Cumpleaños (in)feliz || Privado L. Dunkelheit

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Cumpleaños (in)feliz || Privado L. Dunkelheit

Mensaje por Ahreán Riessfeld el Sáb Nov 11, 2017 8:13 am

El gran salón de gala, Rosewood London

20:17 p.m.




El reloj marcaba las diecinueve y treinta. Esa noche, dentro de apenas unos minutos, los Riessfeld asistirían a Rosewood London para celebrar el nonagésimo aniversario de Phil Goldstein, un ejecutivo amigo de la familia. Su hijo, Edward Goldstein, era el organizador del evento. Todos los años se encargaba de homenajear al padre en cualesquier de los hoteles de los que era dueño. La familia Riessfeld, dada la cercanía entre ambos cabeza de familia, era invitada de honor. Pero era la primera vez desde hacía bastante tiempo, más de diez años posiblemente, que aceptaban la invitación. Los compromisos empresariales, la distancia, entre otras circunstancias, habían impedido el reencuentro de ambos ejecutivos. Hoy por hoy era diferente. Vivían en la misma ciudad, su situación era estable, el trabajo lo permitía, al menos por esa noche, y muchos eran los intereses de por medio para no perder el contacto. Ahora más que nunca, que el viejo Goldstein prescindía de buena salud, debido a un cáncer terminal que acabaría con su vida antes de lo esperado. Aunque no era la amistad el motivo de primer plano. Nunca lo había sido.

Cuando Honorio Hank, el conductor de la limusina familiar, sonó la bocina para avisar de su llegada, Ahreán terminaba de colocarse unos pendientes de cordoncillos plateados. Recorrió su reflejo sobre el cristal una última vez. Usaba un vestido azul marino bañado en tela de encaje, delicado, poco extravagante; sus hombros quedaban cubiertos por la finura del tejido. Aquel se prolongaba desde su cuello hasta las inmediaciones de sus rodillas y, aunque suelto, ceñía su busto y su cintura sin apretarla. Se dio cuenta de que el maquillaje que usaba no le hacía honor a la edad que deseaba aparentar y de que su apariencia física aún no correspondía con su madurez. No es como si no fuese una adulta a ojos de los demás, había comenzado a serlo incluso desde su infancia, pero, desde hacía varias semanas, anidaba en ella la sensación de que, exactamente para los otros, no lo era por completo. Le generaba resquemor presentirlo, por supuesto que no estaba segura, mas no era algo que, por más que no fuese un hecho, pudiese obviar como si se tratase de cualquier asunto. Después de todo, hacía referencia a su imagen.

Antes de bajar, despeinó, aunque con fina elegancia, el moño que contenía su cabellera. Sacar algunos mechones de su sitio no solo le permitía no verse tan estirada como la doctora Kozlov, una tecnóloga de ADV Swift que podía transmitir de todo menos simpatía, sino también cubrir un poco sus orejas desnudas de la intemperie. Pronto por la mansión se hizo sonoro el taconear garbo de sus pasos. Abajo la esperaba su padre junto con doña Elizabeth, su abuela. Como siempre, la presencia de ambos terminaba convirtiéndose en una demostración de distinción de primera clase. Madre e hijo eran el paradigma de un sibaritismo moderado, más sencillo que extravagante, pero no por ello menos exquisito. Ahreán los contempló como si se tratase de arte. No pudo ni medir el brillo en los ojos que le generaban.

—Esta noche cerraré dos negociaciones de suma importancia —dijo el señor Riessfeld, al momento en que se levantaba del sillón de gamuza. Efectivamente, dentro de unos minutos recibiría a un cliente dentro de la mansión para reunirse con él en su despacho privado—. Les pediré, pues, a ambas que se adelanten sin mí. Me incorporaré en cuanto termine —su mirada se posó en la de su hija, que pellizcaba uno de sus dedos detrás de su espalda—. Avísale a Phil Goldstein que llegaré unos minutos tarde. Y habla con él. Seguramente deseará que lo pongas al día.

Estará rodeado de muchos comensales. Podría importunarlo.

—Ninguno hijo de Neel Riessfeld.

Ahreán sonrió—. Claro. ¿La segunda negociación será en el hotel?

—Sí, afortunadamente. Por lo que si alguien se te acerca preguntando por mí, pídele que me espere. No tardaré mucho.

Afuera llamaban a la puerta. Adolfo Wesley, el mayordomo, salió de la cocina para abrirla y así atender al invitado del señor Riessfeld, una mujer de piernas largas y sonrisa brillante que, al caminar, desprendía un olor semejante a una flor muriendo. No era la primera vez que Ahreán la veía. Ni qué hablar de poder olvidarla. Era una dama de bellas curvas en su melena rubia que hacían gala en las de su cuerpo. No conocía su nombre. Y seguiría sin conocerlo. Ambos ejecutivos desaparecieron antes de que pudieran intercambiar palabra.

A eso siguió la posterior salida de las mujeres Riessfeld. Doña Elizabeth, quien hasta ese momento había permanecido callada con la majestuosidad, tal cual, de una escultura, dedicó los pocos minutos de viaje a reproducir con sus labios las anécdotas de fiestas antiguas. Le habló de algunos invitados que sabía que asistirían, de sus bochornos pasados, pero riquezas presentes, del por qué debía de acercárseles o la razón para evitarlos, así como de su papel en esa fiesta, que ya lo sabía, aunque debía de recordárselo, en cuanto que siempre, debido a su estatus, era observada. Mientras la más joven atendía a cada una de sus indicaciones, el cielo brilló oscuro gracias a las pocas capas de negro que resaltaban de entre las estrellas. Se trataba de una noche fría, con posibilidad de lluvia, de acuerdo al pronóstico del hombre del clima de esa mañana. Los edificios se fueron juntando conforme el avance del vehículo, más de lo normal, mas sin intercambiar sus colores, en unión con algunos peatones y árboles. Cuando este se detuvo, solo uno conservó toda su estructura. Aquel era un edificio gigantesco, anchado, del que destacaba una torre en la medianía de su techo; disponía de varias ventanas, muchas a decir verdad, que se prolongaban por toda su parte delantera. Un botones con la ropa perfectamente planchada las recibió en la entrada. Con él, caminaron hasta llegar al lobby del hotel y posteriormente hasta el vestíbulo del salón, un espacio amplio con una escalera central y dos que se bifurcaban en un piso superior. Algunos invitados conversaban sentados afuera en grupos de no más de tres personas. Reían con una jocosidad gutural que parecía de teatro y que les inflaba el pecho como a palomas obesas. Ahreán observó sus rostros sin detenerse en ellos. No era a quienes debía acercarse esa noche, o ninguna otra. Ellos eran los nuevos ricos del último semestre; gente de baja categoría.

Detrás de la puerta de vidrio que separaba el vestíbulo del salón, se encontraban ordenadas una serie de mesas; todas desocupadas. Quienes conversaban de este lado, usaban trajes y vestidos apretados que seguramente se romperían de ellos sentarse. Sus facciones eran como la de muñecos de cera recién moldeados. Olían bien, cada uno por separado, pero ahora estaban todos juntos y creaban una nube de alcohol etílico con compuestos diversos. Ahreán ya había asistido a miríadas de reuniones anteriores aunque, de grande, ninguna del viejo Goldstein. Se daba cuenta de la diversidad de personalidades que confluían en ese espacio, desde gordos pendencieros que remarcaban una sonrisa con sus labios, hasta damas voluptuosas aficionadas al bisturí. Era una pantomima, casi, que no le desagradaba, pero que no era del todo de su agrado. En Coventry, su tierra natal, esos espectáculos no existían. Lo que era vulgar no se vestía de seda, ni mucho menos se colocaba tacones. Pero el ritmo de New London era distinto, aún debía acostumbrarse.

En un momento, Doña Elizabeth se le separó para reunirse con un grupo de señoras. Ella, mientras tanto, siguió caminando hasta la cortina de carne que rodeaba a Goldstein, pero se detuvo en cuanto presintió que lo mejor era esperar. No participaría de ese jolgorio pese a la petición de su padre. Él ya vendría a ella, o se levantaría cuando se sintiera chamuscado, lo cual no parecía que fuese a tardar más de lo que tardaría la pieza musical que estaba sonando, un compás de trompeta y saxofón.



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Elemental de fuego

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Re: Cumpleaños (in)feliz || Privado L. Dunkelheit

Mensaje por Logan Dunkelheit el Mar Nov 14, 2017 6:32 pm

Logan abrió sus ojos, lo primero que vio fue oscuridad y los apenas visibles tablones del techo de la habitación donde se encontraba. El espeso humo de cigarro que flotaba en el ambiente sirvió de recordatorio para saber quién era, que estaba haciendo allí, pero lo más importante, lo que debía hacer dentro de poco.

Se sentó a la orilla de la cama donde a un costado de él se encontraba manso y tierno el cuerpo de una rubia mujer, de curvas marcadas y senos protuberantes. Sus ojos cerrados y respiración pausada despertaron la envidia de Logan, quien dio una pequeña palmada al trasero de la mujer, quien solo respondió con un pequeño quejido para luego girarse hacia el rincón. El pelirrojo se incorporó, totalmente desnudo, caminó hacia el baño, encendió la luz sin antes encender un cigarro. Sostenido este en su boca comenzó a orinar en el inodoro, rascándose el culo con una mano y con la otra pues, ya se imaginarán.

Aquel era un ritual masculino, que todo hombre hace luego de un buen polvo y su consecuente siesta. La vejiga se relaja, el miembro vuelve a “dormir” y además ocurre algo que tal vez el sexo opuesto no sepa: La mente se aclara, totalmente despejada, las ideas fluyen. Y así es como el pelirrojo supo con certeza como terminaría su próximo trabajo, sonrió mientras sacudía a su fiel compañero. Lavó sus manos y luego de unos segundos mirándose al pequeño y trizado espejo frente a él, guiñó a su propio reflejo y soltó una última bocanada de humo antes de desechar el cigarro en el lavamanos.

Vistió su cuerpo con el lujoso terno que su nuevo jefe le había hecho llegar durante el día anterior, luego de unos cuantos minutos en que se arregló, comió y bebió para así cerrar por fuera la puerta de la pequeña habitación a la cual había sido invitado por la rubia de grandes pechos. Logan no tenía idea cual era el nombre de la mujer, si aquel era su departamento y mucho menos le importaba volverla a ver.

-Tienes un lindo despacho, jefazo- Logan estaba sentado en un pequeño sofá hecho de cuero, parecía incluso que este tenía incrustaciones de perlas preciosas en las terminaciones; el pelirrojo ya se había hecho de alguna de ellas. Neel Riessfeld lo observaba con mirada reprobatoria, de seguro en su vida había tenido contacto tan íntimo con un ser tan oscuro como Logan; o tal vez eran los modales de este último, en realidad al ángel oscuro le daba igual, mientras hubiera dinero y diversión estaría atento a lo que el hombre frente a él digiera.

-Gracias, ponte…

-Cómodo, claro, ya lo estoy. Vamos al grano…- Interrumpió Logan, echando su cuerpo hacia el respaldo del sofá, encendiendo un cigarrillo y soltando el humo de sus pulmones hacia arriba. Cruzó su pierna derecha sobre su muslo izquierdo y su mirada, aquellos ojos asesinos y oscuros se fijaron en las pupilas del Neel, hurgando en aquella alma, buscando el más profundo miedo dentro de sus entrañas. Sonrió…

-Bu…Bueno, como ya habrás leído en la información que te hicimos llegar junto a ese traje…- Neel parecía algo incómodo, Logan podía olerlo, y le parecía extraño pero sabroso, divertido estaba mientras fumaba y escuchaba las nerviosas palabras de su actual empleador. –Esta noche cerraré un negocio, un trato, con el viejo Goldstein. Phil está enfermo, pronto morirá, el liderazgo de su empresa y todo su patrimonio pasará a manos de su hijo, Edward. Él es tu misión, Logan- La mirada de Neel se perdió entre la avaricia y la vergüenza, desviada hacia abajo, sus manos buscaron un pequeño papel, que a los ojos de Logan eran oro puro. El pelirrojo cogió el cheque son una sonrisa en su rostro, era la mitad de lo prometido, la otra claramente la obtendría una vez completada la tarea.

-¿Nivel de seguridad?- Preguntó el sicario, apagando el cigarro en su muñeca, Neel abrió los ojos sorprendido; ni una sola marca había en la piel del pelirrojo.

-Alto, Phil es un paranoico, por lo cual a menudo tiene guarda espalda hasta para ir al baño. Su hijo, obviamente, nos e queda atrás. No me extrañaría que entre su personal de seguridad tengan gente especializada, ya sabes, como tú- Neel acercó una tarjeta de identificación a las manos de Logan, quien ya había encendido otro cigarro, Neel parecía evidentemente molesto por aquello, pero al pelirrojo le daba igual.

-¿Tú también sueles ser paranoico?- Sonrió

-No tanto como él, pero tengo mi personal de seguridad privado. Desde hoy eres parte de él, tendrás acceso a todo lugar donde esté yo o algún miembro de mi familia a quien pida que cuides-

-En tu carta hablaste de una señal, ¿Cuál será?- Preguntó Logan.

-Solanke. Es el jefe del personal de seguridad, uno de mis más leales hombres. Él te dará la señal para darte pase libre…- Neel de pronto se puso nervioso, acomodó su corbata. –Tiene que parecer un accidente, por favor, con el menor estruendo posible- Logan sonrió ante tal petición, se suponía que Neel estaba pagando, podía pedir lo quisiera, pero parecía no tener mucha experiencia tratando con un sicario de categoría SSS+, aquellos más caros del planeta, los cuales podían sucumbir países o reinos completos tan solo en una noche: Logan era uno de ellos, con gran reputación entre las bajas esferas, el bajo mundo, sería un trabajo simple.

-Aquello supondrá el doble de lo que te pido…-

-Lo pagaré, tan solo se discreto. No quiero que haya testigos.-

-¿Aun cuando sea algún familiar tuyo?- La sonrisa de Logan se tornó oscura, maligna, el fuego de su ser comenzó a arder en su interior, era maravilloso ver como aquel hombre luchaba contra sus propios miedos, contra sus propios fantasmas y caer, caer ante la oscuridad del mundo. Los ojos de Neel tenían el mismo terror que la última víctima de Logan, un demonio líder de una secta, por cientos de años intentaron asesinarlo sin poder lograrlo, pero el pelirrojo usó otra estrategia, no fue tras el demonio, hizo que este viniera por él. ¿Cómo? Secuestrando lo más amado por este, sus hijas. Ese mismo terror vio en los ojos de Neel ¿será que pensaba en lo mismo? Se preguntaba Logan, con clara curiosidad dentro de su ser.

-Sí, aun cuando…- Respondió Neel, Logan asintió, levantándose de su lugar. Al dirigirse a la puerta de salida se cruzó con una rubia de asombroso físico, largas piernas y una sonrisa de lo más falsa que haya podido ver el pelirrojo en su vida. Ambas miradas se cruzaron, Logan sintió en su corazón que algo no andaba bien con aquella mujer…

Las horas habían avanzado, Logan ya estaba dentro del hotel, junto a tres “compañeros” de trabajo habían sido ordenados a salvaguardar la seguridad de la señorita Ahreán. Según Kira, el más veterano y líder de entre los cuatro, debían mantenerse a una distancia considerable pues a ella le gustaba mantener su espacio. Logan no tuvo más remedio que obedecer, aunque a decir verdad tampoco estaba muy interesado en aquella “tarea”. Tan solo quería que Solanke apareciera pronto y así poder realizar su verdadero trabajo. Por lo pronto tendría que cumplir algunos requisitos para lograr su misión; lo primero era ubicar a Edward, su guardia personal, sus allegados o amigos más cercanos, y por supuesto, la logística del lugar. Gente alta alcurnia, vestidos que jamás en su vida había visto, pues la moda parecía dictar que entre más ridículo y feos eran, mejor. Todo el mundo parecía aparentar ser algo que no era, Logan podía olerlo, verlo en el alma de todas aquellas personas que se arrastraban bajo el yugo de la falsa apariencia, la falsa modestia y la hipocresía. También estaba esa otra preocupación: la rubia con extraña sonrisa. ¿Quién era, por qué despertaba en él tanta desconfianza?

Los pensamientos y mirada de Logan estaban totalmente sumergidos en aquellas conjeturas y preguntas hasta que un extraño barullo comenzó a retumbar en sus oídos, el cual poco a poco comenzó a transformarse en un música, un saxofón y una trompeta lo sacaron de su ritual para luego darse cuenta que tenía frente a frente a Kira, quien lo miraba con ojos furiosos.

-¿Has escuchado mi orden, Logan?- Preguntó Kira, evidentemente enfadado.

-Orden…- Asintió el pelirrojo, para luego fruncir el ceño, ladear su cabeza y mirar con ojos de extrañeza al viejo frente a él -¿Qué orden, anciano?- Kira enrojeció de furia, empuño su diestra y masculló por lo bajo; si por él fuera le daría de baja ahí mismo, pero debía mantener la compostura, además, otros miembros de la guardia le habían contado que durante el viaje al hotel, Trest, el fortachón del grupo, había perdido un dedo por molestar al pelirrojo frente a él. Sin duda era peligroso, era mejor ser cauteloso.

-Solanke me ha mandado a llamar. No sé qué es lo que querrá, pero mientras tanto quedas a cargo. Asegúrate de que la señorita Ahreán esté bien y a salvo- Indicó el anciano, para luego alejarse rápidamente del lugar. Logan no alcanzó ni a presentar reclamo por aquello pues el vejestorio desapareció muy rápido.

-Deberías ir a preguntarle si se encuentra bien…- Dijo uno de los chicos que ahora se encontraban a cargo de Logan.  

-¿Y por qué no vas tú?- Espetó Logan.

-Tú estás a cargo…-

-Por eso mismo, te ordeno que vayas y le preguntes aquello- Sonrió Logan, complacido, sintiéndose con poder.

-Al estar a cargo tú, eres quien debe dirigirte a la señorita o cualquier miembro de la familia. Deberías saberlo, si lo hace cualquier otro seremos despedidos. Todos…- Respondió el chico, con una sonrisa falsa.

-¿Y por qué debería enterarse? Te ordeno ir y mentir. Dirás que tú estás a cargo. Es más, te dejo a cargo- Logan se cruzó de brazos, esbozando también una falsa sonrisa.

-Lo sabrá, no tengo problema en decir la verdad- Dijo el muchacho, mirando al otro compañero, quien asintió, sonriendo maliciosamente.

-Hijos de puta…- Susurró Logan, mientras arreglaba su negra corbata, estiraba las terminaciones de su terno y comprobaba que su cabello estuviera bien amarrado a la coleta. Su largo cabello rojo parecía haber sido pasado por una plancha recién comprada, pues estaba liso, brillante y ordenado. Comenzó a caminar en dirección a la señorita Ahreán, entre más se acercaba más se iba impresionando se su belleza, con aquel vestido azul ajustado a su figura. A los ojos de Logan se veía bastante sexy, sobre todo por el detalle de los hombros al descubierto.

Con ambas manos entrelazadas a su espalda, carraspeó levemente para llamar la atención de ella, inclinó levemente su cabeza y luego dirigió su mirada a la muchacha frente a él. Debía ser lo más cuidadoso posible, interpretar su papel a la perfección.

-Mis respetos señorita Riessfeld. Estoy a cargo de su seguridad esta noche, mi nombre es Logan, mucho gusto. ¿Se encuentra todo bien, no hay anda que necesite?- Preguntó el pelirrojo, sin saber si lo había hecho bien o no, de lo único que estaba seguro era que debía, de alguna forma, acercarse al núcleo de Edward, para así ver mejor sus movimientos, y sobre todo, recolectar la información que necesitaba. Mantuvo su mirada en Ahreán, esperando la respuesta de la muchacha, según esta, quizás podría mover algunos hilos para así acercarse un poco más a la posición de su futura víctima.


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Logan Dunkelheit
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