Una rara forma de conocernos. {Priv E. Dantes.}

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Una rara forma de conocernos. {Priv E. Dantes.}

Mensaje por Iori el Miér Ene 10, 2018 8:13 pm

Los incendios en New London habían sido devastadores. Aun y con el paso del tiempo, el daño apenas estaba empezando a repararse y pasaría muchísimo tiempo para que todas las heridas se pudieran apenas cicatrizar.
Iori, como buena ciudad que quería ser, a pesar de todo lo que pasaba en su vida diaria, se dio el tiempo para poder enlistarse como voluntaria en una de las “caravanas” que llevaban comida y abrigo a los ciudadanos que habían quedado en la calle. Su casa había sido de las pocas que estaban en secciones donde los incendios no habían hecho estragos y su propiedad se había salvado, pero entendía que no todos habían sufrido la misma suerte.

Ahora estaba ahí, dando un poco de lo que ella tenía. Al ser un ama de casa dedicada a las labores hogareñas, sabia cocinar muy bien y por ende sería una de las cocineras de aquellas enormes cantidades de comida que se repartirían, de las cuales ella también hacia trabajo.
No fue sorpresa que el semblante de Iori fuese enteramente de sorpresa debido a la mansión que se erguía frente a sus ojos.

—Vaya, esto es enorme…¿Seguros que aquí es donde están los que ayudaremos hoy?— Pregunto asombrada la mujer mientras seguía mirando aquel esplendoroso glamour de la fachada de la mansión.

—Claro que sí. Esta es la mansión del Sr Edmon Dantes. Es un gran filántropo que nos ha ayudado mucho. La organización le debe bastante ya con el simple hecho de aceptar un campamento en su jardín.—

Iori estaba más que asombrada, por todo lo que se había dicho. Aun así estaba entusiasmada.
Las mesas se montaron y la comida se sirvió como estaba previsto, pero a los que no podían levantarse o salir de su lecho, se les tenía que llevar la comida directamente. El jardín era basto y tenían mucho que abarcar, por lo que se dividieron el trabajo para repartir la comida con más rapidez y eficiencia.

Ella tomo su carrito con su parte y empezó a repartir aquellas cajitas desechables con comida.
Vestía con un suéter de cuello largo en color amarillo, sus jeans ajustados y zapatos tipo balerina. Sobre sus ropas traía puesto un delantal negro con el logotipo de la organización altruista a la que se había unido como voluntaria y sin dudas, su curiosidad le hacía mirar de vez en cuando a la mansión, a aquellos ventanales, esperando poder divisar la figura del hombre de tan buen espíritu que termino aceptando a todas esas personas en su jardín.

—¿Cómo será el Sr Dantes?— se preguntó en voz alta al momento de sentir una mano sobre su trasero, por lo que inmediatamente volteo y retiro la mano de esa parte de su cuerpo algo molesta. —Sabes, el que estés en desgracia no te da derecho de abusar de tu mala suerte. Así que si no quieres tu cena de esta noche, te recomiendo no vuelvas a hacer eso— Y dicho esto, le dio su comida y se alejó, pero mientras ponía atención en el hombre que recién la había manoseado, no se percató de que la gente, desesperada, se había reunido frente a ella.
Un pinchazo recorrió su sistema, como una advertencia, y ella rápidamente se hizo hacia atrás en un salto algo sorpresivo para algunos, pero no para todos, pues se habían abalanzado sobre aquellos refrigerios como perros hambrientos a un trozo de carne.

—Vaya, esto presenta un problema…pero ¿cómo solucionarlo sin romperle el brazo a nadie?— Iori estaba enfrente a un predicamento. No podía dejar que ellos siguieran haciendo eso, pero si hacía uso de sus conocimientos militares, seguro todo eso terminaría mal. El problema es que a la vista no se divisaba a ninguno de los demás voluntarios, por lo que ella estaba ahí, en una encrucijada y sin ayuda que para controlar a esa multitud sin lastimarlos.
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Re: Una rara forma de conocernos. {Priv E. Dantes.}

Mensaje por Edmond Dantes el Jue Ene 11, 2018 3:48 am



Sin duda alguna una mirada bastaría para darse cuenta que esta mansión no era para nada lo que imaginaban al verla desde la entrada, las puertas en estos tiempos de necesidad estaban lejos de estar cerradas al común de la gente, a través de sus rejas podía vislumbrarse no solo la silueta de las carpas, si no también la de los cuerpos de los hombres y mujeres que se desplazaban de un lado al otro del jardín en busca de medicinas, agua o comida, parecía un autentico campo de refugiados. ¿Pero no era toda la ciudad eso? No, si le preguntaban al caído, aquello no era mas que otro campo de concentración, New London no era mas que una Endlösung, un Auschwitz a cielo abierto.

El albino aparto la mirada desde la ventana de su fastuosa mansión, regresando tranquilamente a su escritorio, en el mueble de madera descansaban algunos papeles con firmas oficiales, quizás habilitaciones para que este lugar funcionara como un centro de atención para la gente; tenia que estar en buenas condiciones todo para con el gobierno actual -si es que en verdad se le podía decir así- y la gente recibiría sus vacunas de manera fehaciente, ni hablar que esto era una oportunidad dorada para censar a las personas que vivían en la ciudad, un incendio que si se le encontraban puntos beneficiosos estaban al alcance de la mano, para todos: principalmente para el, quien una noche llego a la ciudad invirtiendo riquezas y ahora tenia su red de negocios firmemente extendida por toda la ciudad.

-- Señor, los empleados ya llegaron -- la voz de un mayordomo llego desde el cuarto intermedio a su oficina, tomo un bastón y camino con tranquilidad atravesando su oficina que destacaba por ser casi integra de madera, luego se llegaba al cuarto intermedio donde estaba este mayordomo vestido de traje apropiado y con un semblante orgulloso, las luces de este lugar eran bastante mas intensas que en la oficina, entonces por primera vez se podía notar la faz de Edmond y la cicatriz que recorría la mitad de su rostro, era innegable que en otro tiempo había sido un ser de una belleza inconmensurable, y aun ahora despertaba admiración en quien posaba su vista fijamente, sin embargo sus pequeños ojos estaban apagados y casi se podía decir que se deslizaban lentamente hacia otra realidad ignorando lo presente en esta, como si aun mientras hablaba estuviese pensando en cosas mas trascendentales que la existencia misma. — Gilles, dales todo lo que necesiten y este a nuestro alcance. — su voz se presento áspera, grave y certera, finalmente sus pasos lo guiaron hasta las escaleras principales que daban al hall de entrada.

El bastón empuñado en su diestra resonó al dar el ultimo paso sobre el piso de mármol de carrara que conformaba todo el hall de entrada, este bastón era negro y la protuberancia mas cercana a la mano mostraba algo perfectamente hermoso, una mujer que elevaba su plegaria al cielo, con ambas manos entrelazadas pero sin agachar su semblante, no... observaba el cielo con ansias de milagro; aquella pieza de bronce había sido tallada en su totalidad por Edmond, representaba algo muy importante en su vida, algo que no se permitía olvidar.
Todo este movimiento disimulado, su presencia pasando desapercibida por las personas - no por todas, pues algunas personas estaban ahí desde el primer momento cuando el mismo Dantes los recibió de brazos abiertos en su mansión - todo esa procesión que lentamente se fue armando tras el, se vio desviada desde el momento en que un tumulto de seres estaba en plena ebullición, la presencia de una mujer de cabellos azules observando la situación contrariada fue lo que despertó el disgusto de Edmond. Ya estaba pasando.

DAMAS... CABALLEROS... — el grito que no sonó como tal, si no mas bien como si el sonido de estruendosas y graves trompetas resonara a través de todo el jardín, el grupo tras el dueño de la mansión era ya considerable, en ellos había jóvenes, niños y ancianos, que observaban reprobando las acciones de aquellos que comían como bestias sobre el montón ya roto de cajas de comida. — Este comportamiento reprobable, terco e incivilizado no va a admitirse en este lugar — aquel hombre que previamente había tocado a la ayudante gruño directamente a Edmond, varios muchachos estaban por dar un paso delante para enfrentar a este "rebelde" mientras que los otros observaban tensos la situación.

-- ¡¿Como te atreves a enseñarle tus colmillos a nuestro señor como un perro sarnoso?!... ¡Avergüenzas a tu propia raza al intentar morder a quien te alimenta! -- Gilles, el mayordomo era un orgulloso miembro de la raza Lycan, un hombre de honor y sabiduría que se había ganado no solo el respeto de Edmond si no también su amistad, y si no fuera por el albino quizás todo esto habría terminado en una batalla campal, entonces fue cuando sucedió: el dorado del bastón se deslizo como una linea entre el mayordomo y ese hombre atrevido, ahora el bastón bloqueaba a uno y otro, como una linea divisoria, como una verdadera frontera.

Abro las puertas de mi mansión a gente desconocida, entrego mi tiempo y mi buena voluntad para que aquellos perdidos en la oscuridad del caos encuentren un camino esperanzador, sin embargo siempre un ser sin modales, ni alma cae en mis jardines... estoy acostumbrado — Edmond estaba vestido de traje, impecable, su cabello bien arreglado y un sutil perfume coronaban su presencia; dio un paso al frente a lo que todos aquellos alrededor del carro se apartaron completamente, todos menos el licantropo. Era gracioso puesto que los licantropos son los seres mas "grandes" y "bestiales" sin embargo por alguna razón, la estatura e hidalguía de Dantes lo reducía completamente a un cachorro terco. Se inclino sobre una de las cajas de comida y la levanto, estaba algo aplastada sin embargo el producto final estaba aun en su empaque, no se podía decir lo mismo de la mayoría de los paquetes aunque no era irrecuperable; abrió la pequeña caja blanca, hundió su dedo indice en la cálida comida y la llevo a sus labios, degustando la comida por unos momentos antes de sonreír. — Esta deliciosa... sin lugar a dudas. Ten muchacho — tendió la caja entonces al hombre que lo había desafiado, mostrándose tan magnánimo ante la masa que algunos suspiros se deslizaron, entonces casi como una especie de reacción masiva todos se reunieron tras de Edmond en fila, esperando ser atendidos.

El albino se giro hacia su mayordomo, tomó un pañuelo que le fue tendido, limpiándose las manos con tranquilidad, le susurró a Gilles algo que apenas y algunos oirían en semejante tumulto — Déjalo terminar de alimentarse, luego lo quiero con el rabo en la calle. Es un adicto a las drogas, no necesitamos esta clase de conducta en un lugar tan frágil, ve que sea hecho de la manera mas... — levanto la vista hacia la mujer que había iniciado todo este pleito o que se había visto mas bien envuelto en ello —... discreta. — termino de limpiar su mano, se apartó de su mayordomo y por fin se acercó hasta la dama.

Lamento haya tenido que vivir un momento tan contradictorio, que alguien que debería proveer ayuda a los mas necesitados necesite ayuda por culpa de quien intenta salvar es una de las condiciones mas deplorables a las que un alma caritativa se ve confrontada cuando la desesperación y el hambre esta de paso por el colectivo de un pueblo en desgracia. — su voz tenia esta paternidad  que desbordaba comprensión sobre las personas, y sin embargo demostraba ser completamente reacio a una sonrisa o muestra de calidez desbordante con esa mujer, o con cualquier otra persona... salvo, quizás un niño, un muchacho junto a una mujer mayor quien herida esperaba su comida, Edmond nuevamente se movió un poco y recogió de entre las manos de uno de los ayudantes una caja de comida para dos personas, se acercó hasta ambos e inclinándose entrego la caja al muchacho quien comenzó a agradecer como quien le ha sido perdonada la vida. — Es triste, pero es lo único que se puede hacer por ahora... si necesita la cocina y nuestros ingredientes para reponer la comida perdida en este infortunado accidente, por favor pídalo a Gilles, mi mayordomo ¿Hay algo mas en que pueda ayudarle señorita? — pregunto hablándole a la de cabello azul, si nada mas le era solicitado entonces se encaminaría nuevamente a la mansión, a su mundo particular, alejado del desastre de New London.










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Re: Una rara forma de conocernos. {Priv E. Dantes.}

Mensaje por Iori el Lun Ene 15, 2018 12:02 am

Aquella demostración de poderío y liderazgo dejo sorprendida a la peli azul. Sin duda aquel hombre, que era algo más que obvio por su aroma, no era un Lycan, podría ser fácilmente un alfa natural si perteneciera a la raza de los hombres lobo.
Realmente la veterana de misiones suicidas estaba tan sorprendida que no comprendía del todo bien como era que ese hombre tenía un carisma tan grande y una presencia tan poderosa ante aquel gentío que de ser perros sarnosos peleando por comida, se habían vuelto mansos cachorros dispuestos a cumplir la palabra de aquel ilustre caballero.

Aquella forma de dirigirse a ella y de cómo actuó después de detener a aquella turba le causo más intriga, provocando que la curiosidad le hiciera no perder ni un segundo de vista la figura galante de aquel hombre alto y de ancha espalda y rectos hombros. Estaba tan hipnotizada con su figura que cuando le hablo tardo un poco en responder, sacudiendo la cabeza unas cuantas veces como para acomodar sus ideas.

—Si, tiene razón. Pero hacemos todo lo posible para ayudar. Después de todo creo que es sentido común ¿No?— Pregunto más por el hecho de hacerlo que por ser una interrogante realmente.
Estaba por seguir la conversación, cuando el hombre, claramente ocupado o al menos así dejándolo ver en ese momento, hizo saber de la presencia del mayordomo.

—Ahora que lo dice, sería lo mejor. — dijo con una sonrisa dulce y casi maternal al ver a aquel niño que se alimentaba con su madre.
Una mano se fe a su vientre por mero instinto pero rápidamente disimulo ese movimiento metiendo la mano en la bolsa de su mandil, sacando el móvil y viendo la hora solo para sonreír y alcanzar al hombre, quedando a su lado.

—Y creo que usar la cocina sería bueno. Aún tengo tiempo antes de que el equipo se retire y alimentar a estas personas es importante, mi prioridad momentánea e inmediata. Le agradecería muchísimo si me permite cocinar para ellos. Por cierto, mi nombre es Iori, un placer conocerle.—

La mano de la mestiza se extendió al mayor mientras seguía a su lado, esperando su saludo mientras le miraba fijamente al rostro. No podía evitar sonreír de satisfacción, con coquetería nada disimulada, pues aquel hombre era justo del tipo que le gustaban a la peli azul, en especial sus cicatrices, las cuales le daban un toque soberbio a la ya imponente presencia de aquel hombre.

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Re: Una rara forma de conocernos. {Priv E. Dantes.}

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