Soldier — priv.

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Soldier — priv.

Mensaje por Nicolaus Ackerman el Dom Dic 31, 2017 8:09 pm

Soldier
07:30 p.m - con Eros - Ruinas
Su fe, su paciencia y su misericordia se esfumaron desde el primer momento en que vio a los seres humanos pecar sin remordimiento alguno, perdiéndole el total respeto de quien es su momento fue su Dios, su creador. Vaya raza de ignorantes había creado el superior y a quienes les profesaba un profundo amor a pesar de todo ello; Remiel sólo se dedicaba a observar como todos y cada uno de ellos realizaban sus actos en contra de las leyes que el máximo había entregado y que, con el pasar del tiempo, estos últimos perdieron su absoluto valor.
Qué creación más patética había hecho el rey de los cielos.

Su mirada, de completa desaprobación, sólo se dedicaba a observar a los seres terrenales en lo que en el interior de su mente fraguaba una forma que fuese totalmente efectiva como para erradicar todas esas ratas que se hacían llamar a sí mismas “seres humanos”; el único arcángel que hasta el momento había dejado de lado a la humanidad ante atroces actos que estos realizaban como si fuese un hecho tan simple como el respirar aquel oxígeno que los mantenía únicamente con vida. Realmente un castigo merecían recibir y de eso su persona se iba a encargar de darles.

Entonces vino el diluvio sobre la tierra por cuarenta días, y las aguas crecieron y alzaron el arca, y ésta se elevó sobre la tierra. 18 Y las aguas aumentaron y crecieron mucho sobre la tierra; y el arca flotaba sobre la superficie de las aguas. 19 Y las aguas aumentaron más y más sobre la tierra, y fueron cubiertos todos los altos montes que hay debajo de todos los cielos. 20 Quince codos por encima subieron las aguas después que los montes habían sido cubiertos. 21 Y pereció toda carne que se mueve sobre la tierra: aves, ganados, bestias, y todo lo que pulula sobre la tierra, y todo ser humano; 22 todo aquello en cuya nariz había aliento de espíritu de vida, todo lo que había sobre la tierra firme, murió.

Fue  tan sólo cuestión de un breve tiempo de que aquel diluvio inundase por completo la tierra, dejando que una lluvia imparable más de cuarenta días azotara a todos los seres vivientes del planeta buscando con la misma limpiar todas esas manchas que sus habitantes habían colocado con el pasar de los años, manchas imposibles de borrar de la mente de todos los seres celestiales. El arcángel Remiel nunca se sintió tan satisfecho como aquellos días en donde el agua llenaba por completo los suelos, destruyendo toda creación que los terrenales habían hecho; empero, a pesar de todo ello, realmente era el único que gozaba de todo eso, sus compañeros e inclusive mismísimo rey del paraíso juraron tras finalizar aquel diluvio que el mismo no se volvería a repetir, confiando nuevamente en la palabra de esos seres que prometían no volver a manchar y desobedecer la imagen de su Dios. Vaya incrédulos y compasivos que fueron

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Por primera vez en muchísimos siglos, el arcángel decidió volver a pisar aquellos suelos que procuró limpiar en su momento. No era alguien asiduo a alejarse del único sitio en el cual se sentía cómodo pero solitario, negándose de sobremanera en establecer comunicación verbal con sus semejantes a sabiendas de la terrible conducta y su forma tosca de hablar y explicar sus ideales delante de estos; Realmente era alguien que, a pesar de que no lo aparenta en lo más mínimo, era alguien completamente pacífico y que buscaba de sobremanera entrar en conflicto con los demás aunque a veces le resultase un trabajo algo dificultoso de cumplir.

La lluvia en ese día en especial era algo que realmente le resultó algo gratificante para su celestial ser, siéndole imposible en lo disimular aquella sonrisa de completa satisfacción en su semblante en lo que dejaba que las gotas de aquel fenómeno climático golpeasen de forma suave su pálida tez, como si las mismas le estuviesen otorgando una suave caricia con el pasar de los segundos. Las ruinas se mantenían tal cual estaban desde la última vez que las visitó, tomándole aquel detalle por sorpresa en lo que, con cada paso que daba, indagaba por todo el sitio en busca de algo nuevo por el cual captar su total interés, después de todo, su visita además de ser una en donde controlase el estado de todo el sitio, buscaba algo con lo cual distraerse en solitario; Remiel era de aquellos hombres que disfrutaba sin duda alguna de la diversión que tan sólo la soledad y curiosidad de uno eran capaces de regalar.
—Con el pasar de los años sabes mantenerte...— Musitó hacia el ambiente en sí, como si el mismo le entregase una respuesta con ello. Su persona a pesar de encontrarse bastante relajada, prestaba demasiada atención a sus alrededores evitándose en lo posible toparse con la presencia de un ser indeseable y más aun tratándose del mundo donde los terrenales disfrutaban lo más profundo que el pecado podía regalarles.

Pasaron los segundos, minutos e inclusive horas con cada paso que realizaba, perdiéndose por completo en la belleza que el mismo paisaje le entregaba siendo el único lugar que consideró como algo digno de visitar a pesar de todos los puntos negativos que le encontró a aquel mundo del cual desde lo más profundo de su ser deseaba exterminar de una vez por todas. Iglesias, santuarios y todo sitio que simbolizaba aquellas figuras angelicales que con anterioridad pocas personas veneraban yacían completamente destruidas después de todas las guerras que aquella ciudad sufrió en su momento.
Su persona básicamente se detuvo a unos pocos metros tras toparse con lo que fue en su momento una figura que representaba al arcángel Miguel, siéndole imposible de ocultar una sonrisa de absoluta diversión en su rostro —Y aún siguen creyendo en eso.— Musitó por lo bajo, haciendo hincapié en aquella confusión sobre aquella confusión que algunos terrenales tenían al respecto de Michaela; encontraba por demás entretenido el escuchar a la fémina quejarse con cada reunión que tenían en el Paraíso sobre aquel tema en especial, manteniendo con ella actualmente una terrible relación de la cual era imposible de mejorar visto y considerando ambas actitudes que los seres del alto mando celestial tenían.

Bajó ligeramente su mirada antes de desviar su camino por completo, ingresando al interior de lo que fue en su momento una de las tantas Iglesias que había en ese sitio, topándose con las ruinas prácticamente intactas después de aquella devastadora destrucción. Realmente se entretenía con los dibujos que las personas creyentes dibujaban confiando con seguridad que hacían un trabajo perfecto, siendo completamente devotos a unos simples dibujos que en ocasiones eran muy errados con respecto a su figura como a los de sus compañeros. Inclusive planeaba pasar a través de aquella enorme puerta de madera que permitía el ingreso al enorme sitio; sin embargo, detuvo por completo sus pasos al sentir perfectamente la presencia de alguien más en el lugar, alguien completamente indeseado para quien deseaba destruirlo por completo.
Su mirada se afiló por completo, manteniendo sellados sus labios por varios segundos en lo que, siéndole posible, controlaba de por sí su instinto para no atacarlo sin más. Podía percibir como aquel desconocido emanaba un “aroma” que tan sólo reflejaba enorme tristeza, desolación, tantos sentimientos negativos de buenas a primeras. Se mantuvo estático en su sitio en lo que cruzaba ambos brazos sobre su torso antes de atreverse a siquiera hablar —¿Qué hace aquí un ser tan sucio en un sitio tan sagrado como este?— Inquirió con evidente molestia; aquel encuentro marcaría un nuevo comienzo para aquel pobre ser que tan sólo buscaba refugio en la soledad para aliviar su dolor.
● Palito
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