Fate is strong [Priv. Alexander C]

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Fate is strong [Priv. Alexander C]

Mensaje por Prista el Sáb Sep 02, 2017 7:31 pm

Princess of the Abyss

Let me speak, in truth, of my life,
tell of toilsome days of travel,
days suffering hardship,
bitterness of heart (...)
My sorrows burned in my heart,
I sighed forth hunger that rent my mind,


Cuando por fin tomó la decisión, se despidió de sus criaturas y dejó que las corrientes se la llevaran. A pesar de lo fácil que suena, no lo fue. Si no fuera porque la rabia que tenía dentro se sentía como una fuerza capaz de mover océanos quizá ni siquiera hubiese podido pasar de la despedida. Lo más difícil fue decir adiós a su bebé. Llevaba tanto tiempo allí que aunque no hubiese realmente engendrado a ninguno de ellos los sentía como parte suya, casi como una familia. Sentimiento que le recordaba tiempos de antaño, aunque no pudiese descifrar específicamente que. Bueno, era cierto que llevaba un buen tiempo dormida, pero para ella había sido un suspiro. Nadie conoce lo que hay en los confines del abismo. Si te dijera que existen serpientes marinas albinas de dos cabezas y del tamaño de dinosaurios que viven cientos de años, no me creerías.

Literalmente para Prista había sido ayer que estaba cazando y alimentando a cada uno de ellos y la verdad, es que tampoco habían cambiado mucho, al menos físicamente. Si dejamos de lado el hecho de que habían pasado de ser hermosas criaturas antiguas, casi míticas y perfectas  a transformarse en una amalgama de animal, fusionados con lo que había llegado a su territorio para sobrevivir el cambio climático. Sí, si dejamos esos trozos metálicos que ahora parecían parte de sus escamas y los tubos que se asomaban de partes donde antes no había nada, sus bebés no habían cambiado mucho. Aún así, no eran los mismos. Le tomó por sorpresa encontrarse con que no distinguía ningún rostro y ellos tampoco parecían recordarla. ¿Qué había pasado? ¿Cómo habían olvidado su autoridad de un día para otro? ¿Había fallado como alfa que ahora la negaban? Las respuestas llegaron a ella como menos se lo esperaba. Cuando salió del hielo, como una hermosa serpiente pulcra, de escamas relucientes y buscó lugar con los suyos solo encontró hostilidad. Se tardó un tiempo en darse cuenta de que habían cambiado. No fue hasta que vio su vida amenazada, hinchándose cual grande podía llegar a ser y dispuesta a sacarles a mordiscos su sumisión, que lo vio. Incluso tras los cañones bajo su cabeza y su piel casi sin escamas, incluso cuando abrió las fauces y mostró sus dientes gastados y corroídos a las demás criaturas para demostrar su supremacía, lo reconoció. Era uno de sus bebés. Lo recordó como si no hubiese sido hace un milenio atrás. Había visto aquella criaturilla salir de su huevo con mucha dificultad, sin casi esperanzas de vida. Lo recordaba como un animal destinado a morir en aquél ambiente inhóspito que se había abierto espacio en la comunidad a pura fuerza de voluntad. Una criaturilla que había crecido más que los demás tan solo haciéndose con más comida a punta de inteligencia y rapidez. Lo recordaba como si hubiese sido ayer, porque para ella había sido ayer cuando lo había estado observando crecer, dejándole pasar todas sus artimañas tan solo porque le causaba curiosidad su instinto de supervivencia. Incluso se había ganado un puesto bajo su alero, muy a su pesar, Si esa criatura había sobrevivido al tiempo que hubiese pasado mientras ella dormía, no se lo debía a nadie más que a sí mismo. Pero al verle allí, ocupando el lugar que con anterioridad había ocupado Prista en la escala jerárquica y utilizándolo para protegerla… no fue ira lo que surgió de ella, fue cariño. Su cuerpo aún estaba entumecido, al igual que sus memorias. Recuerdos de tiempos pasados, de la tierra.. del sol, se mezclaban con los recuerdos de una vida en la oscuridad. No sabía si hubiese sido capaz de dominarlos a todos en aquél estado, por lo que su intervención, si no necesaria, al menos había sido apreciada.

Además, que aquello la hizo entender. No llevaba una noche durmiendo, tampoco dos. Para que aquella criatura se hubiese transformado en la bestia enorme que era ahora tenía que haber pasado al menos unos 50 u 80 años. Pero, si había pasado esa cantidad de tiempo ¿Por qué no estaban los demás? Confundida fue recibida en un abrazo como el que solo una serpiente marina te puede dar. Cuando lo abrazó y sintió su cuerpo comprendió que aquella criatura debía estar muerta hace bastante,. si es que ya no lo estaba. Si se mantenía viva, había sido como siempre lo había hecho: con fuerza de voluntad y adaptación. Esos cuernos que parecían cañones eran la prueba viva de eso.

Los días siguientes fueron extraños. La seguían tratando como una invasora. No podía mutar para ser como ellos, no era natural aunque fuese un proceso evolutivo. Además, apestaban a humano, jamás se transformaría en algo así, por mucho que los quisiera. No supo cuánto tiempo estuvo poniéndose al día. Quizá semana, quizá meses, quizá años. Fue ganándose un lugar nuevamente en la pirámide jerárquica y con eso, la responsabilidad. Por lo que al ver nacer a la próxima camada y ver a casi la mitad morir de hambre dijo “basta”. Era hora de que volviese a la superficie y pusiese en su lugar a esas criaturas llamadas humanos.

He who fares so prosperously on land
knows not that I have spent great careworn winters
an exile on the ice-cold sea,
cut off from kin,
hung round with icicles,
hail pelting me in showers,
I heard nothing but the booming sea
and the cold billowing sea-waves.



Ah si, en eso estábamos.

Se dejó llevar por las corrientes durante la mayor parte del tiempo. Lo primero que tenía que hacer era subir a un nivel marino donde pudiese sentir la luz del sol y poder guiarse en su viaje. No fue tan fácil. Su mente y cuerpo ya no estaban tan adormecidos, pero si su capacidad para transfomarse. Cada vez que subía unos cientos de metros sentía que iba a reventar de dentro hacia fuera. Su propio cuerpo se le iba a salir y sus entrañas iban a quedar descubiertas. Hizo memoria dentro de lo que pudo y mutó conforme iba subiendo. Aún así para cuando sintió los primeros rayos del sol ya estaba exahusta y adolorida. Varias veces no logró cambiar a tiempo o le tocó luchar, por lo que para cuando por fin, transformada en un tiburón sintió la luz del sol en su espalda, ya estaba bastante maltrecha.

Fue caída la noche que llegó a la orilla del mar. Había cambiado más de 34 veces de forma en dos meses. Estaba agotada, hambrienta, sedienta y todo lo que un humano pudiese llegar a sentir. Prácticamente el mar la escupió en la playa; una playa de la cual no recordaba absolutamente nada. Con una sacudida del mar fue escupida en forma de serpiente albina; había logrado apenas nadar los últimos metros en aquella forma sin ahogarse. Cuando mar se retiró, dejándola sobre la arena que aún estaba tibia la chica cedió al agotamiento. Recién estaba terminando de atardecer. Se retorció un poco antes de que su forma humana saliese a la luz. Gimió adolorida mientras sus huesos se reacomodaban y el cabello le crecía de la cabeza, blanco y hasta el pecho. Para cuando la transformación acabó, se encontró desnuda y de la forma que más despreciaba sobre territorio humano: como una de ellos.

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Re: Fate is strong [Priv. Alexander C]

Mensaje por Alexander C. el Dom Sep 03, 2017 4:24 pm


O
caso en New London, tonalidades rojizas inundan el cielo con impasividad, las nubes dispersas no llegan a significar un obstáculo para la luz que se desplaza hacia la superficie, amortiguada en mayor medida por las grandes estructuras que se empinan con superioridad, esos grandes edificios que infunden importancia, peso sobre los acontecimientos de esa concurrida ciudad. El frio se apodera progresivamente del viento que corre sereno entre los vehículos, preludio de la noche que se avecina silenciosa, dejando entre ver la luna, una incompleta luna dispuesta a reclamar la cúspide de la despejada atmósfera. Tal y como se teje el ciclo natural, las personas repiten una exhaustiva rutina: salir de sus trabajos y volver a sus casas, análogamente, quienes toman la noche como parte de sí mismos, deciden salir a realizar sus propios pecados, manchándose en el mismo sin ningún impedimento, pues, la Ciudad del Pecado parece prestarse para ello, recibiéndolos sin ningún tipo de juicio, ni de control, ni de justificación, el edén de la maldad.
       Entre los tantos vehículos que se desplazan por las —recién iluminadas— calles, se encontraba Alexander, el entregado inspector. Desconcierto, aquello era lo que reinaba en la cabeza del rubio, junto a la incertidumbre, hacían de sus pensamientos inciertos, imprecisos, desordenados, como si no pudiese coordinar sus pensamientos con sus acciones, perdido en su propio interior. El trabajo como cuerpo de la ley empieza a pasar factura, pues, actúa como un gigantesco peso sobre sus hombros, progresivamente más pesado con el pasar del tiempo; escuchar el sonido de las balas salir disparadas hace que retumben sus sienes, es como si la fortaleza que antes poseía ante las adversidades empezaran a causar estragos en los muros de la cordura. Volvería a ocurrir, lo sabía y le aterraba. Su pasado volvía como fantasma aterrante en busca de su alma, de su torturada alma, ese hecho duele, busca aferrarse a lo que tiene a su alcance pero ni siquiera eso es necesario. Debía encontrar una solución, una efectiva; sin embargo, el inspector pronto se dio cuenta que la respuesta estaba dentro de sí, debía encontrar un equilibrio aunque se tratara de la hazaña más dificultosa a la cual se ha de enfrentar.


       Huir, huir de su vida, eso quería hacer. Por ello aparcó en el sitio natural más cercano, justo al frente de una playa. Cabe resaltar que el aparcamiento se encontraba desocupado al tratarse de una sección poco transitada, y para agregar, la hora no favorecía los paseos a las orillas del mar. Frenó con violencia, dejando que el calor le consumiera; había conocido a ejemplares de su especie quienes, inconscientemente, empezaban a llamar hacia la naturaleza, con la intención de dar mayor prioridad a la bestia que ruge con euforia en su interior. Apartó las prendas que ocultaban su piel, las quitó con ansiedad, con hastío ante su ser civilizado; consecuentemente, tan pronto las prendas desnudaron su cuerpo, el siberiano salió desde su interior, reclamando el alma como suya, restándole importancia a lo que dejaba a sus espaldas, ya nada importaba.
       Sus patas pronto se desembocaron en una carrera sin rumbo determinado, haciendo que las almohadillas palparan la arena, se ensuciaran con esta; que sus ojos visualizaran el vivo mar, contemplar otro tipo de espectáculo natural. Pese a su concentración mientras recorría entusiasmado a toda velocidad la extensión de la orilla, denotó con su certero sentido de la vista la aparición de una figura de extraña anatomía. Mantuvo la distancia y persistió su observación, ocurriendo algo desconocido tanto para su razonamiento humano como para el instinto animal, rápidamente, al ver cómo tomaba la silueta humana, despertó un debate en si acercarse o no, en si ayudar o no.

       Su dilema perdió importancia debido a que el acercamiento se dio al deshacerse del raciocinio civilizado, impulsándose a gran velocidad y coordinación por el terreno tenuemente inestable que representaba la arena entre sus garras. Conforme se acercaba hacia la extraña figura, su pelaje se detallaba más blanquecino, sin olvidar el patrón resaltante de sus rayas cafés, conjunto a esos celestes devoradores que portaba la bestia, pese a su porte sumamente intimidador, propio de un gran depredador, estos se tornaban preocupados, atentos, ante la fémina. Para cuando estuvo a una distancia reducida un seductor olor llegó a sus fosas nasales, endulzando sus sentidos, causando un estímulo sin igual; no podía saber con exactitud de qué se trataba, lo único que sabía era su origen: esa chica. No podía ignorarlo, simplemente no podía, se podría describir como hipnotizante. Gruñó mientras bajaba sus orejas, receloso, desconfiado, decidido a dejar hacerse por lo que el propio instinto le marcaba. Su cabeza se acercó al cuello ajeno, dejando que su rosada nariz olfateara con cercanía la piel de la extraña, corroborando sin ninguna duda la procedencia de esa llamada olorosa, innegable y placentera. Seguidamente, determinó el estado físico de la misma y el agotamiento que traía encima, decidiendo inmediatamente en auxiliarla.

       La parte delantera de su cuerpo se agachó, pasando con flexibilidad y con ayuda de sus poderosos músculos pertenecientes a sus patas delanteras, por debajo de la —aparentemente— débil figura echada en la playa, sin importarle que los amarillentos granos ensuciasen su pulcro pelaje. Poco a poco logró colocarla sobre su lomo, acomodándose de tal modo que estuviera medianamente estable mientras se encaminaba hacia una cabaña cercana, posiblemente perteneciente a los salvavidas. La gran bestia rayada se encargaría de llevarla, con la lentitud necesaria para no molestar, era casi como si tuviera una necesidad intrínseca con su parte animal de cumplir con el rescate de la femenina. Con cada pisada dejaba una nueva marca, particular e innatural dada las circunstancias, pues, nadie se imagina a un tigre en plena playa.
       Tan pronto llegó a la cabaña, la cual tenía una apariencia que indicaba un uso reciente, dejó a la más pequeña sobre la alfombra que esperaba justo en la entrada, volteándola —boca arriba— para tener mayor visual de su estado. Estaba visualmente intranquilo, deteniéndose en cada detalle, incrédulo ante la posibilidad de tratarse de una humana, pues, los humanos no huelen de esa manera tan particular. El siberiano se mantuvo firme, soltando un rugido tenue para llamar su atención si estaba consciente, acortando las distancias de su hocico y la cara ajena, lamiéndola. Si no reaccionaba de ninguna forma tendría que abandonar su forma animal y llevarla a un hospital, siendo la opción más sensata, no obstante, su parte salvaje deseaba quedarse a su lado por razones que escapaban de su entendimiento.


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Híbrido de tigre siberiano

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Re: Fate is strong [Priv. Alexander C]

Mensaje por Prista el Dom Sep 03, 2017 9:01 pm

Princess of the Abyss

On the sea, storms beat against the rocky cliffs,
the icy-feathered tern echoed the storm-winds,
as, too, the wing-soaked eagle.
No protector could comfort the heart in need.


Con los ojos entrecerrados dejó que la brisa marina acariciara su cuerpo como si fuesen corrientes de agua. Era una sensación extraña, sentía el calor de la playa bajo su cuerpo, pero también sentía las gélidas ráfagas sobre él, refrescándola. Mientras cerraba los ojos pensó que podía pasar una eternidad allí y seguir durmiendo, pero recordó que tenía una misión. La brisa le trajo los recuerdos de una forma diferente: a través de los olores. Podía parecer una playa virgen ante los ojos de la zoántropa, pero su olfato le decía lo contrario. Apestaba a humano. Parpadeó un par de veces intentando recomponerse, su pecho se movía lentamente, pero dando caladas profundas a este nuevo aire. Tanto tiempo bajo el agua y ya había olvidado como respirar.

Dio un vistazo fugaz al terreno nuevo, pero no había nada que confirmase su suposición. Aun así sabía que estaba en lo correcto.  Aunque no hubiese ningún alma a la vista, sabía que este territorio era humano. Además, su visión no era tan buena en aquella forma básica como en la mayoría de sus formas animales, así que no podía saber con certeza si no habían humanos a la redonda. Lo que si vio, fue una criatura bastante grande y peluda acercarse corriendo hacia ella.  No le dio mucha importancia, aunque tampoco pudo, puesto se sintió fatigada y mareada. Cerró los ojos por lo que para ella fue un pestañeo, pero cuando los abrió nuevamente tenía la criatura frente a ella, gruñendo y bajando las orejas. Hace tiempo que no trataba con un mamífero, pero por puro instinto recordó (o intuyó) que aquél gesto podía demostrar dos cosas: enojo o miedo. Entendiendo que él se le había acercado optó por curiosidad mezclada con temor. De todos modos si estaba enojado su reacción sería similar. Nadie le mostraba los dientes y se salía sin al menos un mordisco de represalia.

Abrió la boca y mostró los dientes, haciendo un ruido extraño con la lengua. Instantáneamente sintió un fuerte dolor de cabeza. Su mente aún no estaba bien, a pesar de que había estado un buen tiempo allá abajo aclimatándose, aún no se encontraba en su 100%. La bestia se le acercó y se agachó; como debió haber hecho en el momento en el que la vio. Recelosa, observó cada uno de sus movimientos detenidamente. No le importaba su estado ni el tamaño de la criatura; al más mínimo movimiento agresivo se le aventaría encima como pudiera, pero no ocurrió. La bestia hizo un intento de tomarla y cargarla como si fuese una montura. Se resistió un poco, gruñendo desde la garganta, pero cuando sintió el pelaje tibio del animal, dejó recostar su cansado cuerpo en el animal y cerró los ojos. Aparentemente algunas cosas no habían cambiado, o algunos aun no la olvidaban. Al menos eso pensó. Cómoda en su posición se dejó cargar, confiando en la criatura. Mientras el paso del tigre la adormecía, cerró su puño en el pelaje del animal como los bebés cuando amasan a su madre para que los alimente. No estaba muy familiarizada con las bestias peludas, pero seguían siendo animales, por lo que le agradaban.

El olor del felino le trajo recuerdos, recuerdos de un bosque, a pesar de que sabía que no había visto animales como ese. A pesar de esto, entendió su fisonomía como si los recuerdos evolutivos estuviesen en su memoria, o en la de los antepasados antes que ella y como si una ficha técnica se revelase en su cabeza, entendió un poco frente a que se había encontrado. Se dejó llevar por la comodidad y entró en estado de reposo. Era una situación extraña, probablemente provocada por los hechos recientes que tenían su cerebro hecho papilla, puesto jamás se dejaría cuidar así como la estaban cuidando ahora. No fue hasta que la bajó en una caseta que comprendió mejor su estado. Con su ayuda se colocó boca arriba, solo para descubrir que su cuerpo humano estaba bastante mancillado. Tenía quemaduras en los muslos y varios cortes cercanos a dónde debían estar sus costillas. Se sobó el cuello solo para sentir un dolor punzante. Tiró del objeto extraño que le causaba el dolor y se encontró con una espina caudal de una raya marina. No recordaba cuando eso había llegado allí, pero el peso del conocimiento cayó en su conciencia. El veneno de las rajiformes puede ser letal, incluso después de muerto el animal. No era de sorprender el estado adormilado en el que estaba, tomando en cuenta que había sido picada por una dasyatidae centroura . El estrés respiratorio era evidente ya para ese entonces.  Apretó los dientes al mismo tiempo que se apretaba la herida, explicándose por qué le había parecido tan agradable el calor del felino: estaba sudando. Igualmente, su dolor y preocupación se transformaron, cuando recayó en el lugar en el que se encontraba.

He who holds the bliss of life, proud-flushed with wine,
who suffers few hardships in cities, disbelieves
how often in weariness I had to dwell upon the ocean path.
and the cold billowing sea-waves.


Era una cabaña humana. Podía reconocerla a la perfección. El olor a árboles secos y la dureza de su suelo cuadraban con sus recuerdos de hogar humano. Sintió ira y una mezcla de tristeza que los humanos podrían llamar “melancolía”. No supo por qué, pero sintió deseos de transformarse, destruir el lugar y luego sentarse a llorar sobre sus restos. Se abrazó a sí misma gimiendo con fuerza, intentando contenerse. Todo los pelos de su cuerpo se erizaron y lentamente comenzó a mutar. Primero su espalda se comenzó a poner peluda y de color blanco, más peluda en la zona del cuello, casi como una melena de león. Una cola larga del mismo color apareció, mientras la chica gritaba y se estremecía. Sentía pequeñas descargas eléctricas en cada una de sus terminales nerviosas. No se suponía que fuese así, no se suponía que una transformación doliese tanto. Como cúlmine de su dolor, estiró el cuello y abrió la boca, gimiendo nuevamente. Sus ojos estaban amarillos. No fue sino el rugido del acompañante el que la sacó de su dolor. Como si toda la magia volviese de golpe a su cuerpo, esa monstruosidad en la que se había convertido, mitad humana, mitad animal regresó a su cuerpo de golpe, dejándola nuevamente en ese pálido estado. Se dio cuenta de que había clavado sus garras a los costados de su cadera, en el suelo mientras toda esa vorágine ocurría. Ahora jadeaba con fuerza, le costaba respirar y sentía sudor frío corriendo por su cuerpo. El animal se le acercó y le lamió la cara. Prista entrecerró los ojos, cómoda y exahusta. Quién pensaría que algún día iba a necesitar la ayuda de un cachorro como él. Acercó su rostro a su pecho y hundió la cara en su pelaje, dándole un mordisco suave en el fornido cuello del tigre. Si era humana, claramente era extraña, puesto no sentía miedo al estar al lado de una criatura como él. Al contrario, sus movimientos parecían responder a los del tigre, comunicándose de forma no verbal. Agradecía su ayuda, pero era una forma de indicarle que no fuese tan condescendiente, que podía valerselas sola. Forma futil de demostrar su poder.

Justo mientras le mordía con suavidad (tampoco es que pudiese morderle muy fuerte con fauces humanas), le envió un mensaje. En la cabeza del tigre no se traduciría en palabras, si no que sería una forma única de comunicación que compartían las de su clase con los animales. Así como cuando con el lenguaje corporal eran capaces de entender cuando les estaban diciendo que se largaran, o que había una amenaza cercana, en su mente, sin siquiera apoyo de un estímulo visual, entendería que la chica le estaba diciendo "Estoy bien, cachorro". Ese "cachorro" podía significar muchas cosas, pupilo, pequeño, subordinado, casi imposible de traducir, pero aunque no quisiese, entendería que le estaba nombrando de forma, ligeramente cariñosa, como un ser menor en la escala de jerarquía.

Apoyándose en su lomo hizo acopio de fuerza para levantarse. Las piernas le flaqueaban y se le veía bastante delgada, aunque no podía juzgar; siquiera sabía muy bien como era su forma humana. Le apremió para que la acompañase y apuntó hacia una mesa pequeña que estaba cerca de la cocina. La cabaña se veía usada hace poco y podía ver cajones dónde quizá podía encontrar un cuchillo. No tenía sentido ya irrigar la herida, sin mirarla podía saber que la piel ya estaba oscura y que debía desbridarla, es decir cortar toda la parte mala para poder limpiar. Quizá desde cuando que tenía aquella púa ensartada. Luego lidiaría con las consecuencias del veneno, primero tenía que sacarse esa porquería de encima. Acompañada por el animal abrió todos los cajones, pero no encontró nada que la satisfaciera, tan solo un cuchillo que apenas le cabía en la mano. Pidiendo un descanso y dejándose caer nuevamente al suelo apoyada en el mesón de la cocina, se sentó en el suelo, meditando la situación.

Por primera vez en lo que llevaba de encuentro hizo una mueca similar a una sonrisa. "Esto dolerá" quizo decir, y se llevó el cuchillo al cuello. La hoja entró fácil en la primera capa, que ya estaba un poco putrefacta, pero sabía que tenía eliminar más, para que no se siguiese infectando. Apretando los labios no hizo sonido de dolor alguno, pero todos los músculos de su rostro se tensaron. Cuando acabó de eliminar la capa dejó caer el cuchillo al suelo, el cual hizo un ruido metálico al caer y volvió a mirar al tigre. Ciertamente era una belleza de animal. No como las criaturas que habitaban en el abismo, pero sin saber siquiera como se llamaba esa raza, sabía que era un ejemplar maravilloso. Tras observarlo con ligera curiosidad por unos cuantos segundos, volvió a comunicarse, pero esta vez enviando una orden. Quizá era primera vez que se topaba con una zoántropa, no lo sabía, por lo que la experiencia podría ser un poco incómoda. La orden fue clara, directa y especifica, lo único que pidió fue que le trajera larvas de insectos pequeños verdes, con dos ojos grandes, 6 patas y alas, que los humanos conocían como "mosca verde", pero la sensación de deseo de cumplir lo que su alfa le ordenaba sería imperante. Estando en su forma humana el tigre siempre podía resistirse, pero era una experiencia nueva: había recibido una orden directa de algo que inconfundiblemente estaba por sobre él (o al menos eso era lo que Prista creía). Había recibido una orden de un ser fantástico que ella creía que no podía rechazar.


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Re: Fate is strong [Priv. Alexander C]

Mensaje por Alexander C. el Jue Sep 07, 2017 1:07 pm


M
isterio envolvía la figura moribunda que se había encontrado a la orilla del mar, traía consigo un aura de encantamiento más allá de lo que había visto en sus carnes humanas, pareciéndole extraño ante su conocimiento de multitud de especies, criaturas y demás agregados que tenía el mundo; sin embargo, su civilización estaba opacada ante la participación de su otra parte, como si el tigre tuviera razones por las cuales tener el absoluto control de la situación, del alma en cuestión. Estaba frente a algo ajeno a la civilización, podía leer muy bien su comportamiento al utilizar su perspicaz raciocinio humano, pudiendo comparar sus rasgos con otros individuos salvajes de los que tenía conocimiento, no obstante, se diferenciaba por el inexplicable olor que emanaba de sus poros, pudiendo alegar sin alejarse demasiado de la realidad en la presencia de factores mágicos que entraban en juego en el interior de la fémina. La hipótesis fue confirmada tan pronto los arrebatos de dolor y frenesí salieron a la luz en forma de transformaciones anómalas y descontroladas que tenían lugar en su cuerpo, dándole más y más razones por las cuales preocuparse de su presencia. Su estado actual relataba muy poco aunque representara un peligro inminente para la seguridad y supervivencia ajena, bien conocía el cuerpo humano y sus capacidades para poder dar un bosquejo acertado sobre lo que sucedía en su persona, mas, por encima de sus deseos humanitarios, la bestialidad de su otra parte hacía imposible un cambio, era como si se tomara a prioridad la presencia de la femenina de forma personal e instintiva. Era problema del tigre siberiano y éste no se iría mientras estuviera con ella.

       La calidez entre dos cuerpos pronto fue unida por los deseos de la desconocida, cuya complacencia emanó del gran felino, quedándose inmóvil ante las acciones adversas, atento a ellas, propinándole una importancia sin igual. A pesar del embeleso en donde estaba sumida su mente, su comportamiento no abandonaba la usual postura severa que mantenía el porte del tigre, con sus patas plantadas sobre el suelo con cuanta firmeza fuera necesaria, dejando que sus ojos se asomaran hacia adelante en estado vigilante, tomándose el papel de protector con suma seriedad, aún más cuando ambas partes coalicionaran en un solo objetivo: socorrer y ayudar a la figura que le abrazaba. Su olor se hizo más intenso dado el acercamiento, consecuentemente, su mordida le tomó desapercibido, corroborando sus pensamientos con respecto al actuar ajeno. Alexander no hizo más que soltar una especie de ronroneo, sin caer en la delicadeza o en la simpatía pasiva, le indicaba que todo irá correctamente bien, que no era necesario preocuparse. En el proceso, sintió un frescor inundar su mente, como si alguien más estuviese en la caliente mente del siberiano, emitiendo señales visuales increíblemente certeras; al principio su incomprensión se evidenció con tensión en la zona superior de sus piernas, dejando que sus mofletes temblaran mientras que el anterior ronroneo se convertía en un ronquido de desagrado. La invasión y las reacciones poco gratas que desembocaron se desvanecieron tan pronto el mensaje fue dado y fue codificado por la directa forma de comunicación animal. Guardó tranquilidad, inclinando su cabeza hacia abajo, siendo la manera en la que dejaba saber su enterado frente a la emisión. Se trataba de una prueba fidedigna de lo que significaba su persona y que la condescendencia por parte del siberiano quedaba fuera de lugar, pues, no tenía sitio para quien tenía al frente. Reconocía a la desconocida como alguien superior, aunque su orgullo dominante se opusiera a la aceptación. No era momento para demostraciones de autoridad.

       Seguidamente a su utilización como base para la —aparentemente— joven, se sacudió rápidamente de la arena restante que se adhería irritantemente en su pelaje, despegándola de su pecho y de la parte baja de su hocico; de igual forma, movió sus dedos para apartar el mayor número de arena de entre los mismos, completando con la limpieza de sus almohadillas. El cruzar del umbral le propinó un distintivo olor maderero, pues, los muebles presentes y la misma estructura estaban hecho de madera rojiza, desconocía el tipo. La cabaña, a pesar de su reducido tamaño, poseía una distribución cómoda: La cocina, la cual era una sección dividida por una mesa, poseyendo un reducido número de cajones, tanto altos como bajos, además de una pequeña estucha eléctrica y un refrigerador gemelo en altura con los cajones inferiores; paralelo con la entrada principal se encontraba otra puerta entrecerrada, desembocando en un pequeño baño dotado con una ducha y un retrete. Las ventanas totalmente cerradas por dos pequeñas puertas evitaban la entrada del potente viento originado en el mar y el salitre que acarrea el impacto del mismo, siendo la fachada la que se veía ensuciada por el mismo. La cabaña carecía de luz, pues, simplemente los rayos casi extintos se filtraban en las separaciones entre las tablas de madera que hacían de techo.
       Se dispuso a seguir a su compañera en su —poco precisa— búsqueda, encarándola una vez se dejó caer al suelo. El siberiano se negó a estar inmóvil, por lo que recorrió la pequeña cabaña en busca de objetos que sirvieran para el caso: Revisó la hamaca que estaba guindada en medio de lo que vendría siendo la ‘sala’, captando el olor de su anterior usuario, cabía recalcar que no se trataba de un olor gustoso por lo que arrugo la parte superior de su nariz; seguidamente, una vez divisó el interruptor, se puso a dos patas frente a la pared, alzándose en su tamaño para dar con su pata izquierda sobre él. Se hizo la luz, proveniente de un bombillo amarillo escuetamente enroscado en su portalámparas fijado al techo, manchando toda superficie con su iluminación. Consecutivamente, se internó en el baño en busca del botiquín de primeros auxilios; se preparó para alcanzarlo con su agilidad felina, sin embargo, su cometido fue interrumpido al escuchar el sonido metálico provenir de la cocina. Dos zancadas fueron necesarias para llevarlo frente a ella, acercándose sin tapujo alguno que detuviera su seguro paso. Si necesitaba algo, allí estaba, de una manera u otra, tenía su absoluta atención, tomando asiento con gracia, dejando que sus orejas se levantaran y su cola se moviera de lado a lado como plena muestra de confianza.

       De sus fauces salió un aullido gutural, como quien pregunta sobre el estado actuar de su adversa, el cual fue contestado con un precepto. Ese hecho hizo que, por su vértebra, pasara fugazmente un frío que le llenó de incomodidad. Su mente aún procesaba el hecho de su extraña aparición y presencia, además de su experticia al momento de compartir una comunicación tan limpia y acertada, además de su aura encantadora para los sentidos del siberiano, se trataba de un tipo de autoridad que todavía no reconocía. Su instinto dijo ¡No! a eso, más por lo que significaba acatar que por la función y objetivo de la orden. Su lado humano era indudablemente disciplinado y capaz al momento de ejecutar, pero ahora él no mandaba en ese cuerpo bestial. Su cola se paralizó con tensión, sus redondeadas orejas se agacharon con indisposición receptora, su pecho se infló, ladeó e inclinó hacia arriba su cabeza y abrió su mandíbula, dejando ver en todo su esplendor los marfilados incisivos de gran tamaño que decoraban su dentadura mientras el rugido salía de su garganta con énfasis. El sonido retumbó por las paredes de maderas, pudiéndose escuchar fácilmente a varias decenas de metros a la redonda. Esos cerúleos se afilaron una vez estuvieron cerradas sus fauces. Su recriminación fue tan clara como la orden recibida, fue la manera en la que su —algo primitiva— mente animal lidió con el número masivo de estímulos que recibía, decidiendo detener el ritmo frenético que la situación llevaba. No se movió de su lugar, no como acto de desafío, sino como el hecho de la incomprensión a lo que pasaba y al desconocimiento de la ajena como parte de un eslabón más allá de su entendimiento. Subliminalmente, el tigre cumpliría la orden, a su manera.

       Se dio media vuelta una vez plantó sus cuatro patas y pensó en su trayectoria, dirigiéndose inmediatamente al baño. Se irguió a dos patas para alcanzar el cajón de los primeros auxilios, dejando que parte de su peso se apoyara completamente sobre éste y actuara como motivo por el cual cayera ante sus fornidos músculos delanteros. A continuación, agarró la caja por su asa —con ayuda de sus fauces— y la cargó hasta su anterior posición: Quitó el seguro al darle varias veces con su garra derecha, tomándola de nuevo con el agarradero y esparciendo todo el contenido frente a la contraria. Dentro había gazas, inyectadoras, agua oxigenada, antibióticos en tabletas, antinflamatorios y analgésicos inyectables, además de una pequeña guía detallada con instrucciones gráficas de cómo realizar inyecciones subcutáneas, intramusculares e intravenosas, cómo hacer torniquetes, detener sangrados, utilizar gazas y demás. El siberiano no tenía ni la más remota idea de dónde conseguir larvas de moscas verdes y por ello buscó la manera de hacerlo sin recurrir a lo arcaicamente salvaje. Con su pata acercó los viales y las inyectadoras con el fin de hacerle saber que podría servir. Se colocó a su lado cercano, dejando que su nariz rosada tocara su mejilla e indicara, por medio de pequeños gruñidos, que era momento de utilizar cuestiones que, seguramente, desconocía. Si era necesario, buscaría la manera de actuar de intérprete entre los gráficos y letras, pues su ayuda no faltaría.

       Sus orejas volvieron a levantarse, estando al tanto de las nuevas órdenes aunque significase otro estímulo tan raro como desagradable para su usual personalidad, intentando ser lo más transparente posible con el fin de establecer vínculos más cercanos, en donde la comprensión sea el primer factor determinante para ambos. Era la primera vez que se encontraba a un ser de sus características y que le hiciera ensimismarse en el olor que emana de sus poros, que pudiera hablar con él casi mejor que cualquier otro tigre pudiera hacer; detestaba verse como un gato aunque se haya criado con ellos, no deseaba verse mimoso ni mucho menos sumiso, pese a su disgusto, eran temas que quedarían apartado una vez el peligro se disipara del cuerpo de la adversa. Finalmente, olfateó sin mucha delicadeza la herida, intentando determinar si la toxina aún seguía en la zona superficial o debía alarmarse por la extensión de la misma por el organismo, consecuentemente, dejó que su lengua pasase por las heridas a su alcance que notó anteriormente, bien sabía que su saliva actuaba como antisépticos, siendo uno de sus impulsos arraigados que dejó entrever.


Alexander C.
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Re: Fate is strong [Priv. Alexander C]

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