debidas categorías. Por ahora, una curiosidad mas importante se anteponía a tus inquietudes y buscarías como siempre la manera de satisfacerla.
Giraste sobre tu eje cruzando los brazos envestidos con aquella prenda en saco oscuro, entrelazado ambos por sobre tu pecho, despegando los párpados buscó tu pupila clara la figura del efebo quien utilizaba una pose que daba realce a sus palabras, reforzándolas en tono y actitud. Tras unos pocos instantes de silencio ensordecedor al fin tomaste nuevamente la palabra y le dijiste: “Interesante tema ha sugerido”. Aún si en realidad eras consiente que los conflictos bélicos siempre solían llevar un patrón similar y poco se diferenciaban unos de otros. Con todo estabas dispuesto a satisfacer el interés del mozo al mayor grado posible, al tiempo que hacías lo propio en el proceso. Para lo cual añadirse con el fin de ahondar en tus investigaciones: “Sin embargo, comenzaremos antes por analizar un hecho que se escapa a dicha aseveración. Y es que la manipulación es la consecuencia de un hambre, sí, pero no de almas sino de un conjunto de concupiscencias que consumen como enfermedad a las voluntades endebles; dando como resultado, la exterminación masiva de lo que por naturaleza esta condenado a la autodestrucción, simplemente acelerando el proceso. ¿No le parece a usted, joven educando?”. Inquiriste para saber su opinión, pues había demasiadas señas sobre una furtiva sospecha que estaba perturbado tu razón con respecto a él como ente. Las palabras del efebo así como la firmeza en la voz y su porte debieron advertirte de aquellos cuya pureza de espíritu suele pasar tan prontamente como un abrir y cerrar de ojos, de virtud a pecado: El orgullo. Y tú, ¡Oh Seol!, Experto en la materia según tus propias filosofías, tenías especial interés cada vez que en tus centurias de existencia tenías la ocasión de corregir lo que llamabas, los defectos de la creación.


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Re: Fundamental principles: Theory [of everything]

Mensaje por Theodoro Stratos el Dom Sep 17, 2017 3:11 pm


A
tención innegable arribó por sobre tus hombros como peso del enfoque perspectivo adverso, lo sentías; un ser como tú siempre era luz para miradas curiosas, por ello podías sentir de manera acentuada los miramientos sobre ti, aun viéndote incapaz de ignorarlas, de acostumbrarte, todavía más cuando no sabías cómo reaccionar frente a ellas, cierto nerviosismo corrió por tu espina dorsal, prácticamente invisible por tu segura postura ante el entorno, psicológicamente actuabas como una inexpugnable fortaleza. Entre tantas miradas, tantos murmureos que se formaban a tu espalda y a tus lados, podías reconocer algunas, denotando el desconocimiento de un precoz inicio de debate, pues, no eran indiferente a la tensión que surgía del más pequeño. Entre tantas miradas y tantas consecuencias para tu sensible percepción sobre el entorno, la atención del ente en cuestión —medio por el cual pudiste escuchar seres de otro plano existencial— era diferente, más fuerte e inclusive, llena de un interés jugoso aunque algo malicioso. Era lo que percibías y eso era lo que analizabas con tu básico raciocinio.
       Él repitió tus propias palabras y terminaron por chirriar en tu oído, ¿te habías equivocado o estaba evidenciando el objetivo subliminal?, no lo supiste, no podías leer perfectamente el tono expresado; tenías un velo, lleno de ignorancia, al frente —a pesar de tus habilidades extrasensoriales— cuando te sumergías en lo social; lo tuyo eran las batallas, las tácticas, la muerte; no una conversa, viéndote inútil y desamparado cuando aquel, que utilizaba un tipo de habla grandilocuente, se dignaba a enfocar sus palabras sobre tu persona. La siguiente pronunciación hizo que reafirmases el hecho que anhelabas desde el primer momento que dejaste navegar tu esencia angelical, una afirmación acerca de su naturaleza espiritualmente superior; no sabías si alegrarte por haber aceptado o preocuparte por significar una amenaza hacia tu persona y hacia su misión en ese mundo, aunque ambas cuestiones convergían en una sola, pues, tu simple muerte sería el final de tu cometido.

       Tu venda —además de tu flequillo— imposibilitó la observación de cuando arrugaste el entrecejo, lleno de desconfianza; entreabriste tus labios, inhalando aire que dispondrías para tus palabras para satisfacer la necesidad de aclaración, no fue posible ni tampoco preciso, lo dejaste pasar como agua cristalina en un manantial aunque para los demás presentes significase un río lleno de piedras. Deseabas visualizar sus facciones para determinar con exactitud qué sucedía, sin embargo, tu sentir mágico tenía un límite y los detalles como las curvas en los rostros ajenos era uno de ellos, cegándote, imponiéndote una marea cambiante e indeterminada en lugar de sus rostros. Apretaste la unión de tus dedos, mordiste el interior de tu labio inferior, impotente, ansioso por salir de esa posición de desconocimiento pero indispuesto a mostrar debilidad, ninguno de los soldados del Altísimo se le estaba permitido mostrar debilidad, y tú no serías la excepción.

       Sus pisadas ondeaban tu magia como gotas sobre un sereno estanque, prolongándose, un arte maravilloso invisible para aquellos mundanos estudiantes, para ti seguía siendo una parte más de tu cuerpo; de igual forma, el patrón sería recordado, esa particular frecuencia de pisadas era grabada como quien memoriza el ritmo de una melodía, un sello único y, probablemente, una de las posibles manera de determinar las expresiones ajenas, esas que tanto tomas en importancia por la curiosidad que genera y la importancia estratégica que significa. Otra vez, tales palabras llegaron a tus oídos como quien realiza un sutil movimiento en el ajedrez, quizás tal movimiento carecía de sentido o de impacto sobre la partida, pero podía ser el comienzo de una sólida estratagema. Y tú, alado preparado en la batalla, no tenías intención de permitir tal cuestión. Empezaste a ver el debate como un campo de batalla, en donde tu arma no sería una espada, sino palabras que buscarían revelar los flancos débiles y atacar, empezabas a tomarte esa actividad a pecho, probablemente demasiado, tales matices escapaban de tu importancia y comprensión.
       Tus manos cambiaron de lugar, dejando espacio para que tus pronunciaciones viajaran libremente; ambas, aún unidas, cayeron sobre la libreta, dejando tu pulgar izquierdo sobre el derecho, una postura usual, volviendo a demostrar tu dominio sobre la paz interior y exterior. La postura optada irguió tu espalda, recostándola sobre el espaldar, preparado para cumplir con su opinión, con tus nociones fuertemente marcadas.

       —De ninguna manera, profesor —desacordaste con seguridad, apuntando tu rostro como quien mira a quien habla—. Resulta presuntuoso pensar, bajo el juicio precario de los ejecutores, que es correcta la decisión deliberada de poner en marcha acciones como parte del curso natural —complementaste la respuesta con una irrefutable —según tú— justificación. La franqueza como primera presentación y tu desaprobación hacia los terrestres como segunda.

       Los estudiantes no tenía una idea aproximada sobre lo que pasaba frente a sus narices, quedando más como un público de trasfondo que como miembros activos a la misma. Realizaban apuntes aunque se trataran más de informaciones subjetivas que de palabras objetivas. Allí no terminaste, levantaste ambos pulgares sin cambiar la posición de tus manos, formando un triángulo con los mismos, ahora era tu turno de poner las cartas sobre la mesa y hacer del otro alguien que dejara ver sus inclinaciones morales.

       —Entonces, ¿puede afirmar que es correcto la partición destructiva bajo el raciocinio limitado de– —cortaste tu voz de repente, allí agregarías la palabra “terrestre”, no lo hiciste, no podías delatarte de esa manera aunque el fulgor creciera en tu joven pecho— –de quienes disponen de tal poder?, ¿hacer el trabajo de la naturaleza buscando la superioridad? —concluiste con tus preguntas, algo afiladas debido a lo directo que resultaba tu forma de expresarte.

       Era cierto que tus palabras podían significar un mundo lleno de abstracciones, pues, inquirías sencillamente como quien conoce las respuestas según tu propia perspectiva. Conocer, no podías reconocer la amenaza si no la conocías. Tus pulgares empezaron a chocar uno contra el otro, cada choque simbolizaba un segundo pasado, no era una muestra de inquietud, sino de la valoración más precisa de la respuesta dada. Eres de comportamiento extraño, tranquilamente extraño y de exigencias aún más excepcionales.





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Re: Fundamental principles: Theory [of everything]

Mensaje por SEOL el Lun Sep 25, 2017 10:51 pm

"Ahora ciñe como varón tus lomos; Yo te preguntaré, y tú me contestarás".
[Job 38:3]




Tu mirar era agudizado, oh sí,  eras esa clase de persona curiosa que somete todo a escrutinio bajo el escaneo de tu único ojo visible. Nada se escapaba a tu cuidadosa percepción. Eras sensible y podías casi oler él perfume de las emociones. Habían sido tu objeto de estudio el comportamiento de los mortales por siglos y siglos en que no hacías mas que ensimismarte abstrayéndose en tu propio mundo de cavilaciones. Y habías llegado a comprender que el comportamiento humano, el de todo mortal inclusive, no variaba demasiado de individuo en individuo en él fondo, aun si la envoltura poseía diseños y colores diferentes. Era algo así como un ciclo. Como si hubiesen sido creados para perseguir un mismo camino que tarde que temprano los condujese siempre al mismo lugar. Él orden supremo que se les había impuesto como una historia sin final. Más tú Seol, te rehusabas a ser un títere más en las manos de uno que podía ser incluso mas pecador que tú.
La curvatura de tus labios se acentuó un poco más, pues notabas aquel pequeño movimiento de sus manos. Era inquieto, ¿nervioso?... probablemente no, pero definitivamente inquietante. ¿Hostil? aun no lo percibías, sin embargo seguro estabas que algo en su incipiente dialogo le incomodaba. Su lenguaje corporal así lo trasmitía, así te lo decía, aun si se mostraba estoico con aquella espalda erguida, rígida cual centinela. Sin embargo todavía era demasiado temprano para afirmar que él muchacho de energía repulsiva probablemente sentía hacia ti, lo mismo que apenas despertaba en ti.
Uniste las palmas de las manos con gracia y delicadeza frente a tu rostro una vez escuchaste lo que él joven tenía por decir, y te quedaste así, pensativo un instante sellando tus labios por tus palmas unidas una a la otra. Tenia convicción, defendía sus argumentos cual guerrero como ya vaticinabas que lo era por esa aura que irradiaba luz fulgurante, perturbadora. No podías ocultarlo, ¿verdad?, te emocionaba encontrar una mente diferente a las demás, a las normales, una mente que te brindara un buen rato de entretenimiento.
Pero sus ojos ocultos continuaban siendo un obstáculo para tus propósitos, para tus interrogaciones ¿Cómo descubrir lo que deseabas sencillamente corroborar?... Con él fino arte del hablar.
"Debo admitir, mi joven educando, que tus palabras tienen fuerza y convicción". Le dijiste ampliando la sonrisa congraciado, volviendo a descansar ambos brazos a los costados de tu delgado y fornido cuerpo. Y mientras cerrando los ojos inclinabas levemente la cabeza guardando las pálidas manos en los bolsos de pantalón oscuro, proseguiste: "Pues bien, responderé a tu pregunta más que con palabras, con los hechos. Remitiendome a lo que es innegable, la propia naturaleza que enseña desde el silencio y sin pregonar su sabiduria: ¿Correcto?... ¿Qué es lo correcto?". Preguntabas guardando sólo un instante de silencio entre interrogantes. "¿Quién dicta aquello a lo que categóricamente llamas "correcto"? ¿No es acaso, él mismísimo que impondría con prepotencia su propio juicio anteponiéndolo al de los demás?". Mirabas aquella madera vieja y crujiente bajo tus pies mientas con plácida sonrisa formulabas aquellas cuestiones perdiéndote por una fracción de segundo en tus propios pensamientos, para después recuperar la cordura volviendo al requerimiento del joven albino. "¿No seria esa, la más clara evidencia de lo que tu mismo has llamado, la búsqueda de presuntuosa superioridad?". Tus ojos se rodaron lentamente buscando la figura del muchacho de en vestiduras inusuales que ya por ese mero hecho lo hacían un personaje fuera de serie, distintivo, peculiar.
"Contéstame por favor lo siguiente, joven educando:". Era el término por él cual habías optado por llamarlo todo este tiempo aludiendo los papeles de  ambos dicho lugar. "¿Juzgarías al león por tener la fuerza para matar? ¿Acaso la misma naturaleza no le ha otorgado a la gacela, la misma fuerza para escapar?; Y si los vientos llegan y la lluvia cae arrasando cuanto a su paso encuentre... ¿Te atreverías a decirle: No es correcto lo que haces?". Para ti Seol, eran claras las respuestas, muchas veces mas sencillas que complicadas. Y como siempre, tu mejor libro de enseña da era la propia naturaleza, la pura, la única incapaz de mentir, de pervertirse. Mas había una última interrogante, la mas importante, la que evidenciaría plenamente de qué lado de la moneda aquel joven de mente inquisitiva deseaba caer.
“Tu mismo”. Pronunciaste clavando sin disimulo tu rostro y mirada en él joven sentado algunos eslabones mas arriba. Ansiabas indagar a profundidad dentro de los pensamientos de aquella criatura de aspecto delicado. Era muy temprano para sacar conjeturas precipitadas como su edad y experiencia, por ellos mismo empleabas aquellas preguntas como un juego de vaivén donde tarde que temprano terminarías por atrapar los motivos mas recónditos de ese ser. “¿Retendrías la espada de tu mano, ante un enemigo vencido en batalla sencillamente porque se contrapone a tus ideales?”. Eras astuto Seol, aprovechando él tema de la clase para  equiparar al joven mozo colocándolo en el lugar del soldado que lucha por los ideales de un comando superior.  Una aguzada pregunta que confirmara plenamente tus sospechas pues, ¿no era de esa forma en cómo obedecían los celestes a aquel que habían hecho por convicción su superior?
Sabias que él era inteligente, mas que cualquiera. Y no dudaste ni por un momento que, de estar comunicándose en el mismo ‘idioma’, él albino sabría muy bien interpretar tanto sus palabras como sus de tus intensiones


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Re: Fundamental principles: Theory [of everything]

Mensaje por Theodoro Stratos el Dom Oct 01, 2017 9:51 am


P
alabras danzantes, de aquí para allá, adornaban el plácido silencio de ignorancia que tendían los estudiantes a tu espalda, como lienzo ansioso por ser pintado, llenado de un arte dificultoso en descifrar, de ciertos hechos más allá de los percibidos bajo los sentidos mundanos, pues, sus mentes raramente estaban dotadas de ciertos patrones necesarios para su completa comprensión, eso hacía de esa conversación una extraña para ellos, como si se trataran de oradores en otro plano existencia, de palabras que se clavan en sus mentes, generan curiosidad e inquietud. Para ti, siguen siendo flechas cortando el viento en busca de bajas, buscando mermar el ejército de un solo hombre que estás hecho, peleando en arenas movedizas, campo inexplorado para tu prematura elocuencia y, prácticamente, inexistente carisma. Tu estructura psicológica tembló al escuchar su halago, pues, no esperabas algo de tal manera; eso siempre era mala señal, o al menos dentro de tus propias directrices, significando todo y nada a la vez, nuevamente cayendo en la indeterminación de la amenaza dentro de esas palabras en forma de un embellecido objetivo. Tus dedos dejaron de chocar entre sí ante la primera pronunciación, manteniéndose juntos ahora, rígidos ante tu —usual en ese día— incapacidad social, ahora sólo rosándose entre sí de manera circular, decorando el hecho de tu postura dubitativa, sin volverte vulnerable ante sus ojos, aunque tus cimientos tambalearan y tu mente se desenfocara, tus cejas se levantaron con sorpresa e incredulidad, alivianando tu postura como señal de vacile, añadiste peso a la respiración. Su tono cambió, su pronunciación sonó diferente al pasar a través de esa sonrisa invisible, empezabas a familiarizarte con el otro, con sus gestos macros y los estímulos percibidos, perdía misterio, uno de sus primeros objetivos ante el profesor estaba siendo cumplido, aun así, la desagradable sensación que arrojaban las posibles consecuencias que conllevarían internarse con ese sujeto, empero, poco a poco se convertía en el blanco usual para un tajo de tu katana.

       Sus cuestionamientos eran, figuradamente, como capas que se desprendían de un vegetal, cada una llena de una innegable caracterización, y mientras más se dejaban ver, más profundo era la percepción de ese centro, de la esencia. Así estaba resultando ser el mayor para ti, un enigma comprendido por extrañas capas que parecían desaprobar todos tus credos, progresivamente te dabas cuenta de ello, siendo el detonante de las barreras que imponías ante sus preguntas, un método de defensa que te ciega debido a que sólo la verdad de los cielos es tu verdad, lo demás son sólo tentaciones de seres malignos que sólo buscan ver tu caída, y contigo, la de El Paraíso. Estaba tocando una fibra sensible en ti, eso se reflejaba en tus hombros, en tu respirar, en la inamovilidad de tus manos, en la rigidez de tus facciones, te ponía a prueba y empezaste a sucumbir ante una volátil tentación, hacía uso de sus conocimientos para sonsacar una faceta llena de irritación, mas tan pronto dilucidaste su objetivo, recalibraste tus defensas, tus anticipaciones, para hacerle frente, no podía apagar con facilidad el fulgor que se encendía cual brasa ardiente en tu pecho, apelando a ese orgullo que todos los ángeles tenéis.
       La siguiente pregunta sería dirigida con total franqueza, por lo que, tu cuerpo, al igual que tu mente, se preparó: Deshiciste la unión de tus dedos, dejando tu diestra sobre la libreta mientras tu zurda se posaba por debajo, justo sobre tu regazo; tus piernas se separaron, con propiedad mientras tu torso descargaba todo la tensión sobre el espaldar del asiento; alzabas tu barbilla con cierta prepotencia, producto del constante discrepar común.

       —No queda en mi voluntad juzgar —abriste con tu respuesta, sentenciando con sinceridad, como la verdad más pura que pudiera salir de tus labios, la esencia de tu vida. Sostuviste un pesado silencio sin duda.
       —La naturaleza carece de los pecados que influyen en la violencia inaceptable, la misma sostenida por los incitadores de la guerra —resumiste ante su inquietud, no revelando más de lo necesario, dado a que te decantaste por no dar una opinión subjetiva, frustrando su propósito—: ¿Cómo se puede comparar la sobrevivencia con la cruda guerra?

       Las puntas de tus dedos golpearon la madera tres veces cada uno, al ritmo de un sosegado galope, parecían impaciente por el rumbo que tomaba ese debate, demasiado susceptible resultabas ante el tema. Pese a la incomodidad que retumbaba en tu pecho y se revoloteaba sobre tu mente, sobre tus ideas, no desistirías si el otro no dejaba de intentarlo. Un buen guerrero, quizás con demasiado orgullo, una cuestión que no representaba un problema porque nadie estaba tan cerca de utilizarlo en tu contra, habías olvidado aquello, quizás demasiado para tu bienestar. En un instantes después, lo que antes era una molesta sensación de atención, se convirtió en un peso que dudabas soportar, aunque no pudieras divisar la posición exacta de sus ojos, de su mirada, sabía por la posición de su postura y su quietud que formaba parte de pregunta que buscaba saciar la curiosidad de tu contrario. Arrastraste tu mano por sobre tu pierna, intentando sofocar la irritación que recorría la boca de tu estómago, queriendo salir disparada de tu garganta cortando tus labios en el proceso.
       Te sulfuraste al ser cuestionado el fin de tu vida, tu innata función; sin embargo, la molestia fue reemplazada fugazmente por el recuerdo de cuantas almas fueron arrebatadas de sus recipientes de carne y hueso, como una película, una línea de tiempo que pasaba vertiginosamente rápida. La caprichosa curiosidad ajena te volvía a poner en medio de una situación hipotética, y allí no pudiste ocultar tu desacuerdo, desviando el apuntado de tu rostro hacia el flanco del mayor, indispuesto a mostrar lo que se dignaba a descubrir. Tus labios se torcieron tenuemente antes de responder, con valor y cautela.

       —Libre albedrío, profesor —contestaste ambiguamente, haciéndola brilla como la respuesta para todo, una seguridad enorme te abarcaba—. Tener o no ideales contrarios a los míos no lo hace mi enemigo, sin embargo —una breve pausa, con el usual silencio pesado que solía tender. Volvió a apuntarle con su rostro, aunque no dejara a visualización sus orbes, había dura severidad en las suaves líneas de su rostro.
       »—, si su libre albedrío vulnera negativamente a otros individuos, es decir, prolifera su forma negativa de pensar y hace peligrar vidas, en ese mismo momento, mi espada caería ante sus intenciones —sentenciaste como una advertencia directa, casi tanto que descuidaste la venda que estaba cubriendo y haciendo pasar desapercibida la conversa subliminal. Sin tapujos, con franqueza.

       —Dígame, profesor; en caso hipotético, ¿intentaría cambiar el rumbo de lo natural a partir de sus propias convicciones y pensamiento?, ¿ocupar ese presuntuoso puesto que roza la fingida divinidad aunque se condenara frente la espada de un fiel guerrero?

       Los demás estudiantes fruncieron el entrecejo, definitivamente estaban perdidos en medio de un debate más allá de su nula comprensión en el tema. Movieron sus lápices ansiados, intercambiaron miradas entre ellos, murmuraron en sus oídos. Una chica entre tanto silencio carraspeó su garganta, cansada de esperar y no saber nada, se le notó desubicada, irritablemente desubicada. Se levantó y alzó su voz, buscando respuestas, explicación y un lugar en donde plantar su ignorada y prescindible participación.

       —Disculpen —delicada voz llamó la total atención, rompiendo la tensión entre el ángel y el shinigami—. Me he perdido, y creo que no soy la única —comentó en voz común, con tono acusatorio a quienes habían robado la presencia dentro del salón.





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Re: Fundamental principles: Theory [of everything]

Mensaje por SEOL el Sáb Oct 07, 2017 12:51 am

"Así también la lengua es un miembro pequeño, y sin embargo, se jacta de grandes cosas. Mirad, ¡qué gran bosque se incendia con tan pequeño fuego!"
[San. 3: 5 ]



Cruzaste los brazos abrazándote a ti mismo mientras permaneciste de pie cual estatua, inmóvil e imperturbable en el centro de aquella plataforma. Tu cabeza inclinada levemente hacia abajo dejó que algunos mechones de tus hebras platinadas cayeran de forma grácil sobre tus ojos, especialmente aquel único visible cuya pupila anormalmente clara se clavaba como aguja en la persona del estudiante. En se momento en que esperabas por la respuesta que no tardó en llegar, tu semblante se endureció otorgándole a tu aspecto una auténtica apariencia de un ser inerte, la obra tallada por manos de un habilidoso escultor. Una obra que trasciende el tiempo y el espacio conservando una belleza inexistente. Pero tú eras mucho más que eso, Seol, era más trascendental, mucho más existencial que la mayoría de los seres que caminaban sobre la faz del suelo de aquella corrompida ciudad.
No te inquietaba el encubrimiento de esa criatura quien, a juzgar por sus palabras se negaba a revelarse así mismo de una forma plena y clara. Comprendiste que la tarea no sería sencilla, liberar a la oveja que no a conocido otra cosa fuera del redil de su 'amo' llegando incluso a amar el seto que coarta su libertad.
El ambiente se tornó pesado en aquella aula, de haberte encontrado en tus terrenos preferidos, sería una densa bruma fría y húmeda la que habría circundado  entre ambos entes... la presencia de la muerte y sus efectos. Esa era después de todo tu auténtica naturaleza, tu escénica. El vocero que anuncia la llegada del segador de almas.  Más en esta ocasión desprovisto de tu preciada naturaleza, solamente una breve pesadez se hizo sentir en el lugar inundándolo con encarecimiento en el oxígeno cuando mirar penetrante se clavaba aún más en el lugar donde la venda ocupaba el lugar de esos ojos misteriosos que el joven se obstinaba en guardar para sí, sin que consiguieras aún despojarlo de la prenda que cubría las ventanas de su alma, tal como sus prendas cubrían su cuerpo.
Gran pesadez debió de sentirse cuando inclusive una jovencilla impertinente, probablemente motivada por la incomodidad del ambiente, cobrando valor se atrevió a interferir en el diálogo que hasta ahora se había centrado sólo en dos.
El arco de tus cejas era severo, y la estatua de marfil que había mantenido una postura inamovible al punto de siquiera percibirse la respiración, al fin rompió la postura cuando todo lentamente la pupila clara de tu ojo volviéndose hacia la muchacha que había tomado la palabra. Tu mirar fue severo y sombrío, fulminante, para con esa femenina que osaba perturbar "la clase". Una persona la cual era incapaz de comprender lo sublime de aquella conversación, en definitiva no era apta para merecer tu atención. Las mentes pequeñas y estrechas definían a los seres destinados a pasar por la vida, su breve vida, sin más pena ni gloria que la de un insecto. No existiendo mayor propósito para las mismas que las de crecer, reproducirse y morir. No, no eras tú quien lo decía buen Seol, lo más burdo del asunto era que se trataba de ellos mismos quienes se aferraban a una vida escueta y pueril auto limitando sus propias capacitadas por mínimas que estas fueran. Esa, era la clase de entes en los cuales considerabas innecesario invertir si quiera un poco de energía o tiempo. La miraste por dos segundos sin proferir palabra alguna, el lenguaje visual debió darle a entender lo que tus labios no llegaron a pronunciar. Sin embargo, para evitar una futura e irritante interrupción, te dignaste a dirigir unas pocas frases breves y concisas: "Guerras, señorita". Dijiste con voz grave sin romper tu postura, mas evidenciando tu inconformidad. "La clase de historia de hoy aborda los precedentes que conducen a conflictos bélicos por la divergencia entre pensamientos, objetivos o intereses". Inclinaste aún más la cabeza mientras cerrabas los ojos para dejar escapar un suspiro liberando tensión. Sentenciado a continuación: "Si es incapaz de comprender el objeto de estudio de mi clase, probablemente no sea la indicada para usted. Y sí ante ello tampoco es capaz de guardar silencio, quizá ni siquiera debería estar aquí". Y esperabas que los más entendido comprendiera el aplomo de tus palabras. Jamás te importó la cantidad de tus alumnos, no era lo que buscabas si no eran mentes hambrientas de conocimiento y entendimiento. Pocos existían si acaso, bien lo sabías. Más si eras capaz de hacerte de una, te dedicabas con devoción a esa única y brillante alma. Tras la aclaración, volviste a centrarte en el joven albino que daba respuesta en tono desafiante antes tus previas palabras, sonreíste, sí. Pues esperabas haber descubierto dentro de ese alumnado, un candidato, un prospecto casi perfecto que hasta ahora sobresalía como lo más selecto en mucho tiempo. Sentías su temple y convicción, aún si ante tus ojos el joven era como muchos otros adoctrinados bajo la misma y continúa premisa de credos ligados a una sola persona, un solo libro. ¿Sería una mente hambrienta, o una estrecha? Era ese el trabajo del buen maestro, desentrañar los misterios más recónditos hasta traerlos a la luz... la brillante y auténtica luz.
Cansado del cruce de brazos después de algunos minutos, los dejaste caer destensándolos, relajando los músculos, regalando la vista de tu perfilado cuerpo a ojos de la clase, llevando la mano exterior, la diestra, a entretejerse entre los cabellos de tu cabeza, blancos como la espuma del mar. Tus gemas con deje de tinte violáceo contemplaba deleitoso algo impreciso sobre el suelo. Tus labios apenas con un toque de color sonreían ampliamente al grado de lucir socarronamente, ¿lo hacías, Seol?... Probablemente sí,  aunque tal vez no. Porque también tenías un incipiente sentimiento naciendo en la boca del estómago. ¡Emoción! Sí, porque disfrutabas como nadie ser retado, ser puesto a prueba. Pero sobre todo, adorabas encontrar lo que tú suponías debilidades en los contrarios. Porque cual niño encaprichado te hacia asirte aún más al convencimiento de que tus conjeturas se convertían en fundamentos, en principios. La enseñanza más clara, verídica y práctica... lo que todo maestro sueña, el magnífico arte de enseñar algo más que mitos y teorías.
Dejarías pasar su primera respuesta para utilizarla en un momento más conveniente, por ahora, te apreciaba más  dar atención a las siguientes contestaciones considerándose más oportunas.
"No existe nada más sabio que la naturaleza". Murmuraste suavemente de manera idílica mirando hacia la nada, para a continuación  elevar ambos brazos al cielo de forma histriónica transformando por unos instantes tu entorno en un anfiteatro. “¿Qué somos, sino parte de la naturaleza que ha nacido del mismísimo universo?... materia y energía que fluye en un constante ciclo de transformaciones”. Aspirando hondamente recuperaste tu serenidad retratando las manos de vuelta al interior de tus bolsillos y caminata de izquierda y derecha en forma pausada y tranquila, en parte con la atención sobre las cuestiones lanzadas, en parte sumergido en esa introspección que te atrapaba.
"Mi apreciado educando, en la naturaleza como en la guerra existe una verdad absoluta: la ley del más fuerte". Deteniendo el paso te dignaste a pronuncia después de un periodo de  silencio afinado las facciones de tu ya de por sí andrógino rostro para esbozar una sonrisa que parecía amable y sincera. "El mundo nace y muere por órdenes naturales, es el proceso que sostiene el perfecto equilibrio del planeta. Del infinito”. No solías ser conciso como lo era el albino, no podías expresarte en tan pocas palabras cuando tus ojos contemplaban mas allá de lo material y mortal, cuando tus realidades superaban los límites de las leyes físicas… lo etéreo, lo que sólo puede contemplarse con el entendimiento. “Has hablado correctamente. Verdaderamente la naturaleza carece de pecados: es imparcial, y sus dictados no miran a hombre o mujer; infante o senil, bestia o humano; culpables o inocentes. ¿No es entonces, la más pura evidencia de la propia carencia de culpabilidad y remordimientos… siendo auténticamente libre?”.
A tal punto despertaste de tus propias cavilaciones en las que inconscientemente habías caído sutilmente, pero aún no habías perdido el hilo argumental de tu exposición , de tu contestación. “Habéis dicho que no es tu voluntad juzgar, luego entonces, ¿cómo decidiría en la contienda quién es ejerce el ‘bien’ y quién resulta ser el ‘transgresor’?...  Durante la segunda guerra mundial ¿Diría que fue el tercer Reich con sus exterminaciones, o quizás los Aliados con su armamento de destrucción masiva?”.
Señalarse aquello utilizando el tema de la clase para ejemplificar del sentido de tus palabras. Pero había algo mucho más importante en el trasfondo, una sentencia que vislumbraba al fin un poco de lo que el interior del celeste cubría con aquellas prendas, bajo aquel temple de hierro. Lo sabías, era fácilmente distinguible que tus palabras conseguían el efecto deseado, el que esperabas. Por eso sonriente con malicia que la visión de tu ojo claro no disimulo. Te complacieron aquellas primeras oraciones que afilaban sus palabras, las disfrutabas, las degustabas incluso tomándome el tiempo para repetirlas pausadamente a voz baja. Ahora, aquel joven de misterioso porte de revelaba asimismo como un fiel guerrero que aún si no en lo material, sí en voluntad podías casi sentir su espada empeñada rozando con la punta de su hoja la suave y frágil piel de tu cuello.
“El sentimentalismo es también un pecado del cual carece la sabía naturaleza”. Hiciste alusión a su propia sentencia, con la sonrisa dibujada en los labios cerrando los ojos para apreciar con la imaginación la posición del angélico empuñando su espada frente a tu perdona. “ Lo natural es aceptar la muerte como parte del ciclo de la vida”. Dejaste aún lado la serenidad que se había apoderado de tus facciones y la suavidad de tus palabras en voz varonil. Abriendo los párpados con las esperas pestañas adornando la grandeza de los mismos, diste un paso hacia el frente clavando la mirada sobre el joven que te otorgaba tan grandes satisfacciones, y le dijiste: “¿Quién es el ser presuntuoso? ¿No es aquel que se atribuye así mismo un título que nadie más le ha otorgado, auto proclamándose… fiel?
El pecado de la soberbia había sido llamado uno de los siete pecados capitales, y lo curioso era que los bellos guardianes celestes solían ser de los primeros en caer bajo sus sutiles caricias. ¿Cuántos casos no habrían visto ya tus ojos con sus casi dos mil años de existencia vana?. “Responderme ahora joven educando, por favor, en caso hipotético, ¿se condenaría a partir de sus convicciones y pensamiento, a ocupar con presuntuosidad un puesto que no se le haya concedido a razón del uso de su libre albedrio, atribuyéndose incluso el derecho de decidir sobre quién merece y quién no, dejar caer su espada, por el hecho de poseer el poder de un ejecutor?”
No añadirse más a tu respuesta, y tampoco esperaba que la respondiera aún si te hubiera resultado atrayente escuchar su voz una vez más. Digerir su voz melodiosa entrando por tus oídos como el mismísimo canto de los ángeles. Sin embargo probablemente aquello no sucedería, todo por cuanto cual agua que se escapa entre los dedos de la mano, el tiempo de tu clase había volado cual si tuviera alas… las del angélico, las tuyas propias que no contemplabas hacia demasiado tiempo y de las cuales ni siquiera seguro estabas continuaran ahí.
No habías traído nada contigo cuando arribaste al aula la primera vez, no lo necesitabas pues todo estaba muy bien resguardado en el mejor de los lugares, tus memorias. De modo que dirigiendo un último mirar, más que al alumnado que con tedioso e inclusive con estoicismo habían soportado todo aquel tiempo tus vociferaciones hasta el final, regalaste un breve segundo de atención al joven albino antes de que tus pasos resonaran abandonando el lugar. No eras un hombre precisamente de cortesía, no te despediste ni dijiste una palabra más. Si las mentes de aquellos estudiantes continuaban hambrientas, no había necesidad de citar frases finales, por si solos regresarían a saciar su apetito en una clase futura; de lo contrario te quitarían un peso de encima dejándote todo el tiempo que dispusieras para tus interminables, valiosas e imprescindibles meditaciones.



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