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Chrysanthe Stratos
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el Jue Mar 22, 2018 9:03 pm
L
as ruinas habían sido, hace varias semanas atrás, un lugar en donde a ella le tocó enfrentarse a un grupo de seres corruptos, en pequeña maldad pero gran número. Salió con la victoria, sí, pero bastante herida. Hoy, luego de tanto tiempo, sintió algo extraño en aquella zona que ella creyó haber limpiado y purificado, quizás no lo hizo bien pero intrigada por aquella anomalía que lograba sentir, tomó su espada y se dirigió al mismo lugar.

El lugar estaba, como en un inicio, desierto, pero presentía algo. Exactamente no podía saber de dónde venía, y recordó aquella emboscada en donde fue atrapada junto con su hermano. El combate, en aquel momento, fue brutal y rápido, como realmente era. Hoy, luego de tanto tiempo aún si sólo eran semanas, se sentía casi como si hubiera regresado al pasado en ese momento, a excepción de que estaba sola.

Puede que sus ojos estuvieran vendados, ocultando estos de la visión de otros, pero ella aún era capaz de visualizar todo lo que ocurría a su alrededor, desde ver cómo el leve viento agitaba las hojas caídas de los árboles cercanos, hasta las nubes se movían aún cuando el cielo era oscuro, dada la noche.

No existía luz más allá de la que la luna dejaba, de forma débil, a traves de los espacios entre las nubes. Sin embargo, el escenario se veía, curiosamente, iluminado de forma casi natural. Casi lóbrega. Si no fuera porque estaba ahí por la presencia de un ser maligno, seguro que ya estaría viendo cómo pintar o cómo cuidar aquella imagen en su cabeza.




Última edición por Chrysanthe Stratos el Vie Abr 27, 2018 10:34 pm, editado 1 vez (Razón : Cambiar el estado del tema de "Libre" a "Privado".)



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Leyna Zweig
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el Vie Abr 13, 2018 5:04 pm



☪️



A veces las noches podían ser tan oscuras que ni siquiera ella podia sopórtalo. Las cosas mas horribles a veces no se encontraban tras un callejón oscuro o zonas lejanas a la ciudad, si no dentro de la mente. La forma de trabajar del cerebro es algo tan grandioso como temerario… atacando justo donde más duele, donde uno es más débil, y asi Leyna despertó entre pesadillas, entre sombras que no querían dejarla en paz y recuerdos tan dolorosos que de cerrar los ojos podia verlos nuevamente, su familia.

Asi pues decidió salir de casa, subió hasta la azotea y ahí dejo que el frio la embargara. Se abrazó a si misma buscando algo de calor, no, era mejor estar sin abrigo. Ella no solía mostrar sus alas a nadie, no porque su belleza era opacada por ese negro carbón; sino porque ellas representaban lo que alguna vez fue y ahora despreciaba tanto. Nadie podia verla… desde su hogar emprendió vuelo, tan alto como para no ser divisada para despues dejarse caer en picada. La sensación de vértigo era adictivo  y ahora que lo disfrutaba nuevamente se vio tentada a deshacer su promesa… estaba por caer en el vicio. Entró en razón segundos después, bajó y se paró sobre el frio suelo, iba descalza. La tierra húmeda y hierbas le daban a conocer que estaba muy lejos de la ciudad. Intentó hacer memoria, viajó hacia aquellos años en las que solia jugar en ese mismo espacio a pesar de lo peligroso que era.

Ella juraba estar sola. El lugar era peligroso por la cantidad de bandidos, pero ella estaba segura, ahora tenía la fuerza para defenderse. Entonces la tragedia. Se giró violentamente hacia una dirección en especial… una niña, pero no cualquiera. Era aquellos despreciables ángeles, se notaba la pureza en su aura y eso… la mareaba.

Estas muy lejos de casa, niña. Seguro te desviaste del camino. — Habló con cierta ironía en su voz, la presencia de esos seres le traían muy malos recuerdos. Aun así, intentaba conversarse a si misma, que la niña nada tenía que ver con su pasado… Era una batalla perdida. Suspiró intentando calmarse. —Da media vuelta y regresa a los cielos donde perteneces. Un lugar tan oscuro sin duda reduce tus fuerzas y aqui hay una gran cantidad de enemigos formidables.



-Off-:
Buenas, espero no te moleste que responda tu tema Libre. Cualquier duda o disconformidad no dudes en enviarme un MP. Saludos.



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Chrysanthe Stratos
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el Mar Abr 17, 2018 1:38 pm
S
e mantuvo alerta en todo momento mientras estuviera ahí, las ruinas solían ser un lugar peligroso y en cualquier sombra podía salir algún ser indeseable que se ocultaba en las mismas.  Si bien la joven ángel iba armada, creía en la filosofía de sólo usarla en último recurso, y lejos de llevarla expuesta como un torpe guerrero que busca "intimidar" de forma fácil, ella prefería llevarla guardada en su propia vaina, atada a su cintura. Su mano izquierda colocada justo en el borde entre la vaina, con la diestra libre. Estaba alerta, pero no debía mostrarse agresiva, como dicen, aquel que busca pelea, la encuentra. Ella no busca eso, sólo estaba preparada.

Al escuchar la otra voz, femenina, giró su cabeza en dirección a donde venía la voz. Sus ojos estarían vendados, pero la mirada de Ceraph aún podía "sentirse", como si tuviese una pesada mirada que atravesaba aquella prenda negra en su rostro. Escuchó a lo que la otra persona tuvo que decir, quedándose quieta, pero sin bajar su guardia. — La guía del Señor jamás nos desviaría a todos los que seguimos en su camino. —respondió pronto, dejando ver su naturaleza fanática al Señor de los Cielos. — La oscuridad no me debilita en lo más mínimo, sino por el contrario, me hará fuerte. Mi objetivo es simple. —la seguridad en su voz era digna de admirar, y quizás era por ser una ángel joven, pero los recuerdos y memorias de su pasado, del ángel glorioso que alguna vez fue, seguían en ellas. Tenía los recuerdos que batallas y combates, y las habilidades así como estrategias para purificar seres oscuros seguían latentes en su mente.

Pero puedo sentir oscuridad en su ser. Desconozco sus intenciones, pero sé lo que alguna vez fue. —sin embargo, no lo dijo. No le diría que era una caída aún si lo era, ni que fue una ángel aún si era cierto. Aquella joven ángel era respetuosa, pero sabía realizar su trabajo sin llegar a humillar a alguien. Sería inexperta en ésta vida, pero sabía cuán cruel el mundo podía ser, pues, tal como se dijo, los recuerdos de su antiguo ser existían en su mente. Podía sentir a otros ángeles, y a aquellos que fueron ángeles. Era algo en su ser, pues era necesario distinguir entre un hermano celestial a alguien que, aún siendo, en parte, su hermano, ya había dejado de ser celestial. Como el caso de aquella mujer.





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Leyna Zweig
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el Vie Abr 27, 2018 3:55 pm



☪️


Leyna no siempre fue alguien tan fría y distante. Antaño era una de las guerreras más fieles al señor, pero es como dicen, nada es eterno. Ella misma forjó su libertad. Ella misma se hizo fuerte con el paso de los años. Ella sufrió, lloró y rogó, pero sus plegarias nunca fueron escuchadas. Entonces ¿Dónde estaba ese dios que los ángeles suelen adorar? Así eran los más jóvenes, ciegos por que un hombre llevaba el adjetivo de dios en la frente. Admirándolo sin siquiera cuestionar. Todo era bueno si venia de esa boca venenosa.

Las palabras de la contraria le hicieron viajar al pasado, era como verse a un yo más joven e ingenuo. Suspiró pesadamente, tenía que estar tranquila o de lo contrario, ese simple encuentro terminaría en pelea. —Soy lo que ahora sientes, una caída de la gracia o también conocidos como traidores. —Su forma desinteresada de hablar daba a entender, que poco le importaba el adjetivo con el que se refirieran a ella. Ya había toreado muchas cosas  y una mas le tenía sin cuidado. Aun así, grande fue su sorpresa por la inmensa calma que la contraria mostraba.

Avanzó a paso lento hacia unas pequeñas rocas, tomó asiento con cuidado y acomodó un mechón de pelo tras su oreja. —Acércate, pequeña. — Hace un momento había notado como esta cubría sus ojos, un acto singular que le causaba una inmensa curiosidad. Sin mencionar que la muchacha era apenas una niña ¿Cómo podría odiarla? No le nacía sentir rencor hacia un alma tan joven y aunque se prometió odiar a todo ángel, este no fue el caso. Aun así, ambas razas no podrían llevarse bien, no al menos luego de ser desterrada del paraíso, pero, si tuvieran alguna posibilidad de hacerse cercanas, Leyna intentaría hacer que se alejara del dolor.

Te ves muy joven, aunque claro puede ser solo apariencia. Eres tan aguerrida y fiel, pero me es imposible no darte una advertencia. — A veces podría ser de bruta honestidad, mucho más si se trataban de temas como esos. No había que disfrazar una verdad. Aquel que se hacia llamar dios en la actualidad no merecía ni una pizca de su aprecio. —Anda con cuidado en el camino que sigues. Tal vez ahora todo lo veas luz.. Tal vez te hayan comentado que cualquier cosa que venga, de lo más alto nivel de la jerarquía de los cielos, es solo la verdad. Pero, la verdad a veces viene disfrazada. Aquel a quien sigues con devoción, puede ser tan oscuro como un demonio. Te embelesa con su lengua viperina, te encanta con su sonrisa, pero luego… luego solo es el olvido. Procura por ti y la justicia, la verdadera, la que es correcta. La que no juzga, pero si protege.—Aun así ¿Cuánto de sus palabras llegarían a la muchacha? Estaba preparada para un enfrentamiento verbal; algo así como un debate. No había que levantar espadas o usar magia oscura, para saber quién tenía la razón, pero, de darse el caso, daría pelea. —Mi nombre es Leyna… ¿Me dirás el tuyo antes de nada?



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Chrysanthe Stratos
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el Vie Abr 27, 2018 10:33 pm
E
scuchó con atención las palabras que la otra dijo, y no era para menos cuando se sabía que Ceraph era más de palabras y letras que espadas y hechizos, pero también porque, al haber sido separada en dos, su otra mitad se llevó los dotes combativos que a ella le faltaban tanto, pero también se quedó con las capacidades mentales e intelectuales, lo que, por obviedad, le faltaba a su mitad, el hermano.

No podía sentir otra cosa, que curiosidad por la otra mujer, pero era más en específico en cuanto a saber por qué había caído. Siempre que conocía a un caído, era de las primeras cosas que le gustaría saber, porque esa era la diferencia entre uno que pecó por gusto, a los cuales castigaba tanto como a los demonios y seres impuros, o un caído que fue obligado a manchar sus alas, a esos últimos les tenía un tanto de aprecio, respeto y, sin mentir, algo de aflicción por su condición. Una condición algo extraña, en parte, porque cuando uno piensa en un ángel, se imagina alas tan blancas y hermosas que son dignas de admirar. Y luego estaban las de Ceraph: torcidas, deformes. Y, a pesar de todo, de que no podía volar como los demás, su corazón no sentía envidia, porque creía que el Señor tenía un plan para haberla hecho así.

La juventud es relativa. —respondió mientras contemplaba los movimientos ajenos, aunque por ahora no tenía motivos para desconfiar de la otra, siempre debía mantenerse alerta porque las trampas estaban en todos lados. Hay una planta, inclusive, que caza a las moscas de manera similar, también hay una araña que se oculta en pequeños túneles esperando a su víctima pasar cerca para saltar y cazarla. — Han pasado 18 años desde que he estado en ésta vida. Para un ser humano, a penas voy iniciando mi vida, para alguien que no es humano, siquiera he vivido. ¿Así dirían los que han estado en ésta tierra más años? —aunque se quedó de pie, decidió cortar espacio entre una y otra, acercándose firme pero con cautela, dejando espacio suficiente como para que aquello no fuese una conversación de gritos, pero aún con una distancia prudente. — No apruebo sus comentarios, pero agradezco sus palabras. No soy quien para cuestionar los mandatos, porque no estoy en potestad de hacerlo. —respondió mientras su oculta mirada se posaba sobre la otra, lejos de sentirse enojada o con odio por eso, quizás estaba por buen camino para descubrir el motivo de la caída en aquella mujer. — Sin embargo, estoy de acuerdo en algo. El exceso de luz ciega, y más que guiar por una ruta estable, nos puede llevar por un camino del que no queríamos transitar primero. —se tomó un muy corto momento para tomar aire y no hacer tan discurso político su respuesta. — Es como el sol y la luna. Usted puede mirar al sol, pero eventualmente le cegará tanta intensidad, y suponemos, en gran parte, que el sol es bondad, ¿cierto? Al menos algunos humanos lo ven así, sagrado y divino. Pero, luego está la luna. Nos otorga una luz que aún en la noche más oscura, iluminará de forma tan bella e increíble. —en su comentario, no pudo evitar señalar justo a la luna que, en aquella noche, estaba presente, y aún si las nubes no la dejaban ver, el efecto visual de aquella tenue luz iluminaba el escenario. — Pero su brillo es suave, y podemos ver la luna por horas sin problemas. Excepto del cuello. —aquello último fue una broma, un poquito ñoña, si se quería ver así.

Ahí es donde estoy en acuerdo con usted, no puedo seguir una luz que me cegará, y estando ciega, no sabré el camino que tomo. Sin embargo, ¿no son los caídos peores que Él? —cuestionó mirando a la mujer, porque seguro aquello le daría algo en que pensar, al menos a Ceraph. — Es decir, sienten tanta rabia y enojo que, lo primero que hacen al caer, es todo aquello que no podían. Los veo como actos infantiles, como cuando el pequeño o el adolescente hijo reta a su padre, que si le dicen que no puede comer o beber algo, va y lo hace, como un desafío frontal. Y aquí está usted, hablando mal de Él, a sus espaldas, pero a su vez, me habla de justicia. ¿Es justo, entonces, hablar de la forma que usted lo hace? ¿No se ha vuelto en la serpiente de lengua bífida, al hablar de esa forma? —tomó un pequeño silencio, para, por fin, dejar de hablar no sin antes decir aquello último.

Si usted fue un ángel, aunque haya caído. ¿Ha olvidado lo que fue? En su raíz, en su ser.  Haberse olvidado a sí misma, es mayor traición que no haber recibido la ayuda de Él, a quien desprecia. —y sí, Ceraph tan sólo tendría 18 años, pero su visión y su capacidad de la comprensión, de la vida, de la filosofía, aprender de lo visto, eran muy superiores inclusive de los ancianos tan sabios. En 18 años, ella logró esa "iluminación" que muchos buscan. En silencio, espero la respuesta de la mujer. — Soy Chrysanthe. Mucho gusto. —terminó. No más palabras de la joven ángel a la madura caída.





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Leyna Zweig
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el Miér Mayo 23, 2018 2:47 pm



☪️


Oh, apenas dieciocho primaveras. Cuando escuchó aquello sintió una fuerte atracción, no física, más bien emocional. Sintió las inmensas ganas de comparar la situación pero cambiando de espectador. SU mente luchó para hacer realidad aquel deseo pero ella se opuso, hacerlo solo traía dolor y amargos recuerdos, recuerdos que no existían pero ella anhelada con realizar. Aun así, sintió aprecio hacia la jovencita.

Hasta entre los ángeles eres demasiado joven, espero que no demasiado ingenua. —Era bien sabido que la raza de luz tenían una larga vida, la suficiente como para ganar experiencia y saber que está realmente bien o mal. Escuchó atenta aquel argumento, un muy exacto ejemplo para comparar la oscuridad de la luz, pero todo era cuestión de perspectiva. —Tienes razón. Muchos creen que el sol es solo calidez y amor…pero no confundamos al sol con quienes creen ser el centro del universo. — Leyna sabía muy bien que un ángel vivía para cumplir las órdenes de su dios. Con el tiempo su mentalidad cambió. Dios era el pilar del cielo, la máxima autoridad… pero ese sol a veces se teñía de negro y dejaba de ser una brillante constelación que solo trae paz. Pero es como dijo, todo es cuestión de perspectiva, de como uno ve el mundo. Solo soltó una pequeña risa en respuesta a aquella broma que, si bien era muy mala, logró hacerla reír.

Los actos infantiles no son tan ridículos como piensas. Hay quienes, tras caer, se sienten realmente libres. —Era cierto. El pecado era adictivo como la droga, era aquel dulce manjar que una vez probado, era imposible de dejar. —Los ángeles saben perdonar cualquier cosa porque así es su naturaleza, ser bondadosos o al menos la mayoría. Todos somos hijos de Él y Él como buen padre nos guía, nos ama. Somos conscientes de que sus acciones a veces no son las acertadas pero aun así lo seguimos. — Leyna se puso un poco más seria. Entrecerró sus ojos y vio hacia la nada, el lugar estaba tan iluminado, era hermoso. Entrelazó sus dedos sobre su regazo. — Nadie olvida nunca lo que es en un inicio, lo que somos es algo que nos persigue el resto de nuestra vida, sin importar cuando nos neguemos, sin importar cuanto lo odiemos. El amor… los ángeles solo juran amor hacia su dios y hacia los suyos, pero ¿Qué pasa si eligen a alguien ajeno a su raza? Simplemente caen ¿Es eso justo? ¿Acaso un padre no debe compartir la felicidad de sus hijos? —Hizo una corta pausa antes de proseguir — ¿Sabes? Muchos están bien con esas duras reglas. Son felices en este mundo, en esta ciudad. Viven sin arrepentimientos y sin mirar atrás pero… la cosa cambia cuando Él empieza a perseguirnos y juzgarnos. —Al menos ella conocía a caidos realmente felices, se sentían genuinamente libres. Pero al ser considerados enemigos también se volvieron blanco de ángeles severos, los más fieles, los que alzan su espada contra quienes alguna vez fueron sus amigos. —Tienes un concepto diferente al mío y eso está bien, porque ambas somos diferentes. Cuando regreses a casa tal vez simplemente me olvides y eso está bien. Todo está bien siempre y cuando sea tu juicio el que decida eso. —Asi pues embozó una sonrisa. No estaba enfadada ni nada por el estilo, de hecho consideraba aquella charla como algo beneficioso, una especie de terapia. Antes no podría haber tolerado la presencia de un ángel y ahora incluso charlaba con uno. Era como esa madre amorosa que escucha, aconseja y deja que su hijo decida, ellas no juzgan, ellas solo guían y aman cada decisión por buena o mala que sea. —Entonces, Chrysanthe. ¿Hay algún conocido tuyo que ha olvidado su naturaleza? Normalmente hablar de caídos sigue siendo tabú entre los ángeles y tu pareces saber muy bien del tema, cuéntame… quien ha dejado de tener alas blancas. —No queria ser impertinente, pero aun faltaba un largo rato para que el sol se alzara en el cielo dando paso a otro dia. Si podia alargar aquella charla, se daria por bien servida.



Última edición por Leyna Zweig el Sáb Jun 30, 2018 7:14 am, editado 1 vez



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Chrysanthe Stratos
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el Miér Jun 27, 2018 2:20 am
C
omo la luna que buscaba dar paso entre las nubes que obstruían su completa visión, en cada rayo de luz que bajaba e iluminaba aquella escena en las ruinas, la cabellera platinada de la joven ángel contrasta con el negro cabello de la mayor. También tenían una diferencia en estatura, siendo la ángel mucho menor, quizás por cosa de unos 25 centímetros. Dos datos que podrían resultar interesantes, pues ambas siendo, en algún punto o momento, ángeles: es como si cada una representase un ciclo de vida para los celestiales, con Ceraph representando esa ferviente devoción, la pureza, y aquella mujer contrastaba con ella, corrumpta, sí, pero quizás no del todo perdida. ¿Podía ella juzgar eso? Quizás no estaba en una cuestión para decidirlo tan rápidamente, y si bien la verdad absoluta e innegable indicaba que era una caída, su punto de vista seguía vigente y, como tal, seguía esperando ese punto, esa línea que marcó la diferencia entre una ángel y una caída. Su motivo.

Seré joven, mucho, pero no soy inexperta. —su edad no era el impedimento real, quizás y hasta Ceraph tendría mucha mayor existencia y experiencia sobre la otra. Escuchar las palabras ajenas le daban motivos para forzar una opinión sobre la otra, teorías simples y diversas que podrían generar un cambio, o alterar un comportamiento, e inclusive, una que otra hipótesis sobre su caída. No podía asegurar nada aún. — Entonces, ¿por qué le temen los caídos al Señor? —preguntó, quizás esperaba una respuesta, quizás sólo teórica, eso lo decidía la otra. — Si realmente les ama, como dice, entonces les perdonaría, si no es que ya lo ha hecho. Creo que un verdadero padre, aquel que realmente sienta amor por sus hijos jamás podrá enojarse con ellos, quizás se decepcionaría si ve que se desvían del camino, pero estaría ahí para extender su mano y traerlos de vuelta. —y, a pesar de todo, existe aquella frase la cual dice que Dios no puede ser Todopoderoso ni ser misericordioso al mismo tiempo. Dios debe tener maldad en su ser si quiere ser bondad, porque se requiere de iluminación para crear oscuridad, pero la sombra es más grande entre más cerca se está de la luz. Por eso, acercar las manos a una fuente de luz crea sombras mayores que aquellos que están lejos. Quizás... ¿Será que los ángeles que caen, fueron los más cercanos a dicha luz? Quizás tanta devoción era un error... ¿Lo sería?

Aunque sus ojos estuvieran, aún, vendados, fijó su mirar sobre la otra. A muchos seguro les interesaba saber cómo es que era posible que ella viese teniendo ese "obstáculo" que cerraba sus ojos y negaba su visión. Bueno, ¿no dicen que Dios obra de maneras misteriosas? Así como le dotó de esas alas deformes, imposible de volar con los demás para ella, tenía otras cualidades. Una de ellas, el motivo por el que fijó su mirar en la otra. Olvidar. Aunque parte de su rostro estuviese oculto a los ojos de la caída, la parte inferior de su rostro seguía visible y, muy suavemente, su rostro cambió de un semblante más dinámico y, quizás, que mostraba atención, a uno más serio. ¿Olvidar? Ceraph no podía olvidar nada. Absolutamente nada. De sus 18 años en vida con ese cuerpo, recordaba todos y cada uno de los segundos vividos. Cada color que contempló, cada sabor que degustó, cada nota musical que le hizo sentir, cada olor que percibió o sensaciones que experimentó. Todo lo recordaba. No podría olvidar nunca a esa mujer, aún si lo quería, y sin que la otra supiera, formaba lenta y progresivamente parte de ella, y entre más siguiese la conversación, y si Ceraph lograba entender el motivo o el dolor de la otra, más se quedaría con ella.

Pero no con la ángel, sino en su mente. Porque ese cuerpo tendría 18 años, pero sus recuerdos, sus experiencias, existían mucho de más atrás, muchos años atrás, pues no siempre fue Ceraph, la ángel, y antiguamente fue un ángel cuyas cruzadas en nombre de Dios sembraron la muerte, y aún todo lo que ese ángel experimentó y vivió, cada rostro o frase que escuchó, Ceraph lo había heredado. Ceraph tenía todos esos años de experiencia, de rostros y nombres acumulados. Ella era dueña de recuerdos que no eran suyos, de nombres ajenos a su vida, situaciones y lugares que ella jamás vio, los tenía guardados en su memoria como si fueran suyos, y los recordaba tan bien, con tanto color, con tanto lujo de detalle, que era como si millones de imágenes sucedieran ante sus ojos a penas quisiera recordarlo. Cada muerte que dio, se quedó con ella. Cada llanto, cada dolor, todo con ella... Si otra persona escucha voces, se vuelve loca con el tiempo. ¿Y cómo es que una "niña" como Ceraph, a costa de todos esos recuerdos, estaba tan intacta, tan natural e inclusive jovial en situaciones? Quizás era mucho más fuerte de lo que aparentaba.

Por tanto, si la otra decía "olvidarla", era imposible. Por tanto, si la mayor preguntaba "¿Quién había caído?", esa pregunta... Esa pregunta era dolor a su alma, las cadenas de antiguos compañeros celestiales que sucumbieron ante la tentación y fueron perseguidos y erradicados por su antiguo ser, en nombre de Dios. Las lágrimas que brotaron de sus ojos, ante los recuerdos vividos de aquellos años, afortunadamente eran bloqueadas y secadas en la fina tela negra que estaba encima de sus ojos. De no estar la prenda aquella, seguramente los cristalinos recuerdos materializados en aquellas lágrimas ya estarían recorriendo sus mejillas. ¿La respuesta a quella pregunta? Quizás helaría la sangre a muchos, quizás pondría sonrisas en la boca a otros, quizás despertaría razones para evitar toda guerra, o crearía motivos para más guerras.

Suficientes. —suficientes habían muerto. Suficientes habían caído. Suficientes habían sacrificado su vida, en vano, por el ego de alguien más. Simplemente... Suficientes. Quiso correr a los brazos de la mayor, resguardarse en el regazo ajeno, recibir un abrazo. A veces, tantos recuerdos eran tan duros aún para ella, que los manejaba con total libertad. Pero, hasta la presa de agua más resistente, llegará un momento en que cederá ante la presión.





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Leyna Zweig
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el Dom Jul 01, 2018 11:35 am



¿Temor? Aquella palabra sin duda marcó algo en Leyna. Era cierto que en los inicios de su vida, como caída, sintió miedo y se mantuvo oculta de con su familia; sin embargo, el miedo también puede evolucionar. Era cansado tener que permanecer oculto, viviendo con el temor de ser abordados sin aviso alguno, arrestado, torturados, para finalmente morir en manos amigas. Lo suyo hacia Zadquiel sin duda era todo lo contrario a amor; era odio. Dedicó una dulce sonrisa a la contraria y aunque esta no pudiera verla se sintió irremediablemente atraída hacia ella.

Él ya ha olvidado nuestros nombres y nuestros rostros ¿Cómo perdonar a algo que ha negado como existente? Aquel miedo no es hacia él, sino el miedo por enfrentarnos a aquellos que se hicieron llamar amigos nuestros en el pasado. —Si ella supiera quien fue el perpetrador del asesinado de su familia ¿Realmente podría hacer algo? Leyna se jactaba de poder asesinar al culpable sin siquiera pestañear, pero ¿Y esa persona fue alguien realmente querido? Confusión, dolor, angustia y por ultimo resignación; lo más seguro es que ofrecería su cabeza antes de empuñar su arma contra un conocido —Nosotros no necesitamos su perdón, de hecho estaríamos mejor si dejara de perseguirnos — Suspiró—Lamentablemente los que fueron cercanos a nosotros, no nos olvidan. — Y eran precisamente esas personas quienes los acorralaban, ejecutaban tan solo para recibir un reconocimiento del cual enorgullecerse.

Demasiada sangre había corrido en el nombre de dios ¿Qué está bien? ¿Qué significa la maldad? Uno crecía pensando que luz era bueno y oscuridad era la maldad pura; pero incluso entre los demonios, ella conocía gente digna y honorable. Al menos Leyna no deseaba ver temor en inocentes ojos de niños nacidos entre ángeles y demonios ¿Qué culpa tendrían?

Sí, ya fueron suficientes. —Apoyó la idea de la joven. En toda la velada daba la impresión de que nunca tendría algo en común, pero ahora sí. Ambas sabían que las muertes habían incrementado de manera alarmante, la masacre debería parar. Leyna cerró sus ojos y fue llevada al pasado en una fracción de segundo. Recordaba a su pequeña familia; aun entre discusiones y penas habían momentos felices… momentos en los que la mujer le enseñaba a su hijo a no juzgar a otros, nadie podía hacerlo, ni siquiera dios. Un frio viento levantó su cabellera y le hizo temblar en su sitio, hasta entonces no se había percatado de lo triste del lugar, de los triste de los recuerdos y de la tristeza ajena.

Su instinto maternal era demasiado fuerte, demasiado intenso como para dejar a alguien sola en sus penas. Se levantó de su improvisado asiento y avanzó a un paso lento hacia Chrysanthe. No podía asegurar si ella lloraba, pero si aseguraba que su alma se encontraba rota por las vidas perdidas, vidas que tal vez presenció, vidas que tal vez ella misma apagó. Abrió sus brazos y atrapó el delgado cuerpo de la muchachita, apoyó la diestra tras la nuca de la albina e hizo que se apoyara en su pecho. — Ya está. Ya entendí. —Otorgó leves caricias a la cabellera corta de esta, subiendo y bajando hasta llegar a la espalda, dio pequeñas palmaditas tratando de aliviar su dolor, tratando de darle algo de consuelo.

Se dice que dos personas que han pasado por lo mismo se entienden perfectamente, es empatía. No había necesidad de detalles, Chrysanthe tuvo que pasar por un muy mal rato, tuvo que ver a alguien caer para tener esa clase de expresión; ambas perdieron algo importante. Leyna no estuvo segura si la contraria aceptaría el abrazo, tal vez le apartaría, pero lo único cierto es que ella también necesitaba estrecharla. —Pequeña y valiente Chrysanthe; deja salir toda tu desesperación, deja que sea tu pañuelo, seré toda oídos a lo que desees contarme; porque al igual que tú, he perdido algo tan valioso que me siento incompleta. Mi mundo está gris.




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Chrysanthe Stratos
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E
n momentos así, como el que estaba pasando en ese momento, se preguntaba si realmente era la indicada para cargar con todo aquello que llevaba almacenado, era parte de sí misma porque su antiguo ser lo hizo y ella, como un fragmento del mismo, tenía eso. Pero aunque su fortaleza era increíble, temple de tantos años de existir y tantos años de experiencia aún en ese cuerpo joven, no lograba comprender del todo lo que le pasaba. Su mente era una gran e inmensa bodega de recuerdos que lograba visualizar con claridad total como si fueran experimentados en ese momento, y cada golpe que recibió su antiguo ser, de sólo querer recordarlo, ella podía sentirlo en cuerpo aún sin tener una herida real.

En ese momento, se preguntó por qué tenía tales cualidades y defectos, lo positivo en ella era sobresaliente, su inteligencia, esa mente que captaba detalles cuando otras personas no, su razonamiento tan avanzado en consideración de sólo 18 años en ese cuerpo, porque los recuerdos y las experiencias serían una cosa, pero su forma de pensar era otra totalmente ajena a eso. Y luego estaban sus defectos, pesados y encadenados a cada virtud que tenía, como el pájaro que está en jaula y anhela volar pero puede cantar las más hermosas melodías al amanecer. En ese momento, en que sintió la calidez del cuerpo ajeno, comprendió la diferencia.

Sólo soy el recuerdo de un castigo. —musitó, su voz firme pero suave, no mostró señales de una voz quebrada que quería llorar, nada de eso, pero si se pudiese decir, existía cierto lamento entre su tono. Sus brazos rodearon el cuerpo ajeno, de primeras, de forma floja, pero conforme pasaron los segundos sus brazos se ajustaron más y más, hasta que quedó aferrándose a la mayor. — Un castigo de Dios fue lo que me dio vida, cuando un ángel fracasó en su propia misión encomendada por otro bien, recibió el castigo que le hizo dejar de existir como uno, y pasó a ser dos. —su cabeza se encontraba sobre la otra, pero su boca aún era capaz de moverse y poder hablar sin ahogar su voz en el cuerpo ajeno, contando algo que no comprendía por qué lo estaba haciendo, pero era parte de su ser, su historia, su pasado. — No lo odio ni a Él ni a los demás, pero aún recuerdo el día del castigo, no he sentido ningún otro dolor así, ni tampoco recuerdo haberlo visto. —su voz, en todo momento, era un susurro dulce a la otra, manteniéndose firme no por querer mostrar una fortaleza que mil veces demostró tener, sino porque ella misma no comprendía cuando la gente rompía en llanto al mismo tiempo que hablaban, era feo y no se entendía nada.

El dolor de la separación era imposible de describir, ella misma lo intentó y no pudo, las palabras no eran suficientes, y eso era un hecho bastante inquietante viniendo de una persona como lo era Ceraph, dotada de lo intelectual y sentimental, aún para ella, que aunque no lo sintió, heredó el dolor, no podía explicar. Pero era tal como dijo, jamás sitió otra sensación tan fuerte como esa, tan traumática y a la vez hermosa, que dio vida a dos ángeles por uno que fracasó.

¿Por qué estoy viva, si fracasé en el pasado? —fracasó en el pasado aquel ángel que alguna vez tanto su otra mitad como ella fueron. Nunca comprendió por qué existía, si el castigo usual era condenar a los ángeles a hacerlos caer de la gracia, ¿no? Si el supuesto amor que un Dios, que un padre, tiene por sus hijos y su creación no es suficiente para perdonar a aquellos que han caído, ¿acaso un fervor ciego y una lealtad inquebrantable eran más importantes? ¿Por qué no le hicieron caer a su antiguo ser, en vez de hacer todo aquel castigo? Era como si todo fuera parte de un juego por algún ser divino que gustaba del sufrimiento ajeno, porque por mucho que lo pensaba, no lograba entender eso, ni su existencia ni los motivos. — Si él nos ama a todos, ¿no es irónico que nos haga sufrir? Es que no lo entiendo... ¿Para qué darle alas a quien no está destinado a volar? ¿Para qué nos da la capacidad de amar, pero en el momento en que lo hacemos, nos volvemos un problema? Si no quisiera que dudemos o que pensemos, no era necesario que nos dotara de razonamiento e inteligencia, y la tenemos... —su cuerpo comenzó a temblar, no ligera, temblaba como si la más fuerte onda invernal estuviese azotando ese lugar, cuando no era así. Estaba aterrada de lo que pudiese pasar, porque eso salía de su comprensión.





Mi alma quiere volar, romper cadenas y soñar.
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